Capítulo 29
El viento, un lamento sin forma, se infiltraba entre las ruinas esqueléticas de lo que había sido Troya, trayendo consigo un frío punzante y el persistente olor a humo y ceniza mojada.
Cada paso de Podarces levantaba una minúscula nube gris que danzaba en la tenue luz lunar, empolvando sus ropas y su piel.
Ya no era la ceniza candente del incendio, sino el residuo frío y muerto de una vida que ya no existía.
El suelo estaba sembrado de escombros: fragmentos de cerámica, astillas de madera carbonizada, jirones de tela rasgada, todos indistinguibles en la noche si no fuera por la sensación que daban bajo los pies.
Cada crujido se amplificaba en el silencio sepulcral, cada sombra era una amenaza al acecho.
El terror, esa bestia que aún le mordía las entrañas, le sugería huir, esconderse, gritar.
Pero algo, una fuerza nueva y tenue, lo impulsaba hacia adelante.
Hesíone caminaba a su lado, la mano firme en su brazo.
Su presencia era un ancla en el caos, un recordatorio de que no estaba solo.
Orión, con su andar lento y mesurado, los seguía, sus ojos ancianos escudriñaban la oscuridad con una calma que Podarces envidiaba.
Detrás de ellos, otras dos figuras: una joven, cuyo nombre Podarces no recordaba, y un anciano de barba blanca que se apoyaba en un bastón nudoso, ambos mudos y temblorosos como hojas al viento.
Eran los rostros de su responsabilidad, los primeros que dependían de él, y su peso le gravaba en los hombros, más pesado que cualquier armadura.
«Debemos encontrar refugio y agua», murmuró Hesíone, la voz baja pero firme, un hilo de acero delgado en el estruendo de su corazón. «Y quizás algo de comer. Nuestras provisiones se han agotado».
Podarces asintió, la garganta seca. Cada palabra era un esfuerzo.
Miró a su alrededor, buscando un punto de referencia, un rastro de la magnífica ciudad que había conocido.
Pero no había nada. Los templos, que una vez se alzaron majestuosos, eran ahora montones de mármol fragmentado.
Las casas, que vibraban de vida y risas, eran solo muros destripados, heridas abiertas bajo el cielo nocturno.
Los sonidos de Troya, las voces de los mercaderes, el estrépito de las armas, el llanto de los niños, habían sido reemplazados por el silbido del viento entre los escombros, un réquiem por un pasado perdido.
«Conocía cada callejuela de esta ciudad», dijo, la voz quebrada por el dolor. «Ahora no reconozco ni sus cimientos».
Orión avanzó, sus pasos ligeros a pesar de la edad. «Las ciudades, príncipe, son como las personas. Pueden morir, pero su esencia permanece. Está en ti, en nosotros, en nuestros recuerdos. Está en las estrellas que nos guían, aunque las murallas ya no existan».
Las palabras de Orión fueron como un bálsamo, pero el ardor en el pecho de Podarces era demasiado fuerte.
Era el ardor de la injusticia, de la ira hacia su padre, Laomedonte, cuya avaricia y soberbia los habían condenado a todos.
Era la furia de Heracles, implacable y devastadora, que había reducido su gloria a polvo.
«Heracles...» susurró Podarces, el nombre un veneno en sus labios. «Telamón. Han pagado la traición de mi padre con la sangre de inocentes. Con la destrucción de nuestra Troya».
«Los dioses no miran los nombres, príncipe», replicó Orión con voz sosegada. «Miran las acciones. Y las consecuencias a menudo son ciegas al golpear».
Se adentraron más en el laberinto de ruinas.
Podarces buscaba una antigua cisterna, un pozo que pudiera haber resistido, o quizás las despensas subterráneas de alguna rica morada.
Sus ojos se esforzaban por distinguir algo útil en la oscuridad.
El cuerpo estaba cansado, pero la mente era un torbellino de pensamientos e imágenes.
Los recuerdos de la esplendorosa Troya se superponían a la desolación actual: las murallas inexpugnables que ahora yacían en el suelo como gigantes derrotados, las torres que tocaban el cielo, ahora muñones oscuros y amenazantes.
Llegaron a lo que había sido una plaza del mercado.
El pavimento estaba levantado, los puestos de madera reducidos a cenizas.
Solo una antigua estatua de Atenea, parcialmente derrumbada pero aún reconocible, se alzaba como un fantasma marmóreo.
