La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo final #4
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Capítulo final #4

Ella sintió que el viento le llevaba el cabello hacia el rostro, pero no intentó apartarlo.

Edward esperaba.

Sin imponer.

Sin decidir por ella.

Fiona dio un paso hacia él.

—Lo amo, Edward Hamilton —Él se quedó inmóvil.

Era la única frase que todavía no le había oído pronunciar—.

Lo amo cuando tiene razón, que ocurre con una frecuencia irritante.

Y cuando se equivoca, porque disfruto mucho más de esos momentos.

Lo amo en Hamilton Lodge y aquí. Lo amo cuando intenta ordenar el mundo y cuando, por fin, comprende que algunas cosas no necesitan ser gobernadas.

Los ojos de Edward habían perdido toda su frialdad.

—Fiona...

—Todavía no he terminado.

—Perdón.

—Me casaré con usted. Con su familia, sus libros, sus viajes y esa costumbre insoportable de corregir cualquier fecha que no le satisfaga.

—Ya había dicho que sí.

Fiona le ofreció la mano.

—Esta vez lo estoy diciendo mejor.

Edward colocó el anillo en su dedo.

Después se levantó y la besó.

La torre, el mar y la isla permanecieron alrededor sin exigir nada de ellos. Por primera vez desde que se conocían, no había un secreto escondido bajo las piedras, una amenaza acercándose por el camino ni una razón para apartarse.

Solo estaban Edward y Fiona.

Y todo cuanto habían escogido construir.

Los Hamilton regresaron a Inglaterra después de anunciar formalmente el compromiso. Seis semanas más tarde volvieron a Eilean Ròs con aún más baúles, flores, criados y la firme negativa de Eliza a reconocer que aquello pudiera considerarse excesivo.

Se casaron en una mañana de abril en la que el cielo permaneció despejado y el viento concedió a la isla unas horas de tregua.

La iglesia de piedra apenas pudo contener a los MacKinnon, los Hamilton, los Sinclair y los habitantes del pueblo que consideraban haber adquirido derecho a presenciar la ceremonia después de sobrevivir a la investigación, al consejo y a las discusiones de los prometidos.

Fiona llevaba seda marfil, sencilla en el corte y rica en la caída, con el tartán verde y azul cruzándole el cuerpo. El broche de plata de su padre sujetaba la tela sobre el hombro. El anillo Hamilton brillaba en su mano, dos legados unidos.

Edward vestía de oscuro, con el tartán Hamilton y el plaid MacKinnon que la abuela había decidido prenderle personalmente.

—Está torcido —dijo él.

—No.

—Cae medio dedo más bajo por este lado.

La anciana tiró de la tela con fuerza suficiente para hacerlo inclinarse.

—Ahora está torcido.

Edward guardó silencio.

Fiona tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reír delante del ministro.

Eliza y Alexander ocuparon el primer banco junto a Audrey, Malcolm, Douglas, Mairi, Richard y las niñas. Sir Alasdair permaneció de pie con ayuda del bastón. Fergus llevaba una levita que lo hacía parecer más incómodo que cualquier jornada en la fragua.

Cathaline no dirigió una sola palabra a Ewan durante la ceremonia. Cuando el ministro habló de consentimiento, ella volvió la cabeza hacia él y Ewan tuvo la sensatez de no sonreír.

El ministro pronunció los votos.

Edward prometió compartir su vida, su nombre y su lealtad sin exigir que Fiona abandonara los suyos.

Fiona prometió caminar a su lado, discutir con honestidad y recibirlo siempre como Hamilton y como esposo.

El lobo MacKinnon quedó junto al emblema Hamilton sobre las capitulaciones.

Dos casas.

Ninguna borrando a la otra.

Cuando el ministro los declaró marido y mujer, Edward inclinó la cabeza hacia ella.

—Lady Edward Hamilton —murmuró.

Fiona alzó una ceja.

—En esta isla seguirá llamándome Fiona MacKinnon.

—Pensaba llamarla esposa.

—Eso puede tolerarse.

Lo besó antes de que él encontrara otra respuesta.

Las gaitas comenzaron fuera. El pueblo ocupó el patio y el gran salón. Las mesas se llenaron de carne, pan, whisky y tartas, y la abuela MacKinnon discutió con Eliza durante veinte minutos sobre la colocación de las flores hasta que ambas terminaron convencidas de haber ganado.

Edward bailó con Fiona.

No como el inglés que había llegado para investigarla.

No como el hombre al que el consejo había impuesto una firma.

Como su marido.

Y cuando la hizo girar bajo los estandartes Hamilton y MacKinnon, Fiona comprendió que la felicidad no siempre llegaba con estrépito.

A veces se parecía a una decisión repetida cada día.

Una mano que no soltaba la suya.

Un hombre que había elegido quedarse a pesar de todo.

