Capítulo 13 #2
—Semanas después supe que información que solo podía proceder de los archivos de Eilean Ròs había llegado a manos del Ministerio. Recordé aquel paquete. Intenté averiguar quién era el hombre.
—¿Y?
—Thomas Bellingham. No era funcionario, al menos no oficialmente. Trabajaba para varios hombres que hacían negocios con departamentos del Gobierno y con compañías privadas de Glasgow. Conseguía información, negociaba contratos, hacía llegar documentos a las personas adecuadas.
Fergus soltó una maldición.
Fiona no apartó los ojos de Edward.
Él no intentó excusarse.
—Y cuando usted me acusó, yo estaba demasiado orgulloso y demasiado furioso para pensar con claridad. Después, cuando comprendí que Gillean podía estar implicado, decirlo habría parecido exactamente lo que era: un hombre señalado buscando otro nombre sobre el que colocar la culpa.
Fiona tragó saliva.
—Así que lo investigó.
—Intenté hacerlo. Bellingham desapareció de Londres pocos meses después. Gillean negó haber tratado jamás con él. No encontré una carta, un pago ni un testigo que pudiera unirlos —Edward bajó la vista hacia las copias enviadas por el padre de Eleanor—. Hasta hoy.
Edward no estaba protegiendo su orgullo.
Fiona lo comprendió de golpe.
Durante tres años había sostenido una certeza con ambas manos: Edward Hamilton había entrado en sus archivos, había escrito sobre lo que encontró y, poco después, secretos que pertenecían a los MacKinnon habían terminado en manos inglesas.
Había construido su odio sobre aquello.
Lo había acusado de traicionarla.
Lo había recibido en Eilean Ròs decidida a obligarlo a reconocerlo.
Y Edward había regresado para demostrarle que estaba equivocada.
Ahora, por primera vez, Fiona veía la posibilidad completa ante ella.
Él nunca había entregado nada.
Quizás había dicho la verdad desde el principio.
La idea le produjo un vértigo mucho más violento que la rabia.
Porque Edward había llevado consigo durante todo aquel tiempo una sospecha capaz de apartar parte de la culpa de sus propios hombros.
Había visto a Gillean entregar documentos a un hombre relacionado con quienes después recibieron información de Eilean Ròs.
Podría habérselo contado desde el primer día.
Podría haber pronunciado aquel nombre cada vez que Fiona lo llamó traidor.
No lo había hecho.
Porque no podía demostrarlo.
Porque después de equivocarse una vez, había preferido soportar que Fiona continuara creyendo lo peor de él antes que acusar a otro hombre sin pruebas.
Tres años atrás Edward había confiado demasiado en sus propias conclusiones.
Esta vez había esperado.
Fiona retrocedió un paso.
De pronto le costaba mirarlo.
No porque siguiera viendo al hombre que la había traicionado.
Sino porque empezaba a comprender que tal vez aquel hombre nunca había existido.
Y si Edward Hamilton no era el traidor que ella había necesitado odiar durante tres años, Fiona tendría que enfrentarse a una pregunta mucho más incómoda.
¿Qué haría ahora que no podía odiarlo?
—Que traigan a Gillean —ordenó sir Alasdair—. Ahora.
—No —dijo Edward.
Fiona habló al mismo tiempo.
—Todavía no.
Su tío volvió el rostro hacia ella.
—¿También vas a defenderlo?
—No lo defiendo. Quiero saber hasta dónde ha llegado.
—Tenemos cartas.
—Tenemos copias de cartas donde aparece su nombre. Si lo enfrentamos y es culpable, quemará cuanto conserve, avisará a sus aliados o desaparecerá antes de que llegue la siguiente marea.
—Gillean no huiría —dijo Alasdair.
Pero la seguridad con que pronunció la frase no llegó a sus ojos.
Había compartido mesa de consejo con aquel hombre durante más años de los que Fiona llevaba viva.
Gillean había conocido a su padre, había discutido junto a él sobre cosechas, barcos y hombres, y había permanecido en Eilean Ròs durante entierros, bodas, temporales y malas cosechas.
Alasdair podía recordar épocas en las que ambos tenían el cabello rojo y todavía creían que envejecer significaba adquirir sabiduría.
Descubrir que podía haber estado negociando a sus espaldas no parecía enfurecerlo todavía.
Parecía dolerle.
—Ese viejo ha pasado media vida sentado a mi derecha —añadió, más bajo—. Si ha hecho esto, no empezó ayer.
La abuela MacKinnon levantó la vista de su labor.
—Los hombres huyen de formas distintas, Alasdair. Algunos toman un barco. Otros se esconden detrás de una vida entera de respetabilidad.
Sir Alasdair apretó la mandíbula.
Su madre continuó:
—¿Qué piensas preguntarle? ¿Si considera incapaz a Fiona? Lleva años diciéndolo delante de todos. ¿Si escribió a comerciantes? Afirmará que buscaba inversiones para la isla. ¿Si cojea? Lleva media vida haciéndolo.
Fergus apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces ¿no hacemos nada?
—Hacemos lo que no espera —respondió Fiona—. Continuamos tratándolo como siempre.
La idea le revolvía el estómago.
Sentarse frente a Gillean. Escucharlo hablar de honor. Permitir que mirara las llaves en su cintura mientras ella se preguntaba si aquellas manos habían robado su libreta y la habían dejado sangrando sobre el suelo.
Aun así, podía hacerlo.
Había pasado toda su vida entrando en salas donde algunos hombres deseaban verla fracasar.
