La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Edward levantó una mano.

Un roce llegó desde detrás del cofre.

Después, el golpe de una tabla.

La abertura del pasadizo estaba abierta.

—Se marcha —dijo.

Descendieron.

El hombre llegó a la cámara inferior antes que ellos. Vestía una chaqueta oscura y llevaba una pequeña caja de madera bajo el brazo. Al verlos, se detuvo.

Fiona lo reconoció.

—Finlay Beaton.

Era un hombre de unos cuarenta años, estrecho de hombros y curtido por el mar. Trabajaba desde hacía años las tierras que Gillean poseía cerca del extremo oriental y se ocupaba de una de sus embarcaciones menores.

Finlay echó a correr hacia la salida que daba al mar.

Edward fue tras él, pero no necesitó alcanzarlo.

En cuanto el hombre apareció entre las rocas, Tavish salió de detrás del saliente donde llevaba varios minutos esperando y se abalanzó sobre él. Finlay apenas tuvo tiempo de reaccionar. La caja cayó al suelo mientras ambos chocaban contra la pared de piedra.

—Esperaba que eligieras esta salida —gruñó Tavish.

Finlay consiguió empujarlo y llevó una mano al cuchillo que colgaba de su cinturón, pero Edward llegó antes de que pudiera sacarlo. Le sujetó la muñeca, se la torció a la espalda y lo obligó a inclinarse contra la roca.

Finlay intentó revolverse.

Tavish le arrancó el cuchillo.

—Eso ha sido poco inteligente.

El hombre todavía logró lanzar una patada hacia Edward y liberarse lo suficiente para agacharse en busca de la caja. La alcanzó con la punta de los dedos y la empujó hacia el borde.

Fiona comprendió lo que pretendía.

—¡No!

La caja cayó entre las rocas, demasiado cerca del agua. Fiona bajó tras ella mientras Edward y Tavish reducían definitivamente a Finlay. La siguiente ola llegó justo cuando Fiona conseguía atraparla y tuvo que sujetarse con una mano a la piedra para no perder el equilibrio.

Cuando volvió hacia ellos, Finlay estaba de rodillas, con Edward inmovilizándole un brazo y Tavish sujetando el otro.

Los dos vigilantes se aproximaron desde ambos extremos del paso.

Finlay miró alrededor y comprendió por fin que no tenía ninguna salida.

Dejó de resistirse.

—Me romperá el brazo, milord.

—Depende de cuánto tarde en comprender que ha perdido —respondió Edward.

Fiona regresó con la caja.

El agua goteaba por sus faldas.

—Llevémoslo dentro.

Lo sentaron contra el muro de la cámara inferior con las manos atadas por delante. Tavish permaneció junto a él. Edward se había golpeado el hombro contra la piedra, aunque fingía que no sentía nada.

Fiona dejó la caja sobre la mesa. No estaba cerrada con llave.

Dentro había varias piezas de cera endurecida, cintas, dos pequeñas matrices de metal y un sello todavía sin terminar.

Fiona tomó la primera.

El lobo MacKinnon aparecía casi completo.

La segunda conservaba una impresión del sello antiguo de la casa.

El último metal mostraba el comienzo de un escudo Hamilton.

Edward se quedó inmóvil.

—Esto era lo que llevaba —dijo Fiona.

Finlay miró hacia la salida.

Tavish apoyó una bota contra la pared, junto a su pierna.

—Inténtalo. Me alegrará perseguirte otra vez.

—No hice esos sellos —dijo Finlay.

—Pero vino a buscarlos —respondió Edward.

—Me pagaron por llevar una caja.

—¿Quién?

Finlay guardó silencio.

Fiona se colocó frente a él.

—Lleva años trabajando para Gillean.

El hombre levantó la vista.

—Tengo hijos.

—También las familias a las que han intentado quitarles estas tierras.

—No sé nada de tierras.

—Entonces díganos qué sabe.

Finlay tragó saliva.

—El señor Gillean me ordenó retirar la caja antes de la próxima marea. Dijo que un barco la recogería al sur del cabo.

Tavish endureció el rostro.

—¿Cuántas veces ha hecho esto?

—No lo sé.

Edward se agachó frente a él.

—No vuelva a mentir.

No levantó la voz.

Finlay palideció.

—He llevado paquetes. Nada más.

—¿Desde cuándo?

El hombre miró a Fiona.

—Desde hace algunos años.

La respuesta hizo que el sonido del mar pareciera más fuerte.

—¿Qué llevó la primera vez? —preguntó ella.

—Un libro envuelto en tela encerada.

Fiona no respiró.

—¿De dónde lo recogió?

—De la oficina antigua del puerto.

Tavish soltó una maldición.

—¿A quién se lo entregó?

—A un caballero que llegó en una lancha desde un barco de Glasgow. Bellingham. El señor Gillean lo llamó así.

Fiona sintió que la cicatriz de su sien se tensaba.

—¿Gillean estaba presente?

—Sí.

—¿Fue él quien sacó el libro de la oficina?

—No lo sé. Me lo entregó cerca de los establos y me ordenó que no lo abriera.

—¿Qué le dijo?

Finlay cerró los ojos un instante.

—Que protegíamos Eilean Ròs de una muchacha.

La frase encontró el lugar exacto.

Era la idea de Gillean.

La misma que aparecía en las cartas.

La misma que había repetido durante años delante del consejo.