A principios de junio, la habitación azul ya no parecía una estancia de invitados.

Los libros de Edward ocupaban dos estantes, sus documentos se acumulaban sobre un escritorio instalado junto al de Fiona y varias cartas de Hamilton Lodge esperaban respuesta bajo un pisapapeles traído de Brodick. Las llaves MacKinnon continuaban colgadas de la cintura de Fiona.

Edward nunca había intentado tocarlas.

Ella revisaba las cuentas del puerto cuando oyó abrirse la puerta.

Edward entró con barro en las botas y una carpeta bajo el brazo.

—Está ensuciando mi suelo.

Él miró hacia abajo.

—Creía que ahora también era mío.

—No abuse del matrimonio.

—Llevamos casados tres meses. Apenas he empezado.

Dejó la carpeta sobre la mesa y se inclinó para besarla. Fiona le permitió uno breve antes de apartarlo.

—Tiene barro en la manga.

—He estado en los almacenes.

Edward abrió la carpeta. Contenía las reservas para viajar a Hamilton Lodge, cartas de Eliza y un calendario cubierto de anotaciones.

—Saldremos dentro de dos semanas —dijo—. Estaremos en Inglaterra para el aniversario de mis padres y regresaremos antes de que empiece la temporada fuerte del arenque.

Fiona examinó las fechas.

—Ha dejado cinco días para el viaje de vuelta.

—Seis.

—Aquí hay cinco.

Edward se inclinó sobre el calendario.

—Tiene razón.

Fiona levantó despacio los ojos.

—Repítalo.

—No abuse del matrimonio.

Ella sonrió.

Más tarde caminaron hasta la costa. El verano había vuelto verdes las lomas y el mar reflejaba un cielo claro. Edward llevaba el abrigo abierto. Fiona, el tartán prendido sobre el vestido y las llaves golpeándole suavemente la cadera a cada paso.

No se necesitaban para permanecer en pie.

Se elegían para caminar juntos.

Edward tomó su mano.

—¿Es feliz?

Fiona volvió el rostro.

—Qué pregunta tan poco prudente para un hombre recién casado.

—¿Eso es una respuesta?

Ella fingió pensarlo.

Después miró Eilean Ròs: el puerto, las casas, la torre distante y las tierras que había pasado toda su vida defendiendo.

Nada de aquello era menos suyo porque Edward estuviera allí.

—Sí —dijo—. Lo soy.

Edward asintió.

—Bien.

Fiona frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—No. Pero pienso pasar muchos años demostrando el resto.

Ella apoyó una mano sobre su pecho y sintió bajo la palma el latido firme de Edward.

—Lo amo —dijo.

Edward cubrió su mano con la suya.

—Lo sé.

Fiona arqueó una ceja.

—Qué respuesta tan arrogante.

Ella apoyó una mano sobre su pecho y sintió bajo la palma el latido firme de Edward.

—Lo amo —dijo.

Edward cubrió su mano con la suya.

—Lo sé.

Fiona arqueó una ceja.

—Qué respuesta tan arrogante.

—Soy un hombre recién casado. Déjeme disfrutar de algunas certezas —Ella sonrió, pero Edward no.

La miraba con aquella intensidad que siempre conseguía desarmarla más que cualquier gesto apasionado—.

Y yo la amo a usted —dijo—. Más de lo que creí posible querer a alguien sin perder el juicio por completo.

—No exageremos. Todavía conserva una parte.

—Muy pequeña.

Fiona soltó una risa y él la atrajo hacia sí.

Edward la besó despacio, sin urgencia. Ya no había nada que demostrar, ninguna batalla que ganar ni una distancia que salvar. Solo el conocimiento de la boca del otro, de sus manos, de todo cuanto todavía les quedaba por compartir.

Cuando se separaron, Fiona permaneció entre sus brazos.

Miró el mar, la isla y después volvió a mirarlo a él.

Durante años había creído que amar a alguien significaba correr el riesgo de perder una parte de sí misma.

Con Edward había descubierto lo contrario.

Lo amaba sin ser menos Fiona.

Él la amaba sin intentar convertirla en otra mujer.

Y quizás eso era lo más extraordinario de todo.

No que hubieran encontrado un lugar al que pertenecer.

Sino que, entre todas las personas posibles, se hubieran encontrado el uno al otro.

Edward inclinó la frente contra la suya.

—¿Qué?

Fiona sonrió.

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

—Estaba pensando que lo elegiría otra vez.

La expresión de Edward cambió.

—Bien.

—¿Bien?

—Porque yo llevo haciéndolo desde hace bastante tiempo.

Fiona lo besó antes de que pudiera añadir algo más.

Y mientras Edward la estrechaba contra sí, supo que no necesitaba ninguna otra certeza.

Lo amaba.

Él la amaba.

Y por una vez en su vida, Fiona no encontró absolutamente nada que discutir.