La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Pero Gillean también lo comprendió.

—Hamilton no me preocupa —continuó—. Al menos él sabe de dónde viene. Lo que me preocupa es que nuestra heredera empiece a olvidar quién debe estar a su lado cuando llegue el momento de decidir el futuro de estas tierras.

Fiona dejó la copa.

—Tenga cuidado, Gillean.

—¿Con qué?

—Con hablar de mí.

—Digo lo que todos podemos ver.

—Entonces vea mejor.

Una voz intervino desde la mesa.

Era Calum MacKinnon.

—Nadie duda de que quiere esta isla, ban-oighre —Ella lo miró. Calum se removió incómodo—. Pero algunas decisiones importantes necesitan ahora a Hamilton. Si sigue así... ¿cómo sabemos que dentro de un año seguirá gobernando una MacKinnon?

Aquello dolió más.

Porque Calum no estaba intentando herirla.

Estaba preocupado.

Y varios hombres no apartaron la mirada.

La duda ya no pertenecía únicamente a Gillean.

—Yo tampoco quería al inglés aquí —dijo Morag.

Edward volvió la cabeza hacia ella.

—Es reconfortante saberlo —Morag ni siquiera lo miró—. Pero Fiona lleva semanas trabajando con él. Si ha decidido escuchar su juicio, no necesito que ningún hombre de esta sala decida por ella a quién puede escuchar.

—Escucharlo es una cosa —dijo el viejo Donncha—. Dejarlo formar parte de la isla es otra.

Fiona sintió entonces algo mucho más incómodo que la furia.

Varias miradas se desplazaron entre Edward y ella.

No sabían.

No podían saber.

Pero quizás empezaban a ver.

Edward sabía cómo tomaba el té.

Ella sabía que él detestaba el whisky demasiado dulce.

Él le reservaba un lugar sin preguntarle si iba a sentarse.

Fiona sabía cuándo una discusión estaba a punto de cansarlo por el modo en que movía el pulgar contra el borde de un papel.

Se habían acostumbrado a encontrarse.

Y al parecer aquello se veía.

—Basta —dijo Niall. Todos miraron al novio. Niall levantó una jarra—. Podéis salvar Escocia mañana. Hoy llevo esperando casi un año para casarme y me niego a permitir que las viejas batallas arruinen mi whisky.

Màiri le dio un golpe en el brazo.

—Nuestro whisky.

—Llevamos casados dos horas y ya he perdido la mitad.

Las carcajadas llegaron al fin.

La tensión se aflojó.

El violín volvió a sonar.

La boda continuó.

Porque Eilean Ròs siempre continuaba.

Fiona se vio obligada a bailar y en uno de los giros se encontró a Tavish.

—Gillean ha conseguido lo que quería.

Fiona alzó la vista hacia él.

—Todavía no.

—Ha hecho que algunos empiecen a decir en voz alta lo que antes solo pensaban.

Fiona apretó la mandíbula.

—Eso no significa que tengan razón.

—No. Pero significa que tiene apoyo.

Ella guardó silencio.

Tavish la hizo girar de nuevo antes de añadir, más bajo:

—Y eso es lo que debería preocuparte.

Tavish casi perdió un paso.

—No sé de qué hablas.

—Claro, prima.

—¿También piensas que Edward pretende gobernar Eilean Ròs?

—No —La respuesta llegó demasiado rápido para ser cortés—. Pienso que Edward es demasiado orgulloso para gobernar algo que no le pertenece.

Fiona alzó una ceja.

—Eso casi ha sonado como un elogio.

—No lo repitas.

—Jamás sobrevivirías —Tavish la hizo girar de nuevo—. Pero los demás no lo conocen como nosotros y después de lo que me habéis contado sobre Gillian... estoy convencido de que usará cualquier cosa contra ti.

Aquello permaneció con ella incluso después de que terminara la danza.

Edward no se acercó.

Fiona lo encontró más tarde junto a Fergus, escuchando una discusión sobre una reparación del muelle. La música había cambiado. Varias parejas volvían a formar una rueda.

Edward no hizo ademán de buscarla.

Fiona comprendió por qué.

Y se irritó inmediatamente.

Cruzó el salón.

—¿No piensa bailar conmigo?

Edward la observó.

—Creo que he provocado suficiente patriotismo escocés por una noche.

—Cobarde.

—Prudente.

—Detesto esa palabra.

—Lo recuerdo.

Fiona extendió la mano. Edward miró alrededor antes de aceptarla.

Gillean hablaba con Alasdair, el viejo Donncha bebía junto a una de las mesas y Calum permanecía cerca de Niall.

