Capítulo 1 #2
El rostro de Heracles se hizo de piedra. Sus ojos verdes se endurecieron, un relámpago de furia divina los atravesó. Telamón, a su lado, dio un paso adelante, la mano en la empuñadura de la espada.
“Te has atrevido a burlarte de los dioses, Laomedonte”, dijo Heracles, su voz un trueno sordo.
“Y te has atrevido a burlarte de mí, el hijo de Zeus. Has violado todo juramento, roto toda promesa. Troya tiene las murallas más altas, es cierto. Pero no bastarán para protegerte de la ira de un héroe engañado. Volveré, rey de Troya. Y cuando lo haga, tu ciudad arderá, y tu estirpe será barrida de la tierra. Recuerda este día”.
Con esas palabras, Heracles se dio la vuelta, y con Telamón siguiéndole, se alejó, sus potentes hombros irradiando una amenaza palpable. Laomedonte se quedó mirándolos, su sonrisa desvanecida, reemplazada por una mueca de rabia impotente.
Los días que siguieron transcurrieron con una extraña tensión.
Laomedonte intentaba tranquilizar a la corte, minimizando la amenaza de Heracles.
“¡Es un bruto, un salvaje!”, decía. “¿Qué puede hacer un solo hombre contra nuestras murallas? ¡No tiene un ejército, no tiene máquinas de asedio!”.
Pero sus palabras ya no convencían a nadie, ni siquiera a Pódarces.
La imagen de la furia en los ojos de Heracles se había grabado en la mente del joven príncipe.
Luego, una mañana, el horizonte se llenó de velas.
No una, ni diez, sino cientos. La flota de Heracles y Telamón.
Las naves, oscuras y amenazantes, se acercaban, sus proas puntiagudas que hendían las olas como cuchillas.
Los escudos brillaban bajo el sol, las lanzas se alzaban al cielo.
El silencio que envolvía la ciudad era más ensordecedor que cualquier grito.
Laomedonte, desde lo alto de las murallas, vio lo inevitable.
Su rostro, generalmente rubicundo y altivo, era ahora gris, surcado por arrugas de miedo.
Ordenó reunir al ejército, cerrar las puertas, preparar las defensas.
Pero la energía faltaba, la confianza estaba rota.
El juramento roto se cernía como una sombra gigantesca sobre todos.
La batalla fue rápida, brutal, sin esperanza.
Heracles era una fuerza de la naturaleza, un huracán desatado.
Las flechas de los defensores resbalaban sobre su piel de león, las lanzas se rompían contra sus músculos de acero.
Blandiendo su maza, el héroe se lanzó contra las murallas, y lo que antes se consideraba invencible, ahora se desmoronaba bajo sus golpes.
Las puertas, construidas con maderas macizas y reforzadas con hierro, se abrieron con un sordo estruendo, explotando en mil astillas.
Telamón, con su hueste de guerreros de Salamina, se derramó por la brecha, masacrando a todo hombre que se le oponía. Troya, la ciudad de oro, la ciudad de las cien puertas, cayó en un solo y horrible día.
Pódarces vio todo esto desde una ventana que daba a los jardines interiores, mientras la destrucción se acercaba al palacio.
Los gritos se transformaron en una única y desgarradora agonía.
El humo negro se elevaba, oscureciendo el cielo ya amarillo de las llamas.
El ruido de los combates, el clangor del hierro contra el hierro, el derrumbe de edificios enteros, lo ensordecían.
Sentía el olor acre del humo, de la sangre, de la desesperación.
“¡Tenemos que irnos!”. La voz de Hesíone era firme, resonaba en la habitación como un golpe seco. Había aparecido como un fantasma, su rostro sucio de hollín, pero sus ojos ardían con una determinación implacable. “¡Sígueme, Pódarces! ¡Ya no hay nada que hacer aquí!”.
Pódarces estaba paralizado por el terror, los ojos fijos en el horror que se desarrollaba más allá de las murallas. El corazón le latía tan fuerte que pensó que explotaría. Las rodillas le flaqueaban. “Pero… pero mi padre… la ciudad…”.
Hesíone lo agarró por un brazo, su agarre era fuerte, casi doloroso. “¡Mi padre eligió su destino! ¡La ciudad está cayendo! ¡Tenemos que pensar en los pocos que quedan, en nosotros mismos!”.
Lo arrastró fuera de la habitación, a través de pasillos humeantes, por pasajes secretos que Pódarces ni siquiera sabía que existían, excavados en las entrañas del palacio.
Sentían los gritos de los soldados troyanos moribundos, los pasos pesados de los invasores, las risas salvajes de Heracles que resonaban como campanas fúnebres.
Mientras Hesíone lo empujaba, Pódarces osó volverse para una última y horrible mirada.
Vio el palacio en llamas, el techo derrumbándose con una explosión de chispas.
Vio a Laomedonte, su padre, el orgulloso rey de Troya, enfrentar a Heracles en un combate desigual, su rostro distorsionado por la furia y el miedo, antes de ser aniquilado por un solo golpe de la maza.
No era un rey que moría con honor, sino un hombre cegado por su propia avaricia.
Hesíone lo arrastró hacia una pequeña puerta escondida que conducía fuera de las murallas, hacia las alturas rocosas que rodeaban la ciudad.
El suelo temblaba bajo sus pies. Troya, la gloriosa ciudad, estaba ardiendo.
Sus poderosas murallas, antaño símbolo de invencibilidad, estaban desgarradas.
Sus templos, antaño santuarios de paz, eran antorchas.
Las llamas danzaban en el cielo nocturno, pintándolo de rojo y naranja, mientras el humo denso subía, envolviéndolo todo en un velo de ceniza.
El mundo, tal como lo conocía Pódarces, había terminado.
El juramento roto de su padre lo había reducido todo a cenizas.
Y mientras corría, empujado por su hermana, con el corazón en la garganta y las lágrimas surcándole el rostro, lo único que veía era la destrucción.
La sombra del juramento ya no era una sombra, sino un incendio que lo devoraba todo.