La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Eleanor habló después de Richard.

—Está indignado contigo.

Edward no pareció preocupado.

—Richard suele estar indignado cuando alguien viaja sin él.

—Ha informado a tu padre de que, con diecinueve años, ya no puede seguir siendo tratado como un niño.

—¿Y mi padre?

—Le ha respondido que dejará de tratarlo como tal cuando madure.

Fiona dejó la copa.

—¿Richard es el que quería convertir a los perros en mensajeros?

—Ha crecido —contestó Edward.

—No lo suficiente para abandonar la idea —añadió Eleanor—. El mes pasado intentó enviar una nota a Cathaline atada al collar de un spaniel. El perro se comió la mitad y entregó la otra a un jardinero.

Fiona rio.

—Parece el miembro más sensato de su familia.

—Richard despertaría mañana convencido de que eso es un elogio.

—¿Y no lo es?

—No en una casa Hamilton.

Eleanor volvió la conversación hacia Cathaline.

—Lord Mowbray continúa cortejándola. Tu padre ha permitido que se presente formalmente y todo Londres espera que ella termine aceptándolo.

Edward cortó un trozo de venado.

—Cathaline disfruta mucho permitiendo que Londres espere.

Eleanor sonrió.

—Eso mismo le dije a mi tía, pero ella puede permitírselo. Es la joven casadera más hermosa de toda la temporada.

—¿Quién es lord Mowbray? —preguntó Fiona con una indiferencia que no necesitaba fingir.

—Un conde de veintisiete años —explicó Eleanor—. Tiene propiedades en Kent, buenos modales y una madre que ya ha decidido cómo se llamarán sus nietos.

—Parece una familia eficiente.

—Según Cathaline, su sonrisa mejora cuando guarda silencio —dijo Edward.

—Eso no parece una base muy firme para un matrimonio —comentó la abuela.

—En Londres basta con menos —respondió Eleanor.

Iseabail dejó una jarra sobre el aparador y cruzó una mirada con Fiona. No era lo habitual que una mujer sirviera la mesa, pero en Eilean Ròs no iban sobrados de personal.

Además, en aquella casa, una propuesta que redujera a una mujer a tierras, hijos y contratos habría acabado con una quaich boca abajo y whisky sobre el nombre del pretendiente.

Eleanor levantó la copa.

—Aunque ocurrió algo extraño durante la última velada de lady Ashbourne.

Edward la miró.

—¿Relacionado con Cathaline?

—Apareció un escocés preguntando por ella. Llegó cuando el cuarteto acababa de empezar y se negó a entregar una carta a los criados. Aseguró que había cruzado demasiadas millas para confiarla a un hombre con guantes blancos.

Fiona supo quién era antes de que Eleanor continuara.

Edward también debió de saberlo, porque dejó el cuchillo.

—¿Cómo era?

—Pelirrojo. Alto. Ojos verdes. Tenía una cicatriz pequeña sobre la nariz y el convencimiento lamentable de que una invitación era un detalle opcional. Sinclair, creo. Evan... Ewen...

—Ewan Sinclair —corrigió Edward.

—Ese era.

Fiona apoyó un codo sobre la mesa.

—Ewan nunca ha comprendido las costumbres inglesas.

—Cathaline estaba hablando con lord Mowbray —prosiguió Eleanor—. Pareció olvidar que el conde llevaba varios minutos a su lado en cuanto vio al señor Sinclair.

Edward cerró los ojos brevemente, por enésima vez.

—¿Qué contenía la carta?

—No lo sé. Cathaline se la quitó antes de que él pudiera entregársela con la solemnidad que parecía considerar necesaria. Después discutieron durante casi diez minutos.

—Eso no reduce demasiado las posibilidades —dijo Fiona.

—Aseguraban conocerse poco —añadió Eleanor—, pero discutían con la familiaridad de dos personas que llevaban años molestándose. Lord Mowbray se mantuvo cortés. El señor Sinclair pareció encontrarlo muy divertido.

—Naturalmente —dijo Edward, cogiendo aire profundamente.

—Al marcharse, llamó a Cathaline «rubia» delante de media sala.

Fiona no pudo evitar reír.

—Entonces se comportó con una moderación admirable.

Edward la miró con resignación y negó con la cabeza.

Fiona ya empezaba a conocerlo lo suficiente para adivinar lo que estaba pensando. Audrey en Glenmuir. Douglas en Arran. Cathaline con un Sinclair apareciendo en salones londinenses como si las invitaciones fueran una recomendación y no una norma.

A ese paso, los Hamilton terminarían atados a Escocia de manera irremediable.

Solo quedaba Richard.

La última esperanza de Inglaterra.

Fiona tuvo que contener una risa más escandalosa.

Porque por lo poco que sabía del muchacho, tampoco apostaría demasiado por él.

—Mis hermanos tienen la desafortunada costumbre de atraer escoceses que consideran las normas una sugerencia.

—Es posible que los Hamilton tengan la costumbre de necesitarlos —replicó Fiona, con los ojos divertidos, mientras se llevaba un trozo de pan a la boca con mucha menos educación de la que habrían esperado en otros salones.

La frase produjo un silencio breve.

Después miró a Edward.

Él era el único Hamilton que todavía parecía suspendido entre dos lugares.

El único que no había escogido.

