Capítulo 13 #4
Pero Fiona ya no veía solo a la inglesa impecable que había llegado convencida de poder observar un clan desde la distancia. Eleanor había escuchado, rectificado cuando se equivocaba y utilizado su mundo para ayudar a mujeres a las que antes habría ofrecido caridad.
—Espero que descubran la verdad —dijo Eleanor.
—La descubriremos.
—No lo dudo.
La seguridad de aquella respuesta sorprendió a Fiona.
Eleanor inclinó la cabeza y salió hacia el patio.
La embarcación que debía llevarla hasta Glasgow esperaba en el muelle. El equipaje había sido enviado por delante y lady Beatrice ya estaba instalada bajo una cubierta protegida del viento.
Fiona caminó detrás de la abuela y sir Alasdair. Edward iba a su lado.
Perfectamente vestido otra vez.
La pañoleta estaba recta.
El cabello volvía a obedecer.
Solo Fiona sabía lo poco que aquella corrección significaba cuando una puerta se cerraba.
La mirada de Edward encontró la suya.
No duró más que un instante.
Fue suficiente.
En el muelle, Eleanor se despidió de sir Alasdair y soportó con dignidad que la abuela le ordenara comer durante la travesía, no sentarse junto a una ventana mal cerrada y escribir cuando llegaran los documentos originales.
Después se quedó frente a Edward.
Fiona se apartó unos pasos.
No por desconfianza.
Por cortesía.
—Supongo que nos veremos en Londres —dijo Eleanor.
Edward tardó demasiado en responder.
—Supongo.
Eleanor lo observó.
—Eso no ha sonado convincente.
—Porque todavía no sé cuándo regresaré.
Los ojos de Eleanor se desviaron hacia Fiona.
No hubo celos en ellos.
Solo comprensión y una pequeña dosis de aquella superioridad inglesa que dos semanas entre los MacKinnon no habían conseguido eliminar por completo.
—Qué extraordinario.
—¿Qué?
—Otro Hamilton perdido en Escocia.
—Audrey diría que ninguno se ha perdido.
—Su abuela MacKinnon ya me ha explicado la diferencia.
Edward miró hacia el mar.
—Con bastante claridad, imagino.
—Creí que usted sería el diferente.
—Yo también.
Eleanor sonrió.
—No haga esperar demasiado a lady Fiona mientras decide dónde está su casa. Las mujeres orgullosas suelen cansarse antes que los hombres indecisos.
Edward volvió la mirada hacia ella.
—¿Es una advertencia?
—Una observación.
La joven le ofreció la mano.
Edward la tomó.
—Nos veremos, Edward.
No dijo dónde.
No hizo falta.
Una voz gritó desde el extremo del muelle.
—¡El Ròs na Mara!
Fiona se giró.
La embarcación aparecía entre las rocas de la entrada, con las velas tensas y la proa levantándose sobre el agua. El nombre blanco se distinguía sobre el casco oscuro y, junto al timón, una figura de cabello rojizo daba órdenes a los hombres.
Tavish.
Fiona olvidó por un instante el equipaje, Eleanor y cualquier dignidad que una heredera debía conservar delante del puerto.
Avanzó hasta el extremo del muelle.
No llegó a correr.
Por muy poco.
Edward la siguió con una calma menos convincente de lo habitual.
El Ròs na Mara entró en la bahía bajo los gritos de los hombres del puerto. Varias mujeres salieron de los almacenes. Niall apareció con una libreta en la mano y Morag con su hijo aferrado a la falda.
El barco había regresado.
Y Tavish lo había traído.
La maniobra fue limpia. Dio dos órdenes, esperó el momento exacto y condujo la embarcación junto al muelle sin golpear una sola tabla. Los cabos volaron hacia tierra. Los hombres los aseguraron.
Tavish descendió después de la carga principal.
Parecía mayor.
Solo habían pasado unas semanas, pero el mar le había oscurecido la piel y endurecido algo en su expresión.
Llevaba una barba corta, el cabello castaño rojizo desordenado por el viento y un abrigo pesado manchado de sal.
Las botas estaban gastadas y el tartán caía sobre su hombro con la naturalidad de un hombre que ya no necesitaba demostrar a nadie que pertenecía a un clan.
