La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Podría hablar con una sociedad de damas en Londres —propuso—. Organizan ventas para ayudar a mujeres de zonas rurales.

Fiona endureció la expresión.

—No necesitan caridad.

Eleanor volvió el rostro.

—No pretendía...

—Necesitan compradores que paguen un precio justo. No una sala llena de señoras inglesas felicitándose por haberlas ayudado mientras regatean media corona.

Effie dejó de doblar una tela.

Catriona observó a Eleanor con interés.

La inglesa guardó silencio durante unos segundos.

—Tiene razón —dijo, una vez más.

Fiona no esperaba que lo admitiera con tanta rapidez.

Eleanor tomó una pieza de lana azul y verde.

—Mi modista compra tejidos para abrigos y capas. Paga bien cuando encuentra algo que sus competidoras todavía no ofrecen. Podría escribirle. No como obra benéfica. Como posible encargo.

Effie se acercó.

—¿Cuánta lana necesitaría?

—No lo sé. Pero puedo preguntar.

Catriona intercambió una mirada con su hermana.

—Eso sí podría interesarnos.

Eleanor pidió muestras y anotó los nombres de los tintes. No volvió a utilizar la palabra ayuda.

Fiona la observó trabajar con las Fraser y tuvo que reconocer algo poco satisfactorio: lady Eleanor sabía escuchar después de que alguien la obligara a hacerlo.

Salieron del taller cerca del mediodía. En lugar de regresar directamente a la residencia, tomaron el camino que rodeaba el puerto. Los barcos de pesca se balanceaban junto a los muelles y varias mujeres preparaban redes bajo un cobertizo.

Eleanor miró hacia el mar.

—Edward parece distinto aquí.

Fiona no alteró el paso de su yegua.

—Quizá sea la humedad.

—En Inglaterra jamás lo vi cargar lana.

—Su altura tiene usos prácticos.

—Tampoco esperaba verlo pedir la opinión de otra persona antes de responder.

Fiona volvió la cabeza.

Eleanor no la miraba. Contemplaba una embarcación que entraba en la bahía con las velas bajas.

—Siempre ha sido inteligente —continuó—.

En ocasiones de una forma bastante agotadora.

Cuando regresaba de Eton reorganizaba los papeles de su padre porque las categorías le parecían imprecisas.

A los diecisiete años corrigió una carta de un subsecretario y la devolvió con tres observaciones al margen.

—Imagino que el hombre se sintió agradecido.

—No volvió a escribir durante seis meses.

Fiona sonrió.

—Eso parece más probable.

—Siempre pensé que terminaría en el Foreign Office o en el Parlamento. Algún lugar donde pudiera ordenar asuntos complicados sin necesidad de ensuciarse las botas.

—No parece muy satisfecho con esa posibilidad —contestó ella con seguridad, sin amilanarse.

—Edward rara vez parece satisfecho. Lo considera una forma de frivolidad —Avanzaron unos metros en silencio—. También supuse que acabaría casándose con una mujer que disfrutara de Londres —añadió Eleanor.

La frase llegó con naturalidad.

Por eso resultó peor.

Fiona contempló el camino.

—Londres contiene muchas mujeres con ese defecto.

Eleanor soltó una risa.

—Sí. Algunas familias llegaron a considerar que nosotros dos resultábamos adecuados.

Fiona no dejó de cabalgar.

—¿Su propia familia?

—Mi propia familia. Algunas personas cercanas a los Hamilton. Nunca Edward y yo.

—Qué imprudencia excluir a los interesados.

—En Londres ocurre con frecuencia.

No había nostalgia en la voz de Eleanor. Tampoco decepción. Hablaba de una posibilidad razonable que jamás había llegado a despertar suficiente interés en ninguno de los dos.

Fiona debería haberse tranquilizado.

No lo hizo.

—¿Por qué no ocurrió? —preguntó Fiona antes de poder contener la pregunta.

Eleanor volvió la cabeza hacia ella.

Fiona maldijo en silencio aquella curiosidad demasiado inmediata. No eran celos, se dijo. Solo deseaba comprender por qué dos personas tan perfectamente adecuadas, tan inglesas y tan irritantemente cómodas en el mismo mundo, no habían terminado haciendo exactamente lo que todos esperaban de ellas.

—Quiero decir —añadió, recuperando parte de su indiferencia—, parece la clase de matrimonio que Londres habría considerado muy conveniente.

Eleanor pensó la respuesta.

—Porque nos entendemos demasiado bien en las cosas que no importan y muy poco en las que sí.

Fiona la miró.

—Eso parece bastante definitivo.

—Lo fue.

Eleanor no añadió nada más. Al regresar, encontraron a Edward en la galería con sir Alasdair. Habían extendido varios planos sobre una mesa estrecha y discutían la reparación del muro sur. Eleanor se acercó para saludar.

Edward levantó la vista.

Primero miró a Fiona.

Solo después a Eleanor.

Fiona lo vio.

También vio lo fácil que resultó, minutos más tarde, que ambos empezaran a hablar de Hamilton Lodge. Eleanor contó que Richard había intentado convencer a Cathaline de que lord Mowbray ocultaba una enfermedad porque jamás terminaba una segunda copa de vino. Edward sonrió.

No fue una sonrisa abierta.

Pero Fiona la conocía.

Conocía ya demasiadas cosas de él.

Eleanor sabía historias que ella nunca había oído. Recordaba las habitaciones de su casa, los nombres de sus amigos, los veranos de su adolescencia y la clase de hombre que todos habían esperado que llegara a ser.

