Capítulo 18
Fiona descubrió que Inglaterra empezaba mucho antes de que ningún cartel anunciara la frontera.
El paisaje había cambiado poco a poco tras los cristales del tren.
Las montañas se retiraron, las colinas perdieron dureza y los caminos comenzaron a avanzar entre campos divididos con una precisión que parecía innecesaria.
Había setos recortados, tierras cultivadas hasta el último palmo y casas de paredes claras que no mostraban una sola piedra fuera de lugar.
Incluso las ovejas parecían mejor organizadas.
Fiona observaba sin pegar el rostro al cristal ni fingir desinterés.
Era la primera vez que salía de Escocia.
Hasta entonces, Linmore había sido uno de los lugares más lejanos a los que había viajado, y aun allí continuaba reconociendo el clima, los acentos y aquella forma escocesa de mirar a un desconocido como si tuviera que explicar primero qué derecho poseía a ocupar el camino.
Inglaterra era diferente. No mejor ni peor. Simplemente parecía convencida de que el mundo podía mantenerse bajo control con suficiente dinero, jardineros y estaciones ferroviarias.
La última estación en la que se habían detenido tenía una marquesina de hierro, empleados uniformados y tantos baúles sobre el andén que Fiona empezó a sospechar que las damas inglesas trasladaban sus casas cada vez que viajaban.
Los caballeros llevaban sombreros impecables; las mujeres, guantes que no parecían haber tocado una puerta.
Nadie gritaba instrucciones en gaélico ni perseguía una gallina entre las ruedas.
Aquello poseía cierta elegancia.
También muy poca diversión.
Fiona se acomodó contra el respaldo. Llevaba un traje de viaje de lana verde clara, perfectamente cortado, un abrigo de terciopelo pesado y el tartán MacKinnon prendido sobre el hombro mediante un broche antiguo de plata. Iseabail había intentado añadir un sombrero con plumas.
La abuela había dicho que ninguna heredera sensata debía llegar a Inglaterra con un ave muerta sobre la cabeza.
Fiona había escogido uno sobrio.
No tenía intención de entrar en Hamilton Lodge fingiendo ser otra mujer. Había viajado con sus mejores vestidos, sedas, terciopelos y suficiente elegancia para recordar a cualquier inglés que Eilean Ròs no era una roca olvidada en medio del mar. Pero los colores continuaban siendo los suyos.
Tavish estaba sentado frente a ella. El viaje le había arrebatado parte del desorden habitual: llevaba una levita azul muy oscura, botas limpias y una pañoleta que Fiona sospechaba que su abuela había anudado personalmente antes de permitirle salir de la isla.
El cabello castaño rojizo continuaba rebelándose en la nuca y nada conseguía ocultar del todo que aquel hombre prefería una cubierta mojada a un salón inglés.
Aun así, parecía un caballero.
Aquello resultaba perturbador.
—Deja de mirarme —dijo Tavish.
—Intento decidir cuánto tardarás en arruinar la levita.
—He dirigido un barco hasta Greenock sin perder una sola vela.
—La levita no puede sujetarse con cuerdas.
Tavish volvió los ojos hacia la ventanilla.
—¿Cuánto queda?
—No lo sé.
—Pensaba que habías estudiado el itinerario.
—Lo hice. Después empezaste a preguntar por los condados del sur y perdí la concentración.
Tavish no reaccionó.
Fiona esperó unos segundos.
—Hampshire queda bastante lejos de Hamilton Lodge —añadió.
—De nuevo, no he preguntado por lady Eleanor.
—Has preguntado dos veces por Hampshire.
—Podría interesarme su agricultura.
Fiona contempló los campos perfectamente divididos.
—Siempre has sentido una pasión profunda por los cultivos ingleses.
—No pienso discutir contigo antes de entrar en la casa de un duque.
—Entras y sales cuando te da la gana de casa de Malcolm Sinclair.
—Malcolm es un duque escocés. No cuenta.
Fiona volvió a mirar por la ventanilla.
No insistió.
El silencio de Tavish ya había dicho suficiente.
Un carruaje de Hamilton Lodge los esperaba en la última estación.
Antes de partir, Fiona había escrito únicamente a Eliza para anunciar su llegada y pedirle que no avisara a Edward.
La duquesa había respondido con una nota tan breve como eficaz: habría transporte, habitaciones preparadas y absoluta discreción.
Fiona empezaba a comprender cómo había logrado criar a tantos Hamilton sin perder por completo la paciencia.
El lacayo reconoció el tartán antes incluso de que ella pronunciara su nombre y bajó el peldaño con una rapidez que habría complacido a Edward.
El trayecto final atravesó las tierras de Chatsworth House, corazón de los Devonshire y una de esas propiedades de las que se hablaba incluso en lugares donde nadie había visto jamás una fachada inglesa.
Fiona había oído historias sobre sus salones, sus jardines y la cantidad obscena de ventanas necesarias para iluminar una sola casa.
