La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Edward soltó el broche MacKinnon y retiró el tartán de sus hombros. Lo dobló con cuidado y lo dejó sobre una silla.

—No tiene que tratarlo como una reliquia.

—Su abuela me mataría si lo dejo en el suelo.

—Mi abuela lo mataría por traerme a esta habitación.

—También he valorado ese riesgo.

Fiona sonrió.

Edward comenzó a desabrocharle el vestido.

Cada botón liberó un poco más de piel. La prenda descendió por sus hombros, quedó atrapada un instante en la plenitud de sus caderas y terminó cayendo a sus pies. Él retiró después las enaguas, sin precipitarse, hasta dejarla con la camisola y el corsé.

Se quedó mirándola.

Fiona arqueó una ceja.

—No esperaba timidez por su parte.

—Esto no es timidez.

—¿Entonces?

Edward deslizó los dedos por la cinta del corsé.

—Estoy intentando decidir cómo sobreviviré a verla completamente desnuda.

—Con la misma dignidad con la que sobrevive a todo.

—Me temo que ya la he perdido.

Desanudó las cintas y aflojó el corsé poco a poco. Fiona respiró con mayor libertad cuando la prenda cedió. Edward la retiró y, tras una pausa apenas perceptible, levantó la camisola por encima de su cabeza.

La contempló.

Fiona no poseía la delgadez delicada que tanto parecían admirar los retratos ingleses.

Su belleza era demasiado abundante para semejante contención.

Tenía la cintura marcada, las caderas redondas, los muslos firmes y unos pechos grandes y llenos, pesados en las manos de un hombre, coronados por pezones de un tono rojizo.

Las pecas descendían desde sus hombros y se dispersaban sobre el escote, más tenues conforme alcanzaban la suavidad del vientre.

Su cabello rojo caía en ondas desordenadas por la espalda, como una provocación contra la sobriedad de aquella habitación. Los ojos verdes permanecían clavados en Edward sin rastro de vergüenza.

Ella no se cubrió.

No agachó la cabeza.

Permaneció ante él con la misma seguridad con la que se enfrentaba al consejo de Eilean Ròs.

—No me mire como si fuera frágil —murmuró.

Edward elevó los ojos hasta encontrar los suyos.

—Sería un error demasiado estúpido incluso para mí.

Cubrió uno de sus pechos con la mano.

Fiona contuvo el aliento.

La palma de Edward apenas consiguió abarcar aquella plenitud. La sostuvo con una mezcla de firmeza y veneración, sintiendo su peso, recorriendo con el pulgar la piel salpicada de pecas antes de rozar el pezón.

Fiona se estremeció.

Edward repitió la caricia mientras inclinaba la cabeza. Sus labios se cerraron sobre ella y la succión lenta hizo que Fiona arqueara la espalda. Él la sostuvo por la cintura y volvió a tomarla en su boca, esta vez con mayor presión.

—Edward...

Él sonrió contra su piel.

La mano que descansaba en su otro pecho apretó suavemente antes de dedicarle la misma atención. Fiona hundió los dedos en el cabello rubio y lo atrajo más cerca. Edward respondió recorriendo con la lengua la punta endurecida hasta que ella dejó escapar un gemido.

Fiona tiró de él hacia arriba.

—Ahora usted.

Abrió su camisa botón a botón. No con la precisión que él había empleado con su vestido, sino con una impaciencia que hizo que uno de los botones saltara y desapareciera bajo un mueble.

Edward miró hacia el lugar donde había caído.

—Era una camisa excelente.

—Compre otra.

—Una solución sorprendentemente Hamilton.

—Estoy aprendiendo malas costumbres.

Le apartó la camisa de los hombros.

El cuerpo que apareció bajo la tela no se parecía al que habría imaginado para un estudioso educado en Eton.

Edward era alto y de hombros anchos, con el pecho firme, el abdomen trazado por líneas limpias y la cintura estrecha.

No poseía la musculatura exagerada de un hombre que necesitara exhibir su fuerza, sino la solidez de quien montaba durante horas, nadaba en aguas heladas y jamás había confiado únicamente en su apellido para parecer poderoso.

La piel clara mostraba algunas cicatrices pequeñas: una cerca de las costillas, otra sobre la cadera y la marca más reciente de Eilean Ròs en la palma de la mano. Fiona pasó los dedos sobre ellas antes de recorrerle el pecho.

Edward se tensó.

Ella terminó de desvestirlo sin apartar la mirada.

Cuando la última prenda cayó, Fiona se permitió observarlo con absoluta falta de modestia.

Edward Hamilton era indecentemente hermoso.

El cabello rubio, desordenado por sus manos, le caía sobre la frente y suavizaba la severidad habitual de sus facciones. Sin levita, corbata ni camisa, desaparecía buena parte del caballero cuidadosamente educado para ocultar cualquier emoción inconveniente.

Quedaba Edward.

Inteligente. Impecable. Físicamente perfecto hasta resultar irritante.

Y completamente excitado ante ella.

Edward inhaló con brusquedad.

Fiona lo acarició una vez en su intimidad, observando cómo se endurecía todavía más entre sus dedos.

—Está mirando demasiado —murmuró él.

Ella levantó la vista.

—Usted empezó en Tùr na Faire.

