Capítulo 18 #2
La había imaginado muchas veces desde que abandonó Eilean Ròs.
Junto al mar. En el salón viejo. Montando a Lasair.
Discutiendo con Fergus o inclinada sobre alguna cuenta que nadie más sabía interpretar correctamente.
Siempre la había imaginado dentro de su isla, porque parecía imposible separar a Fiona MacKinnon de aquellas piedras, del viento y del tartán verde y azul que llevaba como si hubiese nacido con él sobre los hombros.
No la había imaginado allí.
En Hamilton Lodge.
Fiona levantó la mirada y lo encontró en lo alto de la escalera. Por primera vez comprendió por completo de dónde había salido Edward Hamilton.
Llevaba una levita gris perfectamente cortada sobre un chaleco oscuro, camisa blanca, corbata impecable y el cabello rubio peinado con una precisión que Eilean Ròs jamás había conseguido conservarle durante más de una hora.
No había barro en sus botas, ni viento desordenándole el pelo, ni sal endureciendo el cuello del abrigo.
Parecía inglés.
Terriblemente inglés.
Un caballero criado entre mármol, criados silenciosos y habitaciones donde hasta las flores parecían conocer las normas.
Y, sin embargo, Fiona reconoció al hombre que había entrado en el mar por los suyos.
Aquella contradicción le gustó mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Edward empezó a bajar los peldaños sin apartar los ojos de ella.
Fiona levantó un poco la barbilla.
—Por una vez, Hamilton, podría intentar parecer complacido.
—Si cree que necesito fingir que me alegra verla, me ha entendido peor de lo que pensaba.
La respuesta borró durante un segundo la réplica que Fiona había preparado.
Edward llegó al último escalón y se detuvo frente a ella.
La distancia era correcta.
Demasiado correcta.
Sus ojos recorrieron el traje de viaje verde claro, el tartán MacKinnon prendido sobre el hombro, los guantes y, finalmente, su rostro.
—Jamás creí verla aquí.
—Yo tampoco. Pero tenía una buena razón para venir.
Algo cambió en la expresión de Edward.
—¿Eilean Ròs?
Fiona comprendió enseguida lo que temía.
—Eilean Ròs está bien. Mi tío camina, Fergus continúa discutiendo con el consejo y Morag ha mejorado las cuentas del puerto lo suficiente para resultar ofensiva. Mi abuela sigue aterrorizando a todos con excelente salud.
La tensión de los hombros de Edward cedió.
—Entonces ¿por qué está aquí?
Fiona sostuvo su mirada.
—Porque usted estuvo en mi casa cuando lo necesitamos.
Edward no dijo nada.
—Ayudó a mi gente —continuó ella—. Se quedó cuando habría sido más sencillo marcharse y arriesgó bastante más de lo que nadie tenía derecho a exigirle.
—No tenía ninguna deuda conmigo.
—No he dicho que la tenga.
—Entonces ¿qué ha venido a devolver?
—Nada.
Edward frunció apenas el ceño. Fiona avanzó un paso.
—Los MacKinnon no necesitamos deber algo para presentarnos cuando alguien nos necesita.
Aquello sacudió a Edward. Había esperado que Fiona confiara en su regreso.
No que cruzara Inglaterra porque, de algún modo, había decidido que él también merecía que alguien acudiera cuando las cosas se complicaban.
Comprender que ella lo consideraba digno de aquella lealtad resultó mucho más difícil de recibir que cualquier agradecimiento.
—Fiona...
—No lo estropee diciendo algo razonable.
Edward casi sonrió.
—Haré un esfuerzo.
Tavish se aclaró la garganta detrás de ella.
—Yo también he venido.
Edward desvió por fin la mirada.
—Lo había visto. Intentaba recuperarme de una sorpresa por vez.
—Una bienvenida muy afectuosa.
—Usted ya puede regresar a Escocia.
—Después de cruzar Inglaterra pienso cenar primero.
Fiona estuvo a punto de reír.
Entonces volvió a mirar a Edward y la expresión de él cambió. Fiona conocía ya aquella mirada. La había visto en Eilean Ròs cuando su extraordinario autocontrol empezaba a servirle de poco y cuanto no decía se volvía más evidente precisamente porque intentaba ocultarlo.
Edward apenas veía ya a Tavish ni a los criados que fingían no prestar atención.
Solo a ella.
Fiona estaba en su casa, en medio del mármol y el cristal, llevando consigo una parte de Eilean Ròs sin parecer más pequeña ni fuera de lugar. Parecía, en cambio, haber obligado a Hamilton Lodge a reconocerla. Edward había sabido que la echaba de menos. Hasta aquel momento no comprendió cuánto.
Fiona sintió algo semejante. Las cartas habían mantenido la distancia soportable y la certeza de que él regresaría le había permitido fingir que esperar no costaba demasiado.
Verlo destruyó aquella mentira. Había echado de menos su voz, las discusiones, la forma en que aparecía a su lado incluso cuando ella juraba no necesitarlo y hasta aquella irritante costumbre de mirarla como si pudiera descubrir una contradicción antes que ella misma.
Edward extendió una mano.
Fiona la observó un instante antes de entregarle la suya.
Él cerró los dedos alrededor de sus guantes. No se inclinó para besarla. No allí. Pero tampoco la soltó.
—Me alegro de que esté aquí.
