Capítulo 2
El aire frío de las alturas rocosas fue una bofetada, un brutal recordatorio de la realidad que Podarce no lograba asimilar.
Ya no era el calor de sus aposentos, ni el denso humo que había llenado los pasillos del palacio.
Era un frío punzante que le mordía la piel, un viento que silbaba en sus oídos trayendo consigo el gemido lejano de Troya que moría.
Hesíone no aminoraba el paso, su mano férrea apretaba la muñeca de Podarce, arrastrándolo por un sendero que solo ella, entre las rocas escarpadas y los barrancos oscuros, parecía conocer.
Él tropezaba, las piernas flácidas, el aliento un jadeo asmático que le rasguñaba la garganta.
Cada músculo le dolía, pero era un dolor sordo, lejano, superado por el horror que le martilleaba el pecho.
Se volvió una vez más, una acción inútil pero irrefrenable, y el espectáculo fue aún más espeluznante de lo que podía imaginar.
Troya, la ciudad de oro, la soberbia fortaleza que desafiaba el cielo con sus murallas inexpugnables, era ahora una pira colosal.
Las llamas danzaban con una ferocidad impía, lenguas escarlatas que lamían los flancos de las torres, envolvían los árboles de los jardines, devoraban las casas, los templos, cada recuerdo de esplendor.
El humo, negro como la pez, se elevaba en una columna majestuosa que rasgaba la noche, alcanzando las estrellas y tiñiendo el horizonte de un rojo infernal.
Desde las profundidades de la ciudad en llamas, aún llegaban ecos: gritos rotos, el estruendo de derrumbes gigantescos, el sordo retumbar de las piedras que se desmoronaban.
Pero eran sonidos más débiles ahora, ahogados por el viento que aullaba a través de los desfiladeros montañosos, como un lamento por la ciudad perdida.
«¡Debemos continuar!» Hesíone lo jaló con fuerza, su voz era un susurro ronco, pero su determinación era adamantina.
«No podemos detenernos. Heracles y sus hombres podrían seguirnos.
No hay salvación aquí, todavía no.» Podarce no respondió.
Las palabras eran guijarros en su boca, imposibles de formular.
No tenía salvación. No tenía futuro. Tenía solo el presente, un abismo de desesperación.
Las lágrimas, un río de calor sobre el rostro helado por el viento, se mezclaban con el sudor y el humo acre que le quemaba los ojos.
No era dolor físico, era una agonía del alma.
Laomedonte, su padre, el hombre que había creído ser invencible, estaba muerto.
Troya, su casa, su mundo, era ceniza. Ya no existía el juramento roto, ya no existía la soberbia del rey. Solo quedaba el final.
Continuaron su huida, una hora tras otra, a través de senderos apenas marcados, entre rocas resbaladizas y maleza que rasguñaba la piel.
Hesíone, a pesar de su elegante vestidura principesca rasgada y sucia, se movía con una agilidad sorprendente, sus ojos brillaban en la oscuridad, escudriñando cada sombra, cada sonido.
Podarce la seguía como un fantasma, su cuerpo un peso muerto que avanzaba solo por inercia.
No sentía el hambre, la sed, el frío. Sentía solo el vacío.
Finalmente, cuando el alba comenzó a abrirse paso, una línea gris en el horizonte que prometía revelar un mundo nuevo y aterrador, Hesíone lo condujo a una profunda hendidura en la roca, oculta por una cascada de hiedra silvestre.
Era una pequeña cueva, apenas suficiente para esconderlos.
El aire en el interior era húmedo y frío, pero ofrecía un refugio del viento y, lo que era más importante, de la vista.
«Aquí estaremos a salvo por ahora,» dijo Hesíone, su voz menos tensa ahora que habían encontrado un escondite.
Se dejó caer al suelo, la espalda contra la roca, el aliento aún agitado.
Solo entonces Podarce notó cuán exhausta estaba ella también, pero su cansancio era el de quien había luchado, no el de quien se había rendido.
Podarce se desplomó a su lado, las piernas demasiado débiles para sostenerlo un instante más.
Se acurrucó sobre sí mismo, abrazando sus rodillas al pecho, buscando un consuelo que no llegaba.
El silencio de la cueva fue interrumpido solo por su respiración agitada y, a lo lejos, por el crepitar sordo de Troya que aún ardía.
Pasaron las horas, que parecían una eternidad.
La luz del alba se transformó en un pálido resplandor que se filtraba a través de las hojas de hiedra, revelando el rostro de Hesíone, cansado pero resuelto.