Sin embargo, conocer su tamaño en palabras y contemplar las tierras extendiéndose ante ella eran experiencias muy distintas.
Los caminos curvaban entre árboles colocados con aparente descuido, aunque hasta Fiona comprendió que aquella casualidad debía de haber costado una fortuna.
Más allá se distinguían extensiones de césped, agua inmóvil y edificios secundarios que en Eilean Ròs habrían bastado para alojar a medio clan.
Hamilton Lodge apareció al final de una avenida de árboles desnudos.
No poseía la monumentalidad de Chatsworth House.
No la necesitaba. Era una residencia de piedra clara y proporciones perfectas, con altas ventanas reflejando el cielo de enero, columnas en la entrada y una escalinata ancha sobre la que aguardaban varios criados.
Dos carruajes permanecían junto al patio lateral.
Los establos se alzaban más lejos, ordenados, amplios y tan limpios que Fiona dudó que los caballos tuvieran permitido ensuciar.
Tavish observó la casa.
—Ahora entiendo por qué Hamilton se quejaba de nuestras sillas.
—Después de esto, me sorprende que sobreviviera dos meses en Eilean Ròs.
—Quizás por eso parecía enfadado al sentarse.
El carruaje se detuvo. Un lacayo abrió la portezuela, otro se ocupó del equipaje y Tavish descendió para ofrecerle una mano.
Fiona la aceptó.
No porque la necesitara.
Había cruzado Inglaterra para entrar en una casa ducal y no pensaba empezar demostrando nada a los escalones.
Las puertas se abrieron antes de que alcanzaran la parte superior. El señor Keller los esperaba en el vestíbulo, impecable como siempre y con una discreta complicidad escondida bajo la expresión del hombre que jamás se permitiría disfrutar de una conspiración organizada por su señora.
—Señorita MacKinnon. Señor MacKinnon.
—Fiona MacKinnon, heredera de Eilean Ròs —precisó ella.
No por vanidad.
En la isla, el nombre no se separaba de la responsabilidad.
Keller inclinó la cabeza.
—Hamilton Lodge les da la bienvenida.
Fiona cruzó el umbral.
El primer impacto fue la calidez. Después llegaron el brillo de la plata, la madera pulida, los espejos dorados y una escalera que ascendía bajo una araña de cristal.
Había flores frescas a pesar del invierno, alfombras tan gruesas que borraban los pasos y suficiente personal para que ningún objeto pareciera moverse jamás por voluntad humana.
Pero no era una casa completamente inglesa.
Sobre la chimenea del vestíbulo colgaba el estandarte Hamilton. Debajo, una espada antigua. En una pared lateral había un retrato de Brodick bajo un cielo gris y, junto a una consola francesa, una pequeña talla de madera representaba una embarcación de Arran.
Fiona se detuvo apenas un instante.
Edward había crecido en medio de aquella perfección inglesa.
De allí procedían su necesidad de ordenar, de prever y de conseguir que cada objeto y cada persona ocuparan un lugar comprensible.
Sin embargo, Escocia también estaba allí.
No en el barro ni en la humedad, sino en las armas, en los colores y en la memoria obstinada de una familia que había aprendido a vivir lejos de su primera casa sin dejar de nombrarla.
Quizás Edward y ella no procedían de mundos tan opuestos.
Quizás solo habían aprendido a llevarlos de forma distinta.
Keller hizo una señal a un lacayo.
—Informaré a lord Edward.
—No hace falta que...
Fiona no terminó. Keller ya se alejaba para cumplir la última parte de las instrucciones de Eliza: mantener a Edward en la ignorancia hasta el instante exacto en que oyera pronunciar el nombre de Fiona.
Entró en la biblioteca sin perder la compostura.
Edward se encontraba junto a la mesa central con Alexander y Malcolm.
Había cartas abiertas, un mapa extendido y varios telegramas que seguían sin aclarar dónde estaba Ewan.
Cathaline permanecía junto a una de las ventanas, demasiado silenciosa para una mujer que normalmente encontraba una opinión incluso cuando nadie se la pedía.
—Milord.
Edward levantó la vista.
—¿Sí?
Keller mantuvo la expresión impecable.
—La señorita Fiona MacKinnon y el señor Tavish MacKinnon acaban de llegar.
Edward no reaccionó de inmediato.
Simplemente se quedó inmóvil.
Malcolm levantó la cabeza. Cathaline dejó sobre la mesa la carta que sostenía.
—¿Fiona?
Keller inclinó ligeramente la cabeza.
—La heredera de Eilean Ròs, milady.
Edward ya se dirigía hacia la puerta.
No corrió. Un Hamilton no corría por las galerías de Hamilton Lodge, mucho menos con criados, su padre y media familia observándolo.
Pero Keller tuvo que apartarse con bastante más rapidez de la habitual.
Edward atravesó el corredor y alcanzó la galería que dominaba el vestíbulo.
Entonces la vio.
Fiona estaba abajo.
Durante un instante olvidó continuar caminando.