La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 3 La noche interrumpida
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Capítulo 3 La noche interrumpida

LA NOCHE INTERRUMPIDA

El destello rojo desapareció detrás de las dunas, pero Esmeralda continuó observando la oscuridad como si esperara que el desierto le explicara lo que acababa de ver.

En la plaza, la música cubría el ruido de las conversaciones.

Nadie había reparado en Rashid sobre la muralla ni en la cinta que el viento se llevó hacia el exterior de Luzar.

El emisario descendió por la escalera situada junto a la torre norte.

Cuando regresó a la fiesta, lo hizo sin prisa, saludando a quienes encontraba en el camino y aceptando una copa de vino que le ofreció uno de los ancianos.

No miró hacia la muralla. Tampoco buscó el punto donde había caído la cinta.

Su tranquilidad confirmó que aquello no había sido un gesto improvisado.

Esmeralda retrocedió hasta quedar oculta detrás del santuario.

Las palabras de Nadira adquirieron un sentido inmediato.

Debes tomar a tu hermana y marcharte ahora.

Buscó a Ligia entre la multitud. La niña continuaba junto al taller, sentada en un banco con la espalda apoyada contra Yusuf. Tenía las manos alrededor de la figurilla de madera que Samir le había regalado. Nadira ya no estaba con ellos.

Esmeralda avanzó hacia su familia, pero se detuvo cuando dos hombres de la comitiva de Rashid cruzaron la plaza y se colocaron cerca del taller.

No hablaban con nadie. Uno fingía beber mientras observaba el camino oriental; el otro mantenía una mano bajo la capa, en el lugar donde podría ocultar una espada corta.

Si llegaba hasta Ligia y trataba de sacarla de la fiesta, llamarían la atención.

Necesitaba encontrar primero a Samir, recuperar los caballos y preparar una salida que no pasara por las puertas vigiladas.

Atravesó la plaza procurando no correr. Al pasar junto a Rashid, escuchó que explicaba a Sabal las ventajas de abrir una ruta comercial entre Luzar y las ciudades del norte.

—Los caminos seguros transforman pueblos pequeños en centros de abundancia —decía—. Mi señor puede ofrecer protección, hombres y armas.

—Luzar nunca ha necesitado soldados —respondió el anciano.

—Todos necesitan soldados. Algunos tienen la fortuna de descubrirlo antes de que llegue el enemigo.

Rashid levantó la copa. Sus ojos encontraron los de Esmeralda por encima del hombro de Sabal.

Ella siguió caminando. El granero abandonado se encontraba al otro lado del manantial, separado de las últimas casas por una franja de palmeras y corrales vacíos.

Hacía años que no se utilizaba para almacenar grano.

Una parte del techo se había hundido durante una tormenta y las familias preferían mantener a los niños alejados por temor a que alguna viga terminara de caer.

Esmeralda y Samir lo conocían bien. De adolescentes se habían escondido allí para evitar las tareas familiares, y tiempo después había sido el primer lugar donde se besaron sin que nadie pudiera interrumpirlos. Aquella noche, la puerta estaba entreabierta.

—¿Samir?

No obtuvo respuesta. Esmeralda empujó la madera y entró.

Varias lámparas pequeñas iluminaban el interior.

Samir había extendido una manta sobre la paja limpia y colocado junto a ella dos bolsas de viaje, una capa, botas para Esmeralda y ropa oscura.

También había una jarra de agua, pan, carne seca y un cuchillo envuelto en cuero.

Los preparativos eran más completos de lo que ella imaginaba.

Samir apareció detrás de una columna con una espada corta en la mano. Al reconocerla, bajó el arma.

—Llegaste antes.

—Rashid hizo una señal desde la muralla.

—¿Qué clase de señal?

—Dejó caer una cinta roja. Alguien respondió desde el desierto con una luz.

La sonrisa desapareció del rostro de Samir.

—¿Te vio?

—No lo sé.

Él fue hasta la entrada y observó el exterior a través de una abertura. Después cerró la puerta y atravesó el pasador.

—Tenemos que irnos.

—Primero debemos buscar a Ligia.

—Por supuesto.

Samir empezó a guardar las provisiones. Esmeralda le explicó lo que Nadira había dicho sobre el medallón, la casa de la corona partida y el Reino Prohibido.

Mientras hablaba, sacó la joya del vestido.

Bajo la luz de las lámparas, las vetas oscuras parecieron deslizarse alrededor de la piedra. Samir no intentó tocarla.

—¿Por qué no me lo contaste en el río?

—Mi padre me hizo prometer que guardaría silencio.

—Pero me lo cuentas ahora.

—Ahora un hombre que reconoció el medallón está enviando señales fuera de la muralla.

Samir ajustó la correa de una bolsa.

—¿Crees que Rashid vino por ti?

—No sé qué creer.

—Entonces creeremos lo peor hasta estar lejos.

Abrió la puerta trasera del granero. Afuera había un sendero estrecho que conducía hacia los corrales y se desviaba después hacia las casas occidentales. Samir avanzó unos pasos, pero volvió casi inmediatamente.

—Hay dos hombres junto al camino.

—¿Los conoces?

—No son de Luzar.

Esmeralda sintió que el peligro empezaba a cerrar las salidas a su alrededor.

—Podemos cruzar por el techo.

—Las vigas no resistirían nuestro peso.

—¿Y el pasadizo?

