Capítulo 2 La fiesta de la luna #3
La precisión alivió algo en el rostro de Samir.
Volvió a besarla mientras sus dedos avanzaban por la parte interior del muslo y apartaban la ropa suficiente para tocarla.
Esmeralda abrió las piernas y sostuvo uno de sus hombros.
La música marcaba un ritmo que no coincidía con la lentitud deliberada de la mano de él.
Samir conocía su cuerpo, pero nunca había llegado tan lejos.
Aprendió observando cada reacción: la forma en que Esmeralda apretaba los dedos cuando necesitaba más presión, el temblor que le recorría las piernas cuando él cambiaba el movimiento y el sonido que ella escondió contra su boca al sentir que el placer comenzaba a concentrarse.
—Mírame —pidió Samir.
Esmeralda abrió los ojos. No vio una promesa de matrimonio ni al hombre que el consejo habría elegido para tranquilizar a Luzar. Vio al compañero con quien había decidido huir, esperando todavía que cada avance fuera aceptado. Lo atrajo con una mano en la nuca.
El orgasmo la alcanzó detrás de las telas del santuario, silencioso y profundo. Samir cubrió su boca con un beso mientras el cuerpo de Esmeralda se tensaba alrededor de sus dedos. Después mantuvo la mano inmóvil hasta que el temblor cedió y acomodó con cuidado la ropa que había apartado.
Esmeralda apoyó la frente contra la suya. La urgencia no había desaparecido; ahora tenía la forma de algo que ya no podían fingir aplazado para siempre. Ella acarició a Samir por encima del pantalón y sintió cómo cerraba los ojos.
—En el granero —dijo él, deteniendo su mano antes de que la decisión se volviera imposible de sostener allí—. Cuando la luna alcance el centro del cielo.
—En el granero abandonado —dijo—. Cuando la luna alcance el centro del cielo.
—Pensé que nos encontraríamos junto al desfiladero.
—Primero en el granero. Allí te daré ropa para el viaje y esperaremos a que cambie la guardia. Después iremos por los caballos.
Sacó algo del cinturón y lo depositó en la mano de Esmeralda. Era una pequeña talla de madera. Representaba dos palmeras inclinadas una hacia la otra, con las ramas entrelazadas.
—Para que recuerdes dónde empezó todo —dijo Samir.
Esmeralda cerró los dedos alrededor de la figura.
—No necesito un objeto para recordarte.
—Llévalo de todos modos.
Samir la besó una última vez y regresó a la plaza. Esmeralda permaneció bajo la sombra del santuario, tratando de ordenar la respiración. La talla conservaba el calor de la mano de él. Cuando salió, encontró a Nadira esperándola.
—No irás a ese granero.
Esmeralda guardó la figura dentro del vestido.
—¿Estabas escuchando?
—No era necesario acercarse demasiado.
—Lo que haga con Samir no es asunto tuyo.
—Samir tampoco comprende lo que está ocurriendo.
—Entonces explícamelo.
Nadira miró hacia la plaza. Rashid conversaba con Sabal junto a la fuente. Uno de sus hombres había desaparecido.
—La visión del medallón no anuncia tu matrimonio —dijo la sanadora—. La cadena no representa una unión.
—Nunca pensé que lo hiciera.
—Anuncia una captura.
La palabra hizo que Esmeralda recordara el metal ardiente alrededor de sus tobillos.
—¿Quién quiere capturarme?
—Todavía no lo sé.
—Pero conoces el medallón.
—Conozco el símbolo de la corona partida. Hace años perteneció a una casa que el rey Al-Manzur ordenó borrar de los registros. Sus miembros murieron, se ocultaron o fueron llevados al Reino Prohibido.
Esmeralda sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Al-Manzur?
El nombre circulaba en los relatos de los viajeros: un rey que extendía sus fronteras mediante guerras rápidas, que levantaba ciudades sobre las ruinas de sus enemigos y que nunca mostraba el rostro.
—¿Mi madre pertenecía a esa casa?
—Pregúntaselo a Yusuf si logramos sobrevivir a esta noche.
—¿Qué significa eso?
—Significa que debes tomar a tu hermana y marcharte ahora.
—Samir tiene caballos.
—Entonces ve por él y no esperes hasta la medianoche.
Nadira se alejó antes de que Esmeralda pudiera hacer otra pregunta.
Atravesó la plaza y desapareció detrás del taller.
Esmeralda buscó a Samir, pero ya no estaba entre los bailarines.
Quizás había ido al granero para terminar los preparativos.
Yusuf permanecía junto a Ligia y discutía con uno de los ancianos.
Rashid tampoco se encontraba cerca de la mesa principal.
Las advertencias de Nadira luchaban en su mente contra la certeza de que todo podía ser una interpretación equivocada.
La fiesta continuaba. Los músicos tocaban, las familias comían y los niños corrían bajo las lámparas.
Nadie parecía estar en peligro. Uno de los braseros de la muralla se apagó.
Esmeralda levantó la mirada. Una figura caminaba por el paso superior, apenas visible contra el cielo.
Reconoció la capa negra de Rashid. El emisario se detuvo entre dos torres y observó el desierto. Después sacó de su ropa una cinta roja.
La sostuvo sobre la muralla durante unos segundos y la dejó caer. El viento la levantó antes de que tocara el suelo. La tela flotó más allá de las casas, visible bajo la luna, hasta desaparecer detrás de las dunas. A lo lejos, en medio de la oscuridad, respondió un destello rojo.