Todos podían verlos. Cuando volvió los ojos hacia ella, Fiona no retiró la mano.

Edward terminó por tomarla y se dejó conducir hacia la danza.

No hubo nada impropio en la forma en que Edward la sostuvo. Su mano permaneció exactamente donde debía. La distancia entre ambos habría satisfecho a cualquier matrona inglesa.

Aun así, Fiona sintió las miradas.

—Todos están mirando —dijo Edward.

—Que miren.

—Pueden utilizarlo contra usted.

—También utilizan mi cabello, mis botas y el hecho de haber nacido mujer. Tendrán que ponerse a la cola.

La boca de Edward estuvo a punto de sonreír.

—Me tranquiliza comprobar que la modestia continúa intacta.

—Es una de mis virtudes más admiradas.

Por un momento solo existieron la música y el movimiento, hasta que Fiona reparó en Gillean al otro lado del salón. Los observaba sin sorpresa, con una atención fría que hizo que el resto de la danza perdiera parte de su ligereza.

Más tarde, Fiona encontró a Edward en el corredor exterior del salón.

—Está huyendo otra vez.

—Necesitaba silencio.

—En una boda MacKinnon eso cuenta como huida.

Edward se apoyó contra la pared.

—Gillean tiene razón en una cosa.

Fiona se detuvo.

—Elija con mucho cuidado lo siguiente.

—Mi presencia puede utilizarse contra usted.

Ella tardó un instante.

—Eso no significa que deba marcharse.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Fiona comprendió lo que había dicho.

Edward también.

—No pensaba permitir que Gillean decidiera por mí —respondió él.

—Bien.

—Tampoco permitiré que decida por usted.

Fiona lo miró. No era una promesa.

No decía que fuera a quedarse. Pero tampoco hablaba ya como un hombre que tenía decidido marcharse.

Una voz sonó detrás.

—Fiona.

Sir Alasdair esperaba al otro extremo del corredor.

Edward se apartó.

—Volveré dentro.

Fiona esperó hasta que desapareció.

Su tío avanzó con ayuda del bastón.

—Gillean ha encontrado una debilidad.

—La ha creado él.

—No —Alasdair se detuvo frente a ella—. La debilidad es real. Él solo ha decidido meter el cuchillo.

Fiona cruzó los brazos.

—¿También cree que Edward está arrebatándome autoridad?

—Creo que Edward ya ha cumplido lo que le pedí.

—¿Me está diciendo que aparte a Edward?

Alasdair la contempló durante unos segundos.

—Te estoy diciendo que decidas qué estás dispuesta a perder, Fiona. No voy a escoger esposo por ti, pero mi deber es avisarte... Edward Hamilton no será bien visto como tu esposo.

No añadió nada.

Regresó al salón.

Fiona permaneció en el pasillo. Las palabras de su tío le dolían más de lo que quería admitir.

Durante años había luchado para que nadie confundiera ser una mujer con necesitar que otro gobernara por ella, y ahora bastaba con que Edward permaneciera demasiado cerca para que algunos empezaran a preguntarse si todavía era ella quien tomaba las decisiones.

Lo injusto era que Edward nunca había intentado arrebatarle nada.

Había discutido, corregido, cuestionado y, cuando era necesario, cedido.

La había obligado a enfurecerse muchas veces, pero jamás a hacerse más pequeña.

Lo verdaderamente incómodo era comprender que Gillean podía servirse de algo que Fiona no estaba dispuesta a negar.

Confiaba en Edward. Mucho más de lo que habría imaginado semanas atrás.

Y si aquello terminaba convirtiéndose en una debilidad ante los ojos de su clan, tendría que decidir si gobernar Eilean Ròs significaba escuchar siempre lo que esperaban de ella o conservar también el derecho a elegir a quién quería a su lado

Cuando volvió a entrar, Edward estaba hablando con Tavish y Fergus. Los tres discutían sobre algo que Tavish había traído de Greenock. Edward escuchaba. Fergus protestaba. Tavish gesticulaba con una copa en la mano.

Durante un instante, Edward no parecía un extranjero.

Después el viejo Donncha pasó junto a él y dijo algo en gaélico que Edward no entendió.

La diferencia volvió a estar allí.

Hasta entonces Fiona había temido que, cuando todo terminara, Edward regresara a Inglaterra.

Aquella noche apareció un miedo distinto.

Durante semanas se había preguntado si Edward encontraría una razón para permanecer en Eilean Ròs.

Ahora comprendía que quizás la pregunta verdaderamente difícil no fuera si él quería quedarse.

Sino cuánto tendría que perder ella para permitirle hacerlo.