La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Niall del Puerto se casó con Màiri Boyd un sábado en que el viento decidió comportarse con suficiente decencia para que nadie pudiera atribuirle después ninguna desgracia matrimonial.

Llevaban prometidos casi un año. Primero habían esperado a que Niall terminara de pagar unas reparaciones de su antigua embarcación; después llegó el Ròs na Mara, luego los problemas del consejo y, finalmente, una sucesión de asuntos que habían convertido cualquier celebración en algo que siempre podía aplazarse una semana más.

Màiri, al parecer, había terminado por anunciar que podía casarse con Niall aquel otoño o buscar un hombre que tuviera menos asuntos pendientes con el mar.

Niall había elegido con rapidez.

La celebración ocupó el gran salón y buena parte de las habitaciones próximas.

Habían colocado mesas largas, bancos prestados de varias casas y más comida de la que Fiona consideraba posible consumir incluso para los MacKinnon.

Había carne, pescado ahumado, panes de avena, quesos, tartas y jarras que la abuela MacKinnon vigilaba con mayor atención que a los propios novios.

Los tartanes verdes y azules llenaban el salón. Se hablaba inglés, gaélico y, cuando el whisky llevaba suficiente tiempo circulando, una mezcla de ambos que Edward había dejado de intentar comprender.

Fiona lo encontró cerca de una de las ventanas ayudando a Ruairidh a recuperar una pequeña pieza de madera que el niño había conseguido encajar entre el marco y la pared.

—No sabía que Eton enseñaba esto.

Edward sacó la pieza utilizando la punta de una cucharilla.

—La educación inglesa es extraordinariamente completa.

Ruairidh recuperó su tesoro.

—Mi madre dice que los ingleses no saben arreglar nada sin escribir primero una carta.

—Su madre tiene opiniones muy desarrolladas sobre mi país.

—También sobre ti.

Fiona soltó una risa.

Edward miró al niño.

—Eso ya lo había supuesto.

Ruairidh salió corriendo antes de que Morag descubriera dónde había estado.

Fiona permaneció frente a Edward.

Él llevaba una levita oscura y una corbata sencilla.

Ya nadie lo habría confundido con el hombre impecable que había desembarcado semanas atrás.

Seguía siendo demasiado inglés en la postura, demasiado Hamilton en la forma de observar una habitación, pero había aprendido a apartarse cuando pasaban mujeres cargadas con bandejas y a aceptar un vaso sin preguntar qué contenía.

Fiona le quitó una pequeña hebra de lana del hombro.

—Las Fraser también han conseguido alcanzarlo.

Edward bajó los ojos hacia sus dedos.

—Empiezo a sospechar que todo Eilean Ròs conspira para estropear mi ropa.

—Eso significaría que ya lo consideran digno del esfuerzo.

La mirada de Edward encontró la suya.

Fiona retiró la mano un segundo demasiado tarde.

No pensó en ello.

Precisamente ese era el problema.

Habían dejado de pensar en muchos de aquellos gestos.

Sir Alasdair entró apoyándose en el bastón. Fergus apareció detrás con dos jarras y la expresión satisfecha de un hombre que consideraba que una boda era la única institución humana que justificaba beber antes de que oscureciera.

Tavish había sido atrapado por media docena de marineros que querían conocer hasta el último detalle de su viaje a Greenock.

Y Gillean MacKinnon se encontraba junto a los novios.

Fiona dejó de sonreír.

No había nada diferente en él.

Eso resultaba lo peor.

Gillean felicitó a Màiri, estrechó la mano de Niall y después recordó ante varios hombres que había conocido al padre del novio cuando todavía era capaz de caer de una barca tres veces en una sola mañana.

Niall protestó.

Gillean rio.

Después avanzó hacia Alasdair con aquel paso desigual que Fiona había oído desde niña.

Golpe de bastón.

Paso.

Otro golpe.

La pierna arrastrada apenas un instante.

Fiona sintió la cicatriz de su sien sin tocarla.

No sabía si aquel era el hombre que había huido de la antigua oficina del puerto tres años atrás.

No sabía si aquellas manos habían entregado un paquete a Thomas Bellingham.

No sabía siquiera si las cartas de Northcott y Vale contenían su nombre porque Gillean las había escrito o porque alguien deseaba que pareciera así.

Hasta que llegaran los originales, solo poseían sospechas.

Y las sospechas no daban derecho a condenar a un hombre.

Edward le había enseñado eso de la forma más dolorosa posible.

—Fiona.

Gillean estaba frente a ella.

Por un instante temió que hubiera visto algo en su expresión.

El anciano la contempló como siempre, con aquella mezcla de afecto, irritación y desaprobación que había acompañado buena parte de su infancia.

—Has dejado que se te suelte el tartán —Fiona bajó la vista.

Gillean tomó el extremo de la tela y volvió a colocárselo correctamente sobre el hombro.

Un gesto pequeño. Antiguo. Había hecho lo mismo cuando ella tenía doce años y corría por los establos sin preocuparse de alfileres ni dignidad—.

Tu padre decía que pasarías la vida perdiendo cosas —comentó.

—Mi padre perdió tres caballos en una misma feria.

—Los recuperó.

—Dos.

Gillean sonrió.

—El tercero nunca valió gran cosa.

Y se alejó.

Fiona permaneció inmóvil.

