La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 1 La muchacha de los ojos verdes #3
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Capítulo 1 La muchacha de los ojos verdes #3

Samir se puso de pie y entró en el río con los pantalones arremangados. Extendió una mano hacia ella.

—Ven.

—El agua está fría.

—Entonces tendrás que acercarte.

Esmeralda aceptó su mano. Descendió por la orilla, pero una piedra se movió bajo su sandalia. Samir la sostuvo por la cintura antes de que cayera. Ella quedó pegada a su cuerpo, con las manos apoyadas sobre su pecho.

—Eso fue intencional —dijo Esmeralda.

—La piedra trabaja para mí.

Él la condujo hacia una zona más profunda. El agua les llegó primero a las rodillas y después a la cintura. La ropa de Esmeralda se adhirió a sus piernas. Samir la miró con una intensidad que borró durante unos segundos el consejo, el matrimonio y la visión.

Se conocían desde niños. Habían compartido juegos, castigos, enfermedades y secretos.

Pero desde hacía dos años, aquella familiaridad se había convertido en algo distinto.

Esmeralda conocía la forma exacta en que cambiaba su respiración antes de besarla y el modo en que sus manos, fuertes por el trabajo, se volvían cuidadosas cuando tocaban su cuerpo.

Samir pasó los dedos por su espalda mojada.

—Si me dices que no quieres irte, quemaré el mapa.

—¿Y las monedas?

—Me compraré una casa lejos de tu ventana para intentar olvidarte.

—No durarías una semana.

—Dos, si la casa tiene buena ventilación.

Esmeralda lo besó antes de que pudiera continuar.

Samir respondió rodeándole la cintura y acercándola.

El agua amortiguó el movimiento de sus cuerpos.

Ella sintió el calor de su boca, el roce de su barba y la presión contenida de sus manos sobre la tela mojada.

Habían llegado otras veces hasta ese límite y siempre se habían detenido.

No por falta de deseo, sino porque el futuro parecía extenderse delante de ellos con una amplitud infinita.

Podían esperar. Podían prometerse otra noche, otro lugar, otra oportunidad.

Ahora Esmeralda ya no estaba segura de que el tiempo les perteneciera. Deslizó las manos bajo la camisa de Samir y recorrió su espalda. Él dejó escapar una respiración entrecortada contra su cuello. La besó detrás de la oreja, descendió hasta su clavícula y se detuvo allí.

—Esmeralda.

La forma en que dijo su nombre era una pregunta.

Ella apoyó la frente contra la suya. Deseaba continuar.

También deseaba comprender la visión y descubrir por qué su padre le había ocultado el medallón.

Las dos urgencias se confundían: tocar a Samir era aferrarse a la vida que había elegido antes de que alguien se la arrebatara.

—Después de la fiesta —susurró—. Nos iremos.

—¿Estás segura?

—Sí.

Samir volvió a besarla. Esta vez lo hizo lentamente, como si quisiera guardar en la memoria cada reacción.

Sus manos bajaron hasta las caderas de Esmeralda y permanecieron allí, sin exigir más de lo que ella quería darle.

El deseo no desapareció cuando se separaron. Se quedó entre ambos, vivo y aplazado.

Salieron del río al anochecer. Se tendieron sobre una de las mantas mientras la ropa se secaba sobre sus cuerpos.

Samir le mostró la ruta marcada en el mapa y explicó dónde encontrarían los caballos.

Esmeralda lo escuchó con la cabeza apoyada en su hombro, aunque una parte de su mente seguía atrapada en la sala de columnas negras.

Cuando regresó a casa, encontró a Ligia sentada en el patio. La niña tenía doce años y llevaba el cabello recogido en dos trenzas desiguales. Frente a ella había un recipiente lleno de barro húmedo. Algunas veces modelaba animales; otras, rostros que solo ella reconocía.

—Deberías estar durmiendo —dijo Esmeralda.

Ligia no respondió. Desde que Laleh, la partera que había ayudado a Yusuf a criar a las dos muchachas, partió hacia el norte dos años atrás y dejó de enviar cartas, hablaba cada vez menos.

Había días enteros en los que no pronunciaba una palabra.

Esmeralda nunca aceptó la explicación de Yusuf —un viaje largo para atender a una mujer enferma—, pero tampoco encontró una dirección a la que escribir ni una tumba que demostrara que Laleh había muerto.

Esmeralda se agachó a su lado.

—¿Qué estás haciendo?

Ligia retiró las manos. En el barro había modelado una figura femenina de rodillas. A sus pies se extendía una cadena. Detrás de ella se levantaba un hombre alto cuyo rostro era una superficie lisa, sin ojos ni boca. Esmeralda sintió que el frío del río regresaba a su cuerpo.

—¿Quién es?

Ligia señaló a la mujer arrodillada. Después levantó la mano y tocó los ojos de Esmeralda.

—No entiendo.

La niña tomó un trozo de barro y formó una pequeña corona.

La colocó frente a la mujer, como si hubiera caído de su cabeza.

Desde el interior de la casa llegó un golpe.

Yusuf había cerrado la puerta del taller.

Esmeralda volvió a mirar la figura sin rostro.

Bajo la luz de la luna, el barro húmedo parecía negro.

Ligia hundió un dedo en el pecho de la mujer arrodillada y pronunció una sola palabra:

—Tú.