La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Epílogo
97%

Epílogo

Algunos años después.

Edward Hamilton había recorrido ochenta y siete veces el tramo de pasillo comprendido entre la ventana norte y la puerta de su dormitorio cuando su hijo mayor levantó los ojos del mapa que sostenía sobre las rodillas.

Alexander Hamilton MacKinnon —Alec para cualquiera que no pretendiera convocar también al abuelo— era el primogénito de Edward y Fiona y el futuro heredero de Eilean Ròs.

Había empezado a estudiar las rutas del puerto con una seriedad muy propia de su padre, aunque todavía prefería dibujar barcos de guerra en los márgenes.

—Papá, Kenneth lleva contando tus vueltas desde el desayuno.

Edward se detuvo.

Kenneth, el sexto de sus hijos, estaba sentado en el suelo junto a la pared, con una libreta apoyada sobre las rodillas.

—Ochenta y siete.

—Ochenta y seis —corrigió Edward.

—Has llegado hasta la ventana.

—No he regresado hasta la puerta.

Kenneth consideró la objeción con la solemnidad de un notario.

—Entonces ochenta y seis y media.

Edward reanudó el camino.

—Papá —dijo otra voz—, Graham asegura que será otra niña.

Hamish, su segundo hijo, permanecía arrodillado frente a la cerradura, con un ojo colocado peligrosamente cerca del ojo de la llave.

—Apártate de ahí.

—No veo nada.

—Esa es precisamente la intención de una puerta cerrada.

—Graham dice que las niñas tardan más en nacer.

Desde el alféizar, Graham, el cuarto, cerró el libro que fingía leer.

—He dicho que las últimas tres tardaron más.

—Eso no concede ningún valor científico a tu opinión —replicó Edward.

—Tengo razón aproximadamente la mitad de las veces.

—Eso se llama azar.

—También podría ser talento.

Flora, la tercera de sus hijos y la mayor de las niñas, apareció desde la escalera llevando de la mano a Margaret, la decimotercera y, al menos hasta aquella mañana, la menor de la familia.

Nadie la llamaba Margaret salvo Edward cuando estaba a punto de imponer disciplina. Para todos los demás era Maisie.

La pequeña llevaba un pie desnudo, un calcetín torcido y la firme decisión de no regresar con la niñera que la buscaba dos pisos más abajo.

—Hamish, papá ha dicho que te apartes de la puerta.

—No eres mi madre.

—No. Mamá conseguiría que lo hicieras a la primera.

Hamish se levantó.

Flora había heredado los ojos verdes de Fiona, la necesidad de Edward de organizar a los demás y una combinación de ambas cosas que prometía convertirla en una amenaza considerable cuando alcanzara la edad suficiente para participar en el consejo.

Lilias, la quinta, llegó detrás con una espada de madera en la mano.

—Gavin le ha pegado a Hugh.

—Hugh empezó —se defendió Gavin desde algún punto de la escalera.

Gavin era el décimo. Hugh, el duodécimo y último de los varones hasta aquel momento, apareció frotándose un brazo.

—No es cierto. Solo le dije que su espada parecía una cuchara.

—Parecía una observación innecesaria —consideró Edward.

—Gracias, papá —dijo Gavin.

—No te estaba dando la razón.

Rose, la séptima, avanzó sosteniendo el calcetín perdido de Maisie y se lo entregó a Flora con la resignación de quien llevaba años reparando los desastres de sus hermanos menores.

Los gemelos aparecieron entonces al final del pasillo. Hector, el octavo, llevaba un caballo de madera bajo el brazo. Moira, la novena, tiraba del otro extremo con ambas manos.

—Es mío —dijeron a la vez.

—Pertenece a los dos —respondió Edward.

—Entonces que ella suelte mi mitad —exigió Hector.

Jean, la undécima, se sentó junto a Alec abrazada a una muñeca sin un brazo. Había asumido tiempo atrás que la razón humana carecía de utilidad cuando más de tres de sus hermanos ocupaban el mismo espacio.

Edward contempló el corredor e hizo inventario con la precisión de un hombre que todavía necesitaba saber dónde se encontraba cada una de las personas bajo su responsabilidad.

Todos estaban allí: Alec con el mapa; Hamish demasiado cerca de la cerradura; Flora intentando devolverle el calcetín a Maisie; Graham defendiendo sus capacidades proféticas; Lilias armada; Kenneth contando pasos; Rose recogiendo lo que los demás perdían; Hector y Moira a punto de partir un caballo por la mitad; Gavin y Hugh preparando otra guerra; Jean con su muñeca y Maisie todavía descalza.

Trece hijos.

Y Fiona estaba al otro lado de la puerta dando a luz al siguiente.

Edward cerró los ojos un instante.

La abuela MacKinnon, instalada en un sillón que nadie recordaba haber llevado hasta allí, golpeó el suelo con el bastón.

—Hamilton, deje de desgastar la alfombra.

—No estoy desgastándola.

—Ha pasado ochenta y seis veces por el mismo lugar.

—Ochenta y seis y media —aclaró Kenneth.

La anciana señaló al muchacho.

—Ese ha heredado su necesidad de contarlo todo. Compadézcase de él y siéntese.

Edward no obedeció. Desde el interior del dormitorio llegó la voz de la comadrona. Después, una respuesta de Fiona demasiado baja para que pudiera distinguir las palabras.

Edward volvió inmediatamente hacia la puerta.

La abuela soltó un resoplido.

—A estas alturas debería saber que la muchacha sabe parir.

Edward se giró muy despacio.

