La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 19 #4
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Capítulo 19 #4

Fiona comenzó a moverse con cautela. Elevó el cuerpo y volvió a descender, aprendiendo el ángulo que convertía la presión en placer. Cada movimiento hacía oscilar sus grandes pechos, demasiado abundantes para la discreción que tanto apreciaban los ingleses.

Edward la contemplaba con una fascinación que rozaba la incredulidad.

Fiona, desnuda sobre él, parecía todavía más poderosa que cuando se plantaba ante el consejo con el tartán MacKinnon sobre los hombros.

La cintura se estrechaba antes de abrirse en las curvas plenas de sus caderas.

Las pecas se extendían sobre la piel enrojecida por el deseo.

Sus pezones, endurecidos, reclamaban las manos que Edward no tardó en alzar.

Abarcó ambos pechos.

Los sostuvo, sintiendo su peso mientras Fiona continuaba cabalgándolo. Los pulgares recorrieron las puntas sensibles y ella aceleró el movimiento.

—Míreme —ordenó.

Edward clavó los ojos en los suyos.

—Sería incapaz de hacer otra cosa.

Fiona sonrió, pero la expresión se deshizo cuando cambió el ángulo de sus caderas y él alcanzó un punto que le arrancó una respiración temblorosa.

Repitió el movimiento.

Edward apretó los dientes.

Había imaginado demasiadas veces cómo sería tenerla de aquella manera. Ninguna fantasía se acercaba a la realidad de verla sobre él, orgullosa incluso mientras perdía el aliento, con el cabello rojo cayéndole alrededor del rostro y los pechos llenos moviéndose entre sus manos.

Fiona empezó a moverse con mayor seguridad.

Edward sintió que el control, aquella disciplina cultivada durante toda una vida, se convertía en algo inútil.

Sus manos descendieron hasta las caderas de ella.

No para imponerle el ritmo, sino porque necesitaba sostenerla.

Necesitaba tocar cada parte de aquella mujer que había desordenado sus certezas con la misma facilidad con que había deshecho su corbata.

Fiona se inclinó y lo besó.

Ella soltó un gemido contra su boca.

Edward elevó las caderas.

La penetración fue más profunda.

Fiona se estremeció.

Edward la rodeó con ambos brazos y giró con ella.

Fiona quedó tendida bajo su cuerpo, con el cabello extendido sobre la almohada y las piernas abiertas alrededor de sus caderas. Edward volvió a entrar en ella con una embestida larga que le robó el aliento.

La besó mientras aumentaba el ritmo.

Ya no había cautela, aunque sí una atención absoluta a cada respuesta de Fiona. Sus movimientos se volvieron más firmes, más profundos. Ella le rodeó la cintura con las piernas y lo recibió una y otra vez, aferrada a sus hombros mientras el lecho se estremecía bajo ambos.

Edward deslizó un brazo bajo uno de sus muslos y lo elevó.

Su segundo clímax la alcanzó con violencia.

Todo su cuerpo se cerró alrededor de Edward. Los músculos internos se contrajeron una y otra vez mientras ella temblaba bajo él, incapaz de contener los sonidos que escapaban de su garganta.

Edward perdió el ritmo.

Fiona abrió los ojos y lo vio tal como nadie más debía de haberlo visto jamás: el rostro hermoso alterado por el placer, el cabello rubio cayéndole sobre la frente, la mandíbula tensa y los ojos claros despojados de cualquier reserva.

Él pronunció su nombre.

Después culminó en su interior, enterrado profundamente en ella, con el cuerpo estremeciéndose entre sus brazos y la boca apoyada contra la curva de su cuello.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

Edward respiraba junto a su oído. Fiona sentía el peso de él sobre su cuerpo, el latido desbocado de su corazón y la humedad compartida entre sus muslos.

No deseó que se apartara.

Edward levantó la cabeza.

Fiona seguía mirándolo.

El cabello rojo se extendía por la almohada, las mejillas estaban enrojecidas y los labios hinchados por sus besos. La voluptuosidad de su cuerpo permanecía bajo él sin rastro de pudor, suave y poderosa a la vez.

Edward apartó un mechón adherido a su frente.

—Fiona.

—No adopte ahora esa expresión solemne.

—No sabía que tenía una.

—Parece dispuesto a redactar un informe.

Él dejó escapar una risa baja.

—Sería un informe muy poco apropiado.

—Y demasiado favorable para su orgullo.

Edward la besó con una ternura que contrastó con todo lo anterior. Después se retiró de su cuerpo, la acomodó entre las mantas y se tendió a su lado.

Fiona apoyó la cabeza sobre su pecho.

Él recorrió lentamente su espalda desnuda, desde los hombros hasta la curva de la cintura.

El silencio no fue incómodo. Al otro lado de la puerta seguía durmiendo una casa entera, pero dentro de la habitación solo existían el calor de las sábanas, sus respiraciones todavía agitadas y aquella intimidad nueva que ninguno de los dos podía deshacer.

Edward entrelazó los dedos con los de ella.

