La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo final #2
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Capítulo final #2

Fiona contempló la mesa.

Los Hamilton no se limitaban a aprobar su compromiso. Se preparaban para cruzar Inglaterra, embarcar hacia una isla azotada por el invierno y presentarse ante su tío, su abuela y un consejo escocés que no los recibiría sin preguntas.

No iban para reclamarla en nombre de Edward.

Iban para llevar a su hijo hasta su casa como correspondía.

—Puedo concederle un día, Su Excelencia.

—Excelente. Entonces intentaremos viajar con moderación.

Alexander dejó escapar un sonido incrédulo.

—La última vez que dijiste eso, llegamos a Brodick con seis carruajes.

—Había una boda.

—Esta vez también habrá una, si los MacKinnon no cambian de opinión al vernos llegar.

Fiona arqueó una ceja.

—Mi abuela contará los carruajes antes de decidir si es una visita o una declaración de guerra.

Eliza sonrió.

—Llevaremos flores.

—Eso confirmará sus sospechas.

Edward se inclinó hacia Fiona.

—Espere a que mi madre intente reorganizar el viejo salón.

—Espere usted a que mi abuela se lo impida.

—Empiezo a pensar que nuestro matrimonio será el asunto más sencillo del viaje.

—No se confíe.

La felicidad llegó entonces, no como el vértigo de la noche anterior ni como la exaltación que Fiona había sentido al pronunciar su aceptación. Fue algo más profundo y real.

Edward no estaba pidiéndole que permaneciera en Inglaterra.

Su familia tampoco intentaba apartarla de Eilean Ròs para acomodarla bajo un techo Hamilton.

Todos se preparaban para acompañarla de regreso, para conocer sus condiciones, escuchar a su gente y reconocer que la vida que Edward había elegido no podía construirse sin la isla que la había formado.

Fiona había llegado a Hamilton Lodge sola con Tavish, convencida de que acudía a ayudar a uno de los suyos.

Regresaría a Eilean Ròs con Edward a su lado y toda una familia detrás.

Después del desayuno, Alexander hizo llamar a Edward a su despacho.

La estancia olía a cuero, tinta y al whisky que el duque todavía no había tocado.

Las cartas de Mowbray continuaban abiertas sobre un extremo del escritorio, aunque el asunto parecía haber perdido parte de su urgencia desde el regreso de Ewan.

En el centro descansaba una hoja cubierta por la escritura precisa de los abogados Hamilton.

Edward cerró la puerta.

—¿Querías verme?

Alexander señaló la silla situada frente a él.

—La primera vez que fuiste a Eilean Ròs estabas decidido a demostrar que Fiona se equivocaba contigo.

Edward se sentó.

—Quería demostrar que no había entregado los documentos de los MacKinnon.

—Y lo has hecho.

—Sí.

—Ahora vuelves con intención de quedarte.

No era una pregunta.

Edward sostuvo la mirada de su padre.

—Quiero construir allí una parte de mi vida.

Alexander lo observó durante unos segundos. Bajo la levita impecable, el título y la autoridad del duque, continuaba existiendo algo del muchacho que había sido Roderick: el escocés sin casa que aprendió a sobrevivir antes de que Inglaterra le ofreciera una.

—No te hagas pequeño para entrar en su isla —dijo.

—No pienso hacerlo.

—Y no le pidas a Fiona que se haga pequeña para caber en tu vida.

—Tampoco.

Edward sacó un documento doblado del interior de la levita y lo dejó sobre la mesa.

Alexander lo abrió.

No era todavía un contrato terminado, sino una serie de instrucciones para los abogados de ambas familias.

La propiedad, las rentas y la administración de Eilean Ròs quedarían vinculadas a Fiona y a la línea MacKinnon.

Edward conservaría sus bienes, sus ingresos y sus responsabilidades Hamilton.

Las decisiones que afectaran a ambos patrimonios exigirían la conformidad de los dos.

El hijo o hija que algún día heredara Eilean Ròs asumiría el nombre y las armas MacKinnon, aunque también perteneciera a la casa Hamilton.

Alexander leyó cada línea sin apresurarse.

—El matrimonio podría darte derechos sobre la administración de la isla.

—La ley puede concederme la posibilidad de reclamarlos. Eso no los convierte en míos.

Su padre levantó los ojos.

—Renuncias a una autoridad que muchos hombres de tu posición considerarían legítima.

—Eilean Ròs ya tiene una heredera. No necesito quitarle nada a Fiona para saber cuál es mi lugar .

Alexander dejó el documento sobre la mesa.

—Gillean habría detestado estas condiciones.

—Es una de sus mejores cualidades.

El Duque sonrió.

—¿Fiona las ha visto?

—Todavía no. Primero quiero presentarlas ante ella, sir Alasdair y el consejo.

—¿Y si los MacKinnon exigen más?

—Los escucharé.

—¿Y si intentan convertirte en un hombre sin voz dentro de tu propia casa?

Edward se reclinó en la silla.

—Entonces descubrirán que sigo siendo Hamilton.

Aquello pareció satisfacer a Alexander.

Se levantó y rodeó el escritorio. Durante un momento no fue el duque quien se detuvo frente a Edward, sino el padre que había visto a varios de sus hijos escoger tierras escocesas y aprender a pertenecer a ellas de formas distintas.

—Creí que Eton conseguiría quitarte Escocia de la cabeza —dijo.

