La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

La mañana posterior a la boda olía a turba, whisky derramado y pan de avena aplastado bajo demasiadas botas.

El gran salón había perdido casi toda la dignidad que la abuela MacKinnon intentaba imponerle.

Quedaban cintas atadas a las sillas, vasos olvidados bajo los bancos y una gaita abandonada sobre el alféizar, aunque nadie admitía recordar a quién pertenecía.

Varias mujeres recogían platos mientras los hombres que habían bebido con más entusiasmo que prudencia evitaban pasar cerca de ellas.

Los niños desayunaban restos de tarta.

Ruairidh llevaba dos porciones escondidas dentro de la chaqueta.

Niall del Puerto apareció cargando una pila de platos bajo la vigilancia de su esposa. Màiri Boyd, convertida en señora MacKinnon desde hacía menos de un día, ya había descubierto que el matrimonio resultaba una herramienta excelente para repartir tareas.

—Pensaba que después de la boda podría descansar —se quejó Niall.

—Llevas un año aplazándola —respondió Màiri—. Ya has descansado suficiente.

Fiona sonrió al verlos desaparecer hacia la cocina.

Sir Alasdair cruzó el vestíbulo apoyado únicamente en el bastón. Todavía arrastraba un poco la pierna, pero había recuperado suficiente fuerza para rechazar el brazo del criado que caminaba detrás.

—Si vuelves a intentar sujetarme, te convertiré en mozo de cuadra —lo amenazó.

El muchacho retrocedió como si le hubiera ofrecido una condena.

La abuela MacKinnon observó a su hijo desde una puerta.

No lo felicitó.

Tampoco ordenó que le llevaran una silla.

En aquella familia, eso equivalía a una celebración.

Fiona encontró a Edward cerca de la entrada, levantando uno de los bancos para que dos criadas pudieran retirar el mantel que había quedado atrapado debajo. Tavish sostenía el otro extremo y discutía con él sobre cuál de los dos estaba levantando más peso.

—Si tiene que preguntar, probablemente no sea usted —dijo Edward.

—En Greenock cargué barriles más pesados que esto.

—Entonces debería resultarle humillante necesitar mi ayuda con un banco.

Tavish dejó caer su lado un poco antes de tiempo.

Edward sostuvo el banco sin perder el equilibrio, aunque la mirada que dirigió al escocés prometía una venganza cuidadosamente calculada.

Las criadas retiraron el mantel y pasaron entre ellos con una naturalidad que habría resultado imposible semanas atrás.

Edward se apartó sin que nadie se lo pidiera, aceptó un pedazo de pan que una de las mujeres le colocó en la mano y continuó ayudando como si llevara años despertando entre los restos de celebraciones MacKinnon.

Todavía no era uno de ellos.

Fiona lo sabía.

La casa también.

Sin embargo, ya hacía demasiados días que no parecía un visitante.

—Deja de mirarlo —dijo su abuela a su espalda.

Fiona se giró. Acababa de bañarse y todavía llevaba el cabello húmedo, recogido de cualquier manera sobre la nuca mientras algunos mechones rojizos se adherían a sus sienes.

Se había vestido deprisa después, confiando en que el agua fría borrara de su rostro las pocas horas de sueño y las demasiadas cosas en las que había pensado durante la noche.

—No lo estaba mirando.

—Entonces has desarrollado el talento de observar paredes con expresión preocupada.

La anciana llevaba un manojo de llaves en una mano y un paño doblado sobre el brazo. Señaló con la barbilla una galería lateral.

Fiona la siguió.

La habitación estaba vacía y todavía conservaba algunas ramas de brezo utilizadas para adornar la boda. La abuela cerró la puerta sin pedir ayuda.

—Tu tío habló contigo anoche.

No era una pregunta.

—Sí.

—Alasdair cree que puede guardar un secreto porque baja la voz.

—Solo me advirtió de que Gillean utilizará a Edward contra mí.

—Eso no es un secreto. Lo vio media isla.

Fiona se acercó a la ventana. En el patio, Edward había vuelto a discutir con Tavish mientras ambos transportaban el banco. Fergus los observaba con una taza en la mano, sin la menor intención de ayudarlos.

—Confié en Gillean desde niña —confesó Fiona—. Nunca pensé que pudiera ser él quien entregó aquellos documentos.

—Todavía no sabes que lo fuera.

—Lo sé.

La respuesta hizo que su abuela guardara silencio durante un instante.

—Antes habrías discutido.

—Edward resulta contagioso.

—Dios nos proteja —suspiró la abuela, clavándole sus ojos viejos y verdes, iguales a los de Fiona.

Fiona apoyó una mano sobre la piedra del alféizar.

—Fue fácil creer que me había traicionado. Era el extraño. Había entrado en mis archivos, vestía como un inglés y escribía informes para hombres que no conocían esta isla.

—Y Gillean llevaba tu tartán.

—Sí.

La anciana se situó a su lado.

—La sangre obliga, Fiona. No purifica.

Fiona volvió el rostro.

—¿Qué quiere decir?

—Que un MacKinnon debe lealtad a su clan. No que todos los MacKinnon tengan honor suficiente para entenderlo.

Abajo, Edward dejó el banco contra la pared. Tavish dijo algo que hizo sonreír a una de las criadas.

—Un extranjero sabe que tiene que ganarse un lugar —continuó la abuela—. La familia suele creer que ya le pertenece.

—El clan no aceptará fácilmente a Edward.

