La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

La habitación azul volvía a parecer un lugar de paso.

Edward había cerrado la carpeta de los documentos, doblado cada prenda con una precisión innecesaria y colocado los guantes junto al sombrero.

El baúl permanecía abierto sobre una banqueta, casi lleno.

Sobre la mesa descansaban el telegrama de Eliza y el pañuelo con el que Fiona le había vendado la mano durante la travesía hacia Eilean Ròs.

Ella reparó en él antes que en cualquier otra cosa.

—Pensaba que acabaría devolviéndomelo.

Edward tomó el pañuelo y lo guardó entre dos camisas.

—Ha tardado demasiado en pedírmelo.

—No lo estaba pidiendo.

—Entonces hace bien.

Fiona se apoyó contra el borde de la mesa. Había llamado antes de entrar, aunque la puerta contigua y las semanas compartidas habían convertido aquella cortesía en algo casi absurdo.

—Su hermana lo necesita.

—Sí.

—Entonces debe ir.

Edward dejó de ordenar el baúl y la miró. Quizás había esperado que aquellas palabras resultaran más sencillas de escuchar. Fiona también había esperado pronunciarlas sin notar una presión debajo de las costillas.

Querer que volviera no le daba derecho a impedir que se marchara.

Ella llevaba toda la vida exigiendo que ningún hombre decidiera por ella. No podía pedirle ahora que abandonara a su familia para demostrar cuánto significaba Eilean Ròs.

—¿Cuánto tardará? —preguntó, casi sin pensar.

—No lo sé. Debo hablar con Cathaline, averiguar qué ocurrió con Ewan y procurar que Richard no vuelva a golpear a lord Mowbray. Esa última tarea podría ocuparme varios años.

Fiona estuvo a punto de sonreír.

—No parece muy preocupado por el conde.

—Estoy más preocupado por el hecho de que mi hermana haya pedido expresamente verme. Cathaline suele considerar que los problemas familiares mejoran cuando nadie los examina demasiado.

Edward cerró el baúl.

—Regresaré.

—No haga promesas que todavía no sabe si podrá cumplir.

—No era una promesa.

—¿Entonces qué era?

—Una intención.

Fiona alzó una ceja.

—Las intenciones Hamilton se parecen peligrosamente a las promesas.

Edward se acercó. Ya estaba vestido para viajar, impecable como el hombre que había desembarcado semanas atrás. Fiona sabía ahora lo poco que aquella corrección revelaba.

Él le rozó la mejilla con los nudillos.

—Volveré, Fiona.

Ella no discutió esta vez.

Lo besó con una calma que dolió más que la urgencia. No hubo manos impacientes ni puertas cerradas con llave. Solo la boca de Edward sobre la suya, la palma de él en su cintura y aquella intimidad nueva que no necesitaba deseo para resultar peligrosa.

Cuando se separaron, Fiona no le pidió que se quedara.

Edward tampoco le pidió que esperara.

Descendieron juntos.

Tavish aguardaba junto al carruaje con el equipaje pequeño de Edward.

Fergus había insistido en acompañarlos al puerto, aunque fingía que necesitaba hablar con Niall sobre unos herrajes.

La abuela MacKinnon no salió al patio. Se limitó a observar desde una ventana con la expresión de quien consideraba las despedidas un desperdicio de tiempo cuando un hombre ya había anunciado que pensaba volver.

Era ya mediados de noviembre. La mañana estaba fría y el viento había cambiado durante la noche, empujando nubes bajas desde el norte. En el puerto, los pescadores preparaban las embarcaciones mientras la nave que llevaría a Edward al continente aguardaba junto al extremo del muelle.

Morag trabajaba cerca del ahumadero. Aonghus y tres hombres cargaban aparejos en una barca pequeña. Ruairidh corría entre las cajas hasta que su madre lo atrapó por el cuello de la chaqueta y lo envió junto a una anciana.

El viejo Donncha ocupaba su lugar habitual junto a los almacenes, apoyado en el bastón y dispuesto a supervisar cualquier trabajo en el que no tuviera intención de participar.

Algunos hombres saludaron a Edward.

Otros solo lo miraron.

La discusión de la boda todavía seguía entre ellos.

Gillean también estaba allí.

Conversaba con dos pescadores cerca de una pila de redes. Al ver a Edward con el sombrero y los guantes de viaje, una satisfacción discreta atravesó su rostro.

—Lord Edward —lo saludó—. Supongo que regresa a Inglaterra.

—Temporalmente.

—Esperamos que ese tiempo sea largo —Gillean miró a Fiona—. Eilean Ròs continuará aquí cuando se marche.

—Eso espero —respondió Edward—. Sería incómodo tener que buscarla al regresar.

Tavish ocultó una sonrisa.

Gillean no.

El capitán de la nave llamó a Edward desde la pasarela. La marea empezaba a cambiar y necesitaban partir antes de que el viento entrara con mayor fuerza en la bahía.

Edward entregó su sombrero a Tavish mientras un marinero subía el baúl.

Fue entonces cuando Fiona reparó en la embarcación de Aonghus.

Ya no estaba junto al muelle.

Avanzaba hacia la entrada de la bahía con demasiada vela para el viento que se levantaba. A bordo se distinguían Aonghus, un joven marinero y otros dos hombres. Bajo el banco de proa llevaban un paquete grande envuelto en tela encerada.

—¿Adónde van? —preguntó Fiona.

Niall siguió la dirección de su mirada.

—A encontrarse con una balandra al otro lado de las rocas.

—¿Por orden de quién?

Niall vaciló.

