Capítulo 12 #4
Fiona apenas tuvo tiempo de comprender la respuesta.
Edward se apartó de ella solo para alcanzar la puerta. La cerró despacio, giró la llave y permaneció un instante con la mano sobre el metal.
El pequeño sonido del pestillo pareció cambiar la habitación.
Fiona lo observó regresar.
—Eso ha sido bastante decidido.
—Llevo varios minutos intentando ser razonable.
—¿Y ha desistido?
—Por completo.
La alcanzó en dos pasos.
Esta vez no la besó con paciencia. Una mano se cerró alrededor de su cintura y la otra descendió hasta sus muslos antes de que Fiona pudiera provocarlo con otra frase. Edward la levantó del suelo con una facilidad que le arrancó una exclamación ahogada.
—Edward.
—Demasiado tarde.
La dejó sentada sobre el borde de la mesa.
Un libro cayó al suelo.
Ninguno miró.
Edward se colocó entre sus rodillas y Fiona lo recibió sujetándolo por los hombros.
El beso fue profundo, hambriento, mucho menos educado que cualquiera de las conversaciones que habían mantenido aquella tarde.
Las manos de él recorrieron su espalda, su cintura, la curva de sus caderas, como si llevara toda la jornada conteniéndose y acabara de perder cualquier interés por continuar haciéndolo.
Fiona tampoco estaba particularmente interesada en la prudencia.
Le abrió la levita.
Después el chaleco.
Edward dejó escapar un sonido contra su boca cuando sus dedos se deslizaron por su torso y descendieron más de lo que ella se había atrevido hasta entonces.
Fiona se detuvo.
No por miedo.
Por la súbita conciencia de lo que estaba haciendo.
Edward también se quedó inmóvil.
Sus frentes permanecieron juntas.
—Fiona —gruñó él.
Aquella vez su nombre no fue una advertencia.
Fue una pregunta.
Ella sostuvo su mirada y, deliberadamente, dejó la mano donde estaba, separada de él apenas por la ropa.
Los ojos celestes de Edward se oscurecieron.
—No ponga esa expresión —susurró ella.
—¿Qué expresión?
Fiona movió apenas los dedos.
Edward cerró los ojos.
Aquello le produjo una satisfacción escandalosa.
—Esa.
Cuando volvió a mirarla, ya no quedaba demasiado del caballero impecable que lady Eleanor conocía de Londres.
—Está jugando con algo peligroso.
Fiona acercó la boca a la suya.
—Empiezo a sospechar que me gusta demasiado.
Edward la besó antes de que pudiera decir nada peor.
A media tarde, Eleanor apareció en el despacho de administración con una hoja doblada en la mano y una expresión de triunfo moderado.
Fiona y Edward revisaban las copias de las autorizaciones de Cnoc Dubh. Habían regresado al trabajo sin hablar de lo ocurrido en el archivo, aunque el cabello de Edward todavía mostraba una incorrección cerca de la sien que Fiona se negó a arreglar.
—He recordado el nombre —anunció Eleanor.
Edward dejó la pluma.
—Northcott y Vale.
—Mi padre recibió correspondencia suya hace dos años. Intentaban adquirir derechos de atraque y almacenaje en varios puertos pequeños de la costa occidental. No aparecían directamente como compradores. Utilizaban agentes locales y sociedades diferentes para cada adquisición.
Fiona señaló el documento falso.
—Aquí figuran como comerciantes de madera.
—También comerciaban con madera, carbón y seguros marítimos. Al menos sobre el papel. Mi padre no se fiaba de ellos.
—¿Por qué? —preguntó Edward.
—Porque buscaban propiedades con deudas, consejos divididos o herederos cuya autoridad pudiera discutirse. Lugares donde resultara más sencillo comprar influencia que tierra.
Fiona se quedó inmóvil.
Aquello describía Eilean Ròs con demasiada precisión.
—¿Conserva su padre las cartas?
