Capítulo final
Hamilton Lodge amaneció bajo el peso de dos compromisos.
Uno había nacido de una pregunta pronunciada en la intimidad de la habitación de Edward y de un sí que ninguno de los dos lamentaba.
El otro había sido anunciado por Ewan Sinclair sin la colaboración de la supuesta prometida.
Cathaline no le había dirigido una sola palabra desde el vestíbulo y, durante el desayuno, nadie con instinto de conservación intentó sentarlos cerca.
Fiona había regresado a su habitación poco antes del amanecer. Ninguna puerta se abrió al verla cruzar el pasillo y ningún criado apareció de forma inoportuna, aunque le costaba creer que una casa gobernada por Eliza Hamilton pudiera ignorar algo que sucediera bajo su techo.
Audrey confirmó aquella sospecha cuando Fiona entró en el comedor. Levantó los ojos de la taza y la contempló durante un instante más largo de lo necesario.
—¿Has descansado? —preguntó.
—Perfectamente.
Audrey inclinó la cabeza.
—Me alegro.
Volvió al desayuno sin añadir nada. No le hizo falta.
Edward se puso en pie al verla. También lo hicieron Alexander, Douglas, Malcolm y Richard, pero Fiona solo reparó en él.
Llevaba la corbata anudada con la exactitud de siempre y el cabello otra vez sometido a aquella corrección tan propia de él. A simple vista no parecía distinto. Edward Hamilton no habría sabido exhibir su felicidad aunque se lo hubieran exigido por escrito.
Sin embargo, Fiona la vio.
Estaba en la forma en que la buscó cuando entró, en la menor rigidez de sus hombros y en aquella sonrisa discreta que aparecía cada vez que sus miradas coincidían. También en el modo en que apartó la silla vacía a su lado antes de que un lacayo pudiera hacerlo.
Fiona ocupó el lugar.
La noche anterior permanecía entre ambos, pero no como algo vergonzoso que debieran ocultar. Era una certeza íntima dentro de una habitación llena de personas demasiado bien educadas para mencionarla y demasiado unidas para no haberla comprendido.
Eliza terminó de leer una carta y la dejó junto al plato.
—Confío en que, ahora que el señor Sinclair ha regresado, dejaremos de recibir telegramas a todas horas.
Desde el extremo opuesto de la mesa, Ewan sostuvo la taza sin beber. Cathaline continuó observando las ventanas como si el invierno inglés hubiera adquirido de pronto un interés extraordinario.
—Yo no confiaría demasiado —advirtió Alexander.
—Nadie te ha preguntado —replicó su esposa.
Ewan bajó la mirada hacia el café. Cathaline no se movió. El silencio entre ambos tenía la consistencia de una guerra.
Fiona decidió mantenerse al margen. Aquella historia no le pertenecía. Por la manera en que Cathaline conservaba la espalda recta y la barbilla elevada, todavía no pertenecía a nadie salvo a ella.
—Partiré mañana —anunció Fiona.
Edward volvió inmediatamente el rostro.
Eliza pareció sorprendida de verdad.
—¿Tan pronto?
—Ewan ha regresado y Malcolm está aquí. Tavish permanecerá unos días por si todavía puede ser útil. Mi tío ha recuperado fuerzas, pero no quiero abusar de su convalecencia ni dejar el consejo sin su heredera más tiempo del necesario.
Edward dejó la taza sobre el plato.
—Antes de organizar el viaje, debo comunicaros algo.
Su tono hizo que la conversación se apagara sin necesidad de que alzara la voz. Fiona lo miró. Edward no buscó su permiso con los ojos ni convirtió lo que ya habían decidido en una sorpresa para ella. Simplemente apoyó una mano sobre el respaldo de su silla y se dirigió a sus padres.
—He pedido a Fiona que sea mi esposa. Ha aceptado. Padre, madre, deseo vuestra aprobación antes de presentarme formalmente ante sir Alasdair y el consejo MacKinnon.
El silencio que siguió no se pareció en nada al provocado por Ewan la noche anterior.
Eliza miró primero a su hijo y después a Fiona.
No mostró emoción alguna, pero Edward supo que se alegraba.
Douglas dejó la taza. Audrey sonrió como si hubiera aguardado aquel anuncio desde mucho antes de que Edward comprendiera que iba a hacerlo.
Mairi volvió los ojos hacia Fiona con una calidez familiar.
Richard abrió la boca.
Cathaline le puso una mano sobre el brazo sin mirarlo.
—No lo estropees —murmuró.
Alexander permaneció inmóvil en la cabecera. No era únicamente el padre de Edward quien recibía aquella noticia. También era el duque de Hamilton, jefe de una casa que había aprendido el precio de unir apellidos, tierras y obligaciones sin preguntar antes a quienes debían cargar con ellos.
—¿Es una decisión firme? —preguntó a su hijo.
—Por completo.
Alexander dirigió la atención hacia Fiona.
—¿Y es también tu voluntad, Fiona?
Ella sostuvo su mirada.
—Sí, Su Excelencia.
El duque asintió despacio.
—Entonces tenéis mi aprobación.
Eliza extendió la mano sobre el mantel y tomó la de Fiona.
—Y la mía. Aunque sospecho que Edward necesitaba bastante menos nuestra aprobación que la tuya.
—Madre —dijo él.
—He dicho la verdad.
Edward inclinó la cabeza hacia ambos.
—Os lo agradezco.
Alexander miró a sus hijos reunidos alrededor de la mesa y dejó escapar una respiración que contenía más resignación que disgusto.
