La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Epílogo #2
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Epílogo #2

—No. Fiona fue hija única —respondió la anciana—. Pero en la rama de mi hijo las cunas nunca permanecían vacías mucho tiempo. Algo de mi sangre ha pasado a la muchacha.

Edward arqueó una ceja.

—Una explicación irreprochablemente científica.

—Los resultados hablan por sí solos.

—¡Puedo oíros! —gritó Fiona desde la habitación.

El pasillo entero quedó en silencio.

Incluso los niños.

Edward dio un paso hacia la puerta.

—¿Fiona?

—¡No entres!

—No pensaba hacerlo.

—¡Mientes fatal!

La abuela asintió, satisfecha.

—Está perfectamente.

Edward no pareció compartir la conclusión.

Eliza se sentó junto a la anciana.

—Los malcría —le dijo al verla sacar un dulce de algún bolsillo oculto y entregárselo a Maisie.

—Son mis bisnietos.

—También son mis nietos.

—Entonces debería haber traído sus propios dulces.

Eliza abrió su bolso y extrajo una pequeña caja.

La abuela la miró con aprobación.

—Por fin aprende.

Mairi se acercó a Edward. No intentó decirle que no debía preocuparse. Ella conocía demasiado bien la inutilidad de esas palabras.

—Douglas pasó el nacimiento de Harriet dando órdenes al médico, a la comadrona y al reloj —dijo.

—El reloj iba atrasado —se defendió él.

Mairi lo miró.

—Amenazaste con arrojarlo por la ventana.

—No cumplía su función.

Edward contempló a su hermano.

—Eso parece muy propio de él.

Douglas no tuvo tiempo de responder.

Un grito de Fiona atravesó la puerta.

Edward perdió el color.

Los niños volvieron los rostros al mismo tiempo. Flora abrazó a Maisie. Alec dejó el mapa. Hasta Hamish se apartó por completo de la cerradura.

Después llegó el llanto de un recién nacido.

Fuerte.

Indignado.

Imposible de confundir con ningún otro sonido.

Edward se quedó inmóvil.

La puerta se abrió unos instantes después y la comadrona apareció con las mangas remangadas y una sonrisa cansada.

Edward llegó hasta ella antes que nadie.

—¿Mi esposa?

—Está bien, milord. Agotada, pero bien.

Solo entonces respiró.

El alivio lo obligó a apoyar una mano sobre el marco.

—¿Y el bebé?

—Una niña. Sana y con unos pulmones dignos de su madre.

Detrás de él, la abuela golpeó una vez el suelo con el bastón.

—Ahora sí. Catorce.

Alexander contempló la puerta.

—A uno de la reina Carlota.

—Padre.

—Es un hecho histórico.

—Todavía hay tiempo —añadió la abuela.

Edward se volvió hacia ella.

—No.

Desde el interior llegó la voz fatigada de Fiona:

—¡Os sigo oyendo!

La abuela sonrió.

—También está de buen humor.

—Su concepto del buen humor resulta alarmante —dijo Edward.

La comadrona se apartó para dejarlo pasar.

—Puede verla.

Edward entró y cerró la puerta detrás de él.

La habitación estaba cálida y olía a lino limpio, hierbas y al esfuerzo que acababa de terminar. Las cortinas permanecían medio cerradas. Sobre una mesa había cuencos, paños y una taza que Fiona no había tocado.

Ella estaba recostada contra las almohadas.

Tenía el cabello rojo pegado a las sienes, el rostro agotado y la piel más pálida de lo habitual. La camisola estaba abierta sobre el pecho y una niña diminuta descansaba contra ella, envuelta en una manta verde y azul.

Edward se detuvo.

Había contemplado aquella imagen muchas veces.

Nunca había aprendido a recibirla sin sentir que el mundo acababa de concederle algo imposible.

Fiona levantó los ojos.

—No digas nada.

—No había pensado hacerlo.

—La casa ya no puede contenernos.

Edward se acercó a la cama.

—Mandaremos construir otra ala.

—¿Cuándo ocurrió esto?

Él se sentó junto a ella.

—Tengo una teoría bastante precisa.

Fiona le dirigió una mirada cansada.

—No me refería a eso.

Edward sonrió y apartó el cabello húmedo de su frente.

—¿Cómo te sientes?

—Como una mujer que acaba de traer otra Hamilton al mundo.

—Una descripción rigurosa.

—Tu padre esperaba otro varón.

—Mi padre tiene Hamilton suficientes para fundar un país pequeño.

La niña se movió contra el pecho de Fiona. Una mano minúscula apareció entre las mantas y abrió los dedos.

Edward la tocó con el índice.

La recién nacida cerró la mano a su alrededor.

—Es otra niña —dijo Fiona.

Él bajó la cabeza y besó los dedos diminutos.

—Es perfecta.

No preguntó qué tierras podría heredar.

No pensó en ducados, líneas masculinas ni abogados.

Solo vio a su hija.

Y después a Fiona.

Se inclinó y la besó en la frente. Permaneció allí unos segundos, con los labios apoyados sobre su piel.

—Estaba preocupado por ti.

—Lo sé.

—No importa cuántas veces haya ido bien.

—También lo sé.

Edward levantó el rostro.

—No vuelvas a asustarme así.

Fiona arqueó una ceja.

—No creo haber realizado el trabajo sola.

—Acepto mi responsabilidad.

—Por fin una acusación que no discutes.

Edward tomó a la niña cuando Fiona se la ofreció. La sostuvo con la seguridad que solo podía adquirir un hombre que ya había sostenido a muchos recién nacidos, aunque ajustó dos veces la manta y comprobó que el rostro permaneciera despejado.

—Charlotte —dijo Fiona.

Él la miró.

—¿Charlotte?

—Charlotte Ailsa Hamilton MacKinnon.

Edward volvió los ojos hacia la puerta.

—Mi padre creerá que es una provocación.

—Tu padre necesita aficiones nuevas.

—La abuela dirá que nos falta una para alcanzar a la reina.

Fiona cerró los ojos.

—La abuela va a estar insoportable.

—Eso no depende del número de hijos.

Ella soltó una risa débil.

—Antes de casarnos me advirtió que mi familia llenaba las casas con facilidad.