La esclava (El reino prohibido nº 1)
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Capítulo 1 La muchacha de los ojos verdes
LA MUCHACHA DE LOS OJOS VERDES
Esmeralda descubrió que los ancianos volvían a observarla cuando atravesaba el mercado con una cesta de higos apoyada contra su cadera.
No era una mirada abierta ni fácil de denunciar, sino una sucesión de movimientos discretos: conversaciones que se interrumpían cuando ella se acercaba, cabezas que giraban en dirección contraria y manos arrugadas que dibujaban sobre el pecho la señal que en Luzar se utilizaba para alejar la desgracia.
Ella estaba acostumbrada. Desde niña había aprendido que sus ojos provocaban curiosidad en los viajeros y una desconfianza más profunda entre quienes la conocían.
En Luzar predominaban los ojos oscuros, dorados bajo el sol o casi negros en la penumbra.
Los suyos, en cambio, eran verdes, con pequeñas vetas amarillas alrededor de las pupilas.
Su padre decía que los había heredado de su madre, aunque esa explicación nunca venía acompañada de una historia, un nombre o una descripción que pudiera ayudarla a imaginar a la mujer que le había dado la vida.
A sus veintitrés años, Esmeralda había dejado de esperar que la costumbre volviera menos ofensiva aquella vigilancia. Samir, dos años mayor que ella, era una de las pocas personas de Luzar que no preguntaba de dónde procedían sus ojos antes de mirarla a ella.
Una ráfaga levantó el polvo entre los puestos.
Esmeralda se cubrió el rostro con el extremo del velo y continuó caminando entre pirámides de especias, jaulas de gallinas, vasijas de barro y rollos de tela teñidos con colores que parecían demasiado intensos para haber nacido en el desierto.
Al fondo, detrás de las casas de adobe, las palmeras rodeaban el manantial que había permitido la existencia de Luzar durante generaciones.
Más allá comenzaban las dunas, extendidas bajo el sol como el lomo inmenso de una bestia dormida.
—Hoy te miran más de lo habitual.
Esmeralda reconoció la voz antes de volverse.
Samir avanzaba detrás de ella con el cabello oscuro revuelto por el viento y una sonrisa que conseguía irritarla y tranquilizarla al mismo tiempo.
Llevaba una camisa de lino abierta en el cuello y tenía los antebrazos cubiertos por el polvo rojizo del taller de su familia.
—Tal vez te miran a ti —contestó—. Llegas al mercado con aspecto de haber peleado contra una pared.
—La pared perdió.
Samir le quitó la cesta antes de que ella pudiera protestar. No parecía importarle que pesara ni que Esmeralda intentara recuperarla. La sostuvo con una mano y utilizó la otra para apartarla del camino de un comerciante que conducía dos cabras entre la multitud.
—Puedo cargar mis propias cosas.
—Lo sé.
—Entonces devuélvemela.
—No.
Esmeralda aceleró para caminar a su lado.
Samir era poco más alto que ella, pero tenía la espalda ancha y los movimientos seguros de quien había trabajado desde niño cargando madera, reparando techos y levantando cercas.
No poseía la elegancia de los emisarios que algunas veces atravesaban Luzar con sus caravanas, cubiertos de seda y acompañados por servidores.
A Esmeralda le gustaba precisamente por eso.
Cuando Samir sonreía, no parecía estar calculando cuánto valía la persona que tenía delante.
—Mi padre te está buscando —dijo ella.
—¿Para pagarme lo que todavía me debe?
—Para obligarte a reparar otra puerta.
—Entonces no me ha visto.
Pasaron junto a un puesto de joyas donde una mujer anciana organizaba brazaletes de cobre sobre un paño negro. Al levantar la cabeza y descubrir a Esmeralda, la vendedora apretó los labios. Sus dedos se detuvieron sobre un amuleto en forma de ojo. Samir también lo vio.
—Deberías cobrarles —murmuró—. Si van a pasar el día mirándote, al menos que paguen por el privilegio.
Esmeralda sonrió, pero no volvió la cabeza.
Detestaba que aquellas miradas todavía pudieran incomodarla.
Había crecido entre esas personas, conocía sus casas y había jugado con sus hijos.
Sin embargo, para algunos siempre sería la muchacha que había llegado a Luzar en brazos de un hombre viudo, demasiado pequeña para recordar a su madre y con unos ojos que no pertenecían a ninguna familia del oasis.
—Esta mañana escuché a Sabra decir que los ojos verdes anuncian cambios —dijo Esmeralda—. Lo dijo bastante alto para que yo pudiera oírla.
—Sabra también dice que una cabra puede predecir tormentas.
—Su cabra acertó la última.
—Porque Sabra le da una patada cada vez que quiere que se arrodille.
Esmeralda soltó una carcajada. Dos ancianos volvieron a mirarla y Samir les dedicó un saludo exageradamente respetuoso. Ellos fingieron interesarse por un saco de lentejas.
—Algún día conseguirás que nos expulsen a los dos —dijo ella.
—Ese es el plan.
Samir pronunció la frase con ligereza, pero su sonrisa desapareció durante un instante.