Fiona levantó los ojos.
—Ha tardado bastante en decirlo.
—Llevo intentando hacerlo desde que Keller pronunció su nombre.
Las primeras voces de la familia empezaron a acercarse por los corredores, pero ninguno pareció recordarlo. Edward continuaba sujetándole la mano. Fiona, que jamás había cruzado la frontera y pertenecía a su isla con una obstinación casi feroz, estaba bajo el techo donde él había crecido.
Había venido a Inglaterra por él.
No para exigir promesas, ni para llevárselo de regreso, ni para comprobar que todavía la quería. Había venido porque había sabido que Edward podía necesitarla y, para Fiona MacKinnon, aquello había bastado.
Los dedos de Edward se cerraron un poco más alrededor de los suyos. De todas las cosas que Fiona podía haberle dado, aquella era quizá la única que él jamás habría sabido pedir.
Eliza fue la primera en llegar. No se comportó como si no conociera a Fiona; la había visto en Glenmuir, en Brodick y durante celebraciones donde los Hamilton y los clanes escoceses habían ocupado la misma mesa con resultados variables.
Aun así, la contempló de una forma nueva antes de mirar a su hijo.
—Fiona MacKinnon. La última vez que la vi llevaba barro en las botas y estaba discutiendo con tres hombres a la vez.
—Solo dos, Su Excelencia. El tercero ya había comprendido que yo tenía razón.
Eliza la abrazó con una calidez que Fiona no esperaba.
—Me alegra tenerla aquí.
Alexander apareció detrás. Estaba vestido con una elegancia inglesa impecable, pero Fiona reconoció bajo ella al hombre que había sido Roderick, no por su tamaño ni por la dureza de sus ojos, sino por la forma en que examinó el tartán MacKinnon antes de mirarla al rostro.
—Señorita MacKinnon. Hamilton Lodge es su casa mientras permanezca en Inglaterra.
—Espero que no se arrepienta, Su Excelencia.
Alexander dirigió una mirada hacia Richard, que acababa de asomarse desde una galería.
—Después de criar a mis hijos, pocas cosas consiguen asustarme dentro de mi propia casa.
—Eso no es lo que decía el otro día, padre —protestó Richard.
—El otro día habías golpeado a un conde.
—Él empezó la conversación.
Audrey abrazó a Fiona poco después. Había regresado a Hamilton Lodge con Malcolm apenas dos días antes, después de varias semanas en Glenmuir. La falta de noticias claras sobre Ewan los había obligado a volver al sur al comprender que el asunto ya no podía seguirse únicamente desde Escocia.
—Hubo un tiempo en que encontrarte bajo el mismo techo que mi familia me habría estropeado el día —dijo Audrey.
Fiona alzó una ceja.
—Y yo habría pedido la habitación más alejada de la tuya.
—Hemos mejorado.
—No exageres. Ahora solo te tolero con bastante afecto.
Audrey rio y volvió a apretarle brevemente el brazo.
—Me alegro de que hayas venido, Fiona.
Esta vez Fiona no respondió con una burla.
—Yo también me alegro de verte.
Malcolm recibió a Tavish con un apretón en el antebrazo.
—Seguimos sin noticias claras de Ewan.
—Entonces empezaremos por ahí —respondió Tavish.
La familia terminó reunida en el salón de mapas antes del almuerzo.
A Fiona le bastaron diez minutos para comprender que los Hamilton estaban buscando a Ewan de la forma en que los hombres poderosos buscaban casi todo: mediante abogados, agentes privados, apellidos importantes y una cantidad de correspondencia capaz de enterrar a la persona perseguida.
—Si continúan preguntando por él con el apellido Sinclair y el nombre de Cathaline unido a cada consulta, antes de encontrarlo habrán conseguido que toda Inglaterra sepa por qué desapareció —dijo.
Alexander apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No pienso dejarlo vagar por el país mientras Mowbray utiliza su nombre contra mi hija.
—Entonces no lo persiga como si fuera un delincuente.
Malcolm la miró.
—¿Qué propones?
—Que busquemos al hombre, no al escándalo. Tavish conoce marineros, comerciantes y cocheros que viajan entre Escocia, York y Londres. Preguntarán por un pelirrojo con una cicatriz, sin explicar quién es ni por qué lo busca una familia ducal.
Tavish estudió el mapa.
—Los puertos escuchan cosas que no llegan a los abogados. Enviaré mensajes a Greenock, Hull y a varios hombres que trabajan las rutas del norte.
Edward comprendió primero.
—Menos nombres importantes. Más ojos que Ewan no pensaría evitar.
—Exactamente —dijo Fiona.
Alexander contempló a los dos MacKinnon. Semanas de cartas no habían conseguido ofrecerles una dirección clara. Fiona y Tavish habían tardado pocos minutos en cambiar la pregunta.
—Háganlo.
Edward ya escribía varios nombres.
Fiona lo observó moverse entre mapas, criados y decisiones familiares con la misma seguridad con que había reorganizado las cuentas de Eilean Ròs.
No era otro hombre: sencillamente se encontraba en un lugar donde nadie discutía su derecho a ordenar el caos.
Por primera vez, Fiona no lo vio dividido entre Inglaterra y Escocia, sino perteneciendo a ambas, y descubrió que le gustaba aquella versión completa de Edward más de lo que había esperado.