—Y llevo pagando por ello desde entonces.

Fiona deslizó de nuevo la mano, más lentamente.

—No lo suficiente.

Edward apretó la mandíbula.

La paciencia erudita desapareció de sus ojos.

La tendió sobre la cama.

Se inclinó sobre ella y la besó mientras sus manos recorrían aquel cuerpo exuberante que las prendas habían escondido a medias.

Descendió por su cuello, pasó la boca entre sus pechos y continuó por el vientre.

Fiona sintió el roce de su cabello contra la piel antes de que él besara la parte interior de uno de sus muslos.

Luego el otro.

Edward le separó las piernas.

No hubo timidez en el modo en que la miró. Tampoco prisa. Solo una atención intensa que hizo que Fiona se sintiera más desnuda bajo sus ojos de lo que se había sentido al quitarse la última prenda.

Edward la abrió con delicadeza y deslizó la lengua sobre ella.

El placer fue tan repentino que Fiona se aferró a las sábanas.

Volvió a hacerlo.

Más despacio.

La boca de Edward encontró el punto exacto que hizo que ella elevara las caderas.

Él la sostuvo con una mano sobre el vientre, manteniéndola cerca mientras la acariciaba con la lengua.

No parecía limitarse a complacerla. La aprendía.

Prestaba atención a cada estremecimiento, a cada cambio en su respiración, al modo en que sus muslos intentaban cerrarse alrededor de su cabeza cuando la sensación se volvía demasiado intensa.

Fiona pronunció su nombre.

Edward respondió introduciendo un dedo en su interior.

Ella gimió.

La presión aumentó. Un segundo dedo se unió al primero, entrando en ella mientras la lengua continuaba acariciándola.

Fiona se aferró a sus hombros, incapaz ya de conservar la dignidad que tan bien le servía frente a los consejeros, los comerciantes o cualquier hombre que hubiera intentado decirle cómo debía gobernar su vida.

Con Edward no quería conservarla.

Quería perderla.

Él levantó la cabeza. Sus labios estaban húmedos y los ojos claros parecían más oscuros.

—La amo.

No esperó una respuesta.

Curvó los dedos dentro de ella y volvió a acariciarla con el pulgar.

El placer se cerró alrededor de Fiona con una intensidad que le arrancó un gemido.

Todo su cuerpo se tensó. Hundió los talones en la cama, atrapó la muñeca de Edward y alcanzó el clímax pronunciando su nombre sin ironía, sin orgullo y sin ninguna defensa que la protegiera del amor que sentía por él.

Edward continuó tocándola hasta que el último estremecimiento hubo pasado.

Después subió por su cuerpo.

Fiona lo recibió entre sus piernas y le rodeó la nuca con los brazos. El sexo de Edward rozó su entrada. La presión anticipada hizo que su respiración volviera a acelerarse.

Él la miró.

No formuló otra pregunta. No convirtió el instante en un interrogatorio. La decisión de Fiona ya estaba en la puerta cerrada, en la ropa esparcida por la habitación, en sus manos aferradas a él y en la manera en que abrió más las piernas para recibirlo.

Ella le acarició la mejilla.

—Venga conmigo.

Edward entró despacio.

La primera presión fue intensa. Fiona sintió cómo su cuerpo se resistía a aquella invasión desconocida, cómo la plenitud aumentaba hasta convertirse en una punzada breve.

Se tensó y Edward quedó inmóvil en el mismo instante, apoyado sobre los antebrazos, con los músculos de los hombros rígidos por el esfuerzo.

Fiona respiró contra su boca.

—Quédese así.

Él obedeció.

Permaneció dentro de ella sin avanzar, temblando ligeramente por la contención mientras Fiona se acostumbraba.

Ella movió las caderas con cautela.

La punzada se suavizó.

Volvió a hacerlo y sintió que la resistencia cedía un poco más.

—Ahora —susurró.

Edward avanzó hasta quedar completamente unido a ella.

Cerró los ojos durante un instante.

Fiona lo sostuvo contra su cuerpo, percibiendo el modo en que él luchaba por no perderse demasiado pronto. Salió casi por completo y volvió a entrar, profundo, firme, todavía cuidadoso.

La molestia fue desapareciendo.

En su lugar surgió una sensación densa y creciente, distinta del placer que él le había dado con los dedos. Cada movimiento alcanzaba un lugar más profundo. Cada retroceso dejaba un vacío que Fiona quería volver a llenar.

Lo besó.

Edward respondió con una necesidad que ya no consiguió disimular. Sus embestidas se hicieron más seguras. La mano que introdujo entre ambos encontró de nuevo su sexo y empezó a acariciarla al mismo ritmo con que la penetraba.

Fiona arqueó la espalda.

La plenitud de sus pechos rozó el torso de Edward. Él atrapó uno con la mano y lo apretó mientras hundía el rostro en su cuello.

El placer regresó demasiado deprisa.

Fiona colocó una mano sobre su hombro y lo empujó.

Edward comprendió.

Se dejó caer de espaldas y Fiona quedó a horcajadas sobre él.

Apoyó las manos en su pecho y descendió lentamente sobre él. Fiona contuvo un gemido mientras su cuerpo se abría para él.

Edward le sostuvo las caderas.

No intentó dirigirla.

La dejó encontrar el ritmo.