Capítulo 2 La fiesta de la luna
LA FIESTA DE LA LUNA
La figura de barro continuaba en el patio cuando Esmeralda despertó.
La luz del amanecer había secado la superficie y abierto una grieta sobre el pecho de la mujer arrodillada, justo en el lugar donde Ligia había hundido el dedo antes de señalarla.
El hombre sin rostro permanecía detrás de ella.
La corona yacía a sus pies y la cadena se extendía hasta el borde del recipiente.
Esmeralda observó la composición desde la puerta de su habitación. Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos regresaba a la sala de columnas negras, veía la máscara suspendida en la oscuridad y escuchaba la palabra que aquella voz había pronunciado. Heredera.
También recordaba el cuerpo de Samir pegado al suyo en el río, sus manos deteniéndose cuando podrían haber continuado y la promesa de los caballos ocultos junto al desfiladero.
Durante la noche, ambos recuerdos habían terminado por mezclarse.
En algunos sueños era Samir quien llevaba la máscara.
En otros, el hombre sin rostro rompía la cadena y le ofrecía la mano.
Ligia salió de la cocina con un cuenco de leche y se sentó junto a su creación.
—¿Soñaste con esto? —preguntó Esmeralda.
La niña sopló la leche sin mirarla.
—Ligia, necesito que me respondas.
Ella se encogió de hombros.
—¿Quién es el hombre?
La niña levantó una mano y se cubrió el rostro con la palma. Después señaló hacia el norte. Esmeralda siguió la dirección del dedo. Más allá de las casas se levantaba la muralla baja de Luzar y, detrás, la superficie interminable del desierto.
—¿Viene hacia aquí?
Ligia tomó el cuenco con las dos manos. No afirmó ni negó nada. Yusuf apareció detrás de Esmeralda. Había pasado la noche trabajando y todavía llevaba la misma ropa del día anterior. Al ver las figuras de barro, se detuvo.
—Destrúyelas —ordenó.
Ligia apretó los labios.
—Solo es un juego —dijo Esmeralda.
—He dicho que las destruya.
Yusuf cruzó el patio, tomó el recipiente y lo volcó contra el suelo. La mujer perdió la cabeza. La corona se partió en dos y el hombre sin rostro quedó aplastado bajo el pie del carpintero. Ligia soltó el cuenco. La leche se derramó sobre su vestido.
—¡Padre! —protestó Esmeralda.
La niña se levantó y corrió hacia la habitación. Yusuf no intentó detenerla. Miraba los pedazos de barro con la respiración agitada.
—¿Por qué te asusta tanto?
—No me asusta.
—Entonces dime qué significa.
—Significa que tu hermana escucha demasiadas historias.
—Ligia casi no habla con nadie.
—Esta noche es la fiesta de la luna. Hay trabajo suficiente para todos. No quiero volver a conversar sobre dibujos, sueños ni objetos que debieron permanecer escondidos.
—Tú sabías lo que iba a ver cuando tocara el medallón.
Yusuf levantó la cabeza. Por primera vez, Esmeralda advirtió algo más que temor en su expresión. También había culpa.
—No sabía que lo encontrarías.
—No es lo mismo.
—A veces es lo único que un padre puede responder.
Se agachó para recoger los fragmentos de barro y los arrojó dentro de una vasija vacía. Esmeralda comprendió que no obtendría nada más. La obstinación de Yusuf era una puerta fabricada con la madera más dura que conocía y reforzada desde dentro.
Aquella noche se marcharía con Samir. La decisión, que junto al río había parecido temeraria y emocionante, adquirió de pronto otro sentido.
Ya no se trataba solamente de escapar del matrimonio preparado por el consejo.
También quería alejarse de los silencios de su padre, encontrar el origen del medallón y descubrir por qué Ligia había modelado la misma corona que aparecía en la visión. Pero no podía abandonar a su hermana.
La idea surgió con una claridad incómoda.
Samir había conseguido dos caballos, no tres, y nunca habían hablado de llevar a Ligia.
Quizá pudieran montar juntos. Tal vez la niña se negara a partir.
Tal vez Yusuf no sobreviviera a la pérdida de ambas.
Esmeralda se arrodilló para limpiar la leche derramada.
—Esta noche hablaremos —dijo.
Su padre siguió recogiendo el barro sin responder.
La fiesta de la luna comenzaría después del anochecer, pero Luzar llevaba preparándose desde varios días antes.
Las familias cubrieron las fachadas con telas blancas y colgaron lámparas de aceite entre las azoteas.
En el mercado se levantaron mesas para la comida, una tarima para los músicos y un altar provisional donde los ancianos agradecerían la protección del manantial durante otro ciclo.
El aire olía a carne asada, canela y dátiles calientes.
Los niños corrían con coronas de flores secas mientras las mujeres terminaban de decorar las jarras de vino.
Desde lo alto de la muralla, varios jóvenes encendían braseros para iluminar el camino de los viajeros.
Esmeralda ayudaba a disponer frutas sobre una mesa cuando vio entrar a la mujer desconocida.
Avanzaba entre los puestos con una cesta de hierbas apoyada contra el pecho.
Era alta y delgada, con el cabello negro atravesado por mechones plateados que no parecía interesada en ocultar.
Vestía una túnica azul oscuro, sencilla pero confeccionada con una tela más fina que las producidas en Luzar.
