Capítulo 13 #3
Horas después, Fiona cruzó el pasillo hacia la habitación azul.
La casa se encontraba ocupada con los preparativos de la partida. La doncella de Eleanor bajaba cajas por la escalera, lady Beatrice discutía con una criada sobre el número de mantas necesarias para la travesía y la abuela MacKinnon daba instrucciones a tres personas a la vez sin repetir ninguna.
Fiona esperó hasta que el corredor quedó vacío.
Después llamó una sola vez y luego abrió.
Edward se había quitado la levita y estaba inclinado sobre la mesa, con las copias de las cartas extendidas frente a él. La camisa blanca permanecía remangada hasta los antebrazos y la pañoleta descansaba sobre el respaldo de una silla.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó.
Fiona entró.
Cerró la puerta.
Giró la llave.
Edward observó el movimiento.
—Eso parece bastante definitivo.
Fiona apoyó las manos en la mesa.
—¿Por qué tiene que ser tan insoportablemente sensato?
—Porque uno de los dos debe serlo.
Ella levantó la vista.
—Hoy no quiero ser yo.
Algo cambió en el rostro de Edward.
No fue sorpresa.
Fue atención.
—Fiona.
—Ha esperado durante días porque no quería equivocarse otra vez.
—Sí.
—Y ha permitido que continuara desconfiando de su silencio.
—No era lo importante.
—Para mí sí.
Edward se incorporó.
—No merezco gratitud por haber aprendido tarde una lección que debí comprender antes de hacerle daño.
—No he venido a darle las gracias.
—Entonces ¿por qué ha cerrado la puerta?
Fiona rodeó la mesa.
Se detuvo frente a él.
—Porque estoy cansada de que convierta todo cuanto siente en algo que debe soportar solo.
Edward la contempló.
—No sabe qué siento.
—Sé más de lo que cree.
—Eso resulta peligroso.
—También usted.
Fiona lo besó.
Edward respondió durante un instante. Después le sujetó los hombros y se apartó lo suficiente para mirarla.
—¿Ha venido a mí porque lo desea o porque cree que me debe algo?
La pregunta la irritó.
No por desconfianza.
Porque era exactamente la pregunta que él debía hacer.
—No le debo esto.
—Fiona.
—Lo deseo, ya lo sabe.
Edward no la soltó.
—Está alterada por las cartas.
—Llevo dos semanas alterada por otras razones.
La mirada de él descendió hacia su boca.
Fiona tomó una de sus manos y la apartó de su hombro.
Después abrió el primer botón de la camisa.
Edward dejó de respirar con normalidad.
—En Tùr na Faire se ocupó de mí —dijo ella.
—No esperaba nada a cambio.
—No se lo estoy pagando.
—Entonces ¿qué está haciendo?
Fiona abrió otro botón.
—Lo que me apetece.
Edward apoyó una mano en el borde de la mesa.
Ella le besó la garganta, el punto donde el pulso latía con más fuerza, y deslizó los dedos por el pecho descubierto. Fiona ya sabía que el cuerpo de Edward era firme, con un leve vello rubio que lo cubría. La piel estaba caliente. Más abajo, el abdomen se tensó cuando Fiona continuó descendiendo.
Edward la dejó hacer.
Aquello fue lo que más la excitó.
No su fuerza. No la altura ni la forma en que su cuerpo podía encerrarla contra una pared sin esfuerzo.
La confianza.
El permiso de un hombre que no entregaba el control ni siquiera cuando dormía.
Fiona alcanzó la cintura de sus pantalones.
La dureza bajo la tela era imposible de ignorar.
Pasó la palma por encima.
Edward cerró los ojos.
—Fiona.
—¿Sí?
—Si continúa...
—Ya he empezado.
Lo acarició de nuevo, con más firmeza.
Edward le sujetó la muñeca.
No apretó.
Sus dedos se cerraron sobre ella como si necesitara detener algo dentro de sí, no dentro de Fiona.
—No tiene que hacer esto.
—Lo sé.
—Podemos detenernos.
—También lo sé.
Ella liberó la muñeca y le clavó sus ojos grandes y verdes mientras abría los botones de la bragueta.
La respiración de Edward se volvió áspera.
Fiona no apartó los ojos.
Introdujo la mano bajo la ropa y lo encontró duro, caliente, mucho más vulnerable de lo que había imaginado. La primera caricia le arrancó un sonido bajo que Edward intentó contener apretando la mandíbula.
Fiona sintió una satisfacción intensa.
Aquel hombre podía hacer callar un consejo con una mirada, ordenar documentos hasta encontrar una mentira y mantenerse inmóvil mientras una isla entera discutía a su alrededor.
Bajo la mano de Fiona, apenas conseguía respirar.
—No guarde silencio —dijo ella.
Edward abrió los ojos.
—Hay veinte personas en esta casa.
—Entonces procure no escandalizarlas.
—Su compasión resulta admirable.
Fiona volvió a mover la mano.
La respuesta murió en su garganta.
Al principio no supo qué ritmo buscaba. Exploró despacio, atenta a cada cambio de su cuerpo: la tensión de los muslos, el modo en que el pecho se elevaba, la mano que se cerraba sobre la mesa cuando el pulgar de Fiona encontró un lugar especialmente sensible.
Edward cubrió su mano con la suya.
La guio una vez.
Solo una.
Después la soltó.
Fiona aprendió deprisa.
Lo acarició con mayor seguridad y vio cómo la corrección desaparecía de su rostro. El cabello seguía en su sitio, la camisa todavía conservaba cierta dignidad y, sin embargo, nada en Edward parecía ya impecable.
Tenía los labios entreabiertos.
Los ojos oscuros de deseo.