—Cásese conmigo.

Fiona levantó la cabeza.

No necesitó tiempo para pensarlo. No buscó una respuesta ingeniosa ni una excusa con la que protegerse.

—Sí.

Edward permaneció inmóvil.

—¿Sí?

—Ha hecho una pregunta bastante sencilla.

—Esperaba una discusión.

—La tendrá cuando empecemos a decidir dónde colocará sus libros en Eilean Ròs.

La expresión de Edward cambió. La alegría apareció primero en sus ojos y después en una sonrisa tan abierta que Fiona sintió una punzada en el pecho.

Él le sostuvo el rostro entre las manos.

—No se lo pido por lo que acaba de ocurrir.

—Lo sé.

—Ni porque crea que su honor necesita ser reparado.

—También lo sé.

—Fiona, permita que termine al menos una declaración sin interrumpirme.

Ella hizo un gesto magnánimo.

—Adelante. Disfrute del privilegio mientras dure.

Edward rozó su nariz con la de ella.

—Quiero casarme con usted porque la amo.

Porque ninguna casa en la que usted no esté volverá a parecerme completa.

Porque prefiero discutir con usted cada día a vivir en paz con cualquier otra mujer.

Y porque he descubierto que incluso mis mejores argumentos resultan bastante mediocres cuando no está cerca para contradecirlos.

Fiona intentó sonreír, pero la emoción le cerró la garganta.

Edward continuó:

—No pienso convertirme en un invitado inútil de Eilean Ròs.

Tampoco en un marido que llegue para apropiarse de una autoridad que ya ha demostrado merecer.

La isla no necesita otro dueño. Si intervengo, será porque usted me lo pida, porque el asunto afecte también a nuestra familia o porque ambos decidamos que nos corresponde resolverlo juntos.

Estaré a su lado, Fiona. No delante de usted.

Ella sostuvo su mirada.

—Eso se parece mucho a una promesa.

—Es una intención Hamilton.

—Peor todavía.

Edward la besó.

Fiona se acomodó de nuevo contra su pecho, dejando una pierna entrelazada con las de él. No tenía ninguna prisa por recordar que al otro lado de aquella puerta dormían criados, parientes y una familia entera con una habilidad casi ofensiva para advertirlo todo.

Cuando regresó a su habitación, el pasillo seguía en silencio.

Ninguna puerta se abrió.

Ningún criado apareció.

A la mañana siguiente, nadie hizo una sola pregunta, aunque Edward bajó a desayunar con el aspecto menos ordenado de lo habitual y Fiona llevaba el broche MacKinnon prendido en un ángulo que habría horrorizado a su abuela.

Quizás nadie hubiera oído nada.

O quizás todos comprendían perfectamente dónde había pasado la noche y poseían la cortesía suficiente para fingir lo contrario.

En una familia como los Hamilton, Fiona sospechó que aquello era lo más parecido a la discreción.

Poco antes del amanecer, unas ruedas cruzaron la grava de Hamilton Lodge.

Cathaline, que no había conseguido dormir, apartó las cortinas de su habitación y vio detenerse un coche cubierto de barro. Un hombre descendió antes de que el lacayo alcanzara la portezuela.

Pelirrojo.

Alto.

Con el abrigo roto en un hombro y sangre seca junto a la sien.

Ewan.

Cathaline salió al pasillo sin llamar a su doncella. Cuando llegó al vestíbulo, Malcolm ya bajaba por la escalera y Alexander aparecía desde el ala principal. Edward llegó un instante después, abrochándose todavía la levita.

Las puertas se abrieron.

Ewan entró con el rostro agotado y la sonrisa fácil completamente desaparecida.

Malcolm lo agarró por ambos hombros.

—¿Dónde demonios estabas?

—Ocupándome de Mowbray.

Cathaline se detuvo en el último peldaño.

Ewan la vio.

Durante un instante, toda la casa dejó de existir para ambos.

Alexander avanzó.

—¿Qué ha hecho el conde?

Ewan sacó un documento arrugado del interior del abrigo.

—Pensaba entregar esta mañana una declaración sobre lady Cathaline. He conseguido que la retire.

—¿Cómo? —preguntó Edward.

Ewan continuó mirando a Cathaline.

—Le he dado una explicación que Londres preferirá al escándalo.

Ella descendió el último peldaño.

—¿Qué explicación?

Ewan respiró hondo.

—Que cualquier entendimiento entre nosotros era honorable.

Cathaline sintió que el frío del vestíbulo le atravesaba la bata.

—Ewan.

—He firmado una declaración delante de tres testigos.

—¿Qué ha declarado?

Por primera vez desde que ella lo conocía, Ewan Sinclair pareció no encontrar refugio en una sonrisa.

—Que estamos comprometidos.

El silencio cayó sobre Hamilton Lodge.

Cathaline lo miró.

—Nosotros no estamos comprometidos.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué demonios ha hecho?

Ewan sostuvo sus ojos verdes en los de ella.

—Salvar su nombre —Hizo una pausa—. Y entregarle el mío.