La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Lady Eleanor Ashcombe llegó a Eilean Ròs con tres baúles, una doncella, una tía viuda y la tranquila convicción de que una casa desconocida podía reorganizarse alrededor de su presencia antes de la cena.

La abuela MacKinnon recibió aquella convicción como recibía casi todo lo inglés: con una mirada severa y ninguna intención de dejarse impresionar.

—La habitación verde está preparada para lady Eleanor —declaró mientras dos criados retiraban el equipaje del muelle—. Su tía ocupará la contigua. La doncella dormirá al otro lado del corredor.

Lady Beatrice Harcourt, una mujer delgada y digna que había soportado la travesía envuelta en pieles y sales aromáticas, inclinó la cabeza con agradecimiento.

—Es usted muy amable.

—Todavía no —respondió la anciana—. Espere a que vea las camas.

Fiona se volvió para ocultar una sonrisa.

Eleanor no lo hizo. La sorpresa atravesó sus facciones antes de transformarse en una diversión disimulada. Aquello le concedió, a pesar de todo, un primer punto a su favor.

La joven contempló la residencia mientras avanzaban desde el patio.

Había curiosidad en su mirada, pero no la clase de curiosidad práctica con la que Fiona examinaba una cuerda, un tejado o un caballo.

Eleanor observaba la piedra húmeda, los estandartes antiguos, los perros atravesando el vestíbulo y los hombres vestidos con tartán como si acabara de entrar en una ilustración sobre costumbres extinguidas.

—Confieso que esperaba algo más agreste —dijo.

Fiona se quitó los guantes.

—Todavía no hemos decidido en qué piedra sacrificamos a las visitantes inglesas.

Eleanor volvió el rostro hacia ella.

Edward entregó su sombrero a un criado.

—La elección suele hacerse después de la cena. Antes sería descortés.

—Qué tranquilizador —respondió Eleanor.

No parecía ofendida.

Eso también resultó irritante.

Fiona había esperado que aquella mujer se escandalizara, exigiera agua caliente, lamentara la humedad o preguntara cuánto tardarían en llegar a un lugar civilizado. En cambio, Eleanor subió la escalera sin quejarse del frío y rechazó con cortesía la ayuda de un lacayo para sostener la falda.

Edward caminaba unos pasos detrás de ella.

Fiona reparó en la facilidad con la que ambos se entendían.

No había deseo en sus miradas ni esa conciencia física que parecía apoderarse de Edward cuando ella entraba en una habitación.

Era algo distinto. Eleanor pertenecía al mismo mundo de normas, títulos correctamente usados y conversaciones cuyo sentido real se escondía bajo una frase educada.

Edward no necesitaba explicárselo.

Lo había aprendido al mismo tiempo que ella.

—¿Cuándo pensaba informarme de su visita? —preguntó él cuando Eleanor llegó al rellano.

La joven se volvió.

—Envié una carta desde Glasgow.

—La ha adelantado.

—La carta no insistió en viajar con la primera marea.

—Una falta de previsión imperdonable.

—Se lo reprocharé cuando llegue.

Eleanor sonrió y desapareció con su tía por el corredor.

Fiona permaneció junto a la escalera.

—Parece conocerla muy bien.

Edward la miró.

—Conozco a su familia desde hace años.

—No es lo mismo.

—No.

La respuesta no incluyó explicación.

Fiona tampoco la pidió.

La cena se sirvió en el salón viejo porque la abuela MacKinnon había decidido que, si lady Eleanor deseaba conocer Eilean Ròs, podía empezar por una habitación donde los antepasados llevaban siglos mirando con desaprobación a cualquiera que utilizara demasiados cubiertos.

Lady Beatrice alegó cansancio y permaneció en sus aposentos.

Eleanor bajó sola con un vestido color marfil, sencillo para los criterios de Londres y demasiado refinado para una estancia donde Tavish había marcado una mesa con una navaja cuando tenía doce años.

Llevaba el cabello rubio recogido con perlas diminutas y una cinta gris.

Ni el viaje ni el clima parecían haber alterado una sola parte de ella.