—No, no lo hará. Ya te lo dije al principio, unirte con él solo debilitará tu posición y manchará la pureza MacKinnon. Pero nadie dormirá con él, salvo tú.

—Abuela.

—Vieja, no muerta.

Fiona cerró los ojos.

La anciana no sonrió.

—No estoy diciéndote que lo escojas. Tampoco que lo apartes.

Estoy diciéndote que no confundas la voz del clan con tu propia voluntad.

Una jefa debe escuchar a su gente, Fiona.

Pero si acaba renunciando a todo aquello que desea por miedo a que dejen de aprobarla, ya no gobernará.

Obedecerá. Y nunca he criado a una MacKinnon para obedecer por miedo.

—Y si elegirlo me cuesta la confianza de mi clan...

—Entonces tendrás que decidir cuánto vale esa confianza cuando solo existe mientras obedeces.

Un golpe rápido sonó en la puerta.

Tavish entró sin esperar respuesta. El humor había desaparecido de su rostro.

—Los hombres de Tùr na Faire han vuelto.

Fiona se apartó de la ventana.

—¿Qué han visto?

—Movimiento en la torre poco antes del amanecer. Una barca pequeña entró por Rubha Dubh. Vieron a un hombre descargar una caja y desaparecer por la entrada inferior. No lo han visto salir.

La abuela dejó el paño sobre una silla.

—¿Quién más lo sabe?

—Nadie.

—Que siga así —ordenó Fiona.

Media hora después, Fiona, Edward y Tavish cabalgaban hacia la costa occidental. Los dos hombres que habían vigilado la torre habían regresado por caminos separados; uno los esperaba cerca de la ladera y el otro continuaba controlando el acceso marítimo.

Fergus permaneció en la residencia. Si Gillean estaba implicado, alguien debía observar si reaccionaba ante la desaparición de su hombre.

El camino estaba húmedo y el viento llegaba con fuerza desde el mar.

Tavish cabalgaba delante, más callado de lo habitual.

Desde su vuelta de Greenock había adquirido una forma distinta de comportarse.

Antes parecía necesitar su lugar de palabrería para demostrar que nada lo intimidaba.

Ahora podía dejarlo existir sin perder seguridad.

Fiona tardó en acostumbrarse.

Durante años había pensado que proteger a Tavish significaba mantenerlo cerca, anticipar sus riesgos y recordarle que una broma no solucionaba todos los problemas.

El mar le había enseñado cosas que ella ya no podía enseñarle.

Edward también lo observaba.

—La ruta que eligió de regreso desde Greenock fue mejor que la propuesta por Niall —dijo.

Tavish volvió la cabeza.

—¿Eso es un elogio?

—Una constatación.

—Ha pasado demasiado tiempo con Fiona.

—Fiona no suele prodigar elogios.

Fiona los ignoró.

Avanzaron algunos minutos más antes de que Tavish aclarara la garganta.

—Lady Eleanor pasa toda la temporada en Londres, supongo.

Fiona levantó las cejas.

Edward no volvió el rostro de inmediato.

—La mayor parte —respondió—. El resto del año su familia vive en Hampshire. La propiedad de la costa de Cumberland que mencionó pertenece a su padre.

—No estaba preguntando por sus propiedades.

—Entonces, ¿qué preguntas? —inquirió Fiona.

Tavish la miró.

—Solo sentía curiosidad por si todas las inglesas viven dentro de salones.

—Lady Eleanor sabe montar —recordó ella.

—No he preguntado si sabe montar.

Edward lo observó con absoluta seriedad.

—También lee latín.

Tavish frunció el ceño.

—¿Por qué iba a interesarle eso a un ser humano?

—No lo sé —respondió Edward—. Usted ha iniciado la investigación.

Fiona tuvo que contener una sonrisa.

—El viento era malo cuando partió —murmuró Tavish—. Solo quería saber si su familia vivía cerca de una costa difícil.

—Qué preocupación tan profesional —dijo Fiona.

—Ambos sois insoportables —se enfadó Tavish.

Espoleó el caballo y se adelantó.

Las bromas desaparecieron al divisar la torre.

Uno de los vigilantes aguardaba agachado tras un muro bajo. Levantó dos dedos al verlos.

—Sigue dentro —informó—. Oí madera cuando subió la marea. El bote continúa amarrado abajo.

Edward desmontó primero.

—¿Armas?

—Llevaba un cuchillo. No vi pistola.

Tavish dejó las riendas al vigilante.

—Yo bajaré por el paso —dijo Tavish—. Si intenta escapar por el mar, tendrá que pasar junto a mí.

Edward estudió la torre y la pendiente.

—Bien. Uno de sus hombres se quedará arriba, vigilando el sendero. El otro cubrirá la cala y la barca.

Fiona avanzó hacia la entrada principal.

—¿Y nosotros?

—Entraremos juntos. Si sigue dentro, lo empujaremos hacia una de las salidas.

Tavish sonrió mientras empezaba a descender.

—Entonces procuraré que no le guste la que elija.

—Procura también no romperte el cuello —replicó Fiona.

—Siempre tan confiada en mis habilidades.

—Precisamente por eso te lo digo.

Tavish desapareció por el sendero inferior. Edward esperó hasta verlo alcanzar la primera curva y después miró a Fiona.

—Ahora.

Fiona sacó la navaja de su padre.

Edward abrió la puerta.

Entraron.

El interior de Tùr na Faire conservaba el olor a sal, piedra húmeda y madera vieja. Los caballos ya no ocupaban la planta baja y el silencio parecía más amplio sin ellos.