Sus ojos eran verdes. No se parecían exactamente a los de Esmeralda.
Eran más oscuros, casi grises en la sombra, pero bastaron para despertar el murmullo de dos mujeres que ordenaban platos al otro lado de la plaza.
La desconocida lo advirtió y sonrió sin amabilidad.
—¿Dónde puedo encontrar al carpintero? —preguntó.
Esmeralda dejó sobre la mesa el cuchillo que estaba utilizando.
—Depende de lo que necesites.
—Una caja.
—Mi padre fabrica muchas.
—Esta no necesita ser fabricada. Necesito abrirla.
La mujer levantó la cesta. Debajo de las hierbas había un cofre pequeño cubierto de placas de cobre. El cierre estaba deformado, como si alguien hubiera intentado romperlo con una piedra.
—Puedo llevarte hasta él —dijo Esmeralda.
Caminaron juntas hacia el taller. La mujer se presentó como Nadira y explicó que era sanadora. Había llegado con una caravana procedente del este y pensaba permanecer en Luzar hasta encontrar otro grupo que viajara hacia el norte.
—No tenemos muchos enfermos —dijo Esmeralda—. Al menos no durante esta época.
—Los enfermos aparecen cuando llega alguien capaz de curarlos. Antes de eso, la gente los llama cansados, débiles o condenados.
—Eso no parece una buena manera de conseguir pacientes.
—Nunca he tenido que buscarlos.
Nadira hablaba sin prisa, pero sus ojos examinaban las casas, las entradas y los caminos laterales. No parecía la observación curiosa de una viajera. Medía las distancias y memorizaba las salidas. Cuando llegaron al taller, Yusuf no estaba. Esmeralda dejó el cofre sobre la mesa.
—Volverá antes de la ceremonia.
—Puedo esperar.
Nadira retiró las hierbas de la cesta. Esmeralda se inclinó para ayudarla y el cuello de su vestido se desplazó.
El medallón de su madre, que había sacado del escondite aquella mañana, apareció durante un instante sobre su pecho.
La sanadora dejó caer un manojo de salvia.
Su reacción fue breve, pero inconfundible.
—¿Qué ocurre? —preguntó Esmeralda.
Nadira recogió las hojas.
—Nada.
—Has visto el medallón.
—He visto muchos medallones.
Esmeralda lo sacó por completo.
—¿También has visto esta piedra?
Nadira miró hacia la entrada del taller antes de responder.
—Es vidrio teñido.
—Mi padre dice que era de mi madre.
—Entonces deberías preguntarle a tu padre.
—Ya lo hice.
—Y no quiso responderte.
No era una pregunta. Esmeralda sostuvo el medallón frente a ella.
—Ayer lo toqué y tuve una visión.
Nadira agarró su muñeca. Lo hizo con tanta rapidez que Esmeralda no tuvo tiempo de apartarse.
—No vuelvas a tocar la piedra con la mano desnuda.
—¿Por qué?
—Porque algunos objetos recuerdan a quienes los poseyeron.
—¿Conociste a mi madre?
La sanadora la soltó.
—No.
—Estás mintiendo.
—Y tú estás haciendo preguntas peligrosas en una habitación con las ventanas abiertas.
Nadira envolvió el cofre en una tela y volvió a guardarlo. La serenidad había desaparecido de sus movimientos.
—Esta noche permanece junto a tu familia —dijo—. No abandones las calles iluminadas y no cruces la muralla.
—¿Qué sabes de la fiesta?
—Nada. Por eso prefiero desconfiar.
Antes de que Esmeralda pudiera detenerla, Nadira salió del taller y se perdió entre las personas que caminaban hacia la plaza. Yusuf llegó unos minutos después. Al descubrir el medallón sobre el vestido de su hija, palideció.
—Lo sacaste de la caja.
—Quería llevar conmigo algo de mi madre.
—Devuélvelo.
—No.
La negativa quedó suspendida entre ambos.
—Después de la ceremonia hablaremos —dijo Esmeralda—. Me contarás quién era ella y por qué Nadira reconoció el medallón.
—¿Nadira?
—La sanadora que llegó esta mañana.
Yusuf miró hacia la calle.
—No conozco a ninguna sanadora.
—Ella parece conocer lo que tú escondes.
La expresión de su padre se cerró.
—Durante la fiesta no te alejes de mí.
Era la segunda advertencia que recibía en menos de una hora.
Esmeralda estuvo a punto de contarle que pensaba marcharse, pero se contuvo.
Si Yusuf conocía el plan, alertaría al consejo o vigilaría todas las salidas.
Hablarían después, se prometió. Le explicaría que llevaría a Ligia, que encontrarían un lugar donde vivir y que podría reunirse con ellas cuando quisiera.
Era una solución imperfecta, construida con deseos que todavía no sabía cómo cumplir. Sin embargo, le permitía avanzar.
Cuando la luna apareció sobre las dunas, Luzar parecía otro pueblo.
Centenares de lámparas iluminaban las calles y las telas blancas reflejaban una claridad azulada.
Los músicos tocaron tambores, flautas y cuerdas desde la tarima.
Las familias llenaron la plaza con sus mejores ropas, y hasta las casas más humildes dejaron comida frente a las puertas para compartirla con los viajeros.