Capítulo 16 #3
No preocupación por la isla.
Rabia porque la isla había dejado de obedecerle.
La abuela MacKinnon se acercó hasta quedar frente a él.
—La sangre obliga —dijo—. No purifica.
Gillean la miró.
La anciana señaló a Fergus.
—Llévenselo.
—No tiene autoridad para...
—Soy la madre del jefe, la abuela de la heredera y bastante más vieja que usted. Hoy me bastará.
Fergus le quitó el bastón antes de que Gillean pudiera alzarlo de nuevo.
—¿Y la marca de mi fragua? —preguntó, con la voz baja—. ¿También formaba parte de su gran plan? ¿Pretendía que terminaran creyendo que había sido yo?
Gillean lo miró.
—No.
Fergus no se movió.
—Piense bien la respuesta.
—La pieza de la cerradura fue un error. No debía quedar allí. Nadie pretendía inculparte.
—Qué alivio —replicó Fergus—. Casi me habría ofendido.
Gillean dirigió entonces la mirada hacia Fiona.
—¿Dónde está Finlay?
—En Tùr na Faire —respondió ella—. Custodiado.
Algo cambió en el rostro del viejo.
—¿Ha hablado?
—Lo suficiente.
Fergus volvió a sujetarlo por el brazo.
—No se preocupe por él. Tendrán tiempo de ponerse al día.
Gillean endureció la mandíbula.
Fiona sostuvo su mirada.
—Finlay responderá por lo que hizo. Usted también. Y los dos terminarán donde corresponde.
Esta vez Gillean no respondió.
—No volverás a sentarte en mi consejo —dijo Alasdair—. El constable decidirá lo demás.
Gillean fue conducido hacia la residencia bajo las miradas de aquellos a quienes había pretendido salvar de sí mismos.
Aonghus, todavía pálido y con la pierna inmovilizada, levantó la vista hacia Edward.
—Le debo la vida.
Edward negó.
—No. Tavish sabía dónde colocar la cuerda. Yo me limité a obedecer.
Aonghus soltó una risa cansada.
—Mire qué cosa. Un inglés obedeciendo a un escocés.
Tavish alzó una ceja.
—No se acostumbre. Ha sido un acontecimiento excepcional.
Edward lo miró.
—Empiezo a arrepentirme de haberlo admitido.
La risa que recorrió el muelle fue pequeña, cansada y necesaria.
Más tarde, Fiona encontró a Edward en una habitación del almacén, con la camisa seca y la mano apoyada sobre una mesa. La herida no era profunda, pero el cáñamo le había arrancado la piel de la palma.
Ella limpió la sangre y empezó a vendarlo.
—Ha perdido su barco.
—Continúa siendo cierto por mucho que me lo repita.
—Su familia lo necesita, me preocupa eso, nada más.
—También ellos estaban en el agua.
Fiona apretó el vendaje un poco más de lo necesario.
—No eran su familia.
Edward la miró.
—No —Esperó a que ella levantara los ojos—. Eran los de Eilean Ròs.
No dijo los míos.
No se apropió de una tierra que todavía no le pertenecía.
Quizás por eso empezaba a merecerla.
—El próximo barco sale mañana —continuó él—. Lo tomaré.
Fiona terminó el nudo.
—Procure no salvar otra isla de camino.
—Haré cuanto pueda.
A la mañana siguiente, el puerto estaba más concurrido de lo necesario.
Edward no había pedido una despedida. Nadie reconoció haber acudido para ofrecérsela.
Morag le entregó un paquete de comida.
—Para el viaje.
—No era necesario.
—Continúa teniendo demasiadas opiniones.
Niall comprobó personalmente que el baúl estuviera bien sujeto. Calum le estrechó la mano sin mencionar la discusión de la boda. Donncha examinó sus botas.
—Vuelva antes de que se las limpien en Inglaterra.
—Intentaré conservarlas en un estado que no lo decepcione.
Tavish permaneció junto a la pasarela.
—Cuide de Cathaline.
—Intente no escribir a Eleanor.
—No sé dónde vive y tampoco sé escribir más que mi nombre.
Edward alzó una ceja.
—Hampshire.
Tavish lo miró con abierta irritación.
Fiona tuvo que apartar el rostro.
La abuela MacKinnon llegó la última.
Llevaba un plaid verde y azul doblado sobre los brazos. Se detuvo frente a Edward y se lo entregó.
Él no lo tomó de inmediato.
—No son mis colores.
—Hace frío en el canal.
—Puedo utilizar mi abrigo.
—No he pedido una descripción de su vestuario, inglés.
Edward aceptó el tartán.
La anciana sostuvo uno de los extremos.
—Devuélvamelo cuando regrese.
El muelle quedó en silencio.
Edward inclinó la cabeza.
—Lo haré.
Solo entonces la abuela soltó la tela.
Fiona acompañó a Edward hasta la pasarela. La presencia del clan les impedía despedirse como habrían querido, aunque quizás ambos agradecían aquella limitación.
—No tarde —dijo ella con ese orgullo tan suyo, alzando su mentón pecoso y clavándole sus ojos verdes, ya no tan inmaduros.
Dos palabras.
Más difíciles que pedirle que se quedara.
Edward colocó el plaid MacKinnon sobre su brazo.
—No lo haré.
Le tomó la mano y la sostuvo un instante demasiado largo para ser simple cortesía, demasiado breve para provocar otra discusión en el consejo.
Después subió al barco.
Cuando la embarcación se separó del muelle, Edward permaneció junto a la borda con los colores verdes y azules sobre los hombros. Morag levantó una mano. Niall gritó algo que el viento se llevó. Tavish permaneció al lado de Fiona, y hasta el viejo Donncha se quitó la gorra.
Gillean había intentado expulsar a un inglés.
Eilean Ròs acababa de prestarle sus colores para que encontrara el camino de vuelta.