Edward se puso en pie.

—Su palabra no bastará para condenarlo.

—Lo sé —dijo Fiona.

Finlay levantó la cabeza.

—He dicho la verdad.

—Ha dicho una parte —replicó Tavish—. La suficiente para salvar el pescuezo por ahora.

Los vigilantes se quedarían con él en la torre hasta que decidieran cómo trasladarlo sin que toda la isla lo supiera antes de tiempo. Gillean no debía enterarse todavía de cuánto conocían.

Mientras Tavish organizaba la guardia, Fiona volvió a la caja que había llevado Finlay.

Había una página y la página pertenecía a su libreta desaparecida. Recogía el precio de varios sacos de avena, el pago de la reparación de un tejado y el dinero entregado a una viuda cuyo marido no había regresado del mar.

No había nada criminal allí.

Solo decisiones que el consejo habría considerado impropias porque una muchacha las había tomado sin permiso.

Edward se situó a su lado.

—Pensé que había sido usted porque era el único hombre de mi casa que no pertenecía a ella —dijo Fiona.

—Era una conclusión razonable.

—Era cómoda.

Edward guardó silencio.

Fiona recorrió con el pulgar una cifra desvaída.

—Gillean llevaba el mismo tartán que mi padre. Usted llevaba una levita inglesa. Nunca me pregunté cuál de los dos merecía realmente mi confianza.

—Todavía no sabemos si Gillean fue quien entró en la oficina.

—Lo sé.

La facilidad con que lo admitió cambió algo en la mirada de Edward.

—Quizás la sangre no significa tanto como pensé —añadió.

—Creo que significa mucho para usted.

—Eso no convierte a un hombre en honorable.

—Ni haber nacido en Inglaterra convierte a otro en un traidor.

Fiona lo miró.

—Va a disfrutar de eso durante años.

—¿Lo duda?

Las palabras quedaron entre ambos.

Durante años.

Ninguno fingió no haber oído el doble sentido.

Edward levantó la mano y rozó la cicatriz de su sien. Fiona cubrió sus dedos con los suyos.

El beso fue breve y tranquilo, sin que nadie los viera. No intentaron borrar nada. Solo reconocer cuánto habían cambiado desde la primera vez que estuvieron allí.

Tavish apareció en la escalera.

—Los hombres se quedarán con Finlay.

Miró a Fiona y Edward.

Después hacia la caja.

—¿Interrumpo?

—Constantemente —respondió Fiona.

Regresaron a la residencia antes de que la marea cubriera el sendero. Una embarcación procedente del continente había llegado durante su ausencia. Iseabail los esperaba en el vestíbulo con un sobre estrecho.

—Para Edward. Lo enviaron por telégrafo hasta Greenock y lo trajeron en el primer barco.

Edward reconoció la letra de su madre en la copia transcrita.

Abrió el mensaje.

Fiona vio cómo la expresión se le endurecía.

—¿Qué ocurre?

Edward leyó en voz alta:

—«Vuelve a Hamilton Lodge en cuanto recibas esto.

Cathaline ha rechazado a lord Mowbray delante de ambas familias.

Él ha insinuado que Ewan Sinclair ha comprometido su nombre y Richard le ha dado un puñetazo antes de que tu padre pudiera impedirlo.

Cathaline se niega a explicar la carta que recibió y ha pedido hablar contigo.

Tu padre quiere llamar a los abogados. Yo preferiría evitar una guerra. Ven. Madre».

Tavish tosió para ocultar algo parecido a una risa.

—Ewan parece causar problemas incluso cuando no está presente.

Edward dobló el telegrama.

—Cathaline nunca pide que vaya.

Fiona entendió lo que significaba.

—Su familia lo necesita.

—Sí.

—¿Cuándo partirá?

—Con la primera embarcación de mañana.

La respuesta fue inmediata.

Tenía que serlo.

Edward era hijo antes que investigador, hermano antes que hombre que todavía no sabía qué lugar ocupaba en Eilean Ròs. Fiona había pasado semanas preguntándose si él aceptaría entrar en su mundo y apenas había pensado en que Edward poseía otro, lleno de personas capaces de necesitarlo.

Alexander.

Eliza.

Cathaline.

Richard.

Audrey, Douglas y todos los Hamilton que habían construido una vida mucho antes de que Fiona volviera a cruzarse con él.

—¿Volverá? —preguntó.

Edward levantó la vista.

—No he terminado aquí.

—No era eso lo que he preguntado.

El vestíbulo permaneció en silencio.

Tavish miró hacia otra parte.

Edward se acercó a Fiona.

—Volveré.

No añadió cuándo. Quizás porque ninguno de los dos estaba preparado para convertir aquella promesa en una despedida.

Más tarde, el mensaje de Eliza permaneció sobre la mesa de la habitación azul, junto a los guantes que Edward utilizaría para marcharse a la mañana siguiente.

Fiona había pasado toda su vida defendiendo lo que era suyo: su nombre, sus tierras, sus llaves y el derecho a decidir su futuro. Hasta entonces había pensado que querer a Edward significaría encontrarle un lugar en Eilean Ròs.

Aquella noche comprendió que no era tan sencillo.

Edward también tenía una casa. Una familia. Personas capaces de reclamarlo.

Y por primera vez, Fiona no temió que él quisiera marcharse.

Temió descubrir cuánto podía dolerle verlo hacerlo.