Esmeralda lo notó. Desde hacía varias semanas, él hablaba de abandonar Luzar con una frecuencia que ya no parecía una fantasía.
Siempre encontraba una razón distinta: conocer las ciudades del norte, trabajar en los astilleros del mar interior, alejarse del consejo o descubrir qué había detrás de las montañas que cerraban el horizonte oriental.
Esmeralda lo escuchaba como si se tratara de una historia, aunque empezaba a sospechar que Samir había dejado de imaginarla y comenzaba a prepararla.
Llegaron al taller de su padre poco antes del mediodía.
Era una construcción baja situada detrás de la casa familiar, con un techo de palma y paredes cubiertas por herramientas.
Yusuf reparaba muebles, tallaba puertas y fabricaba cajas ornamentadas para las familias que podían pagarlas.
En los últimos meses había empezado a aceptar encargos de viajeros, una decisión que le proporcionaba más dinero, pero también largas jornadas encorvado sobre la madera. Samir dejó la cesta sobre una mesa.
—Si tu padre pregunta, nunca estuve aquí.
—Mi padre puede ver tu casa desde la puerta.
—Entonces dile que era mi hermano.
—No tienes hermano.
—Eso vuelve la mentira más difícil de comprobar.
Antes de marcharse, Samir rozó con los dedos la parte interior de la muñeca de Esmeralda. Fue un contacto breve, casi inocente, pero ella sintió que el calor le subía por el brazo. Él se inclinó como si fuera a contarle un secreto.
—Ve al río cuando el sol empiece a bajar.
—Tengo trabajo.
—Esto es importante.
—Todo lo que me dices es importante.
—Esta vez traje pruebas.
Samir retrocedió antes de que pudiera preguntarle a qué se refería. Caminó hacia la calle sin volverse, levantando una mano para despedirse. Esmeralda permaneció junto a la mesa hasta que dejó de verlo.
—Si sigues mirándolo de esa manera, no hará falta que el consejo anuncie nada durante la fiesta.
La voz de su padre llegó desde el interior del taller.
Esmeralda tomó la cesta y cruzó la puerta.
Yusuf estaba inclinado sobre un arcón de madera oscura.
Había envejecido mucho durante el último año.
Conservaba la fuerza en los brazos, pero el cabello se le había vuelto casi blanco alrededor de las sienes y necesitaba acercar las piezas pequeñas a la ventana para distinguirlas.
Sobre la mesa había láminas de metal, limas, agujas, trozos de cuero y una taza de té que seguramente llevaba varias horas fría.
—Samir solo me ayudó con la cesta.
—Samir lleva ayudándote con cosas que no necesitas desde que tenía doce años.
Esmeralda dejó los higos a su lado.
—Deberías casarte.
Yusuf sonrió sin levantar la cabeza. Aquella era la forma habitual de sus conversaciones: él mencionaba el matrimonio, ella fingía que se trataba de una ocurrencia sin importancia y ambos evitaban hablar del consejo.
En Luzar, las familias podían escoger a sus propios cónyuges siempre que los ancianos aprobaran la unión.
Sin embargo, cuando una familia poseía tierras, agua o algún oficio necesario para el pueblo, la aprobación podía convertirse en imposición.
Yusuf no era rico, pero controlaba buena parte de las reparaciones de Luzar.
Esmeralda había escuchado rumores sobre un comerciante viudo que buscaba esposa y estaba dispuesto a trasladar su taller desde el sur.
No sabía si el consejo pensaba en ella, aunque las miradas de aquella mañana le hacían sospechar que algo se preparaba para la fiesta de la luna.
—Necesito que ordenes el armario —dijo Yusuf—. Hay una caja con bisagras de plata que debo entregar mañana.
Esmeralda fue hasta el fondo del taller.
El armario ocupaba casi toda la pared y estaba repleto de maderas, frascos y piezas abandonadas.
Quitó varios rollos de cuero y encontró una caja pequeña cubierta por una tela gris.
No tenía bisagras de plata. Era mucho más antigua y estaba cerrada con un broche de cobre ennegrecido.
—¿Esta?
Su padre levantó la cabeza. La expresión cambió al verla.
—No.
Respondió demasiado rápido. Esmeralda sostuvo la caja entre las manos.
—Nunca la había visto.
—Déjala donde estaba.
—¿Era de mi madre?
Yusuf bajó la mirada hacia el arcón. El silencio que siguió confirmó lo que él no quería decir. Esmeralda retiró la tela. La caja estaba tallada con líneas curvas que formaban ramas, llamas o quizás olas. En el centro había una figura parecida a una corona partida.
—Te dije que la dejaras.
Yusuf cruzó el taller y trató de quitársela. Esmeralda retrocedió.
—Llevo toda la vida preguntándote por ella.
—Y yo llevo toda la vida intentando protegerte.
—¿De una caja?
—De lo que contiene.
Esmeralda abrió el broche. Su padre dijo su nombre, pero ya era tarde.
Dentro había un medallón circular, sujeto a una cadena delgada.
El metal parecía plata, aunque estaba surcado por vetas oscuras que se movían bajo la superficie cuando les daba la luz.
En el centro tenía incrustada una piedra verde, del mismo tono que los ojos de Esmeralda.