Capítulo 17 #2
—Es la que intentó abofetearte —continuó su hermano mientras levantaba la tapa—. Audrey escribe cartas excelentes.
—Deja la comida.
—No he comido desde hace una hora.
Cathaline se acercó al plaid que Edward había dejado sobre una silla y tocó uno de los bordes.
—La heredera de Eilean Ròs.
—Sí.
—Esa mujer que te odió durante años.
—La información circula demasiado en esta familia.
—Eso ocurre cuando tienes cuatro hermanos y ninguno posee discreción suficiente —dijo Eliza.
—¿La quieres? —preguntó Cathaline.
La pregunta fue sencilla.
La respuesta no.
Edward había pronunciado deseo. Interés.
Intención. Había sabido que marcharse de Eilean Ròs no significaba únicamente regresar a Inglaterra, sino dejar a Fiona.
Sabía que quería volver. Que la imaginaba entrando en una habitación antes de que la puerta se abriera.
Que Hamilton Lodge ya parecía demasiado silencioso sin una mujer que discutiera cada frase como si él hubiera escondido una trampa dentro.
Pero aún no había pronunciado aquella palabra ante Fiona.
No iba a entregársela primero a su familia.
—No sé todavía cómo llamarlo.
Richard tomó un pedazo de pan.
—Eso significa que sí.
—Significa exactamente lo que he dicho.
—Cuando Edward utiliza muchas palabras para negar algo —explicó Cathaline—, suele ser porque la respuesta corta le resulta incómoda.
Edward lamentó haber regresado.
Solo durante un instante.
El gran salón de invierno estaba preparado para recibir a toda la familia cuando salieron de la biblioteca.
Las cortinas de seda color marfil descendían desde ventanas altas, la araña central multiplicaba el brillo de docenas de velas y sobre las mesas bajas descansaban fuentes de porcelana, copas finas y centros de rosas blancas cultivadas bajo cristal.
El lujo no gritaba. En Hamilton Lodge no lo necesitaba.
Douglas ocupaba un sillón cerca de la chimenea con Harriet sentada sobre una de sus rodillas.
Seguía siendo oscuro, enorme y severo, pero la niña le había prendido una cinta azul en la manga y él no parecía haber encontrado una forma digna de retirarla.
Mairi estaba a su lado, rubia, de ojos grises y con una mano descansando sobre el hombro de su hija.
El clima suave de Devonshire siempre le daba mejor color, aunque continuaba teniendo esa delicadeza engañosa que había llevado a demasiados hombres a confundir cuidado con autoridad.
Audrey permanecía junto a una mesa con Malcolm.
Había conservado la elegancia Hamilton, pero el tartán Sinclair sobre su vestido oscuro ya no parecía una concesión matrimonial.
Le pertenecía. Malcolm, alto, de cabello negro y ojos verdes, ocupaba el espacio con la quietud de un jefe de clan que toleraba el terciopelo, la plata y los criados ingleses sin permitir que ninguno lo domesticara.
La pequeña Eliza apareció debajo de una mesa con una cinta dorada entre los dedos.
—Tío Edward.
Tenía el cabello negro de Audrey, los ojos verdes de Malcolm y una seguridad que no parecía haber solicitado permiso a ninguno de los dos.
Edward se agachó para recibirla. Ya tenía cinco años.
Harriet bajó de la rodilla de Douglas y corrió detrás de su prima. Era algo más pequeña, con la obstinación de Mairi en la barbilla y la costumbre Hamilton de observar antes de decidir qué travesura merecía la pena.
—También yo —exigió.
Edward las abrazó a ambas.
El gesto le produjo algo extraño. No estaba acostumbrado a los niños y era una de las pocas cosas que le daban miedo.
Había entrado en la casa pensando en Cathaline, en Mowbray y en Ewan. Durante unos segundos solo fue hermano, hijo y tío bajo un techo donde había aprendido casi todo cuanto sabía sobre pertenencia.
Douglas miró la venda de su mano.
—¿Qué ha ocurrido?
—Una cuerda.
—¿Perdiste una discusión contra ella?
—Salvamos a cuatro hombres.
Mairi observó el plaid MacKinnon.
—Y por lo visto una anciana escocesa decidió reclamarte después.
Audrey sonrió.
—La abuela MacKinnon ya me ha escrito.
Edward volvió el rostro.
—¿Por qué?
—La carta ocupaba cuatro páginas. En la primera explicaba que los Hamilton tenemos una inclinación hereditaria a entrar en casas escocesas sin comprender las consecuencias. En la segunda aclaraba que tú eres el más irritante.
—¿Y las otras dos?
—Amenazas contra cualquiera que intente apartar a Fiona de Eilean Ròs.
Malcolm soltó un sonido bajo, cercano a una risa.
—Una mujer sensata.
—No parecía especialmente complacida contigo —añadió Audrey, dirigiéndose a su hermano menor—. Aunque dedicó un párrafo entero a explicar como te habías entregado a la isla.
—Eso tampoco era un elogio —rio más alto Malcolm.
—En boca de una anciana de clan, se acercaba bastante.
Mairi miró primero a Harriet y después a Eliza, que se disputaban la cinta dorada sin que ninguna aceptara reconocer que la otra la había encontrado primero.
—La abuela de Fiona debe de estar haciendo cuentas —dijo ella, que la conocía bien—.
Las dos uniones de los Hamilton con casas escocesas han dado dos niñas.