—Seguramente. Puedo escribirle esta noche y pedirle que envíe copias, nombres de agentes y cualquier referencia a Escocia.
Edward asintió.
—Hágalo.
La facilidad de la respuesta molestó a Fiona durante un instante.
Después reconoció la mezquindad del sentimiento. Eleanor acababa de ofrecer una vía útil para proteger la isla. Rechazarla por el lugar que ocupaba en el mundo de Edward sería comportarse como los hombres del consejo que despreciaban una respuesta por venir de una mujer.
—Gracias —dijo Fiona.
Eleanor la miró.
—No las he conseguido todavía.
—Aun así.
La inglesa sonrió.
—De nada.
Se sentó y empezó a redactar la carta. Edward le indicó qué nombres y fechas debían solicitarse. Fiona observó cómo trabajaban juntos, utilizando una red de relaciones inglesas a la que ella jamás habría podido acceder con la misma rapidez.
No le gustó depender de ella.
Pero empezaba a comprender que una alianza no tenía por qué ser una rendición.
Al anochecer, Eleanor envió la carta en la embarcación que saldría hacia Glasgow con la primera marea. Cenó temprano con su tía y se retiró poco después, cansada por la jornada.
Fiona permaneció en su habitación hasta que Iseabail terminó de recoger la ropa del día.
—Lady Eleanor no parece tan insoportable como esperabas —comentó su amiga.
Fiona se quitó un pendiente.
—Eso forma parte del problema.
Iseabail sonrió.
—Lo sospechaba.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Lo estabas preparando.
Iseabail tomó la vela.
—Descansa. Mañana podrás encontrarle nuevos defectos.
Fiona abrió la puerta para acompañarla al pasillo.
Edward estaba al otro lado.
Iseabail miró primero a él y después a Fiona.
—Qué casualidad.
—Buenas noches, Iseabail —dijo Fiona.
Su amiga se alejó sin ocultar la sonrisa.
Edward permaneció frente a ella, vestido todavía para la cena. Tenía una mano apoyada junto a la puerta azul, al lado de la suya, y el aspecto de un hombre que llevaba varios minutos decidiendo si debía llamar.
—¿No debería estar entreteniendo a su invitada? —preguntó Fiona.
—No es a ella a quien quería ver.
La respuesta eliminó parte de la ironía que Fiona había preparado.
Edward avanzó un paso.
Ella no retrocedió.
—¿Ha venido hasta aquí para decirme esto?
—He venido porque ha pasado la mitad de la cena evitando mirarme.
—Lady Eleanor estaba contando una historia muy interesante.
—Sobre Richard y un spaniel.
—Una tragedia familiar.
Edward rozó con los dedos la trenza que caía sobre su hombro.
—Eleanor se irá.
—No he preguntado cuándo piensa marcharse.
—No.
Fiona levantó el rostro.
—¿Y qué ha venido a decirme?
Edward la besó.
Fue un beso breve, lento, sin la urgencia del archivo. Una respuesta ofrecida sin palabras a una pregunta que ninguno había formulado correctamente. Fiona apoyó una mano sobre su pecho. El corazón de Edward latía firme bajo la tela.
Cuando se separaron, él no se alejó.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse en Eilean Ròs? —preguntó Fiona.
Edward miró hacia la habitación verde.
—No lo sé. Quizá una semana.
Fiona sostuvo su mirada.
—No hablaba de ella.
Edward se quedó completamente quieto.
Fiona lamentó la pregunta en cuanto vio lo que había abierto entre ambos. No porque no deseara saberlo, sino porque la respuesta podía destruir todo cuanto habían construido durante aquellos días.
Fiona se separó de él y entró en su habitación.
—Buenas noches, Edward.
Cerró la puerta antes de que él encontrara una frase.
Edward permaneció en el pasillo, con la mano todavía cerca de la madera.
Hasta ese momento había dado por sentado que, cuando terminara su trabajo, regresaría a Inglaterra.
Ahora ya no estaba tan seguro.