Capítulo 2 La fiesta de la luna #2
Esmeralda llevaba un vestido verde ceñido en la cintura y bordado con hilos dorados alrededor de los hombros.
Ligia había insistido en trenzarle el cabello y colocar pequeñas cuentas de cobre entre los mechones.
Yusuf apenas la miró antes de salir de casa.
Estaba demasiado atento a los desconocidos.
La niña caminaba tomada de la mano de Esmeralda.
No había vuelto a hablar desde que su padre destruyó las figuras, aunque observaba a su alrededor con una inquietud poco habitual.
—No te separarás de mí —le dijo Esmeralda.
Ligia asintió. Samir las esperaba cerca del altar. Vestía una camisa clara, pantalones oscuros y un cinturón nuevo que parecía incomodarlo. Se había peinado con agua, pero varios mechones ya habían recuperado su desorden natural.
—Estás hermosa —dijo al verla.
—Tardaste demasiado en notarlo.
—Llevo años notándolo. Hoy decidí decirlo.
Samir saludó a Ligia y le ofreció una figurilla de madera con forma de pájaro. La niña la sostuvo contra la palma, cerró los ojos y permaneció quieta durante unos segundos. Después sonrió.
—Lo hice esta mañana —explicó él—. No tiene ningún recuerdo triste.
Esmeralda lo miró.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Ligia trata los objetos como si pudieran hablarle.
La niña abrió los ojos y guardó el pájaro en una pequeña bolsa. Esmeralda recordó la explicación de Nadira: algunos objetos recuerdan. Antes de que pudiera preguntarle a Ligia qué había sentido, los tambores se interrumpieron.
Una comitiva atravesó la entrada principal de la plaza.
Cuatro hombres vestidos con túnicas rojas escoltaban a un viajero de barba recortada y cabello oscuro.
No llevaba armas visibles. Su capa era de un tejido tan negro que absorbía el resplandor de las lámparas, y sobre el pecho lucía un broche de plata con la figura de un halcón. El anciano Sabal salió a recibirlo.
—Luzar da la bienvenida a Rashid, emisario y representante comercial del reino de Arad.
Los habitantes aplaudieron. El nombre de Arad era conocido por sus rutas, sus metales y los caballos que criaban en las tierras del norte. También se decía que sus comerciantes podían comprar un pueblo entero sin levantar la voz. Rashid inclinó la cabeza.
—Mi señor ha escuchado hablar de la generosidad de Luzar y de la pureza de su agua. Traigo regalos para su consejo y una propuesta que espero sea beneficiosa para todos.
Su tono era agradable y su sonrisa estaba calculada para no parecer arrogante.
Entregó a Sabal una caja con monedas, telas y frascos de perfume.
La música se reanudó mientras los ancianos lo conducían hacia la mesa principal.
Rashid pasó cerca de Esmeralda. Sus ojos se detuvieron en ella.
No fue una mirada admirativa como las que había recibido durante toda su vida.
Él examinó su rostro, bajó hasta el medallón y volvió a sus ojos.
Después sonrió. Ligia soltó la mano de Esmeralda y retrocedió.
—¿Qué sucede?
La niña no respondió. Rashid se había detenido para conversar con Yusuf.
Mientras hablaba, su capa rozó el brazo de Ligia.
La reacción fue inmediata. Ligia se llevó las manos a los oídos y cayó de rodillas.
Abrió la boca, pero durante varios segundos no emitió ningún sonido.
Cuando finalmente gritó, la música pareció apagarse alrededor de Esmeralda.
—¡Fuego!
Varias personas se volvieron. Esmeralda se arrodilló junto a ella.
—Ligia, mírame.
La niña señaló a Rashid.
—Caballos —dijo con dificultad—. Muchos.
El emisario contempló la escena con una preocupación perfectamente representada.
—¿La pequeña está enferma?
—No la toques —respondió Esmeralda.
Rashid levantó ambas manos.
—No pretendía asustarla.
—Ha oído algo en tu capa.
Yusuf agarró a Esmeralda por el brazo.
—Está cansada. Llévala a sentarse.
—Dijo que escuchó caballos.
—Hay caballos fuera de la muralla —intervino Rashid—. Los de mi comitiva. Tal vez el sonido la inquietó.
Ligia sacudió la cabeza con desesperación. Intentó pronunciar otra palabra, pero solo consiguió emitir un jadeo. Nadira apareció entre la multitud y se arrodilló frente a ella.
—Déjame verla.
