Capítulo 1 La muchacha de los ojos verdes #2
Sintió miedo antes de tocarlo. No era un temor razonado, sino la certeza física de que aquel objeto llevaba años esperándola.
Extendió la mano y rozó la piedra con la yema de un dedo.
El taller desapareció. Esmeralda se encontró en una sala de columnas negras.
No podía distinguir las paredes ni el techo.
Delante de ella flotaba una máscara sin abertura para la boca, pulida como un espejo quemado.
Bajo la máscara se extendía una cadena cubierta de símbolos rojos.
Cada eslabón parecía latir. Intentó apartarse, pero sus pies no respondieron.
La cadena se arrastró sobre el suelo y se enroscó alrededor de sus tobillos.
El metal no estaba frío. Ardía como si acabara de salir del fuego.
Más allá de la máscara apareció una corona sumergida en agua oscura.
Una mano de mujer intentaba alcanzarla desde el fondo.
Esmeralda no veía el rostro, solo los dedos abiertos, el cabello extendido por la corriente y el medallón verde que llevaba alrededor del cuello. La máscara giró hacia ella.
Una voz masculina pronunció una palabra que Esmeralda no comprendió. Después, otra voz, mucho más cercana, susurró:
—Heredera.
La visión se quebró. Esmeralda despertó en el suelo del taller. Su padre estaba arrodillado a su lado, sujetándole los hombros. La caja había caído abierta y el medallón permanecía entre sus dedos.
—Suéltalo —ordenó Yusuf.
Esmeralda quiso obedecer, pero tuvo que hacer un esfuerzo para separar la mano de la piedra. En cuanto lo consiguió, el aire volvió a entrarle en los pulmones. Sentía el cuerpo cubierto de sudor.
—¿Qué fue eso?
Yusuf recogió el medallón con un trozo de tela, evitando tocarlo directamente.
—Nada que debas volver a ver.
—Había una mujer. Llevaba este mismo medallón.
Su padre guardó la joya en la caja.
—Estabas mareada.
—Escuché una voz.
—No escuchaste nada.
—Me llamó heredera.
Yusuf se quedó inmóvil. Fue solo un instante, pero Esmeralda reconoció el miedo en su rostro.
—¿Heredera de qué?
—Esmeralda, basta.
—¿Quién era mi madre?
—Una mujer que murió para que tú pudieras vivir.
—Eso no responde nada.
—Es la única respuesta que puedo darte.
Yusuf cerró la caja y la sostuvo contra el pecho. La dureza de su expresión no ocultaba el temblor de sus manos.
—No vuelvas a tocar ese objeto. No le hables a nadie de él, ni siquiera a Samir. Hay historias capaces de encontrar a quienes las pronuncian.
Esmeralda quiso insistir, pero conocía a su padre.
Cuando hablaba con aquel tono, ninguna pregunta conseguía atravesarlo.
Lo observó esconder la caja en un compartimiento situado bajo una tabla del suelo.
Después regresó al arcón y retomó el trabajo, aunque sostenía la herramienta al revés.
Durante el resto de la tarde, Esmeralda intentó convencerse de que la visión había sido un desvanecimiento provocado por el calor.
No lo consiguió. Todavía sentía la cadena alrededor de los tobillos y recordaba la voz con una claridad imposible. Heredera.
Cuando el sol comenzó a bajar, salió de la casa sin avisar. Encontró a Samir junto al río, en una zona donde las palmeras crecían tan cerca del agua que sus raíces formaban cavidades sobre la orilla. Él había dejado dos mantas, una bolsa de dátiles y una jarra de vino bajo un árbol.
—¿Esto es lo importante? —preguntó Esmeralda—. ¿Un picnic?
Samir estaba quitándose las botas.
—Las pruebas están dentro de la bolsa.
Esmeralda la abrió. Debajo de los dátiles había un pequeño envoltorio de cuero. Contenía monedas de plata, dos sellos de viaje y un mapa trazado sobre una tela.
—¿De dónde sacaste esto?
—He estado trabajando para las caravanas durante la noche.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Siete meses.
Esmeralda levantó la vista.
—¿Has estado preparando una fuga durante siete meses sin decírmelo?
—He estado preparando una posibilidad. La fuga depende de ti.
Samir se sentó sobre una raíz. La alegría habitual había desaparecido de su rostro.
—El consejo anunciará tu compromiso durante la fiesta de la luna.
La sospecha que había acompañado a Esmeralda durante toda la mañana se convirtió en una certeza desagradable.
—¿Con quién?
—Con Rashad, el comerciante del sur.
—Tiene la edad de mi padre.
—Tiene dos almacenes, acceso a tres pozos y la promesa de instalar aquí un taller. Eso parece importarles más.
Esmeralda caminó hasta el borde del río. El agua reflejaba una franja de cielo rojo entre las palmeras. Imaginó a los ancianos pronunciando su nombre delante de todo Luzar, presentando como un honor una vida que ya habían elegido por ella.
—Mi padre no lo permitiría.
—Tu padre pidió tiempo. El consejo interpretó que no se negaba.
Esmeralda recordó el miedo de Yusuf frente al medallón. Tal vez el matrimonio no fuera solo una negociación comercial. Tal vez quisiera mantenerla en Luzar, bajo vigilancia, lejos de cualquier camino que pudiera conducirla hacia la mujer de la corona.
—Nos iremos después de la fiesta —dijo Samir—. Tendremos dos caballos escondidos junto al desfiladero. Podemos llegar a las montañas en cuatro días y desde allí unirnos a una caravana. Tengo dinero suficiente para el primer mes. Después trabajaré en lo que encuentre.
—¿Y yo qué haré?
—Lo que quieras.
La respuesta fue tan inmediata que Esmeralda se volvió.
—No sé hacer muchas cosas fuera de Luzar.
—Sabes leer cuentas, reconocer plantas, reparar casi cualquier objeto y discutir durante horas sin repetir un argumento.
—Eso último no parece un oficio.
—Podrías cobrar por hacerlo.
Esmeralda se sentó a su lado. Le habría gustado contarle lo ocurrido en el taller, mostrarle el medallón y describir la máscara. Sin embargo, recordó la advertencia de su padre. Hay historias capaces de encontrar a quienes las pronuncian.
—¿Por qué después de la fiesta? —preguntó.
—Porque quiero bailar contigo delante de todos antes de que empiecen a odiarnos.