Sus ojos oscuros estaban fijos en Podarce, cargados de una compasión que él no era capaz de aceptar.
«Debes comer,» dijo ella, ofreciéndole una pequeña hogaza de pan duro y un trozo de queso que había conservado milagrosamente en su bolsa, junto con una cantimplora de agua.
Podarce negó con la cabeza. El estómago se le había cerrado, rebelándose a la idea de la comida.
«Podarce,» insistió Hesíone, su voz era dulce, pero había un toque de acero bajo el terciopelo.
«No podemos permitirnos morir de hambre.
No ahora que hemos sobrevivido a esto.» Él no respondió.
Se sentía un niño, y odiaba esa sensación.
Un príncipe, criado en la riqueza y la comodidad, ahora se acurrucaba como un gusanillo.
«Laomedonte ha muerto,» continuó Hesíone, su voz firme.
«Pero tú, Podarce, sigues vivo. Y eres un príncipe.
» La palabra "príncipe" le sonó vacía, un eco de un mundo que ya no existía.
¿Qué valor tenía un príncipe sin un reino?
¿Sin un pueblo? ¿Sin una familia? «Ya no hay un reino,» murmuró, su voz ronca y temblorosa.
«Ya no hay nada. Todo ha terminado, Hesíone.
Todo.» «No es verdad,» replicó ella, posándole una mano en el hombro.
«Mientras nosotros estemos vivos, no ha terminado.
Mientras incluso un solo troyano respire, la esperanza no ha muerto.
» Podarce se encogió de hombros. La esperanza era un lujo que no podía permitirse.
Sentía solo una opresión en el pecho, un peso insostenible de culpa y terror.
Debería haber hecho algo. Debería haber advertido a su padre, rogarle, detenerlo.
Pero había sido un príncipe indolente, demasiado ocupado con sus estudios y sus placeres para ver la ruina que se cernía sobre ellos.
Su padre, cegado por su propia hibris, los había condenado a todos.
Y él, Podarce, había sido un testigo silencioso e ineficaz.
Oscureció de nuevo, y la segunda noche fue aún más larga que la primera.
Los ruidos de la ciudad en llamas casi habían cesado, reemplazados por un silencio inquietante, interrumpido solo por el viento.
Podarce cerró los ojos, pero las imágenes de la destrucción danzaban tras sus párpados: las llamas, los rostros contorsionados por el terror, la sombra gigantesca de Heracles que se cernía sobre todo.
Al tercer día, el hambre y la sed vencieron su letargo.
Comió el pan y el queso, bebió el agua, sintiendo cómo su cuerpo, contra toda su voluntad, se aferraba a la vida.
Hesíone lo observaba, sus ojos brillaban con una silenciosa conciencia.
«Debemos ir a ver,» dijo Podarce de repente, la voz aún incierta pero con un atisbo de decisión.
Ya no podía esconderse. Debía ver la magnitud de la destrucción, enfrentarla.
Hesíone asintió. «Sabía que querrías. Pero debemos ser cautelosos.
Heracles y Telamón no se habrán ido todavía. Podría haber aún hombres suyos.»
Salieron de la cueva con la máxima precaución, los sentidos alerta.
El mundo exterior había cambiado. El aire estaba denso de humo y ceniza, que cubría todo como una nevada gris.
El sol, cuando lograba penetrar el velo oscuro, tenía un aspecto débil y enfermizo.
El viaje de regreso hacia lo que había sido Troya fue lento y doloroso.
Cada paso era una traición a su memoria, un caminar sobre las cenizas de lo que había sido.
Las laderas de las montañas, antaño verdes y frondosas, estaban ahora salpicadas de árboles quemados, esqueletos retorcidos que se recortaban contra el cielo ceniciento.
Luego, alcanzaron el punto desde donde podían ver la llanura.
Troya. Ya no era la ciudad resplandeciente de mármol y oro.
Era un campo de ruinas humeantes. Las murallas, las poderosas murallas construidas por Poseidón y Apolo, estaban destrozadas en varios puntos, las piedras gigantes ennegrecidas y fragmentadas, como dientes rotos de un monstruo antiguo.
Donde una vez se erigían templos, mercados y casas, ahora solo había montones de escombros y vigas carbonizadas que se alzaban hacia el cielo como dedos acusadores.
El humo, menos denso ahora, seguía ascendiendo de innumerables pequeños fuegos que ardían entre los restos, alimentados por los cadáveres y los bienes destruidos.
El olor a quemado, a carne calcinada, a destrucción, era nauseabundo, un golpe en el estómago que le hizo apretar las mandíbulas.