Fiona lo abrazó.
Tavish se quedó inmóvil un segundo.
Después le rodeó los hombros.
—Si empiezas a llorar otra vez, vuelvo a subir al barco.
Fiona le golpeó el brazo al apartarse.
—Puedo mandarte de vuelta.
—Eso suena más normal.
Lo examinó de arriba abajo.
—Estás más feo.
—El mar mejora a los hombres.
—En tu caso, ha renunciado pronto.
Tavish sonrió.
Edward se acercó.
Los dos hombres se miraron.
No eran amigos.
Todavía no.
Pero el respeto ya no necesitaba fingir que era otra cosa.
—Ha regresado con el barco entero —dijo Edward.
—Y beneficios.
—Eso está por demostrar.
—Sabía que había echado de menos su entusiasmo.
Se estrecharon la mano.
Tavish levantó entonces la vista por encima del hombro de Edward.
Vio a Eleanor.
Ella permanecía cerca de la pasarela, preparada para partir, con los guantes claros, el vestido azul y la doncella aguardando detrás. Tavish parecía recién arrancado del mar.
Se observaron.
No fue una mirada larga.
Sí lo bastante consciente para que Fiona la percibiera.
—¿Quién es la inglesa? —preguntó Tavish.
Eleanor lo oyó.
—La inglesa tiene oído.
Tavish volvió la cabeza hacia ella.
—Eso ya es una ventaja.
Eleanor alzó una ceja.
—¿Sobre qué?
—No lo entendería.
Fiona cerró los ojos.
Edward permaneció muy quieto.
Reconocía un desastre cuando lo veía comenzar.
Eleanor se acercó.
—¿También es MacKinnon?
—Por desgracia —respondió Fiona.
—Prima —protestó Tavish.
Eleanor se detuvo frente a él.
—Lady Eleanor Ashcombe.
Tavish hizo una reverencia técnicamente correcta, aunque contenía demasiada diversión para resultar del todo respetuosa.
—Tavish MacKinnon.
—¿Lord MacKinnon?
—Gracias a Dios, no.
Eleanor recorrió con los ojos la barba, el abrigo húmedo, las botas marcadas y la sal seca en su cabello.
—Eso explica ciertas cosas.
Tavish sonrió.
—Y usted explica otras.
—¿Qué cosas?
—Que las inglesas consiguen parecer aburridas incluso antes de hablar.
Por primera vez desde que había llegado a Eilean Ròs, Eleanor tardó en responder.
Solo un segundo.
Después sonrió con una dulzura que no prometía nada bueno.
—Qué alivio. Temía que Escocia hubiera agotado sus hombres desagradables.
—Nunca.
La doncella llamó a Eleanor desde la pasarela.
Lady Beatrice había empezado a preguntar por qué el barco continuaba amarrado cuando la marea no tenía intención de esperar a nadie.
Eleanor inclinó la cabeza hacia Tavish.
—Ha sido un placer conocerlo, señor MacKinnon.
—Eso ha sido demasiado rápido para resultar sincero.
—También para ser un placer.
Pasó junto a él.
Tavish la siguió con la mirada hasta que alcanzó la pasarela.
Eleanor subió con una elegancia demasiado fina, aceptando la mano de un marinero para hacerlo. Antes de desaparecer bajo la cubierta, volvió la cabeza.
Sus ojos encontraron los de Tavish.
Él seguía mirándola.
Ninguno sonrió.
La embarcación soltó amarras poco después.
Tavish permaneció junto al borde del muelle mientras las velas se abrían.
—¿Quién demonios era esa mujer?
Fiona se situó a su lado.
—Una inglesa. .
—Eso ya lo había notado.
Edward se acercó por el otro lado.
—Créame, también ella lo ha notado a usted.
Tavish observó el barco alejándose.
—Pobre mujer.
—Sí, da lástima —dijo con ironía Fiona.
Eleanor se llevó consigo sus baúles, su tía y una parte de Londres.
Edward permaneció junto a Fiona.
Tavish, en cambio, siguió mirando el barco hasta que la vela desapareció tras las rocas.