Capítulo final #3
Solo profundamente fuera de lugar.
Y demasiado orgullosa para admitirlo.
Eilean Ròs los recibió con olor a sal, viento y medio pueblo reunido en el puerto, aunque nadie reconoció haber organizado una bienvenida.
Fergus esperaba con los brazos cruzados.
Morag permanecía junto a Aonghus, cuya pierna había recuperado suficiente fuerza para mantenerlo en pie.
El viejo Donncha se apoyaba en su bastón.
Niall había abandonado una carga a medio descargar y la abuela MacKinnon ocupaba el centro del muelle como si toda aquella llegada hubiera sido convocada exclusivamente para someterse a su inspección.
Sir Alasdair estaba a su lado. Continuaba usando bastón, pero ya no descargaba sobre él todo el peso.
Fiona descendió primero.
La abuela la abrazó con brevedad.
—Has tardado.
—He atravesado Inglaterra dos veces.
—Eso no mejora la puntualidad.
Edward bajó detrás.
La anciana lo examinó desde las botas hasta el rostro.
—Ha vuelto.
—Dije que lo haría.
—Los hombres dicen muchas cosas.
Edward llevaba el plaid MacKinnon doblado sobre el brazo. Se lo ofreció.
—Entonces tendrá tiempo de comprobar si cumplo esta.
La abuela contempló la tela, pero no la tomó.
—Guárdelo hasta que sepamos si merece conservarlo.
Fiona abrió la boca.
Edward se adelantó.
—Eso parece una prueba poco definida.
—Aprenderá a vivir con algunas.
La anciana volvió la atención hacia el resto de la comitiva.
Eliza acababa de alcanzar el muelle.
Ambas mujeres se contemplaron durante unos segundos.
—Ha traído demasiados baúles —dictaminó la abuela.
—He dejado los otros en Hamilton Lodge —respondió Eliza.
—Eso no mejora nada.
—Su nieta me hizo reducirlos.
La abuela dirigió a Fiona una mirada que contenía cierta aprobación.
—Al menos ha aprendido algo.
Alexander se inclinó sobre la mano de la anciana. Ella permitió el saludo, aunque lo observó como si todavía recordara al muchacho escocés que había existido bajo el duque.
Después empezaron a desembarcar los demás.
Audrey fue recibida con abrazos. Malcolm estrechó el antebrazo de Alasdair.
Douglas y Mairi bajaron con Harriet, que extendió las manos hacia el tartán de cuantos se acercaban.
La pequeña Eliza corrió hacia los perros antes de que Audrey pudiera detenerla.
Richard descendió con el entusiasmo de quien acababa de llegar al único lugar de Gran Bretaña donde quizá le permitirían trepar por una torre.
Cathaline fue la última de los hermanos.
Su vestido de viaje gris perla continuaba impecable. También sus guantes.
El viento le arrancó una cinta del sombrero y la envió directamente a los pies de Eòin, uno de los muchachos del puerto.
Cathaline observó la cinta en el barro.
Después al muchacho.
—Puede quedársela.
—No sabría qué hacer con ella, milady.
—Yo tampoco, al parecer.
Fiona escondió una sonrisa.
Edward no lo consiguió del todo.
Morag se acercó a saludarlo.
—Aonghus ha vuelto al trabajo.
—Me alegra saberlo.
—Continúa diciendo que le debe una vida.
—Preferiría una copa.
—Eso costará menos.
Fergus golpeó a Edward en el hombro.
—Pensé que Inglaterra lo retendría.
—Lo intentó mediante almohadas mejores.
—Las nuestras siguen siendo malas.
—Lo recuerdo.
Alasdair esperó hasta que los demás terminaron de recibirlos.
—¿Por cuánto tiempo se queda? —preguntó.
Edward miró a Fiona antes de responder.
—No he venido con fecha de partida.
Sir Alasdair observó aquel intercambio. Después miró a Alexander, a Eliza y a la familia Hamilton reuniéndose sobre el muelle MacKinnon.
—Entonces parece que tendremos que hablar.
El consejo se reunió a la mañana siguiente.
Fiona ocupó su lugar a la derecha de Alasdair. Ya no necesitaba la segunda firma que se le había impuesto al comienzo de los treinta días. La caída de Gillean, la revisión de las cuentas y el respaldo de la isla habían devuelto plenamente la administración a sus manos.
Edward se sentó frente a ella.
Alexander y Eliza permanecieron algo apartados, allí como padres y testigos, no como una autoridad superior al consejo MacKinnon.
Audrey, Malcolm, Douglas y Mairi aguardaban en la galería contigua.
Cathaline había preferido quedarse con las niñas, decisión que Fiona sospechaba relacionada en igual medida con el consejo y con la ausencia de comodidades inglesas en aquella sala.
Estaban presentes Fergus, Morag, Donncha, Niall y varios representantes de las tierras y el puerto. La abuela había ocupado una silla sin que nadie se atreviera a preguntarle bajo qué derecho.
Edward colocó las capitulaciones sobre la mesa.
Primero miró a Alasdair.
—Vengo a pedir formalmente su consentimiento para casarme con Fiona.
El jefe MacKinnon apoyó ambas manos sobre el bastón.
—¿Se lo ha pedido primero a ella?
—Sí.
—¿Y ha aceptado?
Fiona respondió antes que Edward.
—Sí.
Alasdair inclinó la cabeza.
—Entonces empieza mejor que la mayoría.
Edward abrió el documento.
—Antes de que el compromiso se anuncie, quiero que todos comprendan cuál será mi posición en Eilean Ròs.