—Al final, todos termináis regresando a Escocia.
Audrey alzó una ceja.
—Yo no regresé. Fui por primera vez.
—Y te quedaste en Glenmuir —replicó su padre—. Douglas apenas distingue ya dónde termina Arran y empieza el resto del mundo. Ahora Edward pretende instalarse en Eilean Ròs. La sangre tira aunque uno estudiara en Eton y sepa pronunciar francés.
Richard se irguió.
—Todavía quedo yo.
Alexander lo contempló.
—Por eso estoy preocupado.
Las risas recorrieron la mesa. Hasta Douglas sonrió.
Eliza soltó la mano de Fiona y se volvió hacia su esposo.
—Quizá sea mi sangre inglesa la que tiene buen gusto y los empuja hacia lugares interesantes.
—Tu sangre inglesa lleva treinta años intentando organizar Escocia desde comedores bien calentados.
—Y con resultados excelentes.
—Eso depende de a quién preguntes.
—No pienso preguntarte a ti, Ale. Siempre has confundido que te contradigan con que estén equivocados.
Fiona vio cómo Alexander miraba a su esposa. Había afecto en la resignación de su rostro, una intimidad construida mediante discusiones que ninguno había necesitado ganar para permanecer juntos.
Edward se inclinó hacia Fiona.
—Ahora sabe de dónde procede mi carácter.
—Empiezo a sentir compasión por usted.
—No la desperdicie tan pronto.
Alexander recuperó la seriedad, aunque una sombra de sonrisa permanecía todavía en su boca.
—Hablarás con sir Alasdair en cuanto lleguéis.
—Sí, padre.
—Y presentarás ante el consejo, de tu propia boca, qué lugar pretendes ocupar en Eilean Ròs. Si vas a casarte con su heredera, los MacKinnon tienen derecho a saber si llega un esposo o un segundo jefe.
Edward miró a Fiona.
—Precisamente por eso voy a regresar con ella.
No dijo que la acompañaría.
Dijo que regresaría.
La diferencia no pasó inadvertida para Fiona.
Alexander asintió.
—Yo escribiré a Alasdair hoy mismo.
—No será necesario limitarse a una carta —intervino Eliza—. Iremos con ellos.
Fiona volvió el rostro hacia la duquesa.
—¿Su Excelencia piensa viajar a Eilean Ròs?
—Mi hijo va a pedir formalmente la mano de su heredera. No voy a quedarme en Inglaterra esperando una carta que me diga si los MacKinnon han decidido aceptarlo o arrojarlo al mar.
—Mi abuela todavía puede escoger la segunda opción.
—Entonces será mejor que esté presente para discutir con ella.
Alexander miró a su esposa.
—Liza, no podemos desembarcar en la isla con toda la familia como si fuéramos a recuperar un territorio perdido.
—No seas dramático.
—Viajas con flores, criados y suficiente equipaje para ocupar un puerto.
—Eso se llama estar preparada.
Audrey dejó la taza sobre el plato.
—Malcolm y yo iremos también. Debemos regresar al norte y sir Alasdair merece oír de nosotros lo sucedido con Ewan antes de que llegue una versión convertida en canción de taberna.
Malcolm inclinó la cabeza.
—Además, alguien tendrá que impedir que Alexander y la abuela MacKinnon conviertan una conversación familiar en un conflicto entre clanes.
—Yo no inicio conflictos entre clanes —dijo Alexander.
Eliza lo miró.
—Has iniciado al menos dos desde que te conozco.
—Ninguno importante.
Douglas intercambió una mirada con Mairi.
—Nosotros también iremos.
Su esposa observó hacia la puerta por la que Harriet había desaparecido con su institutriz.
—La niña acaba de recuperarse del último viaje.
—Podemos hacerlo despacio.
—Eso no existe en la familia Hamilton.
Douglas tomó la mano de Mairi bajo el borde de la mesa, aunque el gesto no quedó tan oculto como parecía creer.
—No quiero que Edward anuncie su compromiso sin nosotros.
Mairi lo contempló unos segundos. Después sonrió.
—Entonces iremos.
—Harriet puede viajar conmigo —se ofreció Eliza.
—Eso no me tranquiliza —respondieron Douglas y Mairi a la vez.
Richard golpeó suavemente la mesa con la palma.
—Yo también voy.
—Nadie había dudado de que intentarías hacerlo —dijo Cathaline.
—Soy parte de la familia.
—También lo son los perros y nadie les ha pedido opinión.
Richard abrió la boca para responder, pero Alexander intervino.
—Vendrás. Y procurarás no golpear a ningún hombre durante el trayecto.
—¿Incluso si lo merece?
—Especialmente si lo merece.
Todas las miradas terminaron dirigiéndose hacia Cathaline.
Ella no apartó los ojos de la ventana.
—Iré con mi familia —dijo al fin.
Ewan levantó la cabeza.
—Yo debo regresar a Glenmuir.
Cathaline lo miró por primera vez desde que comenzó el desayuno.
—Puede regresar adonde le plazca, señor Sinclair.
El tono dejó claro que cualquier coincidencia entre sus itinerarios sería una desgracia puramente geográfica.
Nadie añadió nada.
Aquella historia acababa de empezar y ya había demasiadas personas deseando sobrevivir a ella.
Eliza retomó la organización antes de que el silencio se volviera incómodo.
—Entonces viajaremos todos. Keller necesitará dos días para preparar los carruajes y reservar los compartimentos.
—Fiona quería partir mañana —recordó Edward.
La duquesa se volvió hacia ella.
—¿Puede concedernos un día más?