Capítulo 17
Hamilton Lodge recibió a Edward con el silencio ordenado de una casa que jamás había tenido que luchar contra el clima.
Las alfombras amortiguaban los pasos, las chimeneas calentaban las habitaciones antes de que nadie tuviera que pedirlo y los criados aparecían con una discreción que habría resultado imposible en Eilean Ròs.
Los candelabros de cristal devolvían destellos sobre los espejos dorados, los jarrones contenían flores traídas de invernadero a pesar del invierno y la plata de las consolas brillaba con esa perfección que solo podía mantenerse mediante un ejército de manos invisibles.
Hamilton Lodge no era Chatsworth House. No pretendía competir con la grandeza casi pública de la casa principal de los Devonshire.
Había sido levantada dentro de sus tierras para que los Hamilton tuvieran un hogar propio cuando permanecían en Inglaterra, y el lujo no conseguía borrar del todo las señales de que allí vivía una familia: libros abandonados donde Edward los había dejado años atrás, una marca en la madera causada por Richard durante alguna imprudencia infantil y el antiguo estandarte Hamilton dominando el vestíbulo entre molduras inglesas y mármol de Devonshire.
Edward levantó la mirada hacia él.
Durante años lo había visto como una parte más de la decoración. Un resto de la vida anterior de su padre, colocado allí por respeto al apellido y a los muertos. Ahora distinguió el tartán, la espada oscurecida bajo el paño y el ciervo del viejo clan con una atención distinta.
Los MacKinnon le habían recordado algo que Eton, Londres y los salones impecables habían convertido en una idea decorativa.
Los Hamilton habían sido un clan antes de ser un ducado.
Habían tenido jefes, tierras, deudas de sangre y una isla que continuaba llamando a su padre Roderick en las historias más antiguas.
Aquello no desaparecía porque sus hijos hubieran aprendido a cenar bajo lámparas de cristal ni porque Inglaterra pronunciara sus títulos con mayor facilidad que sus nombres escoceses.
Edward conocía cada pasillo de la casa. Sabía qué peldaño crujía junto a la biblioteca, a qué hora el sol alcanzaba el salón principal y dónde su madre ordenaba colocar las flores cuando el invierno dejaba el jardín sin color. Nada había cambiado durante su ausencia.
Por eso resultaba tan incómodo que todo pareciera distinto.
Un criado tomó su abrigo. Otro hizo ademán de recoger el plaid verde y azul que Edward llevaba doblado sobre el brazo.
—Eso no —dijo.
El hombre retiró la mano sin preguntar.
Eliza apareció en el vestíbulo antes de que Edward pudiera avanzar hacia la escalera.
Llevaba un vestido color ciruela, perlas discretas en las orejas y el cabello claro recogido con la elegancia de una mujer que había pasado media vida impidiendo que seis Hamilton confundieran autoridad con libertad para destruir el mobiliario.
Lo abrazó.
No durante mucho tiempo. El suficiente para que Edward percibiera cuánto se había preocupado.
Después se apartó y reparó en la venda de su mano.
—Has tardado.
—Perdí el barco.
—¿Cómo?
—Había hombres en el agua.
Eliza lo observó durante unos segundos. Su mirada celeste, la misma que la de Edward, descendió hacia el plaid MacKinnon, volvió a la herida y terminó en el rostro de su hijo.
—Ya lo entiendo.
No dijo que no entendía casi nada. Tampoco formuló la pregunta que Edward reconoció detrás de sus ojos.
—Cathaline está en la biblioteca —añadió—.
Richard lleva una hora vigilando la puerta como si temiera que alguien intentara llevársela por una ventana.
Tu padre está en su despacho intentando no reunir a los viejos hombres de Arran para explicarle personalmente a Mowbray qué ocurre cuando se insulta a una mujer del clan Hamilton.
—¿Y lo está consiguiendo?
—Apenas.
Eliza ajustó uno de los botones de la levita de su hijo por pura costumbre.
—Audrey y Malcolm llegaron anoche desde Glenmuir.
Ewan desapareció hace seis días y Malcolm no ha encontrado más que un caballo devuelto sin jinete y tres versiones contradictorias sobre el camino que tomó.
Douglas vino desde Brodick esta mañana. Mairi se negó a dejarlo viajar solo cuando supo que Ewan estaba implicado.
Edward miró hacia la escalera con miedo.
—¿También están las niñas?
—La pequeña Eliza ha decidido que las galerías de Hamilton Lodge necesitan menos cuadros y más escondites. Harriet la sigue porque todavía no ha aprendido que su prima rara vez tiene buenas ideas.
La casa no solo estaba llena.
Estaba reunida.
Aquello convertía el escándalo de Cathaline en algo bastante más serio que un rumor londinense.
—Voy a hablar con ella.
—Primero verás a tu hermano.
Richard apareció en lo alto de la escalera como si hubiera estado esperando precisamente aquella frase.
A sus diecinueve años ya tenía la altura y la anchura de hombros de un hombre hecho, y en él empezaba a imponerse cada vez más la sangre escocesa heredada de su padre: el cuerpo fuerte, la reacción rápida y aquella tendencia poco inglesa a considerar que algunas ofensas merecían resolverse antes con los puños que con una conversación.