La voz deshecha cada vez que pronunciaba su nombre.
Fiona se inclinó para besarlo sin dejar de mover la mano. Edward le rodeó la cintura y la atrajo contra su cuerpo, pero no intentó cambiar sus posiciones ni hacerse con el control. La dejó marcar el ritmo, decidir la presión, observarlo perder poco a poco aquella disciplina que tanto lo definía.
—Míreme —pidió ella.
Edward abrió los ojos.
—Eso debería decirlo yo.
—Esta vez no.
Él sostuvo su mirada.
Fiona aumentó el movimiento.
Edward apoyó la frente contra la suya. El cuerpo entero se le endureció bajo las manos y la respiración se quebró en un sonido que ya no pudo esconder.
Buscó a tientas el pañuelo que había dejado sobre la mesa.
Fiona comprendió.
Tomó el lino con la otra mano, pero no dejó de acariciarlo.
Edward alcanzó el éxtasis con el rostro enterrado junto a su cuello y una mano aferrada a su cintura. Fiona sintió cada estremecimiento, la pérdida completa de control y el modo en que él permaneció inclinado sobre ella durante varios segundos, respirando contra su piel.
No experimentó vergüenza.
Solo una ternura extraña, mezclada con el orgullo poco razonable de haber conseguido desarmarlo.
Edward levantó el rostro.
Parecía aturdido.
Fiona sonrió.
—No diga nada.
—No estoy seguro de poder hacerlo.
—Eso sí es una novedad.
Él le sostuvo la nuca y la besó.
El beso fue lento, profundo y distinto a los anteriores. No nació únicamente del deseo. Había algo vulnerable en la forma en que Edward la acercó.
Después su mano descendió hacia las faldas.
Fiona la detuvo.
—Esta vez no.
Edward la miró.
—Fiona...
—No convierta todo en una deuda que deba saldarse.
—No le debo nada.
—Entonces no me pague.
La mano de Edward permaneció sobre su cadera.
—No pensaba pagarle.
—Bien.
—Pensaba hacerla olvidar su propio nombre.
El calor atravesó a Fiona con una violencia inesperada.
—Eso ha sonado arrogante.
—Me encuentro en una posición poco digna para fingir humildad.
Ella rio por lo bajo.
Edward observó la mano con la que Fiona todavía sujetaba el pañuelo. La tomó con cuidado y besó el interior de su muñeca.
La caricia resultó más íntima que todo cuanto acababa de ocurrir.
—No suelo permitir que nadie me quite el control —admitió él.
—Lo había notado.
—Con usted empieza a convertirse en una costumbre.
Fiona le arregló la ropa. Cerró los botones, alisó la camisa sobre su pecho y recuperó la pañoleta del respaldo de la silla.
Edward la observó anudarla.
—Está torcida.
—No lo está.
—Entonces he perdido también la capacidad de juzgar nudos.
—Sería una tragedia.
Cuando terminó, ella dejó la mano sobre su pecho.
—No sé dónde terminará esto —dijo Edward.
Fiona levantó los ojos.
—Yo tampoco.
—Pero ya no puedo marcharme como si nada hubiera empezado.
Aquella era la primera respuesta real que le daba desde la noche en que ella le preguntó cuánto tiempo permanecería en Eilean Ròs.
No era una promesa.
Tampoco una declaración.
Pero no era poco.
—Ha tardado bastante en comprenderlo —dijo.
—He estado ocupado intentando sobrevivir a los MacKinnon —Fiona lo besó una última vez. Después recogió el pañuelo, lo dobló y se lo dejó sobre la mesa—. Fiona.
—¿Sí?
Él pareció buscar algo que decir y finalmente negó con la cabeza.
—Nada.
Fiona sonrió.
—Está aprendiendo.
Abrió la puerta y salió al pasillo.
Esta vez sí miró atrás.
Edward seguía donde lo había dejado.
Esta vez sí miró atrás. Edward seguía donde lo había dejado, con los ojos puestos en ella. Fiona sonrió. Por primera vez, no necesitó preguntarse si aquel hombre deseaba verla volver.
La partida de lady Eleanor se organizó para la mañana siguiente.
Sus tres baúles parecían haber aumentado de tamaño durante la estancia. A ellos se añadían dos paquetes de lana, una caja con muestras de las Fraser y varias cartas que su doncella protegía bajo el brazo como si contuvieran secretos de Estado.
Lady Beatrice esperaba junto al carruaje con una manta sobre las rodillas y la satisfacción de una mujer que había sobrevivido a Escocia sin morir de humedad.
Eleanor encontró a Fiona en el vestíbulo.
Llevaba un vestido de viaje azul oscuro, guantes claros y un sombrero pequeño que no parecía destinado a combatir el viento de Eilean Ròs, sino a demostrar que una dama podía mantener la elegancia incluso mientras era azotada por él.
Le entregó una tarjeta.
—La dirección de mi modista. Ya le he escrito sobre las telas de las Fraser.
Fiona la tomó.
—No esperaba que lo hiciera tan pronto.
—Temía que su abuela enviara a alguien a Londres para comprobarlo.
—Habría enviado a Fergus.
Eleanor miró hacia la puerta, donde el herrero discutía con un criado sobre la colocación de una caja.
—Entonces he actuado con prudencia.
Fiona guardó la tarjeta.
—Gracias.
Eleanor sonrió.
—Me alegra haber conocido Eilean Ròs.
—Eso resulta casi alarmante.
—No se preocupe. Continúo prefiriendo las casas donde las ventanas cierran correctamente.
—Entonces todavía tiene salvación.
Permanecieron frente a frente unos segundos.
No eran amigas íntimas.
Nunca lo serían.