Capítulo 19 #2
—Puedo pasar una parte del año en Eilean Ròs —continuó—.
Regresar aquí cuando mi familia me necesite y ocuparme desde Escocia de muchos asuntos que ahora atiendo en Inglaterra.
Usted vendrá cuando quiera. Cuando no quiera, no lo hará.
Habrá viajes, inviernos difíciles y demasiados hombres convencidos de que tienen derecho a opinar.
—Parece haberlo pensado bastante.
—He pensado en pocas cosas más desde que abandoné la habitación azul.
Fiona bajó la vista hacia sus guantes.
—No quiero quedarme esperando cada vez que regrese a Inglaterra.
—Y yo no quiero volver a Hamilton Lodge sintiendo que para llegar a una casa debo marcharme de la otra.
Edward no elevó la voz. No necesitó hacerlo.
Fiona lo miró.
—Entonces tendremos que aprender a vivir entre ambas.
—¿Tendremos?
Ella levantó la barbilla.
—No arruine el momento.
Edward tomó su mano y rozó con los labios los nudillos cubiertos por el guante.
No era una proposición.
Todavía no.
Pero ambos estaban hablando de una vida común sin que ninguno tuviera que desaparecer dentro de la del otro.
Y aquella certeza acompañó a Fiona durante el camino de regreso.
Tavish ocupaba una mesa de la biblioteca cuando Eleanor lo encontró. Había extendido horarios ferroviarios, rutas marítimas y nombres de capitanes junto a las respuestas llegadas de los puertos.
Eleanor se detuvo frente al mapa.
—Creía que improvisaba todo.
Tavish levantó la vista.
—Solo las ofensas. Las rutas las preparo.
Ella recorrió las anotaciones.
—Empiezo a pensar que juzgué mal algunas cosas.
—Sería incómodo admitirlo.
—No para mí.
—Entonces me temo que yo todavía no estoy preparado.
La mirada de Eleanor se sostuvo en la suya más tiempo del necesario.
Un lacayo entró antes de que alguno pudiera convertir aquel silencio en otra cosa.
—Señor MacKinnon, ha llegado un telegrama.
La información era escasa, pero suficiente: un hombre que respondía a la descripción de Ewan había sido visto en Hull tres días atrás. Viajaba bajo el apellido Ross y había comprado un billete hacia el sur.
Estaba vivo.
Y regresaba.
Malcolm volvió a respirar con algo menos de esfuerzo cuando Tavish se lo comunicó. Cathaline recibió la noticia con una quietud demasiado perfecta. Nadie le preguntó qué significaba para ella.
Fiona se aseguró de ello.
Aquella noche, después de la cena, Edward encontró a Fiona en la galería de los retratos.
Se había detenido ante una pintura de los cinco hermanos Hamilton cuando todavía eran niños: Douglas con expresión severa, Audrey intentando mantener quieta a Cathaline, Richard demasiado pequeño para permanecer sentado y Edward mirando al pintor como si ya sospechara que el hombre cometería algún error.
—No ha cambiado demasiado —dijo Fiona.
—Tenía doce años.
—Ya parecía dispuesto a corregir al artista.
—Colocó mal el broche de mi padre.
Fiona rio por lo bajo.
Edward se quedó mirándola.
—¿Qué? —preguntó Fiona, haciendo brillar sus ojos.
—Resalta entre todos ellos.
Fiona siguió la dirección de sus ojos hacia los retratos de las mujeres Hamilton, las sedas claras, las perlas y los rostros educados para parecer imperturbables.
—No he venido a confundirme con las cortinas.
—Eso habría sido imposible —La respuesta cambió el aire entre ambos—. Venga conmigo.
Fiona alzó una ceja.
—¿Adónde?
—Quiero enseñarle algo.
—Eso suena sospechoso.
—Entonces puede quedarse aquí.
Ella lo siguió.
Edward la condujo por el pasillo del ala familiar, lejos de los salones principales.
A medida que avanzaban, desaparecieron los grandes retratos y los muebles destinados a impresionar a los visitantes.
Allí había puertas más sencillas, una vieja mesa marcada por años de uso y una ventana desde la que se veía la parte posterior de los jardines.
Se detuvo frente a una puerta.
Fiona comprendió dónde estaban antes de que él la abriera.
—Edward...
—Es mi habitación.
Ella lo miró.
No hizo ninguna broma.
Edward abrió la puerta, pero no entró.
—No tiene que pasar.
Aquello cambió algo entre ellos.
Porque no era una invitación inocente y ambos lo sabían.
Fiona sostuvo su mirada unos segundos.
Después cruzó el umbral por decisión propia.
La habitación era amplia, pero no ostentosa.
Mucho más sobria que los salones de Hamilton Lodge, con muebles de madera oscura, una cama alta cubierta por un dosel discreto y una chimenea de mármol en la que ardían brasas bajas.
No había exceso de adornos. Todo parecía elegido para durar: un escritorio sólido junto a la ventana, dos sillones de cuero, una librería demasiado llena y una mesa pequeña sobre la que descansaban varios libros abiertos, como si Edward hubiese abandonado la lectura solo unas horas antes.
Fiona avanzó despacio. Allí había menos del hijo de un duque y mucho más del hombre que ella conocía.
Un mapa de Escocia estaba extendido junto al escritorio, sujeto por una piedra gris que reconoció como procedente de Arran.