Llevaba los nudillos de la mano derecha vendados y un pequeño corte junto al labio.
Edward levantó la vista.
—¿Le pegaste?
—Sí.
—¿Una vez?
Richard bajó los peldaños.
—Eso depende de cómo lo cuente.
—Con números.
—Entonces más de una.
Eliza cerró los ojos.
—He criado demasiados varones.
—Mowbray insultó a Cathaline —se defendió Richard—. Delante de sus padres. Insinuó que había rechazado su cortejo porque mantenía un entendimiento secreto con Sinclair.
—Eso no te concedía derecho a golpearlo.
—No. Me lo concedió la segunda frase.
Edward miró a su madre.
—¿Qué segunda frase?
Eliza apretó los labios.
—Aseguró que ningún caballero rompería una posible alianza sin preguntarse antes qué libertades había concedido la dama a otro hombre.
Edward se volvió hacia Richard.
—¿Solo le pegaste?
—Tuve poco tiempo. Papá me apartó.
—Una muestra de moderación familiar admirable —dijo Eliza—. Ahora deja que tu hermano vea a Cathaline.
Richard reparó entonces en el plaid.
—¿Eso es MacKinnon?
Edward lo dobló con mayor cuidado sobre el brazo.
—Sí.
—Audrey escribió que una MacKinnon intentó abofetearte.
—Richard.
—También dijo que no llegó a hacerlo, pero sospecho que estaba intentando preservar tu dignidad.
—Es muy probable.
Richard sonrió y se apartó, aunque no antes de mirar otra vez los colores verdes y azules.
Su madre no comentó nada más.
Aquello resultó bastante peor.
Cathaline se encontraba de pie ante una ventana de la biblioteca.
Había dejado un libro abierto sobre una mesa, pero la página no parecía haber cambiado durante horas.
Su cabello rubio estaba recogido sobre la nuca y el vestido azul cielo le confería una tranquilidad que su forma de sujetarse las manos desmentía.
Edward cerró la puerta.
Ella se giró.
—Has venido.
—Me habéis pedido ayuda.
Cathaline intentó sonreír, pero el gesto desapareció antes de formarse por completo. Eso no le gustó a Edward. Su hermana siempre había parecido convencida de que la vida terminaría ofreciéndole algo interesante si esperaba lo suficiente.
—Mamá exageró en el telegrama —dijo.
—Richard tiene los nudillos vendados, padre lleva desde anoche recordando que los Hamilton resolvían las ofensas mucho antes de que existieran los abogados, Malcolm ha cruzado media Inglaterra porque su primo ha desaparecido y Mowbray ha puesto tu nombre en boca de medio Londres. ¿Qué parte exageró?
—Richard solo debía pegarle una vez.
Edward se acercó.
—Cuéntamelo desde el principio.
Cathaline respiró despacio. Le explicó que había rechazado formalmente el cortejo de lord Mowbray porque no deseaba prolongar una posibilidad que ya sabía que no aceptaría.
No había mencionado a Ewan. Ni la carta que este le había entregado durante la velada de lady Ashbourne.
Ni la conversación que mantuvieron después.
Mowbray sí.
Había visto demasiado. Había advertido la familiaridad, la irritación y el modo en que Cathaline olvidó durante varios minutos que él permanecía a su lado. Al ser rechazado, decidió convertir aquellas observaciones en una acusación.
—Ewan no me comprometió —dijo ella.
—Eso espero.
—No hizo nada que yo no permitiera.
Edward sintió una tensión inmediata en la mandíbula.
—Eso no me tranquiliza tanto como pareces creer.
Cathaline levantó la barbilla.
—No necesito que me protejas de él.
—Entonces ¿de quién?
Ella tardó en responder.
—De todos los que hablan de mí como si mi futuro pudiera decidirse entre hombres, títulos y apellidos, y yo solo tuviera que aceptar el resultado.
Edward se quedó inmóvil. Había algo demasiado familiar en aquellas palabras. Otra mujer, otros ojos, la misma furia contenida ante la idea de que querer protegerla concediera a los demás el derecho a elegir por ella.
No preguntó qué libertades había permitido a Ewan. No exigió la carta. No le explicó a Cathaline cómo debía recuperar una reputación que otros habían decidido ensuciar.
—¿Qué quieres hacer tú? —preguntó.
Su hermana lo observó en silencio.
—¿Quién es ella?
Edward frunció el ceño.
—¿Quién?
—La mujer que te ha enseñado a preguntar eso.
—Siempre he sabido escuchar.
Cathaline soltó una risa sin alegría.
—Edward, de niño corregías nuestras respuestas antes de que termináramos de darlas.
La puerta se abrió y Richard entró sin anunciarse. Un lacayo apareció detrás con una bandeja de plata cubierta por una campana, la depositó sobre una mesa lateral y se retiró después de una inclinación. Eliza entró tras él.
—Se llama Fiona —dijo su madre, como si hubiese escuchado suficiente desde el pasillo.
Edward la miró.
—No he dicho nada.
—Traes su tartán, conservas una mano vendada por alguien que anuda demasiado fuerte y has regresado hablando de lo que una mujer desea antes de hablar de lo que conviene. No necesitas decirlo.
Richard se acercó a la bandeja.
—¿Fiona MacKinnon?
Edward no respondió.