Epílogo #3
Edward contempló a Charlotte. Después miró hacia la puerta, detrás de la cual esperaba el resto de sus hijos.
—Creo que se quedó corta.
—No vuelvas a acercarte a mí.
Él alzó una ceja.
—Eso mismo dijiste después del cuarto.
Fiona abrió los ojos.
—¿Y quién tuvo la culpa de que no le hiciera caso?
—Ya he aceptado mi responsabilidad.
—Con demasiado orgullo.
Edward se inclinó para besarla.
—Te amo.
La expresión de Fiona se suavizó.
—Lo sé.
—Qué respuesta tan arrogante.
—Acabo de dar a luz. Permíteme conservar algunas certezas.
Edward rio por lo bajo.
Un golpe sonó en la puerta.
Después otro.
Y un tercero.
—Papá —llamó Alec—. Maisie dice que no tiene una hermana nueva si no puede verla.
—La oye —respondió Edward.
—Dice que no cuenta.
—Tiene razón —afirmó Fiona—. Déjalos entrar.
Edward miró hacia la puerta.
—¿A todos?
—No podemos escoger solo algunos.
—Podríamos empezar por los mayores.
La puerta se abrió antes de que terminara la frase.
Los hijos de Edward y Fiona entraron como una inundación.
Alec intentó conservar la dignidad de heredero mientras Hamish pasaba por debajo de su brazo.
Flora llevaba a Maisie de la mano y daba órdenes que nadie escuchaba.
Graham anunció que siempre había sabido que sería una niña, lo que provocó una protesta inmediata de Lilias.
Kenneth cruzó el umbral contando en voz alta; Rose llevaba la manta que había bordado con Eliza; Hector y Moira se atascaron entre dos sillas; Gavin continuaba armado; Jean sostenía su muñeca para presentársela a la recién nacida; Hugh se subió al borde de la cama y Maisie intentó trepar directamente sobre las rodillas de Fiona.
—Nadie golpea a nadie junto a vuestra madre —ordenó Edward.
Fiona lo miró.
—¿Solo junto a mí?
—Estoy negociando con lo que tengo.
Maisie extendió los brazos hacia Charlotte.
—Mía.
—No —respondieron sus hermanos a la vez.
La pequeña empezó a llorar.
Edward cerró los ojos.
Fiona se echó a reír.
Alec se acercó con mayor calma y contempló a la recién nacida en brazos de su padre.
—¿Cómo se llama?
—Charlotte —respondió Fiona.
Alexander apareció en la puerta acompañado por Eliza, Douglas, Mairi, Harriet y la abuela MacKinnon.
—Eso es una provocación —dijo el duque.
—Eso es un nombre —replicó Fiona.
Edward miró a su padre.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Mairi llegó hasta la cama antes que los demás y se inclinó para abrazar a Fiona con cuidado, rodeándola por los hombros sin molestar a los niños que reclamaban espacio.
—Otra niña escocesa para obligar a los Hamilton a comportarse —murmuró.
Fiona apoyó un instante la mejilla contra la suya.
—Las que tenemos no bastan.
—Nunca bastan.
Harriet se acercó después. Observó a Charlotte con una ternura de prima antes de dejar que Maisie le agarrara la mano.
Mairi miró a su hija, rodeada por todos aquellos primos, y sonrió.
—Tienes una nueva hermana pequeña.
Harriet contempló el desorden.
—Estoy muy feliz por ti, tía Fiona.
Douglas le besó la sien.
La abuela avanzó entre los niños con autoridad suficiente para abrirse paso sin tocar a ninguno. Contempló a Charlotte, después a Fiona y, por último, a Edward.
La dureza habitual de su rostro cedió.
—Estoy orgullosa de vosotros.
Edward se quedó inmóvil.
Era la primera vez que la oía pronunciar aquellas palabras.
La anciana no esperó respuesta. Colocó una mano sobre el cabello de Fiona, acarició una sola vez la cabeza de la recién nacida y volvió a ocupar su lugar junto a la puerta, como si no acabara de entregar algo mucho más valioso que cualquier elogio.
Edward contempló la habitación.
Había tartanes sobre las sillas, un caballo de madera debajo de la cama, una espada abandonada junto a la alfombra, un libro abierto sobre el alféizar y una muñeca sin brazo entre las mantas.
Maisie intentaba trepar sobre sus rodillas.
Hugh tiraba de una de sus mangas. Lilias discutía con Graham.
Los gemelos reclamaban el mismo espacio junto a Fiona, mientras Alec explicaba a los pequeños que debían dejar respirar a su madre.
Ninguna superficie estaba libre.
Nadie obedecía por completo.
Nada permanecía en el lugar exacto que Edward habría elegido.
Fiona encontró su mirada al otro lado de aquel desorden.
—¿Qué? —preguntó.
Edward sostuvo a Charlotte con un brazo y extendió la otra mano hacia su esposa.
Fiona entrelazó los dedos con los de él.
—Estaba pensando que jamás había visto nada tan desordenado.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y?
Edward contempló a la familia que habían creado juntos. Después volvió a mirar a la mujer que todavía podía alterar toda su vida con una sola sonrisa.
—Y que no cambiaría una sola cosa.
Gracias por haber llegado hasta el final de esta historia y por acompañar a Edward y Fiona en cada batalla, cada duda y cada beso.
Espero que hayas disfrutado de La enemiga del Highlander tanto como yo he disfrutado escribiéndola.
Nos volveremos a encontrar muy pronto entre los Hamilton, los Sinclair y los amores que todavía quedan por contar.
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