La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Las primeras semanas del invierno transcurrieron entre visitas de abogados, cartas de la familia Mowbray y esfuerzos constantes por impedir que Richard encontrara otra oportunidad de coincidir con el conde.

Audrey y Malcolm regresaron a Glenmuir para buscar noticias de Ewan. Douglas y Mairi volvieron a Brodick con Harriet, aunque Douglas prometió regresar en cuanto su padre lo escribiera. Cathaline se negó a retractarse de su rechazo y continuó sin explicar qué contenía la carta entregada por Ewan.

Edward escribió a Fiona.

Al principio lo hizo con la misma corrección que utilizaba en sus informes.

Le comunicó que Cathaline se encontraba bien, que Richard conservaba todos los dientes y que no había sido necesario desafiar a nadie a un duelo.

Fiona respondió informándole de que Gillean y Finlay habían sido trasladados al continente, que el nuevo consejo había anulado cualquier acuerdo con Northcott y Vale y que sir Alasdair ya podía caminar desde sus habitaciones hasta el salón sin que su madre ordenara una silla detrás.

La tercera carta de Fiona terminaba:

Mi abuela pregunta cuándo piensa devolverle su plaid. Empieza a sospechar que los Hamilton consideran el robo de tartanes una costumbre hereditaria.

Edward contestó:

Dígale que tendrá que venir a buscarlo.

En Eilean Ròs, Fiona leyó aquella línea varias veces.

Sabía que era una broma... pero aun así...

Las cartas fueron perdiendo títulos y ganando páginas.

Edward descubrió que Fiona escribía deprisa cuando estaba enfadada y que la inclinación de su letra cambiaba cuando evitaba una pregunta.

Ella supo que él tachaba frases enteras antes de permitir que alguien las leyera y que, cuanto más breve era una despedida, más tiempo había tardado en escribirla.

No dudó de que regresaría.

Dos meses atrás lo habría hecho.

En enero de 1879, la confianza resultaba más inquietante que la sospecha. Fiona sabía que Edward permanecía en Inglaterra porque su familia lo necesitaba. Lo que empezaba a irritarla era imaginarlo sosteniendo a todos mientras ella se limitaba a esperar en Eilean Ròs.

El invierno endureció la isla. Los días se acortaron, el mar adquirió un color casi negro y la nieve se quedó durante una mañana completa sobre las lomas antes de que la lluvia la convirtiera en barro.

Sir Alasdair caminaba ya sin ayuda dentro de la casa.

Fergus ocupaba el asiento de Gillean en el consejo con el entusiasmo de un hombre que preferiría golpear hierro antes que discutir contratos, pero resultaba mucho más útil de lo que admitía.

Morag había empezado a asistir a ciertas reuniones sobre el puerto, una decisión que provocó tres protestas y mejoró las cuentas en una semana.

Eilean Ròs continuaba en pie.

Sin Fiona vigilando cada puerta.

Aquello habría debido tranquilizarla.

En cambio, le daba ideas.

La carta de Glenmuir llegó una tarde de enero. Fiona reconoció la letra de Audrey antes de romper el sello.

Ewan seguía desaparecido.

Días atrás había llegado a Glenmuir una nota breve, escrita por él y enviada desde York, en la que pedía a Malcolm que no lo siguiera y aseguraba que pensaba corregir personalmente las insinuaciones de Mowbray.

No daba dirección ni explicaba qué pretendía hacer.

Malcolm había partido hacia el sur, pero el invierno retrasaba los caminos y nadie sabía si Ewan se dirigía a Londres, Hamilton Lodge o directamente a la propiedad del conde.

Audrey había añadido:

Edward lleva semanas ayudando a Cathaline, conteniendo a Richard, calmando a nuestro padre y tratando con hombres que confunden el honor con el derecho a hablar en nombre de una mujer.

Si Ewan llega antes que Malcolm, tendrá también que impedir que dos escoceses y un Hamilton conviertan un insulto en una guerra.

No te pido que intervengas. Solo quiero que comprendas por qué no ha regresado.

La última frase ocupaba una línea aparte.

Edward ha demostrado ser extraordinariamente bueno cargando con los problemas de los demás y deplorablemente malo reconociendo los suyos propios, por eso me tomo la libertad de escribirte.

Fiona dobló la carta.

La volvió a abrir.

Después salió en busca de su abuela.

La encontró en el salón viejo, supervisando el inventario de mantas con Iseabail. La anciana levantó los ojos en cuanto Fiona entró.

—Voy a Inglaterra.

Iseabail dejó de contar.

La abuela continuó doblando una manta.

—Ya era hora.

Fiona frunció el ceño.

—¿No va a intentar detenerme?

—He pasado meses diciéndote que decidas qué quieres. Sería absurdo que ahora me quejara porque por fin has dejado de pensarlo hasta la muerte.

—No voy únicamente por Edward. Ewan puede escuchar a Tavish o a mí antes de convertir una calumnia en un duelo. Tengo que ayudar al clan Sinclair, ellos siempre nos han ayudado a nosotros.

—Oh claro... es por el clan.

Tavish apareció en la puerta poco después.

—Voy contigo, si Ewan me necesita... debo estar.

