Capítulo 19
Fiona despertó en Inglaterra con la impresión de que Hamilton Lodge llevaba varias horas en movimiento sin haber producido un solo ruido.
No había viento golpeando las contraventanas, perros cruzando el corredor ni una voz de la abuela MacKinnon impartiendo órdenes desde el otro extremo de la residencia. Solo el fuego mantenido durante la noche, la luz gris filtrándose entre las cortinas y tres golpes discretos en la puerta.
Una doncella entró con agua caliente y encontró a Fiona ya fuera de la cama.
—Su Excelencia me ha pedido que la ayude a vestirse, señorita MacKinnon.
—Sé hacerlo.
La muchacha no pareció sorprendida.
—La duquesa dijo que respondería eso. También dijo que insistiera.
Fiona miró hacia la puerta.
—Empiezo a sospechar que lady Eliza llama previsión a enterarse de todo antes que nadie.
La doncella tuvo el buen juicio de ocultar la sonrisa. Habían preparado el vestido verde oscuro que Fiona había escogido, el tartán MacKinnon y el antiguo broche de plata. Cuando la joven intentó disponer la tela con la simetría de una banda inglesa, Fiona corrigió la caída sobre el hombro.
—Así.
—Sí, señorita.
No hubo discusión ni intento de transformarla.
La doncella la ayudó con los botones de la espalda y recogió parte de su cabello rojo, dejando libres algunos rizos alrededor del rostro.
Bajo la claridad de la mañana, las pecas resaltaban sobre su piel y volvían aún más intensos sus ojos verdes.
La cicatriz de la sien continuaba visible entre los mechones, porque Fiona no había sobrevivido para terminar escondiendo las marcas de su vida.
Con la cintura ceñida por la lana oscura, los colores MacKinnon cruzándole el pecho y el cabello demasiado vivo para obedecer del todo, no parecía una mujer que hubiera viajado a Inglaterra para adaptarse a un mundo que no era el suyo.
Parecía haber llevado consigo el viento, el mar y las piedras de Eilean Ròs.
Cuando se miró al espejo, Fiona reconoció a la heredera.
Aquello bastaba.
El comedor estaba lleno cuando entró. Era la primera vez que compartía un desayuno completo con los Hamilton desde su llegada y comprendió, antes de alcanzar la mesa, que aquella familia no sabía reunirse a medias.
Eliza ocupaba un extremo con perlas en las orejas y una correspondencia abierta junto al plato.
Alexander leía el periódico con esa quietud que hacía pensar que incluso las noticias debían esperar su aprobación.
Audrey llevaba el cabello negro recogido con sobriedad y el tartán Sinclair sobre un vestido color vino; Mairi, pálida y elegante, vigilaba de reojo la puerta por la que Harriet había desaparecido con su institutriz; Cathaline parecía haber dormido poco, aunque ningún desconocido lo habría adivinado.
Douglas y Malcolm conversaban en voz baja.
Richard comía como si golpear a un conde consumiera una cantidad extraordinaria de energía.
Edward se puso en pie.
También lo hicieron los demás hombres, pero Fiona solo reparó en él.
Edward, en cambio, la vio entre las mujeres de su familia y comprendió que ninguna comparación resultaba posible.
Fiona no poseía la delicadeza luminosa de Cathaline, la elegancia de Audrey ni la serenidad casi frágil de Mairi.
No intentaba parecerse a ellas. El rojo de su cabello, el verde de sus ojos y el tartán sobre el vestido oscuro atraían la mirada sin pedirla.
Había algo demasiado vivo en ella para quedar absorbido por la plata, la porcelana y el perfecto orden inglés.
Lo más notable era que Fiona lo sabía.
Y no le importaba.
—Buenos días —dijo Eliza.
—Buenos días.
Fiona ocupó el asiento libre junto a Audrey. Antes de que un criado retirara la tapa de una fuente, Edward deslizó el salero hacia ella.
Fiona lo miró.
—Eso sí lo recuerda.
—Sala los huevos antes de probarlos.
—Porque ya sé que la necesitan.
—También sabe siempre que tiene razón.
—Eso no exige memoria.
Eliza observó el intercambio. Alexander bajó lo suficiente el periódico para hacer lo mismo. Ninguno comentó nada.
Richard no poseía semejante disciplina.
—Esperaba que Inglaterra le pareciera peor.
—Solo llevo una mañana. Deme tiempo.
—No se lo des —dijo Cathaline—. Fiona siempre encuentra algo que criticar.
—Y usted siempre encuentra algo que escuchar.
Cathaline sonrió.
—Por eso nos llevamos mejor de lo que deberíamos.
La conversación continuó entre el té, el pan caliente y las noticias recibidas durante la noche.
Ninguna aclaraba dónde se encontraba Ewan.
Se habían enviado consultas a estaciones, posadas y oficinas de correos desde York hasta Londres, pero los agentes del duque provocaban más rumores de los que conseguían resolver.
Fiona escuchó mientras Edward ordenaba los datos sin alzar la voz. En Eilean Ròs, su seguridad había parecido al principio una invasión. En Hamilton Lodge nadie discutía su derecho a formular preguntas, descartar suposiciones o señalar la contradicción de una hora escrita en dos telegramas.
Su familia confiaba en él.
No porque Edward exigiera aquella confianza.
Porque la merecía.
Eliza esperó hasta que los criados retiraron el primer servicio.
