La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Durante las dos semanas siguientes, la pregunta de Fiona permaneció entre ella y Edward con una persistencia difícil de ignorar.

Él no la evitó.

Continuaron trabajando juntos, recorriendo el puerto y cerrando puertas cuando la casualidad les ofrecía unos minutos de intimidad.

Edward seguía apareciendo en el establo occidental a la hora en que Fiona revisaba a Lasair, y ella continuaba tardando demasiado en devolver ciertos libros al despacho.

Se besaban con la familiaridad creciente de quienes ya sabían cómo encontrar la boca del otro en la oscuridad, pero ninguno volvió a mencionar cuánto tiempo permanecería Edward en Eilean Ròs.

Fiona tampoco repitió la pregunta.

No quería arrancarle una respuesta para la que él aún no estaba preparado. Mucho menos una pronunciada por miedo a perderla.

Edward había llegado a la isla convencido de que regresaría a Inglaterra cuando terminara el trabajo. Fiona lo sabía. Él no había ocultado nunca que su vida se encontraba en otro lugar, aunque durante aquellos días ese otro lugar pareciera cada vez menos definido.

Marcharse ya no sería limitarse a volver a casa.

Sería dejarla.

Y Edward todavía no sabía qué hacer con aquella diferencia.

Lady Eleanor, mientras tanto, había dejado de observar Eilean Ròs como una curiosidad recogida en un libro de viajes.

Conocía ya los nombres de las hermanas Fraser, había encargado varias muestras de lana para su modista y podía atravesar el corredor oriental sin preguntar por qué un perro dormía siempre debajo de la mesa más estrecha.

La abuela MacKinnon continuaba llamándola «la inglesa» cuando no estaba presente, pero el tono había perdido parte de su condena.

Lady Beatrice seguía considerando la humedad una conspiración contra su salud.

Nadie esperaba de ella un progreso semejante.

La respuesta de Londres llegó una mañana gris, mientras Fiona y Edward revisaban las cuentas de los almacenes en el despacho de administración.

Sir Alasdair ocupaba una silla junto a la ventana, con el bastón apoyado entre las rodillas y la pierna todavía demasiado rígida para caminar sin ayuda.

La abuela MacKinnon se había instalado cerca de la chimenea con una labor que no había avanzado una sola puntada porque prefería vigilar lo que hacían los demás.

Fergus permanecía de pie al otro lado de la mesa, examinando el diseño de una nueva caja para guardar los sellos.

Iseabail entró con una bandeja de té.

Eleanor llegó detrás.

Llevaba dos hojas dobladas entre los dedos y una expresión que hizo que Edward dejara la pluma antes de que ella hablara.

—Creo que ya sé por qué reconocí Northcott y Vale.

La conversación se detuvo.

Iseabail depositó la bandeja. Fiona le indicó con una mirada que podía quedarse. Su amiga cerró la puerta y se situó cerca del aparador.

Eleanor extendió las hojas sobre la mesa.

—Mi padre conservaba varias cartas relacionadas con una propiedad costera en Cumberland. Northcott y Vale intentaron comprar los derechos de almacenaje y atraque utilizando una compañía distinta a la suya. Mi padre rechazó la oferta, pero guardó la correspondencia porque desconfiaba de ellos.

—Con razón —dijo Edward.

—Esta mañana he recibido una copia de dos cartas y una nota de su secretario. Los originales permanecen en Londres.

Fiona se acercó a la mesa.

—¿Qué tienen que ver con Eilean Ròs?

Eleanor no respondió inmediatamente.

Aquella vacilación le produjo a Fiona una inquietud mucho mayor que cualquier dramatismo.

—Northcott y Vale mantenían un corresponsal en la isla —dijo al fin—. Al principio utilizaron únicamente iniciales. Después aparece un nombre completo.

Edward tomó una de las hojas.

Leyó la primera línea.

Su rostro no cambió.

Fiona conocía ya demasiado bien aquella quietud.

—¿Quién? —preguntó.

Edward levantó los ojos hacia ella.

Eleanor respondió:

—Gillean MacKinnon.

El nombre quedó sobre la mesa como un objeto que ninguno deseaba tocar.

Fiona pensó que había oído mal.

Gillean formaba parte del consejo desde antes de que ella naciera.

Había conocido a sus padres, servido junto a sir Alasdair y pronunciado discursos sobre la sangre MacKinnon con la gravedad de un sacerdote.

Era el hombre que discutía cada decisión de Fiona, que convertía sus errores en demostraciones de incapacidad y que había llevado las propuestas matrimoniales ante el consejo.

Pero también era uno de los hombres que habían permanecido detrás de ella durante el entierro de su padre.

Uno de los que la habían visto crecer.

Una presencia tan antigua en Eilean Ròs que imaginar la isla sin su bastón rematado por un lobo resultaba casi tan extraño como imaginarla sin mar.

—No —dijo sir Alasdair.

Eleanor volvió el rostro hacia él.

—Las cartas contienen su nombre.

—Gillean no trataría a escondidas con una compañía de Glasgow.

—Quizás no lo hizo —intervino Edward—. Un nombre escrito en una carta no demuestra quién la envió.

Fergus tomó la segunda hoja.

—¿Qué dicen?

—No son confesiones —aclaró Eleanor—. Hablan del puerto, de la madera de Cnoc Dubh, de almacenes que podrían ampliarse y de tierras que producirían más bajo un arrendamiento distinto.