Fiona sabía cómo respiraba cuando estaba a punto de perder el control.

No parecía suficiente.

Se apartó de la galería antes de que Edward pudiera detenerla.

Él la encontró una hora después en el archivo.

Fiona estaba colocando varios libros en el armario cuando él entró. No cerró la puerta de inmediato.

—Ha abandonado la galería sin despedirse.

—No sabía que una galería exigiera formalidades también. Siento no estar a la altura de su invitada.

—Lady Eleanor cree que ha dicho algo que la ha ofendido.

—Lady Eleanor tiene una opinión demasiado elevada de sí misma. Nada de lo que diga podría ofenderme.

Fiona colocó otro volumen, todavía sin mirarlo a los ojos.

—Por supuesto —concedió Edward, acercándose a ella—. ¿Qué ocurre?

—Nada.

—Esa respuesta no ha mejorado durante la semana.

Fiona cerró el armario con un ligero golpe.

—Su amiga conoce muchas historias.

—Conoce a mi familia.

—Y la vida que todos imaginaron para usted —Edward permaneció en silencio. Aquello la irritó—. Podría negar al menos que esperaba terminar en Londres, rodeado de documentos, diplomáticos y mujeres que nunca levantan la voz.

—Podría —dijo Edward—. Pero sería mentira —Fiona lo miró—.

Cuando vine a Eilean Ròs, no pensaba quedarme.

Ni aquí ni en Escocia. Vine porque sir Alasdair me lo pidió y porque había un asunto que resolver.

Eso era todo —Hizo una pausa—. Y tampoco voy a fingir que, cuando la conocí en Glenmuir, la miré y pensé en matrimonio. No lo hice.

Fiona sostuvo su mirada sin apartarse.

—Entonces lady Eleanor encajaba mejor en la vida que había imaginado para usted.

—Probablemente —Aquella franqueza dolió más de lo que Fiona esperaba. Edward continuó antes de que ella pudiera protegerse con alguna ironía—. Pero Eleanor nunca fue una mujer a la que quisiera —Fiona se quedó quieta—. Eso sí lo sé.

—Parece muy seguro.

—Lo estoy. Eleanor y yo nunca confundimos cortesía con intención. Siempre he procurado que una mujer sepa exactamente qué puede esperar de mí —La mirada de Edward descendió un instante hacia su boca—. Con usted ha sido distinto desde el principio.

—¿Porque es incapaz de concebir que una salvaje escocesa pueda despertar en usted algo más que deseo?

—Porque sabía demasiado bien que la deseaba y no tenía la menor idea de qué hacer con ello —Fiona dejó de respirar un instante.

Edward no se acercó—. Todavía no hemos puesto un nombre a esto —añadió—.

Y no voy a inventarlo solo porque una dama inglesa haya cruzado el mar.

Pero tampoco permitiré que confunda mi incertidumbre sobre el futuro con una duda entre usted y Eleanor —La voz se volvió más baja—. Esa duda no existe.

Fiona levantó la barbilla.

—Qué tranquilizador.

—Fiona.

—Lady Eleanor encajaría perfectamente en esa vida.

—Sí.

La respuesta la golpeó.

Edward dio otro paso antes de que ella pudiera convertir el dolor en una frase cruel.

—Eso no significa que encaje conmigo.

Fiona lo miró.

—Parece una distinción conveniente.

—Eleanor conoce de dónde vengo. No decide adónde voy.

—¿Y usted lo ha decidido?

La pregunta quedó entre ambos.

Edward no contestó de inmediato.

Fiona sintió que el orgullo intentaba regresar a su lugar habitual. Era fácil. Seguro. Podía decir que no le importaba, abrir la puerta y abandonar la habitación antes de escuchar algo capaz de herirla.

No lo hizo.

—Todavía no —admitió Edward.

La honestidad dolió menos que una promesa falsa.

Fiona se acercó y lo besó.

No fue un gesto delicado. Le sujetó el cuello de la levita y cerró la distancia con una urgencia que delataba más de lo que habría querido. Edward respondió de inmediato. Su mano rodeó la cintura de Fiona y la otra se apoyó en el armario recién cerrado.

Después se detuvo.

No se apartó por completo.

—¿Pretende demostrar algo?

—Que puedo besarlo cuando me plazca.

—Eso ya estaba demostrado.

—Entonces no pregunte.

Edward la observó desde muy cerca.

—No compite con Eleanor.

—No compito con ninguna mujer.

—Me alegra. Detestaría convertirme en el premio de una contienda que no he autorizado.

Fiona casi sonrió.

—Su arrogancia ha sobrevivido perfectamente a la isla.

—Usted parece comprobarlo con frecuencia.

La besó de nuevo.

Esta vez no hubo duda, ni pregunta ni necesidad de demostrar nada.

Edward la atrajo hacia él y Fiona sintió desaparecer por unos instantes la galería, Londres y cualquier futuro que no pudiera tocar.

La mano de él subió por su espalda. La boca descendió hasta la línea de su mandíbula y Fiona cerró los dedos sobre sus hombros.

—Eleanor es mi amiga —dijo Edward contra su piel.

—No le he preguntado.

—Lleva toda la tarde haciéndolo sin palabras.

Fiona le tomó el rostro y lo obligó a mirarla.

—No me trate como a una muchacha celosa.

—No lo hago.

—Entonces deje de parecer satisfecho.

—Me satisface saber que algo puede alterarla además de una cuenta mal sumada.

—¿Está preocupado por mí?

Edward sostuvo su mirada.

—Más de lo que considero prudente.