El viejo Donncha entrecerró los ojos.
—Eso suena a inglés.
—Quizás esta vez eso les beneficie. Eilean Ròs tiene una heredera.
No necesita que yo llegue para convertirme en su dueño.
Las tierras, las rentas, los contratos, el puerto y la administración permanecerán vinculados a Fiona y a la línea MacKinnon.
El matrimonio no transferirá a la casa Hamilton ningún derecho sobre la isla.
Morag volvió el rostro hacia Fiona, sin creerlo.
La abuela no se movió.
—Conservaré mi apellido, mis bienes y mis responsabilidades —continuó Edward—.
No seré un invitado inútil ni un hombre obligado a guardar silencio dentro de su propia familia.
Cuando un asunto pertenezca a Eilean Ròs, la voz de Fiona será la primera.
Cuando afecte a nuestra casa o a los bienes de ambos, decidiremos juntos.
Y cuando crea que está equivocada, se lo diré con absoluta claridad.
Fergus tomó una de las copias.
—Jamás había escuchado a un hombre hablar así.
—Quizás deberías aprender —respondió la abuela.
El herrero decidió no responder.
Alasdair leyó varias páginas.
—El hijo o hija que herede Eilean Ròs asumirá el nombre y las armas MacKinnon.
—Sí.
—¿Aunque también sea Hamilton?
—Precisamente por eso. Conocerá ambas casas. Ninguna tendrá que desaparecer para que continúe la otra.
La abuela estudió a Edward con mayor atención.
—¿Y qué obtiene usted con este matrimonio, lord Edward?
El salón quedó en silencio.
Edward no miró el documento.
Miró a Fiona.
—A ella.
La respuesta fue tan sencilla que nadie encontró una réplica.
Alasdair bajó la vista hacia las capitulaciones, pero tardó unos segundos en cerrarlas.
—Fiona no necesitaba un hombre que gobernara en su lugar —dijo al fin—. Necesitaba uno lo bastante seguro de sí mismo para permanecer a su lado sin temer que eso lo hiciera menos fuerte.
Fiona miró a Edward. No había llegado a Eilean Ròs para sustituirla. No había reclamado su autoridad, ni su apellido, ni una sola parte de aquello que ella había pasado toda la vida defendiendo.
Había hecho algo mucho más difícil.
Había encontrado la manera de quedarse sin pedirle que retrocediera.
—Edward no ha venido a ocupar mi lugar —dijo Fiona, con la voz firme—. Ha venido a ocupar el suyo.
El silencio que siguió tuvo más peso que cualquier aprobación.
Alasdair tomó la pluma.
Donncha asintió una sola vez. Morag firmó como testigo. Incluso la abuela MacKinnon dejó de observar a Edward como si aún esperara descubrirle una intención oculta.
Pero Fiona no reparó en ellos.
Solo en Edward.
Porque aquel lugar no se lo había concedido ella, ni Alasdair, ni el consejo.
Se lo había ganado cada vez que eligió escuchar antes de ordenar, quedarse cuando habría sido más fácil marcharse y amar a Fiona sin pedirle que fuera menos MacKinnon para hacerlo.
Y cuando Edward sostuvo su mirada al otro lado de la mesa, Fiona comprendió que Eilean Ròs acababa de aceptar algo que meses atrás habría parecido imposible.
A un Hamilton.
A un inglés.
Como futuro jefe.
Dos días después, Edward pidió a Fiona que cabalgara con él hasta Tùr na Faire.
El sendero costero estaba despejado y la marea empezaba a retirarse. La torre continuaba alzándose sobre las rocas con la misma piedra oscura y las mismas ventanas estrechas, pero ya no ocultaba hombres, sellos falsificados ni secretos capaces de destruir la isla.
Fiona desmontó.
—La última vez terminamos encerrados.
Edward tomó las riendas de Lasair y de Bran.
—He consultado la marea, el viento y a dos pescadores.
—Eso consigue que el momento sea mucho más emocionante.
—También he revisado la cerradura.
—Ahora sí lo ha arruinado por completo.
Edward dejó los caballos protegidos junto al muro.
—No hemos venido a entrar.
La condujo hasta la parte alta del promontorio. Desde allí podían verse la costa, el pueblo y el mar extendiéndose más allá de Eilean Ròs.
El viento tiró del tartán de Fiona.
Edward se situó frente a ella.
—En Hamilton Lodge le pedí que se casara conmigo como hombre.
—Estaba desnudo.
—Eso no anulaba la pregunta.
—La volvía difícil de examinar con objetividad.
Edward sonrió.
—Hoy se lo pido sabiendo exactamente todo cuanto viene con usted.
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
Fiona dejó de sonreír.
Edward se arrodilló.
No pareció menos poderoso por hacerlo. La solemnidad del gesto hizo que Fiona sintiera una presión bajo las costillas.
Abrió la caja. Dentro había un anillo de oro antiguo con una esmeralda oscura.
—Perteneció a mi abuela Harriet —explicó—.
Pasó buena parte de su vida entre Arran e Inglaterra.
Mi madre pensó que usted comprendería mejor que nadie que una joya puede pertenecer a dos historias —Fiona miró el anillo.
Después a Edward—. Le pedí que se casara conmigo porque la amo.
Ahora vuelvo a pedírselo sabiendo que con usted vienen Eilean Ròs, los MacKinnon, el consejo, los inviernos, su orgullo y todas las discusiones que todavía no hemos tenido.
No quiero una versión más sencilla de su vida, Fiona. La quiero entera.