Una advertencia silenciosa de la presencia divina que no había bastado para salvar la ciudad de su propia hybris.
Podarces sintió que le fallaban las fuerzas.
Se arrodilló, la frente contra la piedra fría de un bloque caído.
Su cuerpo temblaba, sacudido por un llanto mudo, sin lágrimas.
La visión de esa estatua, un símbolo de protección ahora roto, era demasiado.
No era Príamo, no podía serlo. Era solo Podarces, un príncipe arruinado, un niño perdido en un mundo destruido.
Solo quería rendirse, dejarse envolver por el letargo de la desesperación.
Hesíone se arrodilló a su lado, las manos en sus hombros. No dijo nada por un momento, dejando que el silencio hablara. Luego, su voz resonó clara y firme en el aire helado.
«Mírame, Podarces».
Él levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de su hermana, que brillaban con una luz inextinguible, una chispa de determinación que parecía desafiar la oscuridad misma.
«No estamos solos. Hemos perdido todo lo material, sí. Pero no la esperanza. No la memoria. Y no hemos perdido a nuestra gente. No a todos».
«¿Qué queda, Hesíone?» susurró Podarces, la voz ronca. «¿Qué podemos hacer? Soy solo... un príncipe sin reino, sin padre, sin futuro».
«Eres Podarces», respondió ella, su agarre firme.
«Y eres nuestro futuro. Han quedado los que creyeron en la ciudad, los que no se rindieron.
Tú no eres el reino, Podarces, tú eres la semilla de la que nacerá un nuevo reino.
No para nosotros, quizás, pero para los que vendrán después. Tú lo prometiste».
El recuerdo de su juramento, hecho en un momento de terror y desesperación pero con una sinceridad ardiente, resurgió. Se lo había prometido a Orión. Se lo había prometido a sí mismo. La promesa de no dejarse morir, de no dejar morir la memoria de Troya, de proteger a los supervivientes.
«No es momento de llorar sobre las ruinas, príncipe», intervino Orión, su voz como el sonido lento de las piedras rodantes. «Es momento de excavar entre ellas, de encontrar lo que aún puede ser salvado. La esperanza es un fuego que debe ser alimentado, no solo contemplado».
Podarces se puso de pie, con los músculos doloridos.
Las palabras de Hesíone y Orión, aunque no borraban su miedo, lo sujetaban, le daban un límite.
Ya no podía permitirse el lujo de la desesperación total.
No cuando había personas que lo seguían, personas que dependían de él para su próxima bocanada de aire.
«¿Qué buscamos?» preguntó, su voz aún débil, pero ahora con un atisbo de propósito.
«Un lugar seguro para esperar el día», dijo Hesíone. «Un pozo no contaminado. Un refugio para los pocos que han quedado, un lugar donde no sentirnos acosados por sus espectros o por los vientos fríos que ahora llaman a esta tierra su hogar».
Podarces se volvió hacia ellos, intentando grabar en su memoria sus rostros en la penumbra. Había confianza en sus ojos, aunque velada por un cansancio profundo. Esa confianza, de alguna manera, lo obligó a seguir adelante.
Se movieron de nuevo, siguiendo un camino que Podarces recordaba vagamente. Había un barrio, antaño dedicado a los mercaderes de telas, con edificios más robustos y almacenes subterráneos. Esperaba que algunos de ellos pudieran haber resistido mejor el asalto del fuego y las armas.
El camino era lento. Cada paso era un acto de voluntad.
El frío se hacía más intenso a medida que avanzaba la noche.
Sentía el rugido de su estómago, el dolor en sus pies.
Pensó en la opulencia de su vida anterior, en las comidas ricas, en las camas suaves.
Todo barrido en una noche de horror. Era casi surreal, como una pesadilla de la que no podía despertar.
Mientras pasaban junto a lo que parecía haber sido un pequeño templo doméstico, Podarces notó un resplandor tenue. Un pequeño fuego, cubierto por un montón de escombros, aún humeaba. No era lo suficientemente grande como para dar calor, pero era un rastro, una señal.
«Un fuego», murmuró, señalando.
Orión se acercó, con cautela. «Una llama. Quizás nuestros opresores dejaron algo útil».
Excavando con las manos entre los escombros, descubrieron que el fuego había sido encendido para calentar un pequeño caldero, ahora volcado y roto.