—Me alegra que hayan venido —dijo, mirando primero a Fiona y después a Tavish—. Malcolm conoce a Ewan mejor que nadie, pero ustedes saben cómo se mueve cuando está lejos de Glenmuir. Y ayer consiguieron en unas horas más de lo que nuestros agentes habían logrado en varios días.
Tavish levantó la vista.
—Eso dice poco a favor de sus agentes, Su Excelencia.
Fiona le dirigió una mirada.
—Llevas cinco minutos sentado.
—Cuatro.
Eliza sonrió un poco.
—Entonces esperaremos al sexto antes de ofendernos.
—No debe agradecernos nada, milady, todavía no lo hemos encontrado —respondió Fiona.
—No. Pero por primera vez sabemos dónde no debemos seguir buscando.
Fiona aceptó aquello con una inclinación de cabeza.
—Nos quedaremos mientras podamos ser útiles. Mi tío puede ocuparse de Eilean Ròs durante un tiempo, aunque no conviene abusar de su recuperación.
Edward levantó la vista hacia ella.
—¿Cuánto tiempo?
—El suficiente para encontrar a Ewan. Después tendré que regresar.
No hubo reproche en la expresión de Edward, pero Fiona percibió el cambio.
Eliza también.
—Entonces procuraremos aprovechar bien los días que tengamos —dijo la duquesa.
Edward sostuvo la mirada de Fiona al otro lado de la mesa.
—Eso pienso hacer.
Fiona sintió la mirada de Edward antes de encontrarla al otro lado de la mesa.
Alexander dobló el periódico.
—¿Cuánto tiempo puede ausentarse de Eilean Ròs?
La pregunta no fue descortés. Procedía de un hombre que conocía el peso de abandonar unas tierras propias incluso durante unos días.
—Mi tío ha recuperado suficiente fuerza para presidir el consejo —respondió Fiona—. La isla puede funcionar sin que yo vigile cada puerta.
—Pero no indefinidamente —dijo Edward.
Fiona sostuvo su mirada.
—No.
La mesa quedó en silencio un instante. Mairi fingió un interés extraordinario por la mermelada. Douglas se concentró en el té. Audrey bajó los ojos. Eliza tomó la taza con una tranquilidad sospechosa.
La familia Hamilton poseía muchas virtudes.
La discreción no figuraba entre ellas.
Edward dejó la servilleta poco después.
—¿Me permite enseñarle los jardines?
—¿En enero?
—Creí que una MacKinnon consideraría el invierno inglés una primavera decepcionante.
—Empieza a conocerme.
—Eso llevo intentando desde Glenmuir.
Salieron antes de que Richard pudiera ofrecerse a acompañarlos.
Los jardines, como Fiona ya había visto el día anterior, conservaban una estructura impecable incluso bajo el invierno. Los setos marcaban caminos precisos, las estatuas soportaban el frío con dignidad aristocrática y los árboles desnudos dejaban ver una extensión demasiado cuidada.
Edward caminaba a su lado sin tocarla.
Aquella distancia resultaba más consciente que cualquiera de sus antiguos roces.
—Mi padre no preguntó cuánto tiempo puede quedarse por simple curiosidad —dijo.
—Lo sé.
—¿Le ha molestado?
—No. Al menos ha preguntado por mis obligaciones antes de imponer qué debería hacer con ellas.
Edward aceptó el golpe.
—¿Qué quiere, Fiona?
Ella volvió el rostro.
—Esa pregunta empieza a convertirse en una costumbre.
—Es mejor que responderla por usted.
—Ha progresado.
Llegaron a un sendero que descendía hacia un estanque. Una capa fina de hielo cubría las orillas y el reflejo de los árboles temblaba sobre el agua oscura.
Fiona se detuvo.
—Quiero Eilean Ròs. Mi casa, mis tierras y el derecho a gobernarlas sin que nadie crea que un matrimonio puede arrebatármelas.
—Eso es lo que no está dispuesta a perder.
—Es lo mismo.
—No siempre.
Ella frunció el ceño.
—Formule mejor la pregunta.
Edward se giró hacia ella.
—Además de su isla, ¿qué quiere?
La respuesta estaba delante de Fiona, rubia, impecable y demasiado acostumbrada a encontrar la pregunta que ella preferiría evitar.
—No voy a abandonar Eilean Ròs.
—Jamás se lo pediría.
No vaciló. No añadió condiciones.
Fiona sintió que algo se aflojaba dentro de ella.
—¿Y qué haría usted?
—No tengo un título que heredar ni unas tierras inglesas que exijan mi presencia todos los días. Mi familia está aquí, y Hamilton Lodge seguirá siendo mi casa, pero eso no significa que deba ser la única.
—No quiero un marido que llegue a Eilean Ròs para gobernar por mí.
—Y yo no quiero convertirme en un adorno con apellido Hamilton al que su consejo tolera mientras guarda silencio.
Fiona estuvo a punto de sonreír.
—Duraría poco.
—Unos veinte minutos, si nadie me provoca.
—Diez.
Edward se acercó un poco.
—No quiero ser MacKinnon, Fiona. Quiero conservar mi nombre, mi familia y todo cuanto me hace quien soy. Del mismo modo, no pienso pedirle que se transforme en una esposa inglesa que visita su propia isla como una invitada.
Ella sostuvo sus ojos.
—Entonces tenemos un problema.
—Tendremos varios.
El plural quedó entre ellos.
Esta vez Edward sí sonrió.