Gillean respondió:

—Llevan correspondencia del consejo que debe llegar hoy mismo a Glasgow.

Fiona volvió el rostro.

—No he autorizado ningún envío.

—No toda decisión del consejo necesita su nombre.

—¿Qué correspondencia?

—Asuntos antiguos que no le conciernen todavía.

Aquella última palabra.

La misma que Gillean había utilizado desde el día de su regreso.

Tavish dejó de sonreír.

—El viento va a cerrar la salida —dijo Tavish.

Gillean se apoyó en el bastón.

—Aonghus conoce este mar.

—Precisamente por eso está intentando virar —respondió Tavish.

Una ráfaga descendió entre los acantilados.

La vela de la barca se hinchó de golpe. El casco se inclinó. Uno de los hombres soltó una cuerda demasiado tarde y la botavara giró con violencia, golpeando el aparejo.

El sonido del cabo al romperse llegó hasta el muelle.

La embarcación quedó atravesada frente a la corriente.

—¡Cuerdas! —gritó Tavish.

La cubierta del puerto se llenó de movimiento.

Aonghus intentaba orientar la proa hacia la bahía, pero la vela descontrolada arrastraba el barco hacia las rocas exteriores. Uno de los tripulantes cayó al agua. El muchacho de proa se aferró al mástil mientras otro hombre intentaba cortar la lona.

El capitán llamó otra vez desde la nave de Edward.

—Milord, debemos partir ahora.

Edward miró un instante hacia el barco que debía llevarlo a Inglaterra.

Después se quitó los guantes y se los entregó a Fiona.

—No me espere —le dijo al capitán.

—Perderá la marea.

—Habrá otra.

Se quitó también la levita y corrió detrás de Tavish.

Fiona sostuvo la ropa contra su pecho durante un segundo antes de reaccionar.

—¡Despejad el muelle! —ordenó—. Morag, lleva a los niños al almacén. Mantas y agua caliente junto a la rampa. Fergus, necesito las cuerdas más gruesas.

Morag ya avanzaba hacia la orilla.

—Aonghus está ahí fuera.

Fiona le sujetó ambos brazos.

—Y Tavish sabe cómo traerlo. Déjalos trabajar.

—Si muere...

—No morirá.

Fiona no sabía si era cierto.

Lo dijo con la autoridad suficiente para que Morag necesitara creerla.

Niall y Tavish fijaron una cuerda gruesa a uno de los postes del embarcadero. La otra punta debía alcanzar una formación de rocas que se internaba hacia la barca. Desde allí podrían crear una línea de apoyo y sacar a los hombres uno por uno.

—La corriente entra de lado —explicó Tavish—. Si cruzamos por el centro, nos derribará.

Edward observó las rocas.

—¿Qué necesita?

Tavish le lanzó el extremo de la cuerda.

—Que haga exactamente lo que le diga.

Edward se la pasó alrededor del cuerpo.

—Intente disfrutar del momento.

Entraron en el agua.

Niall, Fergus y cuatro pescadores sostuvieron la cuerda desde tierra. Tavish avanzaba primero, comprobando cada apoyo antes de señalar a Edward dónde poner la bota. El agua les alcanzó las rodillas, después los muslos. Una ola golpeó la roca y obligó a Edward a apoyar una mano para no caer.

Fiona continuaba dando órdenes, pero no apartaba los ojos de ellos.

La nave que debía llevarlo al continente soltó amarras.

Edward no volvió la cabeza.

Tavish llegó a la última roca y lanzó otra cuerda hacia Aonghus. El pescador consiguió atraparla, pero el mástil roto había inmovilizado una de sus piernas. El joven que había caído al agua continuaba aferrado al costado.

—¡Primero el muchacho! —gritó Tavish.

Edward descendió hasta la zona más baja de la roca. Esperó a que la corriente acercara al joven, lo sujetó por la chaqueta y lo arrastró hacia sí. El muchacho estaba medio inconsciente, con los labios azules.

Una ola los golpeó.

Edward perdió apoyo.

La cuerda se tensó bruscamente alrededor de su cuerpo. Tavish le atrapó el brazo antes de que el agua pudiera arrancarlo de la piedra.

—¡No lo suelte!

—No pensaba hacerlo.

Entre ambos levantaron al muchacho y lo aseguraron a la cuerda. Los hombres de tierra comenzaron a tirar.

Entonces el barco chocó contra las rocas.

El mástil terminó de partirse. Aonghus cayó de lado y la cuerda que sujetaba a Tavish se deslizó varios palmos sobre la piedra mojada.

Edward la atrapó con la mano desnuda.

El cáñamo le abrió la palma.

La sangre apareció de inmediato, pero no soltó.

Tavish cortó el aparejo que aprisionaba la pierna de Aonghus. Edward continuó sosteniendo la línea, con el cuerpo inclinado hacia atrás y las botas resbalando sobre la roca.

—¡Ahora! —gritó Tavish.

Niall y los hombres tiraron desde el muelle.

Primero llegó el joven.

Después uno de los pescadores.

Aonghus fue el último. Tavish lo sostuvo bajo los brazos mientras Edward mantenía la cuerda tensa. Cuando por fin alcanzaron la rampa, Morag atravesó el grupo y cayó de rodillas junto a su marido.

Aonghus respiraba.

Tenía la pierna herida y una brecha en la frente, pero respiraba.

Morag levantó la vista hacia Edward.

Él estaba empapado, con la camisa pegada al cuerpo y sangre bajándole por la muñeca.

—Le debo una —dijo.

—No.

Morag se puso en pie.

—No decida también mis deudas, inglés.