Capítulo 16 #2
Se volvió hacia Aonghus antes de que Edward pudiera responder.
Fiona se acercó. Deseaba tocarlo, comprobar cada herida y exigirle que no volviera a entrar en el mar de aquella manera.
No hizo ninguna de esas cosas delante del puerto.
—Ha perdido el barco —dijo.
Edward miró hacia la entrada de la bahía. La nave se alejaba ya entre las rocas.
—Me lo han mencionado.
—Cathaline lo esperaba.
—Esperará unas horas más.
—Se ha quedado por Eilean Ròs.
Edward volvió los ojos hacia ella.
—Me he quedado porque había hombres en el agua.
La respuesta le produjo una emoción más profunda que cualquier declaración.
Precisamente porque no intentaba convertirla en una.
Niall apareció con el paquete encerado que habían sacado de la barca dañada.
—Esto estaba atado bajo el banco de proa.
Gillean avanzó.
—Pertenece al consejo. Entréguemelo.
Fiona se interpuso.
—El consejo no autorizó este envío.
—Algunos asuntos no pueden esperar a que una muchacha decida comprenderlos.
El puerto quedó en silencio.
Alasdair había llegado apoyado en su bastón, acompañado por la abuela y dos hombres de la casa. Escuchó la frase.
—Yo tampoco autoricé el envío —dijo.
Gillean perdió color.
Solo un instante.
—Pretendía proteger documentos delicados. Finlay no ha regresado y...
Se detuvo demasiado tarde.
Fiona sostuvo su mirada.
—¿Por qué esperaba que Finlay regresara?
Nadie habló.
Edward tomó el paquete y cortó la cuerda con el cuchillo de Tavish. Dentro había varias cartas, la parte restante de la libreta de Fiona y una escritura preparada para ceder derechos del puerto y del bosque de Cnoc Dubh a una sociedad vinculada con Northcott y Vale.
La última hoja llevaba la firma de Gillean.
También había correspondencia dirigida a Thomas Bellingham.
Alasdair tomó una de las cartas. Reconoció la letra antes de terminar la primera línea.
—Te sentabas a mi derecha —dijo.
Gillean apretó ambas manos sobre el bastón.
—Porque alguien debía pensar en el futuro cuando tú solo veías a la niña de tu hermano.
Fiona sintió el golpe.
Su tío pareció recibirlo peor.
—¿Fuiste tú quien robó la libreta? —preguntó ella.
Gillean la miró.
Durante años Fiona había visto en aquellos ojos dureza, reproche y una forma torcida de afecto.
Aquella mañana solo encontró cansancio y convicción.
—Entré en la oficina para recuperarla.
—No era suya.
—Habías gastado dinero sin autorización. Si aquellas cuentas llegaban al consejo, nadie volvería a confiarte una firma.
—Por eso se las entregó a Bellingham.
—Necesitábamos inversiones. Barcos. Almacenes. Un hombre capaz de negociar sin entregar cada moneda a una viuda que llorara delante de ti.
—¿Y cuándo lo sorprendí?
La mandíbula de Gillean se endureció.
—Intenté apartarte.
Fiona se llevó una mano a la cicatriz.
—Me dejó sangrando en el suelo.
—Tenía que sacar los documentos antes de que llegara alguien —La confesión produjo un sonido bajo entre los presentes.
Gillean continuó, como si todavía pudiera obligarlos a comprender—.
Northcott y Vale iban a proporcionar capital.
Duncan Campbell habría unido ambas casas.
Tú habrías conservado el nombre y la isla habría tenido un hombre al frente.
—Yo habría conservado el nombre —repitió Fiona—. Y usted habría entregado todo lo que significa.
—Lo hice por Eilean Ròs.
—No. Lo hizo porque no soportaba que Eilean Ròs me perteneciera a mí.
Gillean golpeó el suelo con el bastón.
—¡Una mujer sola no puede conservar estas tierras!
—Entonces debería haberme ayudado a gobernarlas, no haberlas vendido a mis espaldas.
Gillean volvió la vista hacia Edward.
—¿Y ahora vais a entregárselas a él? ¿A un inglés que lleva semanas compartiendo su firma, su casa y quién sabe qué más?
—Mida sus palabras viejo Gillean —masculló Tavish.
Edward avanzó, pero Fiona levantó una mano.
No necesitaba que hablaran por ella.
Gillean señaló la bahía.
—Un accidente no convierte a un Hamilton en MacKinnon.
—Nadie ha dicho que lo convierta —replicó el viejo Donncha.
—Entonces no entiendo tanta gratitud.
Morag se puso en pie junto a su marido.
—Mi marido estaba en esa barca.
—Nuestros hombres lo habrían sacado.
Tavish se volvió hacia él.
—Edward era uno de nuestros hombres mientras tirábamos de esa cuerda.
La frase quedó suspendida sobre el puerto.
Calum, que durante la boda había cuestionado la influencia de Edward, bajó la vista hacia la mano ensangrentada del inglés.
—Ayer pregunté qué ocurriría si terminábamos dependiendo de un Hamilton —dijo—. Hoy ha perdido su barco por hombres que no llevan su apellido. Supongo que también debo recordar eso.
Gillean los miró con incredulidad.
—¿Tan barato vendéis ahora el nombre MacKinnon? ¿Una cuerda, un hombre sacado del agua y ya olvidáis quién es?
Donncha golpeó una piedra con el bastón.
—Puede haber nacido inglés. Hoy ha demostrado ser más escocés que algunos hombres que llevan tartán desde la cuna.
—Un extranjero sigue siendo extranjero aunque se moje por nosotros.
—Y un necio sigue siendo necio aunque lleve nuestros colores —respondió Fergus, recogiendo su cuerda—. Por tu culpa casi mueren Aonghus, Eòin y los otros dos hombres. Los mandaste a salir con el viento cambiando porque tenías prisa por sacar esos papeles de la isla.
Gillean endureció el gesto.
—Sabían lo que hacían.
Morag se volvió hacia él.
—Mi marido sabía navegar. Lo que no sabía era que usted consideraba unos documentos más importantes que su vida —Gillean abrió la boca, pero ella no le permitió responder—.
Aonghus habría esperado a que mejorara el viento si no le hubieran ordenado salir inmediatamente.
Usted lo envió ahí fuera. Usted y nadie más —El silencio se hizo más duro.
Morag señaló a Edward con una mano—. Y mientras usted permanecía aquí, seco, ese inglés perdió su barco y entró en el agua para ayudar a traer a mi marido de vuelta.
El viejo Donncha asintió.
—Así que no vuelva a hablarnos de quién pertenece a Eilean Ròs. Hoy uno de los nuestros estuvo dispuesto a perder cuatro hombres por avaricia y el extranjero ayudó a salvarlos.
Varias voces aprobaron.
No todos.
Pero las suficientes.
Fiona miró a Gillean.
Por primera vez vio en su rostro algo que nunca había visto cuando era niña.