Edward estaba cerca de ella.

No dijo nada.

Solo la miró.

Ella agradeció que no lo hiciera.

La música comenzó poco después. Un violín primero, luego una gaita, y la conversación fue elevándose hasta llenar todos los rincones del salón. Niall besó a Màiri ante los aplausos de medio clan y recibió un golpe en la espalda de Fergus que casi lo lanzó contra su nueva esposa.

La primera hora transcurrió sin incidentes.

Quizá por eso el segundo vaso de whisky empezó a producir opiniones.

Fiona estaba hablando con Morag cuando escuchó el nombre de Edward.

—Hamilton evitó que cargáramos mal el Ròs na Mara —decía Tavish a uno de los pescadores—. Si hubiéramos puesto los barriles como quería Calum, habríamos pasado medio viaje corrigiendo la escora.

Edward, situado cerca de ellos, negó.

—Usted ya había calculado el peso.

—Después de que usted señalara el problema.

—Qué escena tan conmovedora —dijo Fergus—. Dentro de poco os abrazaréis.

—Antes me ahogo —contestó Tavish.

Algunos hombres rieron.

Gillean bebió tranquilamente de su vaso.

—También en Bannockburn llegaron ingleses convencidos de que sabían mejor que los escoceses cómo debían hacerse las cosas.

Algunos de los hombres sonrieron. No era una historia desconocida para ellos.

En 1314, cerca de Stirling, el ejército de Eduardo II de Inglaterra había avanzado hacia el norte para quebrar la resistencia de Robert Bruce.

Los ingleses eran más numerosos y confiaban en imponer su fuerza, pero Bruce aprovechó el terreno, reunió a sus hombres en compactas formaciones de lanceros y terminó obligando al ejército inglés a retirarse.

Bannockburn no había concedido de inmediato la independencia a Escocia, pero se había convertido en una de aquellas victorias que los escoceses continuaban contando más de cinco siglos después como prueba de que un ejército superior no siempre podía decidir el destino de su país.

Gillean levantó su vaso hacia Edward.

—Eduardo llevó hombres, caballos y la certeza de que Escocia terminaría obedeciendo. Robert Bruce tenía menos de casi todo, excepto razones para no hacerlo.

—Han pasado más de quinientos años —respondió Edward.

—Y seguimos teniendo que recordar la lección.

—No recuerdo haber desembarcado con un ejército.

—No —repuso Gillean—. Los ingleses se han vuelto más sutiles con los años.

Las risas cambiaron. No desaparecieron.

Pero adquirieron otra naturaleza.

Donncha soltó una breve carcajada.

Otro anciano levantó su vaso.

—Esa no se olvida.

Fiona sintió que Morag se quedaba quieta a su lado.

Gillean continuó hablando como si estuviera contando una historia junto a una mesa cualquiera.

—Eduardo I arrasó Berwick y después se llevó de Scone la piedra sobre la que habían sido proclamados nuestros reyes. La llevó a Westminster y la colocó bajo el trono inglés. No bastaba con conquistar tierras. También había que recordarles a los escoceses quién pretendía gobernarlos.

Edward sostuvo su mirada.

—Si pretende decir algo, Gillean, preferiría que lo dijera.

—Siempre he admirado esa costumbre inglesa de pedir franqueza cuando una conversación deja de resultar cómoda.

Fiona apretó los dedos alrededor de su copa.

Gillean dejó la suya sobre la mesa.

—Llegó aquí para ayudar a sir Alasdair. Después obtuvo acceso a nuestros archivos. Más tarde se le concedió firma sobre determinadas decisiones. Ahora opina sobre el puerto, las cuentas y los contratos. Se sienta en nuestras reuniones y duerme bajo techo MacKinnon.

Fergus dejó de sonreír.

Tavish tampoco parecía divertido ya.

—Todo eso lo decidió el consejo —respondió Edward.

—Sí.

—Entonces su disputa no es conmigo.

Gillean sonrió con dificultad.

—Los consejos también cometen errores.

El silencio llegó con mayor rapidez de lo que Fiona esperaba.

Edward sostuvo su mirada.

—No he venido a gobernar Eilean Ròs.

—No. Solo firma las decisiones de su heredera y al principio eso estaba bien, pero creo que ya resulta molesto.

Aquello sí encontró algo.

Fiona lo sintió en los rostros.

No todos estaban de acuerdo con Gillean.

Pero varios comprendían lo que quería decir. Hombres que habían obedecido a Fiona toda su vida y que, desde la llegada de Edward, habían tenido que aceptar que ciertas órdenes necesitaran otra firma.

Una firma inglesa.

—Porque ustedes lo exigieron —le recordó Edward.

—Y quizás algunos empezamos a preguntarnos si fue sensato.

Fiona quiso intervenir.

La frase estuvo a punto de salir.

Recordarle a Gillean que Edward jamás había intentado apropiarse de una sola decisión. Decir delante de todos que, en varias ocasiones, había sido precisamente él quien se había negado a utilizar la autoridad que el consejo le había otorgado.

Edward la miró.

Solo una vez.

Y Fiona calló.

No porque dudara de él. Porque defenderlo en aquel momento convertiría inmediatamente aquella discusión en algo más.

Edward comprendió.

Lo vio en la forma casi imperceptible en que inclinó la cabeza antes de volver a mirar a Gillean.