Uno más no cambiaría su forma de caminar.
—Revisaremos las cuentas antiguas —dijo Edward—. Pagos procedentes de Glasgow, depósitos hechos a nombres de terceros, empresas relacionadas con Northcott y Vale.
—También los registros del puerto —añadió Fiona—. Qué barcos llegaron en aquellas fechas y quién autorizó la descarga.
—Las entradas a las habitaciones de sir Alasdair —dijo Iseabail desde el aparador—. Las criadas más antiguas recordarán quién podía subir sin ser anunciado.
Todos la miraron.
Iseabail sostuvo las miradas.
—Llevo años escuchando a los criados. Ustedes deberían intentarlo alguna vez.
La abuela MacKinnon asintió, aprobándola.
Fergus señaló las copias.
—¿Y Duncan Campbell?
—Gillean defendía su matrimonio con Fiona —recordó Edward—. Averiguaremos si Campbell conocía a Northcott y Vale o si solo resultaba útil para colocar a otro hombre al frente de la isla.
—Campbell no necesita que nadie lo convenza de desear tierras ajenas —dijo Fiona.
—Pero puede no saber quién ha alimentado ese deseo.
Sir Alasdair miró a Edward.
—Quiero hombres vigilando a Gillean.
—Uno —corrigió Fiona—. Dos llamarán la atención.
Edward la miró.
—Fergus escogerá a alguien que no le deba lealtad personal.
—Lo haré —dijo el herrero.
Sir Alasdair seguía sin parecer satisfecho.
Fiona tampoco lo estaba.
La furia había llegado al fin, lenta y pesada, después de la incredulidad.
—Quiero preguntárselo a la cara.
Edward apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Quiere una confesión o quiere la verdad?
Fiona lo miró con irritación.
—Detesto cuando tiene razón.
—Lo soportaré.
Eleanor recogió una de las hojas que el viento de la ventana había desplazado.
—Mi padre enviará los originales. Hasta entonces, esto es cuanto tenemos.
—No es poco —dijo Fiona.
—Tampoco es suficiente.
Edward asintió.
Fiona observó el entendimiento entre ambos sin experimentar el mismo rechazo de días atrás. Eleanor conocía el mundo de Edward, utilizaba sus contactos y pensaba con una inteligencia parecida a la suya.
Eso no la convertía en la mujer que él deseaba.
Fiona ya no necesitaba repetirlo para creerlo.
La reunión terminó con órdenes discretas y demasiadas preguntas.
Fergus salió hacia la herrería. Iseabail acompañó a la abuela para hablar con las criadas antiguas. Sir Alasdair permaneció en el despacho, revisando las copias como si pudiera obligar a la tinta a cambiar de nombre mediante la fuerza de su mirada.
Eleanor esperó junto a la puerta.
—Nosotros partiremos mañana con la primera marea —anunció.
Fiona levantó la cabeza.
—Pensaba quedarse unos días más.
—Mi tía ha empezado a referirse a la humedad como «la aflicción escocesa». Si no la llevo al sur, es posible que redacte testamento antes de la cena.
Sir Alasdair dejó las cartas.
—Puede permanecer hasta que lleguen los originales.
—Mi padre los enviará directamente a lord Edward. Ya he hecho lo que podía aquí y creo que ya he conocido suficiente sobre los MacKinnon. Gracias por recibirme y por darme hospedaje.
Aquella era la verdad.
Eleanor era una mujer de mundo, sí, pero no una dama vacía acostumbrada únicamente a salones y visitas. Le gustaba estudiar, seguir una pista hasta comprenderla y hacer preguntas que otras mujeres de su posición quizás habrían considerado poco elegantes.
Fiona empezaba a respetarla por ello.
No eran tan distintas como había supuesto al verla bajar del barco con sus guantes impecables y tres baúles.
Eleanor también parecía necesitar demostrar que era algo más de lo que el mundo esperaba de ella.
Solo que, en lugar de hacerlo entre redes, cuentas y hombres del clan, lo hacía entre libros, cartas y archivos.
Aquello no conseguía que Fiona la encontrara menos inglesa.
Pero sí bastante más interesante.
—Somos nosotros quienes debemos agradecerle su ayuda —dijo Fiona.
Su voz no tuvo ironía esta vez. Tampoco desafío. Solo una seguridad tranquila que hizo que Alasdair levantara la mirada hacia ella.
Fiona lo vio.
Su tío no sonrió, pero algo en su expresión cambió. Había orgullo allí. Discreto, casi severo, como todo lo que procedía de él.
—La ayudaremos a preparar su partida —continuó Fiona—. Y siempre será bienvenida en Eilean Ròs.
Eleanor la observó durante un instante, claramente sorprendida.
Después inclinó la cabeza.
—Gracias, lady Fiona.
—Fiona —corrigió ella.
La sorpresa de Eleanor fue todavía mayor.
—Entonces gracias, Fiona.
Edward también la miraba.
No porque hubiera dudado nunca de que Fiona fuera una gran líder, sino porque la había visto utilizar durante años la ironía como primera defensa. Aquello era distinto.
Había reconocido sin reservas a una mujer que, apenas dos semanas atrás, había recibido como una intrusa.
Fiona interceptó su mirada.
—No diga nada.
—No pensaba hacerlo.
—Miente fatal.
—Solo cuando usted me mira así.
Fiona estuvo a punto de sonreír.
Alasdair sí lo hizo.
Muy poco.
Pero Fiona lo vio.