—Solo me enseñó a ocultarla mejor.

—Tu madre diría que es su sangre inglesa la que os conduce hacia mujeres con suficiente carácter para soportaros.

—Madre diría cualquier cosa con tal de atribuirse el mérito.

Alexander apoyó una mano sobre su hombro.

—Hamilton Lodge seguirá siendo tu casa aunque pases medio año lejos de ella. No necesitas abandonar una para ser digno de la otra.

Edward pensó en la habitación azul, en el puerto, en el viento de Eilean Ròs y en Fiona entrando bajo aquel techo con sus colores sobre el pecho.

—Empiezo a comprenderlo.

—Bien. Porque tu madre ya ha ordenado suficientes baúles para que toda Escocia comprenda que vamos de visita.

—Sir Alasdair creerá que pretendemos invadirlo.

—La abuela MacKinnon creerá que pretendemos invadirlo —corrigió Alexander—. Alasdair se limitará a disfrutar de la discusión.

Edward se puso en pie.

—¿Vas a intervenir en el consejo?

—No. Hablarás tú. Fiona no necesita casarse con un hombre que lleve a su padre para responder por él.

—Gracias.

—Estaré allí como duque de Hamilton si las capitulaciones requieren mi respaldo —Alexander apretó una vez su hombro antes de soltarlo—.Pero iré sobre todo como tu padre.

Hamilton Lodge pasó el día siguiente vaciándose dentro de baúles.

Eliza había prometido viajar con moderación y consiguió reducir el equipaje familiar a una cantidad que habría permitido establecer una residencia nueva en Eilean Ròs sin volver a Inglaterra durante varios años.

Keller organizaba carruajes, lacayos y reservas ferroviarias con una serenidad adquirida tras décadas de servicio a los Hamilton.

Richard aparecía en todas partes dando instrucciones que nadie le había pedido.

Douglas intentaba convencer a Mairi de que Harriet toleraría bien el viaje, mientras la niña corría detrás de su prima Eliza y demostraba que sus fuerzas no parecían necesitar consideración.

Audrey y Malcolm prepararon el regreso al norte. Cathaline permitió que su doncella guardara sus vestidos con una expresión que sugería que Eilean Ròs era una dificultad adicional añadida a una vida que ya contenía demasiados percances.

Ewan partió hacia Glenmuir por otro camino antes del amanecer.

Cathaline no preguntó cuándo había salido.

Nadie se atrevió a informárselo.

Tavish encontró a lady Eleanor cerca del vestíbulo cuando los últimos baúles empezaban a descender por la escalinata. Lady Beatrice ya esperaba dentro del carruaje que las devolvería a Londres.

—¿Vendrá a la boda? —preguntó él.

Eleanor se detuvo.

—Mi tía ha decidido que pasaremos marzo en Bath.

—No le he preguntado por su tía.

Ella sostuvo su mirada un instante.

—Entonces envíeme una invitación, señor MacKinnon. Ya veremos cuál de los dos consigue salirse con la suya.

Tavish sonrió.

—Eso no ha sonado a negativa.

—Procure no estropearlo examinándolo demasiado.

Eleanor descendió los escalones antes de que él encontrara una respuesta.

Fiona, que había escuchado desde la puerta, tuvo la extraordinaria generosidad de no decir nada.

Esperó casi cinco minutos.

El viaje hacia el norte ocupó varios días de trenes, carruajes, posadas y una travesía que Eliza utilizó para reorganizar tres veces los preparativos del compromiso.

Fiona regresaba a su casa, pero ya no lo hacía sola.

Edward viajaba con ella. Alexander y Eliza ocupaban el siguiente compartimento.

Audrey, Malcolm y la pequeña Eliza regresaban a Escocia; Douglas y Mairi llevaban a Harriet envuelta entre mantas que la niña se empeñaba en rechazar; Richard consideraba cada parada una oportunidad para explorar algo prohibido, y Cathaline atravesaba el país con la perfecta elegancia de una joven inglesa decidida a no permitir que el barro, el viento ni la crisis provocada por Ewan alteraran una sola cinta de su sombrero.

La primera vez que Edward había cruzado el mar hacia Eilean Ròs llevaba sospechas, documentos y una autoridad prestada por el consejo.

Esta vez llevaba su nombre, una decisión propia y toda su familia detrás.

Cuando la embarcación entró en la bahía, Fiona permaneció junto a él en la borda.

Edward se quitó el sombrero antes de que la primera ráfaga alcanzara la cubierta.

Cathaline, situada varios pasos más atrás, no tuvo la misma previsión y atrapó el suyo con ambas manos justo antes de que terminara en el mar.

—¿Siempre sopla así? —preguntó, indignada.

Fiona contempló las velas tensas.

—Hoy está siendo bastante educado.

Richard soltó una carcajada.

Cathaline lo miró como si el viento fuera culpa suya.

Fiona reparó entonces en algo que no habría imaginado unos meses atrás: Edward no parecía el más inglés de los Hamilton allí. Sabía cuándo inclinar el cuerpo ante una ráfaga, dónde colocar los pies al acercarse al muelle y en qué momento ofrecerle la mano sin tratarla como si no pudiera bajar sola.

Cathaline, en cambio, contemplaba las piedras húmedas, los hombres con tartán y las voces en gaélico como si hubiera entrado en un mundo que no obedecía ninguna de las normas aprendidas en Londres.

No parecía asustada.