—¿Qué le pasa? —preguntó Esmeralda.
—Necesita alejarse de este ruido.
La sanadora tomó las manos de Ligia y presionó con los pulgares el centro de sus palmas. La respiración de la niña comenzó a estabilizarse. Nadira levantó la mirada hacia Rashid. Durante un instante, ambos se observaron en silencio.
—¿Nos conocemos? —preguntó él.
—He atendido a demasiados hombres heridos. Todos terminan pareciéndose.
Rashid sonrió.
—Espero no necesitar tus servicios.
—Yo también.
Yusuf llevó a Ligia hasta una zona tranquila junto al taller. Esmeralda quiso acompañarlos, pero la niña agarró la mano de Nadira y se negó a soltarla.
—Quédate —dijo la sanadora—. Yo la cuidaré.
—No confío en ti.
—Eso te vuelve menos imprudente de lo que pareces.
Nadira se inclinó hacia ella.
—Pero sí deberías confiar en el miedo de tu hermana.
Esmeralda volvió a mirar hacia Rashid. El emisario brindaba con los ancianos y aceptaba las atenciones de varias familias.
Parecía completamente integrado en la celebración.
Uno de sus acompañantes caminaba por el perímetro de la plaza, deteniéndose junto a cada calle lateral antes de continuar.
No estaban admirando Luzar. Registraban las entradas. Samir tocó el codo de Esmeralda.
—Yo también lo vi.
—¿Qué hacemos?
—Nada todavía. Si acusamos al emisario de un reino sin pruebas, el consejo nos encerrará hasta que termine la fiesta.
—Ligia escuchó gritos.
—Y yo le creo.
Samir miró hacia el taller.
—Tu padre está con ella. Nadira también. Ven conmigo.
—No quiero dejarla.
—Solo será durante una canción.
Los músicos iniciaron una melodía lenta. Las parejas comenzaron a ocupar el centro de la plaza. Samir tomó la mano de Esmeralda y la condujo entre ellas.
—¿Una canción para qué?
—Para bailar contigo delante de todos. Te lo prometí.
Samir colocó una mano sobre su cintura. Esmeralda apoyó la otra en su hombro. Al principio se movieron con la separación prudente que exigían las miradas de los ancianos, pero la multitud fue estrechando el espacio y los cuerpos terminaron más cerca.
—Rashid nos está observando —murmuró ella.
—Que observe.
—No sabemos qué quiere.
—Esta noche no pienso permitir que ningún desconocido nos robe lo que todavía es nuestro.
Samir la hizo girar. Cuando volvió hacia él, la sujetó con fuerza y la pegó a su cuerpo. Esmeralda sintió el calor de su mano a través del vestido. La cercanía despertó el recuerdo del río: los labios de Samir en su cuello, la ropa mojada, el deseo que ambos habían dejado sin satisfacer.
—Mañana estaremos lejos —dijo él.
Esmeralda quiso creerlo. Lo besó delante de todos.
La sorpresa de Samir duró apenas un instante; después, su mano ascendió por la espalda de ella mientras Esmeralda hundía los dedos en su cabello.
Alrededor se elevaron risas, silbidos y alguna protesta ofendida, pero ninguno se apartó hasta que terminó la canción.
Samir la condujo hacia la sombra del santuario, protegida de la plaza por dos cortinas ceremoniales.
Allí volvió a besarla sin espectadores y sin la obligación de fingir modestia.
Esmeralda apoyó la espalda contra el muro.
La música llegaba amortiguada, mezclada con el roce de las telas y la respiración de ambos.
—Si sigues así —susurró ella cuando la boca de Samir descendió por su cuello—, no llegaremos a los caballos.
—Podemos retrasar la partida.
—Siete meses de preparación destruidos en una noche.
—Me parece una noche excelente.
La risa de Esmeralda terminó en una respiración quebrada cuando Samir abrió el borde de su vestido y besó la piel que acababa de descubrir.
Ella tomó su mano y la condujo bajo la tela.
No quiso que el temor a Rashid, a la visión o a la vigilancia del consejo decidiera cuánto podía sentir antes de marcharse.
Samir se detuvo con la palma sobre su muslo.
—Aquí no —murmuró—. Si alguien entra...
—Nadie entrará sin que escuchemos la cortina.
—No era la única razón.
Esmeralda comprendió la pregunta que él todavía no formulaba. Se acercó a su oído y respondió con claridad.
—Quiero que continúes. No quiero penetración. No aquí.