—Que haya salido bien otras veces no convierte esta en segura.

El humor desapareció de su voz.

La anciana lo observó y, durante un instante, los años transcurridos desde que Edward llegó por primera vez a Eilean Ròs parecieron borrarse. Volvía a ser el hombre que temía perder aquello que amaba y no encontraba cifra, documento ni razonamiento capaz de protegerlo.

—Fiona es fuerte —dijo.

—Lo sé.

—La comadrona no ha pedido ayuda.

—También lo sé.

—Entonces deje de mirar esa puerta como si pudiera obligarla a abrirse.

Edward volvió hacia ella.

—Eso no lo sé hacer.

Alexander y Eliza llegaron desde la galería principal acompañados por Douglas, Mairi y Harriet. El duque se detuvo al contemplar el pasillo ocupado por nietos, juguetes, tartanes mal prendidos y una espada de madera abandonada en medio de la alfombra.

—¿Están todos aquí? —preguntó.

Edward dirigió la vista hacia la puerta cerrada.

—Falta la que está naciendo.

Alexander tardó un instante en asimilarlo.

—Catorce.

—Todavía no —dijo Eliza.

La abuela MacKinnon se acomodó en el sillón.

—Nacerá.

Mairi avanzó primero hacia la anciana. Los años no habían borrado la delicadeza de su rostro ni la firmeza gris de sus ojos. Llevaba los colores Sinclair sobre un vestido oscuro, pero había adquirido algo profundamente Hamilton en la manera de sostener la mirada.

La abuela se puso en pie, una concesión que no ofrecía a cualquiera, y tomó las manos de Mairi.

—Sigues demasiado delgada.

—Y usted sigue recibiendo a las personas con un insulto.

—No insulto a quien no aprecio.

Mairi sonrió y la abrazó.

La anciana permitió el gesto antes de apartarse lo suficiente para examinar a Harriet, que esperaba junto a Douglas. Ya no era la niña que dejaba muñecas sobre la mesa de mapas de su padre, sino una joven alta, rubia y serena, con los ojos grises de Mairi y la seguridad Hamilton en la barbilla.

—Esta debe de ser la muchacha que consiguió domesticar a Douglas —dijo la abuela.

—No lo he domesticado —respondió Harriet—. Solo he conseguido que me escuche algunas veces.

—Eso ya es más de lo que consiguió su madre durante el primer año.

Douglas respiró por la nariz.

—Me alegra comprobar que los recuerdos han ganado crueldad con el tiempo.

Mairi enlazó un brazo con el de su hija y contempló el corredor lleno de primos.

—Mira, Harriet. Nunca te faltaron hermanos. Solo vivían en otra casa y eran demasiados para visitarlos todos a la vez.

Harriet recorrió con la mirada a Maisie, que intentaba recuperar el dulce escondido en la mano de la abuela; a los gemelos, todavía aferrados al caballo; y a Hamish, que ya volvía a acercarse a la puerta.

—Creo que tío Edward se excedió al compensarme.

Douglas apoyó una mano sobre el hombro de su hija.

—En eso estamos de acuerdo.

Edward no apartó la atención del dormitorio.

Alexander, en cambio, observó a los niños como si intentara calcular en qué momento aquella familia había dejado de caber en las casas que poseía.

—La reina Carlota tuvo quince.

Edward lo miró.

—Padre.

—Solo menciono un precedente histórico.

—No estamos compitiendo con la reina Carlota.

—Fiona gobierna una isla —intervino la abuela—. No veo tanta diferencia.

—La reina Carlota tuvo nueve hijos varones —recordó Alexander—. En eso todavía os lleva ventaja.

Edward volvió lentamente la cabeza.

—No cuente a mis hijos como si fueran caballos de una cuadra.

—No lo hago.

—Lleva haciéndolo desde que llegó.

Douglas cruzó los brazos.

—Los abogados de Hamilton dejaron de enviar cartas preocupadas después de Alec.

—Qué lástima —dijo Edward—. Pensé que habían muerto.

—Después de Hamish empezaron a escribir con mayor tranquilidad —continuó Alexander—. Para cuando nacieron Graham y Kenneth, dejaron de fingir que existía una urgencia sucesoria.

—Harriet es todo cuanto necesita nuestra casa —dijo Douglas.

No había desafío en su voz. Solo una certeza absoluta.

Mairi tomó la mano de su hija.

—Y bastante más de lo que merecemos.

Alexander contempló a su nieta con afecto.

—Para vosotros, sí. La ley, por desgracia, posee menos juicio.

Harriet no bajó los ojos. Había crecido sabiendo que el ducado no podría pasar a ella, pero también sabiendo que nadie dentro de su familia la consideraba menor por ello.

Su padre, Douglas, seguía siendo el heredero de Hamilton. Si algún día moría sin descendencia masculina, el título pasaría a Edward y, después, a Alec. Con varios hijos varones corriendo por Eilean Ròs, la continuidad legal de la casa había dejado de inquietar incluso a los abogados más obstinados.

El silencio, en cambio, se había convertido en un recuerdo familiar.

—Has asegurado la línea durante más de una generación —dijo Alexander.

—Yo me limité a casarme con Fiona.

El duque miró hacia la puerta.

—Parece que fue suficiente.

—Os advertí antes de la boda —dijo la abuela.

Edward entornó los ojos.

—Nunca explicó con exactitud a qué se refería.

—No hizo falta. Lo descubriste solo.

Eliza ocultó una sonrisa detrás de la mano.

—¿La madre de Fiona también tuvo una familia numerosa?