—Agradeceré tu compañía, primo.

— Ewan es primo de Malcolm, amigo nuestro y un imbécil cuando se enfada. Alguien tendrá que recordárselo.

Fiona lo estudió.

—Hamilton Lodge queda lejos de Hampshire, te lo digo por si no lo sabes.

Tavish no respondió nada, lo que hizo entender a Fiona que lady Eleanor seguía en su mente.

Sir Alasdair recibió la noticia en su despacho. Escuchó sin interrumpir, leyó la carta de Audrey y la devolvió a Fiona.

—Ve.

Ella esperaba resistencia.

—¿Así de fácil?

—Los Sinclair nos prestaron dinero hace tres años y los Hamilton contrataron a nuestros hombres hace poco...

les debemos lealtad. Además, hace unos meses creías que esta casa se derrumbaría si no cuidabas tú cada piedra.

Ahora Fergus puede dirigir una reunión sin amenazar a más de dos hombres, Morag sabe más de las cuentas del puerto que medio consejo y yo he recuperado ambas piernas, aunque mi madre continúe fingiendo lo contrario.

Sigues siendo la heredera, todavía no eres la jefa...

—Eso no significa que no me necesiten.

—Ve a Inglaterra. Eilean Ròs seguirá aquí cuando regreses. Ahora todos te respetan, nadie discutirá tu administración.

Aquella noche Fiona preparó el equipaje.

No tenía intención de llegar a Hamilton Lodge vestida como una inglesa, ni de intentarlo.

Nunca había cruzado tan al sur. Sus viajes la habían llevado por Escocia, hasta Linmore y otros lugares donde un tartán, una lana excelente y un buen corte bastaban para decir quién era una mujer antes de que pronunciara su apellido.

Inglaterra sería distinta.

Eso no significaba que Fiona tuviera que serlo.

Iseabail sacó del armario sus mejores vestidos: lana fina, terciopelo, seda más pesada para las cenas y uno de un verde profundo que la abuela consideró digno de entrar en cualquier casa ducal sin pedir permiso.

Eran prendas elegantes, costosas y apropiadas para una heredera, pero conservaban la sobriedad y los colores que Fiona había llevado siempre.

No había exceso de volantes, ni adornos delicados elegidos para suavizarla, ni intención alguna de convertirla en una dama londinense.

—Ese —decidió la abuela, señalando el verde—. Que vean primero a una MacKinnon y después recuerden que es una dama.

Fiona añadió dos vestidos de noche, su mejor abrigo de viaje y varias piezas del tartán verde y azul del clan. No como adorno.

Como nombre.

La navaja de su padre fue al fondo de uno de los baúles. Las cartas de Edward, atadas con una cinta, quedaron entre sus cosas personales, donde Iseabail tuvo la prudencia de no mirar demasiado.

Fiona cerró el primer baúl.

Por primera vez en su vida iba a Inglaterra.

No para aprender a parecerse a ellos.

Iba a presentarse ante los Hamilton exactamente como era.

—¿Nerviosa? —le preguntó la abuela.

—No —La anciana la miró fijamente—. Un poco.

—Bien. Significa que todavía conservas juicio.

Fiona se acercó a la ventana. Más allá del cristal, el mar apenas se distinguía en la oscuridad. Durante años había esperado que los hombres llegaran hasta Eilean Ròs y demostraran qué estaban dispuestos a hacer por ella.

Edward ya lo había hecho.

Había cruzado el mar. Había entrado en su casa. Había soportado a su consejo, aprendido a escuchar a su gente y perdido un barco por hombres cuyo apellido no compartía.

Ahora él estaba atrapado entre su deber, su hermana y una familia que necesitaba más de lo que sabía pedir.

—¿Cree que se alegrará de verme? —preguntó.

La abuela soltó un resoplido.

—Ese hombre entró en el mar por cuatro pescadores MacKinnon. Si después de cruzar tú media Gran Bretaña no se alegra de verte, lo devolveremos a Inglaterra incluso aunque ya esté allí.

Fiona sonrió.

A la mañana siguiente partiría hacia Hamilton Lodge.

No para reclamar una promesa ni para exigir que Edward regresara.

Mucho menos para arrancarle una declaración que él aún no hubiera decidido hacer por sí mismo.

Fiona no iba a Inglaterra a pedir nada.

Iba porque Edward había permanecido en Eilean Ròs cuando habría sido más sencillo marcharse. Había ayudado a su gente, defendido su casa y arriesgado más de lo que nadie podía exigirle por hombres cuyo apellido no compartía. Lo había hecho sin pertenecer al clan y sin esperar recompensa alguna.

Ahora su familia lo necesitaba a él.

Y Fiona sabía reconocer una deuda de lealtad cuando la tenía delante.

No era una deuda de dinero, ni de honor, ni siquiera de gratitud.

Era algo mucho más sencillo.

Edward había estado a su lado cuando Eilean Ròs empezó a cerrarse sobre ella.

Ahora ella iría a ponerse al suyo.

A ayudarlo si podía. A sostener una parte del peso si él se lo permitía. A devolverle, de la única forma que entendía una MacKinnon, la fidelidad que él había demostrado primero.

Iba a buscar a uno de los suyos.