—Información que posee medio consejo —dijo sir Alasdair.

—Sí.

Eleanor señaló un párrafo marcado por su padre.

Edward lo leyó en voz alta:

—«Las cifras del puerto no resistirán otra mala estación.

Mientras la actual heredera continúe confundiendo costumbre con gobierno, ninguna negociación seria podrá avanzar.

Cuando la administración pase a manos más firmes, los derechos de atraque y los bosques del norte podrán tratarse sin sentimentalismos».

Fiona no sintió furia al principio.

Sintió reconocimiento.

Había escuchado aquella misma idea durante años, vestida con otras palabras. En la sala del consejo. En el muelle. En cada reunión donde Gillean utilizaba prudencia cuando quería decir obediencia y continuidad cuando quería decir esposo.

—Eso suena a él —convino ella, convencida.

Sir Alasdair apretó ambas manos alrededor del bastón.

—Suena a muchos hombres de esta isla.

—Pero solo uno de ellos aparece nombrado en las cartas —respondió Fergus.

El pelirrojo no alzó la voz. No lo necesitó. Para un MacKinnon, la posibilidad de que un anciano del consejo hubiera negociado a espaldas del clan no era solo una traición política.

Era una impureza en la sangre.

Edward examinó la copia.

—Necesito ver los originales.

—Mi padre enviará a un hombre de confianza con ellos —dijo Eleanor—. Ha utilizado su sello en las copias y su secretario ha certificado que no encontró alteraciones en la correspondencia.

—Aun así, pueden haber utilizado el nombre de Gillean sin su consentimiento.

Fiona lo miró.

Edward no estaba defendiendo al anciano.

Estaba resistiéndose a condenarlo.

La diferencia importaba.

—¿Cuándo se escribieron? —preguntó.

Eleanor tomó la primera hoja.

—La más antigua es de hace tres años. La segunda, de varios meses después.

El despacho pareció estrecharse.

Fiona bajó los ojos hacia la fecha.

Era anterior a la desaparición de la libreta. No por mucho. Apenas unas semanas antes de que alguien entrara en la antigua oficina del puerto, registrara el escritorio y la empujara contra una pieza de hierro.

La mano de Fiona subió hacia la cicatriz de su sien.

Edward vio el gesto.

—Fiona.

Ella apenas lo oyó.

Recordó la oscuridad. La puerta abierta. La respiración de un hombre al otro lado del escritorio. El sonido desigual de sus pasos cuando intentó escapar.

Un paso firme.

Otro arrastrado.

Fiona levantó la cabeza.

—Gillean cojea.

Sir Alasdair frunció el ceño.

—Tiene una vieja lesión en la rodilla. La humedad se la endurece.

—El hombre de la oficina arrastraba una pierna.

El silencio se volvió más insoportable.

Fergus dejó las hojas sobre la mesa.

—Muchos hombres mayores cojean —dijo Fergus.

Fiona asintió.

—Lo sé.

Fergus volvió a mirar las cartas. Su mandíbula se endureció poco a poco.

—Pero si ese viejo desgraciado ha pasado tres años intentando hundir a Fiona y, de paso, decidió dejar pruebas de mi fragua para que todos miraran hacia mí, voy a olvidarme de que es un anciano.

Edward alzó la vista.

—Fergus.

—¿Qué?

—Todavía no sabemos que haya sido él.

Fergus señaló las hojas con un dedo enorme.

—Magnífico. Entonces esperaré a saberlo antes de partirle el pescuezo.

—Eso demuestra una contención admirable —murmuró Edward.

—Soy un hombre paciente.

La abuela MacKinnon soltó un bufido desde la chimenea.

—Tú no has sido paciente desde que naciste. Pesaste casi cinco kilos y saliste con tanta prisa que tu madre estuvo un mes maldiciendo a todos los varones de la familia.

Fergus la miró.

—Gracias, abuela.

—De nada.

Fiona miró a Edward.

Él no parecía sorprendido.

Aquello fue lo que terminó de ordenarlo todo.

—Usted ya lo había pensado.

Edward no respondió de inmediato.

—Sí.

Sir Alasdair se incorporó en la silla.

—¿Desde cuándo?

Edward permaneció unos segundos en silencio.

—Desde hace tres años.

Fiona se quedó inmóvil.

—¿Era él de quién sospechabas?

Edward dejó las copias sobre la mesa.

—La mañana anterior a que abandonara Eilean Ròs vi a Gillean en el puerto. Estaba hablando con un hombre que había llegado desde Glasgow.

—Eso no tiene nada de extraordinario —dijo sir Alasdair.

—No. Por eso entonces no le di importancia —Edward miró a Fiona—. El hombre trabajaba como intermediario para una oficina vinculada al Ministerio. Lo había visto antes en Londres.

Fiona sintió que se le helaban los dedos.

—Continúe.

—Gillean le entregó un paquete.

Nadie habló.

—¿Qué clase de paquete? —preguntó Fergus.

—Documentos. Atados con cinta y envueltos en papel encerado. No vi su contenido.

Fiona apenas respiraba.

—¿Y no dijo nada?

—En aquel momento no había nada que decir. Gillean pertenecía al consejo. Podía estar enviando contratos, informes del puerto, correspondencia de su tío. No tenía ningún motivo para pensar otra cosa.

—Hasta que mis documentos llegaron a Inglaterra.

—Sí.

La palabra cayó sin defensa.

Edward continuó: