Capítulo 18 #4
No hubo prudencia ni reconocimiento lento.
La atrajo por la cintura y tomó su boca con el hambre contenida durante dos meses de cartas, noches separadas y despedidas demasiado correctas.
Fiona se aferró a sus hombros. El sombrero ya había desaparecido con la ropa de viaje, y los dedos de Edward pudieron hundirse en su cabello rojo, deshacer parte del recogido y sostenerle la nuca mientras profundizaba el beso.
Fiona abrió los labios y todo cuanto había intentado mantener bajo control desde que lo vio en la escalera se encendió a la vez.
El alivio de encontrarlo. La furia de haberlo echado tanto de menos.
El deseo que la distancia no había suavizado, sino convertido en algo más profundo y mucho más peligroso.
Edward la hizo retroceder hasta uno de los pilares entre los cristales.
Su cuerpo se cerró sobre el de ella sin aplastarla, firme y caliente bajo la ropa impecable que minutos antes lo había hecho parecer tan pulcro.
Fiona deslizó las manos por su pecho y sintió la disciplina de Hamilton Lodge desaparecer bajo sus dedos.
Él se apartó lo suficiente para respirar.
—Fiona.
La forma en que pronunció su nombre consiguió que ella tirara de su corbata y lo obligara a besarla de nuevo.
Edward dejó escapar un sonido grave contra su boca. La mano de su cintura descendió hasta su cadera, atrayéndola todavía más cerca, mientras Fiona le mordía suavemente el labio inferior y comprobaba que tampoco dos meses de ausencia habían vuelto sensato a ninguno de los dos.
Cuando se separaron otra vez, los cristales estaban empañados a su espalda y la respiración de ambos había perdido todo decoro.
Edward apoyó la frente contra la de ella.
—Esto no se parece demasiado a una devolución de cortesía.
—Usted está transformando el sentido del viaje.
La respuesta hizo que la besara de nuevo, esta vez más despacio. Sin menos deseo, pero con una ternura que desarmó a Fiona de un modo distinto. Edward le sostuvo el rostro entre las manos y recorrió su boca como si necesitara convencerse de que seguía allí.
—No sabía cuánto necesitaba verla en esta casa —confesó él contra sus labios.
—Lleva toda la tarde mirándome. Lo he deducido hace rato.
—Verla aquí... entre mis cosas... solo hace que la quiera más.
Fiona sonrió.
—Entonces mi viaje ya ha servido para algo.
—Ha servido para mucho más.
—No he hecho nada todavía.
Edward le acarició una mejilla.
—Ha demostrado que puede quererme por encima de su orgullo.
Aquella respuesta eliminó cualquier burla que Fiona pudiera haber preparado.
Permanecieron juntos un instante más, sin besarse y sin necesidad de apartarse. La música del salón llegaba amortiguada a través de las puertas y, en algún lugar de la casa, una de las niñas rio antes de que una institutriz intentara imponer silencio.
Por fin Edward tomó la mano de Fiona.
—Mi madre enviará una expedición si no regresamos.
—Pensaba que los Hamilton estaban acostumbrados a las desapariciones.
—No cuando ocurren bajo su propio techo.
Volvieron juntos hacia las habitaciones iluminadas, aunque soltaron las manos antes de entrar en el salón. No lo bastante pronto para engañar a Eliza, que observó el cabello ligeramente deshecho de Fiona, la corbata de Edward y decidió, con una misericordia poco habitual, no decir nada.
Más tarde, una doncella acompañó a Fiona hasta la habitación preparada para ella en el ala sur.
Tenía cortinas verdes exquisitas, una cama con dosel, una chimenea encendida y ventanas desde las que podían verse los jardines dormidos bajo el invierno inglés.
Sobre una silla descansaba su tartán MacKinnon; sobre otra, cuidadosamente doblado, estaba el plaid que Edward había llevado desde Eilean Ròs y que había mandado dejar allí antes de la cena.
Dos piezas de los mismos colores.
Bajo techo Hamilton.
Fiona se acercó a la ventana y apoyó una mano sobre el cristal frío. Había cruzado Inglaterra convencida de que venía a ayudar a Edward, a devolverle una parte de todo lo que él había hecho por Eilean Ròs.
Sin embargo, al encontrarse allí, en la casa donde él había crecido, comprendió algo mucho más íntimo: Edward había entrado en su isla como un extraño y había conseguido hacerse un lugar sin dejar de ser Hamilton.
Ahora era ella quien estaba dentro de su mundo y, por primera vez, no sentía que perteneciera menos a Eilean Ròs por estar allí.
Seguía siendo Fiona MacKinnon. Seguía siendo su heredera. Pero también empezaba a comprender que pertenecer a un lugar no tenía por qué impedirle pertenecer, de otra forma, a una persona.
La idea la conmovió más de lo que esperaba, porque tal vez nunca se había tratado de escoger entre Escocia e Inglaterra, entre Eilean Ròs y Hamilton Lodge, entre su apellido y el de Edward.
Tal vez podían amarse sin arrancarse nada el uno al otro.
Tal vez podían seguir siendo quienes eran y, aun así, encontrar un lugar común en el que ambos cupieran por entero.
Y también había otra cosa más íntima: acababan de confesarse, sin decir todavía la palabra amor, que se querían.