La conversación terminó poco después. Sir Alasdair se retiró protestando porque su madre había ordenado que lo llevaran en una silla. Fergus regresó a la herrería. La abuela acompañó a lady Eleanor hasta la galería, donde la joven había pedido ver algunos retratos del clan.

Fiona empezaba a comprender que Eleanor no había viajado hasta Eilean Ròs únicamente por capricho.

Según había contado durante la cena, había recibido una educación mucho más amplia de lo habitual entre las jóvenes de su posición.

Leía latín con suficiente soltura para incomodar a ciertos caballeros, conocía genealogías, historia y escritura antigua, y había pasado años estudiando bajo la dirección de mujeres que consideraban que una dama podía necesitar algo más que francés, música y una reverencia perfecta.

En ese aspecto se parecía inquietantemente a Edward.

Fiona todavía no había decidido si aquella semejanza le parecía interesante o profundamente irritante.

Probablemente ambas cosas.

—¿El tratado empieza mañana? —le preguntó Fiona.

—Tengo previsto dedicar un capítulo completo a las amenazas durante la cena.

—No olvide mencionar que todavía no hemos sacrificado a nadie.

—Lady Eleanor parecerá decepcionada.

Fiona volvió los ojos hacia la galería. Eleanor escuchaba a la abuela describir a una antepasada que había encerrado a un recaudador durante dos días hasta que este reconoció que las cuentas estaban equivocadas.

—No parece fácil decepcionarla.

Edward la observó.

—No.

Fiona ignoró la respuesta.

Lady Eleanor pidió ver los archivos después del desayuno del día siguiente.

No lo hizo como una dama aburrida que necesitara entretenimiento, sino con el interés genuino de quien había crecido entre bibliotecas y personas convencidas de que la historia pertenecía a quienes sabían leerla.

Explicó que su madre había reunido cartas familiares y que ella había recibido lecciones de latín, genealogía y escritura antigua desde niña.

—No soy especialista —aclaró—. Pero Cathaline habló tanto de sus documentos que siento curiosidad.

—Cathaline no ha visto nuestros archivos —dijo Fiona.

—Eso nunca le ha impedido describir algo.

Edward abrió el armario donde guardaban las copias menos delicadas.

La abuela había ordenado que ningún original saliera de la sala y permaneció allí durante los primeros minutos, como si Eleanor pudiera guardar un pergamino dentro de la manga.

Fiona extendió sobre la mesa varios mapas, una relación de rentas y la autorización falsificada para talar Cnoc Dubh.

Eleanor examinó el sello.

—Es muy bueno.

—No lo suficiente —respondió Edward.

—¿Cómo lo descubrieron?

—La firma —dijo Fiona—. Quien la copió no conocía bien la última curva de mi apellido.

Eleanor levantó la vista.

—¿Alguien está intentando apartarla de la administración?

No había condescendencia en la pregunta.

—Eso parece.

Fiona esperó que Eleanor preguntara si el consejo no sería más eficaz en manos de un hombre. No lo hizo.

Leyó el documento despacio.

Al llegar al nombre de la firma comercial, frunció el ceño.

—Northcott y Vale.

Edward levantó la cabeza.

—¿Los conoce?

—He visto el nombre antes.

—¿Dónde?

Eleanor volvió a examinarlo.

—No lo recuerdo. En alguna carta de mi padre, quizás. O en correspondencia relacionada con una propiedad costera.

—¿Escocesa?

—Es posible.

Edward y Fiona se miraron.

Eleanor reparó en el intercambio.

—Lo recordaré.

—No se esfuerce —dijo Fiona—. No ha venido a investigar nuestras cuentas.

—No —respondió Eleanor—. Pero detesto olvidar un nombre cuando sé que debería reconocerlo.

Aquella frase podría haberla pronunciado Edward.

Fiona decidió no comentarlo.

Poco después, Eleanor pidió acompañarla al pueblo.

—No es una visita de recreo —advirtió Fiona.

La joven se ajustó los guantes.

—Eso la vuelve más interesante.

Llevaba un traje de montar verde oscuro, botas firmes y un sombrero sin plumas. Había dejado la seda, el gris impecable y la apariencia frágil en la residencia. Fiona observó cómo montaba una yegua prestada sin pedir que ajustaran los estribos tres veces ni exigir una silla distinta.

—Sabe montar —constató.

—Mis primos se habrían encargado de que no sobreviviera a la infancia si no hubiera aprendido.

—Pensaba que las muchachas inglesas montaban por caminos rectos y regresaban antes de que apareciera barro.

—Pensaba que las escocesas evitaban decir en voz alta todos sus prejuicios.

Fiona la miró.

Eleanor sonrió.

—Parece que ambas hemos recibido información incompleta.

El camino al pueblo estaba húmedo por la lluvia nocturna.

Eleanor no se quejó cuando el barro alcanzó el borde de su falda ni cuando la yegua decidió atravesar un charco en lugar de bordearlo.

Preguntó por las casas, el puerto, las tierras del norte y las mujeres que trabajaban en el taller de las Fraser.

Fiona respondió lo necesario.

No pensaba esforzarse por agradarle.

Tampoco tuvo que esforzarse para descubrir que Eleanor no era una necia.

En el taller, Effie y Catriona recibieron a la visitante con el mismo interés con que habrían examinado una nueva clase de lana. Eleanor observó los tintes, tocó las telas con cuidado y preguntó cuánto tardaban en producir cada pieza.