Capítulo 2 #2
Podarce sintió un conato de vómito, pero no había nada en su estómago que expulsar.
Era como si su cuerpo se hubiera secado de cada líquido, cada emoción.
Era solo un cascarón vacío. «Es… es peor de lo que podía imaginar,» susurró, la voz rota.
Hesíone no respondió, pero su agarre en el hombro de Podarce seguía ahí, un pequeño e inamovible punto de contacto con la realidad.
Mientras descendían lentamente hacia la llanura, evitando las patrullas de saqueadores que aún se movían entre las ruinas, robando lo que quedaba o buscando otros supervivientes para masacrar, notaron un movimiento entre los escombros.
Un grupo de figuras, no más de una docena, se movían furtivamente, recogiendo trozos de madera y piedras, y cargándolos en un carro destartalado.
Parecía un equipo de desesperados, más que de saqueadores.
«Vamos,» dijo Hesíone, y sin esperar, comenzó a moverse hacia ellos, manteniéndose en la sombra de las ruinas.
Podarce la siguió, el corazón latiéndole desbocado.
¿Qué encontrarían? ¿Eran amigos o enemigos?
¿Troyanos supervivientes u otros depredadores?
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Podarce reconoció una figura alta y encorvada, con una barba blanca y rala, que dirigía a los demás con gestos lentos y medidos.
Era Orión, el anciano escriba del templo, el custodio de la historia y las leyes de Troya.
Era uno de los hombres más sabios de la ciudad, y su rostro era un mapa de arrugas que ahora parecía esculpido por el dolor y la pérdida.
Orión los vio, sus ojos, antes agudos y llenos de vida, ahora velados por una tristeza infinita, se posaron en ellos.
Un destello de reconocimiento, luego de esperanza, cruzó su mirada.
«¡Princesa Hesíone! ¡Príncipe Podarce!» Su voz era baja y ronca, pero la alegría de verlos era palpable.
Los demás, un grupo heterogéneo de hombres y mujeres, en su mayoría ancianos y niños, se voltearon, sus rostros demacrados iluminados por un atisbo de esperanza.
Eran los supervivientes, los pocos que habían logrado escapar de la masacre.
Podarce sintió un nudo en el estómago. La vergüenza, aguda y ardiente, se derramó sobre él.
Ellos habían luchado por sobrevivir. Él había sido arrastrado por su hermana, como un saco inerte.
Hesíone se apresuró a abrazar a Orión, una chispa de emoción que le agrietó la compostura.
«¡Orión! ¡Está salvo!» «Por un milagro, Princesa.
Y gracias a los Dioses, ustedes también están a salvo.
Son de los pocos que lograron escapar de las garras del León de Nemea.
» Orión posó una mano en el brazo de Podarce, su mirada penetrante.
«Mi joven príncipe. Este es el día más negro para Troya. »
Podarce apenas pudo balbucear un saludo.
Se sentía inadecuado, pequeño. Estos supervivientes, con sus ojos apagados pero con la llama de la vida aún ardiendo en ellos, necesitaban una guía, una esperanza.
Y él era solo un muchacho asustado, incapaz de ofrecer nada.
«Hemos encontrado refugio aquí, en algunas de las viejas bodegas bajo las casas, las que no se han derrumbado del todo,» explicó Orión, indicando con un gesto de la mano un área menos devastada.
«Intentamos recuperar lo que podemos. Comida, herramientas, cualquier cosa que pueda ayudarnos a…
a continuar.» La palabra "continuar" resonó vacía, casi absurda.
¿Qué podían continuar? Troya estaba muerta.
«¿Cuántos somos?» preguntó Hesíone, su voz ahora impregnada de una autoridad que Podarce nunca le había escuchado antes.
Orión suspiró, sacudiendo la cabeza. «Somos…
pocos. No más de cien, quizás menos. Y la mayoría son ancianos, mujeres y niños.
Los hombres válidos… cayeron todos.» Podarce cerró los ojos por un instante, las imágenes de la batalla le volvieron a la mente.
Su padre, Laomedonte, inerte bajo la maza de Heracles.
Los cuerpos de los soldados troyanos, esparcidos como hojas al viento. La furia ciega del destructor.
«Debemos alejarnos de aquí,» dijo Hesíone.
«Heracles y Telamón regresarán. No podemos quedarnos entre las ruinas.
No estamos a salvo.» «Lo sé, Princesa,» respondió Orión.
«Pero ¿a dónde podemos ir? No tenemos nada.
Somos fugitivos en una tierra devastada.
Laomedonte ha quemado todos los puentes con nuestros aliados.
Nadie nos dará refugio.» Una amarga verdad.
La soberbia de su padre no había perdonado a nadie, alienando a los Dioses y a los mortales.
«Pero no podemos rendirnos,» replicó Hesíone, su mirada fija en las ruinas humeantes de Troya.
«Laomedonte condenó la ciudad, es verdad.
Pero no podemos permitir que su locura nos condene también a nosotros.
Debemos encontrar un lugar donde reconstruir.
» Podarce la miró, sorprendido por su fuerza.
Su hermana, una princesa que había pasado la vida entre sedas y bordados, ahora hablaba como una reina, con la resolución de un guerrero.
Por primera vez, su desesperación fue sacudida por un pequeño, casi imperceptible, atisbo de admiración.
«¿Reconstruir?» la voz de Podarce era un susurro, casi un gemido.
«¿Con qué? ¿Con quién?» Orión posó la mano en el hombro de Podarce, su agarre era sorprendentemente fuerte.
«Con nosotros, mi príncipe. Con nuestra voluntad.
Con la memoria de lo que fue. El cuerpo de Troya ha muerto, pero su espíritu, si así lo queremos, podrá renacer.
Pero no aquí, no sobre estas cenizas aún calientes.
» «Debemos encontrar una tierra fértil, un lugar donde poder sembrar y hacer crecer nuevas raíces,» dijo Hesíone.
«Debemos tomar lo que podamos e irnos. De inmediato.
» Podarce escuchó sus palabras, la mente aún entorpecida por el shock, pero algo se estaba moviendo dentro de él, una pequeña chispa de conciencia.
Ya no era solo Podarce, el príncipe mimado e ignorante.
Ahora era uno de los últimos hijos de Troya, con el peso de su gente sobre los hombros.
Laomedonte había destruido, pero había quienes querían reconstruir.
Él fijó su mirada en Orión, el anciano sabio cuyos ojos habían visto innumerables primaveras, y aun así ahora llevaban el peso de un invierno sin fin.
Sintió el calor de la mano de Hesíone en la suya, una presencia tranquilizadora y firme.
Troya era un montón de escombros, el pasado una agonía insoportable.
Pero en el futuro, de alguna manera, quizás, podía haber una esperanza.
Todavía no estaba listo para abrazar su destino, para convertirse en el Príamo que guiaría a su gente.
Pero por primera vez desde que su ciudad había caído, Podarce sintió no solo el terror, sino también un estremecimiento de algo más: el miedo, sí, pero también la cruda y desesperada necesidad de sobrevivir, y quizás, solo quizás, de honrar un juramento diferente al roto de su padre.
Se puso de pie, incierto, las piernas aún temblorosas, y miró el cielo plomizo sobre las ruinas.
El silencio solo era roto por el viento que traía el olor de la ceniza y, más allá, los lamentos lejanos de los supervivientes.
Este era su nuevo mundo. Y no había vuelta atrás.