Durante la infancia habían descubierto un canal de riego seco bajo uno de los depósitos. Terminaba cerca del manantial, pero llevaba años bloqueado.

—Intenté abrirlo esta tarde —dijo Samir—. La entrada se derrumbó.

Esmeralda caminó de un extremo a otro del granero. Si regresaba por el camino principal, podía encontrar a los hombres de Rashid. Si esperaba demasiado, la señal tendría tiempo de producir una respuesta. Desde allí no podía ver la muralla ni saber qué ocurría en la plaza.

—Los caballos están junto al desfiladero —dijo Samir—. Mi amigo Hatem debía llevarlos antes de la medianoche. En cuanto los tenga preparados, vendrá a avisarnos.

—¿Y si lo encontraron?

—Hatem conoce cada salida de Luzar.

—Ligia está en la plaza.

—Con tu padre y rodeada por todo el pueblo. Si entramos corriendo y gritamos que nos atacarán porque viste una cinta, Sabal ordenará cerrar las puertas. Los hombres de Rashid sabrán que sospechamos y nosotros quedaremos atrapados.

Esmeralda sabía que tenía razón, pero la espera le resultaba insoportable. Samir se acercó y le tomó el rostro entre las manos.

—Escúchame. Hatem vendrá. Saldremos por el camino de los huertos, recogeremos a Ligia y cruzaremos el cauce seco. Puedo llevarla conmigo en uno de los caballos.

—¿Y mi padre?

Samir guardó silencio.

—No puedo dejarlo.

—Entonces también iremos por él.

—Somos cuatro personas y tenemos dos caballos.

—Conseguiremos otro.

—¿Cómo?

—Todavía no lo sé.

La respuesta debería haberla enfurecido, pero la expresión de Samir no contenía una confianza vacía.

Estaba asustado. Aun así, acababa de aceptar llevarse a Yusuf y a Ligia sin discutir, como si el futuro que imaginaba con Esmeralda incluyera necesariamente todo aquello que ella amaba.

Esmeralda apoyó las manos sobre sus muñecas.

—Quizás Nadira se equivocó.

—Ojalá.

—Tal vez la señal solo fuera para otra caravana.

—Entonces partiremos igualmente y mañana nos reiremos de nuestro miedo.

—Mi padre no vendrá.

—Podemos obligarlo.

—No conoces a mi padre.

—Podemos pedirle a Ligia que lo amenace. Ella da más miedo.

Esmeralda soltó una risa nerviosa. Samir sonrió apenas, pero ninguno de los dos consiguió sostener la ligereza.

Afuera se escucharon pasos. Samir apagó una de las lámparas y llevó un dedo a los labios.

Se colocó junto a la puerta con la espada levantada.

Esmeralda tomó el cuchillo de las provisiones.

Los pasos se detuvieron frente al granero.

Alguien tocó tres veces, hizo una pausa y golpeó otras dos. Samir bajó el arma.

—Es la señal de Hatem.

Abrió solo lo suficiente para mirar. No había nadie. En el suelo encontró un trozo de cuerda cortada y una mancha oscura que parecía sangre. Samir salió, revisó los alrededores y regresó con el rostro tenso.

—Algo ocurrió.

—¿Era su cuerda?

—La llevaba alrededor de la muñeca.

—Entonces saben lo de los caballos.

Samir cerró el pasador. Ya no tenían un camino preparado. La fiesta continuaba a lo lejos, pero la música parecía más débil, separada de ellos por una distancia mucho mayor que los pocos cientos de pasos hasta la plaza.

—Regresaremos por separado —decidió Samir—. Tú saldrás primero. Si los hombres te siguen, entra en la casa de Mara. Yo iré por los huertos y buscaré a Hatem.

—No voy a separarme de ti.

—Esmeralda.

—Nos hemos pasado meses imaginando una vida juntos. No voy a empezar esa vida obedeciendo cada vez que decidas protegerme sin preguntarme.

—Si entramos juntos, sabrán que planeábamos huir.

—Ya saben lo de los caballos. Probablemente saben que estamos aquí.

Samir no encontró una respuesta. Bajó la mirada hacia las bolsas preparadas y apoyó la espada contra una columna.

—Tenía todo calculado —dijo—. Las monedas, la ruta, los cambios de guardia. Incluso conseguí documentos con otros nombres.

—¿Qué nombre elegiste para mí?

—Laila.

—Lo odio.

—Podemos cambiarlo.

—¿Y el tuyo?

—Nadir.

—También es horrible.

Samir se sentó sobre la manta y se cubrió el rostro con las manos.

—Quería darte algo mejor que esto.

Esmeralda dejó el cuchillo y se arrodilló frente a él.

—Me diste la posibilidad de elegir.

—Una posibilidad que quizá nos dure menos de una hora.

—Sigue siendo mía.

Le apartó las manos del rostro. Samir tenía los nudillos blancos por la fuerza con que los había cerrado.

—Cuando salgamos de Luzar —dijo Esmeralda—, encontraré un nombre que no deteste.

—¿Eso significa que vendrás conmigo?

—Significa que iré contigo, pero no detrás de ti.

Samir la besó. No fue un beso tranquilo. La atrajo por la cintura con la desesperación de quien acababa de comprender que todos los días disponibles podían reducirse a esa noche. Esmeralda respondió abriendo los labios y rodeándole el cuello.