Pero no era un caldero vacío. En el fondo, entre los fragmentos de cerámica, había algunos restos de una comida, ya quemados e inservibles.
Pero allí al lado, bajo un trozo de madera carbonizada, Podarces vio algo.
Una pequeña jarra de terracota, casi intacta, y junto a ella, una bolsa de cuero.
Su corazón se aceleró. Alargó una mano temblorosa y recogió la jarra. Estaba casi vacía, pero olía a vino. Luego tomó la bolsa. Pesaba. La abrió con dedos temblorosos. Dentro, había unas cuantas ciruelas secas y un trozo de queso endurecido. No era mucho, pero era algo. Era comida. Era esperanza.
Los ojos de la joven y del anciano se iluminaron débilmente. Un suspiro suave escapó de los labios de la mujer. Era un sonido tenue, casi inaudible, pero a Podarces le pareció el canto más dulce que jamás había oído.
«Los dioses no nos han abandonado del todo», dijo Hesíone, una tenue sonrisa que le rizaba los labios. Tomó las ciruelas y el queso, distribuyendo pequeñas porciones.
Podarces miró el mísero botín. No era el suntuoso banquete al que estaba acostumbrado, pero en ese momento, esa comida valía más que todo el oro de Troya. Era la promesa de otro respiro, de otra hora de vida.
«Busquen una cisterna de agua por aquí», dijo Podarces, su voz adquiriendo una tenue resonancia de autoridad. «Este era el barrio de los tejedores. Había cisternas para teñir los hilos. Quizás una esté aún intacta».
La pequeña porción de ciruelas y queso seco era una ilusión para el estómago, pero una bendición para el alma.
El sabor dulce y salado se mezclaba en la boca, un recuerdo lejano de la vida normal.
Podarces se sentía como un náufrago que hubiera encontrado un tronco en el que flotar en un océano en tempestad.
Mientras masticaban lentamente, Orión señaló un punto. «Príncipe, mire. Una esquina del almacén de Filodemo el Tintorero. Parece que las paredes de piedra han resistido en parte».
Se acercaron. Era verdad. Un lado de un gran almacén, usado para guardar telas y tintes, había resistido el impacto y el fuego mejor que otros.
Las vigas del techo se habían derrumbado, pero las gruesas paredes de piedra y la sección subterránea parecían haber aguantado.
Había una abertura, apenas un hueco, que conducía a una especie de bodega.
«Podríamos encontrar refugio aquí», dijo Podarces, su tono más decidido. «Y si las cisternas están cerca, también podríamos encontrar agua».
Se abrieron paso entre los escombros hacia la abertura.
El aire dentro estaba viciado, pero no había olor a humo ni el viento gélido que soplaba afuera.
La bodega estaba oscura, pero sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad.
Era un laberinto de estantes derrumbados y barriles rotos.
Pero había espacio, un lugar donde poder estar a salvo durante unas horas.
Hesíone se aferró al brazo de Podarces. «Es un comienzo, hermano».
Él la miró. En ese momento, vio no solo a la hermana, sino a una compañera de viaje, una fuerza en la que confiar.
Su corazón, todavía enfermo de miedo, sintió una pequeña, pero palpable, llamita de esperanza.
La promesa que había hecho, ese juramento susurrado en el corazón de la catástrofe, ya no era un peso insoportable, sino una dirección, un faro en la noche.
Todavía no era Príamo, el rey predestinado, pero Podarces, el príncipe roto, había dejado de ser solo una víctima.
Estaba eligiendo sobrevivir. Estaba eligiendo proteger.
Se acomodaron en la bodega, buscando los lugares menos expuestos al derrumbe.
Podarces sentía el frío de la piedra bajo él, pero también una inesperada sensación de seguridad.
Tenían comida, un refugio. Y se tenían el uno al otro.
La "noche oscura del alma" no había terminado.
El sol no saldría hasta dentro de horas, y el mundo exterior era todavía un infierno de escombros y peligros.
Pero dentro de sí, Podarces sentía que algo se había movido.
Una grieta se había abierto en el muro de su desesperación, y a través de ella, una tenue luz comenzaba a filtrarse.
El camino era largo, erizado de peligros inimaginables, pero ahora, por primera vez, lo estaba recorriendo con un propósito, no solo para huir, sino para encontrar algo.