Eliza Sinclair y Harriet Hamilton. Dos hijas perfectamente capaces de volver locos a sus padres, pero ninguna respuesta sencilla para los hombres que creen que un clan solo sobrevive a través de un apellido masculino.
Douglas endureció el gesto.
—Harriet no necesita ser una respuesta para nadie.
—Lo sé —replicó Mairi, rozándole la mano—.
La vieja MacKinnon también sabe que una niña no vale menos.
Lo que teme es otra cosa. Fiona es la última heredera.
Si se casa contigo, el consejo imaginará hijos Hamilton, autoridad Hamilton y un marido con derecho legal a hablar por ella.
Para su abuela, no eres solo un hombre. Eres una casa entera acercándose a la última mujer que lleva su nombre.
Edward bajó la vista hacia el tartán de su hermana.
Audrey había entrado en Glenmuir y se había convertido en Sinclair sin dejar de ser Hamilton. Mairi había entrado en Brodick y Hamilton Lodge sin renunciar jamás a Glenmuir. Las dos niñas que jugaban delante de ellos pertenecían a más de una historia.
—Dos casas pueden unirse sin que una borre a la otra —dijo su hermano mayor, Douglas.
Mairi lo miró.
—Qué filosófico te has vuelto con el tiempo.
—Debe ser la presencia de Edward.
Malcolm cruzó los brazos.
—La dificultad no será convencer a Fiona.
—No —dijo Audrey—. Será convencer a todos los hombres que creen que el matrimonio de una heredera les pertenece.
Edward pensó en Gillean, en el consejo, en la quaich vuelta sobre el nombre de Campbell y en el modo en que Fiona había defendido cada llave de Eilean Ròs.
—No pienso pedirle que abandone la isla.
—Bien —dijo Malcolm—. Porque no lo hará.
—Qué muestra de confianza —observó Edward.
—Conozco a las mujeres de clan. Tú todavía estás aprendiendo.
Douglas levantó la cabeza.
—¿Y Ewan?
Las bromas desaparecieron.
Malcolm miró hacia las ventanas.
—No lo sé, es la primera vez que no sé nada de mi primo —Y era la primera vez que Edward oía incertidumbre verdadera en Malcolm—.
Salió de Glenmuir después de recibir una carta.
No se llevó más que una maleta y su caballo.
El animal regresó dos días después. Nadie sabe si cambió de montura, tomó el tren o decidió caminar hasta Londres por puro orgullo.
Cathaline había entrado en el salón a tiempo de oírlo. No perdió el color, pero sus dedos se cerraron sobre el respaldo de una silla.
—¿La carta era mía? —preguntó.
Malcolm sostuvo su mirada.
—Eso tendrás que decírmelo tú.
Cathaline no respondió.
Douglas quiso preguntar algo más. Mairi le tocó el brazo.
El gesto bastó para detenerlo.
Aquella noche cenaron juntos bajo la araña de cristal del comedor principal.
Alexander presidió una mesa cubierta con lino blanco, plata Hamilton y porcelana de Sèvres; Eliza ocupó el otro extremo y consiguió que la conversación no se convirtiera en un interrogatorio a Cathaline.
Las niñas cenaron primero con sus institutrices, aunque aparecieron durante el postre para conseguir dulces que sus madres habían prohibido y sus abuelos concedieron sin el menor respeto por la autoridad materna.
Edward observó a su familia.
Douglas hablaba de Brodick como de una responsabilidad que se extendía mucho más allá de sus propiedades.
Audrey escuchaba a Malcolm discutir sobre Glenmuir y corregía detalles que años atrás ni siquiera habría comprendido.
Su padre, vestido como un duque inglés, llevaba en el rostro la misma dureza antigua que Edward había visto en hombres de Arran.
El viejo clan Hamilton seguía allí, bajo la seda, los títulos y el oro.
Quizás nunca se había ido.
Edward era quien había dejado de verlo.
Eilean Ròs se lo había devuelto.
Más tarde, Eliza lo encontró en su antigua habitación. El plaid MacKinnon descansaba sobre una butaca y parecía el único objeto que no pertenecía a una estancia compuesta de maderas oscuras, cortinas sobrias y libros alineados con una corrección que en Eilean Ròs habría resultado sospechosa.
—¿Piensas regresar? —preguntó.
—Sí.
—¿Por la isla?
Edward tardó un instante.
—También, aunque el asunto de las cuentas ya está resuelto.
Su madre tomó uno de los extremos del tartán.
—Lo sé, pero ¿Fiona sabe qué quieres?
Edward sostuvo la mirada de su madre.
—Sabe que voy a volver.
—No es lo mismo.
—No. Pero tampoco estoy dudando de ella.
Eliza guardó silencio.
—Quiero a Fiona en mi vida —continuó Edward—. Eso lo tengo claro. Lo que todavía no sé es cómo construir algo con una mujer cuya obligación está en Eilean Ròs y sin pedirle que deje de ser quien es para acomodarse a mí.
Eliza lo observó con más atención.
—Entonces ya sabes bastante.
—Sé lo suficiente para no pedirle que abandone su isla. Y también para no perderme yo mismo en ella.
—Bien. Ya eres más inteligente que algunos Hamilton a tu edad.
—¿Se refiere a Douglas, madre?
—Me refería a tu padre. Douglas solo heredó sus peores costumbres y añadió otras propias.