Capítulo 18 #3
Durante el almuerzo, la pequeña Eliza apareció con el tartán Sinclair torcido sobre un vestido verde y una pregunta preparada.
—¿Ese no es Sinclair? —dijo, señalando los colores de Fiona.
—MacKinnon.
La niña se acercó.
—¿También es escocés?
—Mucho.
Eliza aceptó la respuesta con un gesto solemne.
Harriet se soltó de la mano de Mairi, avanzó hasta Fiona y se aferró a su falda para examinar el tartán. Después intentó llevárselo.
—Harriet, no molestes —dijo Douglas desde su silla.
La niña apretó la tela.
—Mío.
—Eso también lo ha aprendido de su prima —comentó Mairi.
Fiona se agachó y permitió que tocara el broche.
—Este no es Hamilton.
Harriet lo estudió con enorme seriedad.
—Bonito.
—Eso sí.
Mairi se acercó cuando las niñas volvieron con sus institutrices.
—Si Edward empieza a decidir por ti, avísame. He adquirido experiencia con los Hamilton.
—También yo.
Douglas, lo bastante cerca para oírlas, dejó la copa.
—No me gusta esta conversación entre escocesas.
—Tendrás que soportarlo —respondió Mairi.
Fiona vio a Edward observándolos desde el otro lado de la mesa. Douglas también lo advirtió e inclinó ligeramente la cabeza, con la satisfacción de un hermano mayor que reconocía una desgracia familiar porque la había sufrido antes.
Edward no pareció agradecido.
Cathaline encontró a Fiona poco después en la galería.
—Mi hermano habla de usted.
—Cathaline —advirtió Edward desde la puerta del salón.
—No he dicho cuánto.
Fiona lo miró.
—Eso ha sonado más preocupante de lo que pretendía.
La ligereza desapareció del rostro de Cathaline.
—No necesito que encuentren a Ewan para mí.
—No he dicho que vayamos a hacerlo por usted.
—Entonces ¿por qué?
—Porque está solo, enfadado y tomando decisiones sin avisar a su clan. Eso basta.
Cathaline bajó la mirada.
No reveló qué contenía la carta.
Fiona no insistió. Había aprendido que proteger la voluntad de una mujer también significaba permitirle guardar silencio hasta que estuviera preparada para hablar.
Lady Eleanor Ashcombe llegó antes de la cena. Eliza la había invitado para acompañar a Cathaline y ayudar a contener los rumores de Londres. Eleanor entró en el salón de tarde, vio primero a Fiona y sonrió con verdadero placer.
Después reparó en Tavish.
Él acababa de regresar de enviar los mensajes y todavía llevaba abierto el abrigo sobre la levita. Ambos se quedaron quietos durante un segundo.
—Señor MacKinnon.
—Lady Eleanor.
Ella recorrió con la mirada la ropa impecable y el cabello que continuaba negándose a obedecer.
—Veo que ha aprendido a presentarse sin sal en las botas.
—Veo que todavía lo recuerda.
—Fue difícil olvidar el estado en que se presentó.
Tavish sostuvo sus ojos.
—No le he preguntado qué más le costó olvidar.
El silencio fue breve y lo bastante afilado para que Fiona tuviera que bajar la vista. Eleanor tardó un segundo de más en encontrar respuesta; Tavish, por primera vez desde que ella lo conocía, pareció arrepentirse de haber hablado y desear repetirlo al mismo tiempo.
Eliza pidió que sirvieran el té antes de que alguno de los dos consiguiera herir al otro con mayor precisión. La conversación cambió de rumbo, aunque la atención de Tavish no lo hizo del todo.
Edward encontró a Fiona sola en el jardín de invierno después de la cena. Ella se había detenido entre camelias y helechos, frente a los grandes cristales que devolvían el reflejo de las luces de la casa.
—Lleva diez minutos desaparecida —dijo él al acercarse.
—Estaba conociendo su hogar sin treinta Hamilton alrededor explicándomelo.
—Somos una familia servicial.
Fiona volvió el rostro.
—Son una familia ruidosa para vivir en una casa donde los criados ni siquiera hacen ruido al caminar.
Edward se detuvo a su lado.
—¿La decepciona?
Ella recorrió con la mirada los cristales empañados y el jardín oscuro al otro lado.
—No. Empiezo a comprender algunas cosas.
—Eso suena peligroso.
—Para usted, probablemente.
Edward la observó con más atención.
—¿Qué ha comprendido?
—De dónde salió Edward Hamilton.
Algo se suavizó en sus ojos.
—¿Y el resultado ha sido muy desfavorable?
—Todavía estoy reuniendo pruebas.
—Ha cruzado medio reino para hacerlo.
—Usted cruzó el mar.
La respuesta borró el amago de sonrisa. Edward se acercó lo suficiente para que Fiona percibiera el calor de su cuerpo en el aire húmedo del invernadero.
—¿Por qué vino realmente?
—Ya se lo he dicho.
—Me ha dado una respuesta MacKinnon.
—Es la única que tengo.
—No. Me ha explicado por qué considera correcto estar aquí. No por qué decidió hacerlo.
Fiona clavó sus ojos verdes en él. Edward siempre encontraba la diferencia entre lo que ella decía y aquello que intentaba ocultar.
—Porque estaba cansada de imaginarlo ayudando a todo el mundo.
Edward se quedó inmóvil.
Fiona continuó antes de perder el valor.
—No he venido a pedirle que regrese conmigo. Tampoco a reclamar una promesa ni a obligarlo a decidir nada.
—Lo sé.
—He venido a ayudarlo.
—No tenía que hacerlo.
—También lo sé.
La voz de Edward bajó.
—Eso lo empeora.
—¿Por qué?
Él levantó una mano y rozó con los nudillos la línea de su mejilla.
—Porque significa que le importo.
Fiona podría haber vuelto a protegerse con una ironía. Podría haberle recordado a Ewan, a los Sinclair y a todas las razones sensatas que justificaban el viaje.
No lo hizo.
—Sí —admitió—. Me importa.
Edward la besó.