En una esquina descansaba una vieja espada de prácticas y, sobre una repisa, una pequeña caja de madera gastada que parecía demasiado sencilla para aquella casa.
Había también papeles perfectamente ordenados, correspondencia atada con cintas y, entre ellos, un paquete que Fiona reconoció de inmediato por la letra de la primera hoja.
Sus cartas.
No estaban guardadas en un cajón.
Edward las había dejado sobre el escritorio, junto a las cosas que utilizaba cada día.
Fiona volvió la mirada hacia él.
Por primera vez desde que había entrado en Hamilton Lodge, comprendió que aquella habitación no era solo el lugar donde Edward dormía. Era el único espacio de aquella casa en el que no parecía necesario representar nada ante nadie.
Allí seguía siendo Hamilton.
Pero también estaba Eilean Ròs.
Fiona se acercó al escritorio.
Reconoció su propia letra.
—Las ha guardado.
—¿Qué esperaba que hiciera?
—Corregirlas y devolvérmelas.
—Solo corregí una fecha.
Fiona volvió la cabeza.
—¿Qué fecha?
—Nunca se lo diré.
Ella lo miró y supo que Edward acababa de inventar la corrección para provocarla.
—Miente mejor cuando está despeinado.
—Es el clima.
Fiona dejó las cartas donde estaban. Después reparó en una pequeña piedra gris colocada junto a ellas.
—¿De Arran?
—De Brodick. La recogí cuando era niño —Edward se situó detrás de ella, sin tocarla—. Esta es la habitación a la que siempre regresaba —dijo—. La primera noche después de volver de Eilean Ròs no conseguí dormir.
—¿Por Cathaline?
—También —Fiona esperó—. Porque todo seguía exactamente donde lo había dejado —continuó él— y, aun así, yo ya no pertenecía aquí del mismo modo.
Ella se giró.
—Sigue perteneciendo.
—Sí. Pero ahora sé que eso no impide que desee pertenecer también a otra parte.
Fiona comprendió que ya no hablaba de una isla.
Edward alzó una mano y le rozó la mejilla con los nudillos. La caricia fue lenta, consciente, como si incluso entonces quisiera concederle una última oportunidad para apartarse.
Fiona no lo hizo.
Cerró la puerta a su espalda.
Y giró la llave.
La mirada de Edward descendió hasta el cerrojo antes de regresar a ella.
—Eso elimina bastantes ambigüedades.
—Era la intención.
—Fiona...
—No convierta esto en una de sus decisiones impecablemente razonadas.
Regresó hasta él y apoyó ambas manos sobre su pecho. Bajo la camisa, el corazón de Edward latía con una fuerza que contradecía por completo la serenidad de su rostro.
—No he venido a Inglaterra para terminar en su cama —continuó—. Pero estoy aquí porque lo elijo. Porque lo deseo. Y porque no pienso seguir fingiendo que solo quiero al hombre que me escribe cartas perfectas y discute conmigo sobre contratos.
Algo se quebró en la expresión de Edward.
—Entonces no me pida prudencia.
Fiona tiró de su corbata hasta obligarlo a inclinarse.
—No recuerdo haberlo hecho.
Edward la besó.
No hubo vacilación ni cortesía. La atrajo contra sí y tomó su boca con toda la necesidad acumulada durante semanas de cartas, noches separadas y despedidas demasiado correctas.
Fiona le rodeó el cuello con los brazos.
Sus dedos se hundieron en el cabello rubio, siempre tan perfectamente peinado, y lo desordenaron con una satisfacción feroz.
Edward la hizo retroceder hasta la puerta. La cubrió con su cuerpo sin aprisionarla, apoyando una mano junto a su cabeza mientras la otra descendía por su cintura y se cerraba sobre la curva plena de su cadera.
Fiona sintió el calor de su palma atravesar la lana del vestido. Sintió también la dureza de su excitación contra el vientre y la tensión casi dolorosa con la que él continuaba conteniéndose incluso mientras la besaba como si llevara años aguardando aquel momento.
Le soltó la corbata.
Después abrió los primeros botones de su camisa.
—Está pensando demasiado.
—Es un defecto antiguo.
—Esta noche puede corregirlo.
Edward la miró.
Y la levantó.
Fiona soltó una respiración sorprendida y se aferró a sus hombros mientras él cruzaba la habitación. La fuerza con que la sostuvo no tuvo nada de ostentosa. Edward simplemente la llevó hasta la cama como si el peso de ella no supusiera esfuerzo alguno y la dejó sentada sobre el borde.
Luego se arrodilló ante ella.
La urgencia de unos segundos antes se transformó en una lentitud que resultó todavía más íntima.
Edward le quitó un guante, dedo a dedo.
Besó su palma.
Hizo lo mismo con la otra.
Fiona lo observó sin hablar. Aquellos dedos largos, hechos tanto para sostener una pluma como unas riendas, recorrieron sus muñecas antes de subir por sus brazos.
Había algo profundamente perturbador en ver a un hombre como Edward Hamilton arrodillado a sus pies.
Un hombre educado para dominar una habitación sin levantar la voz.
Un hombre capaz de desmontar una falsificación con una mirada y de recordar cada cifra después de leerla una sola vez.
Y, sin embargo, allí estaba, besándole las manos como si Fiona fuera el único texto que deseaba aprender de memoria.