Fiona ocupó su lugar junto a sir Alasdair.

Edward quedó frente a ella, con Eleanor a su derecha. La abuela presidía desde la cabecera verdadera, aunque sir Alasdair continuara fingiendo que aquella distinción pertenecía al jefe del clan.

Fergus había acudido desde la herrería con las manos limpias y una mancha de hollín cerca del cuello que nadie se molestó en señalarle. Iseabail entraba y salía junto con los criados, pero encontraba tiempo suficiente para mirar a Fiona cada vez que Eleanor pronunciaba el nombre de Edward.

La conversación comenzó con la travesía, el estado del mar y las carreteras hacia Glasgow. Eleanor respondió con educación a las preguntas de sir Alasdair y evitó mencionar la cama, la humedad o el modo en que una de las ventanas del corredor parecía respirar por sí misma.

—Cathaline aseguró que esta isla no se parecía a ninguna otra —dijo mientras un criado le servía venado—. Creí que exageraba.

—Mi hermana exagera por instinto, ella nunca ha visitado este lugar —aclaró Edward—. La verdad le parece poco vestida.

Eleanor rio.

—También dijo que te habías retirado al norte para escribir un tratado sobre los últimos clanes salvajes de Escocia.

Fiona miró a Edward.

Sir Alasdair dejó el vaso.

Fergus alzó una ceja.

La abuela MacKinnon continuó cortando la carne.

—Eso explica muchas cosas —comentó Fiona.

Edward cerró los ojos un instante.

—No estoy escribiendo ningún tratado.

—Cathaline fue muy precisa —insistió Eleanor—. Mencionó observaciones sobre hábitos primitivos, estructuras familiares y una heredera que había intentado matarte dos veces antes del desayuno.

—Solo una —aclaró Fiona—. La segunda fue después.

Eleanor la observó.

Después volvió a reír.

Edward tomó el vino.

—Cuando regrese a Hamilton Lodge, recordaré a mi hermana el valor de la correspondencia exacta.

—Cathaline también dijo que no volverías hasta haber demostrado que la señorita MacKinnon llevaba tres años equivocada.

—Lady Fiona para usted —corrigió sir Alasdair.

Eleanor inclinó la cabeza hacia Fiona.

—Lady Fiona.

El título sonó correcto. No cercano.

Fiona no respondió. Bajo la mesa, uno de sus pies rozó la bota de Edward. Él levantó los ojos hacia ella.

El contacto había sido accidental.

La demora con la que ambos se apartaron, no.

Eleanor empezó a hablar de Hamilton Lodge.

No lo hizo con intención de excluir a nadie.

Esa era precisamente la dificultad. Mencionaba a los Hamilton como quien se refiere a una casa conocida: las rosas que Eliza había hecho trasladar de un extremo del jardín a otro porque entristecían una ventana, la obstinación de Alexander con ciertos caballos y el modo en que Cathaline conseguía organizar una recepción aunque nadie le hubiera pedido que lo hiciera.

Fiona escuchó.

Había conocido a los Hamilton en Glenmuir y Brodick, en medio de lluvias, bodas, disputas y casas escocesas. Nunca los había imaginado del todo en su propio mundo.

—¿Cómo se encuentra lady Audrey? —preguntó Eleanor—. Hace meses que no la veo.

—Bien —respondió Edward—. Glenmuir parece empeñado en conservarla.

—Siempre habría sido una de las mujeres más admiradas de Londres. Me parece una lástima que toda aquella educación terminara perdiéndose allí.

El tenedor de Fiona se detuvo.

Edward no alcanzó a responder.

La abuela MacKinnon dejó el cuchillo sobre el plato.

—Una mujer que administra tierras, sostiene una casa y cría a una hija no se ha perdido, milady. Está ocupada haciendo algo más útil que ser contemplada.

El silencio se instaló sobre la mesa.

Eleanor parpadeó.

Fiona esperó una defensa, una sonrisa fría o una de esas frases inglesas que conseguían convertir un insulto en una muestra de buena educación.

—Me he expresado torpemente —admitió Eleanor.

—Eso ya lo hemos notado —contestó la abuela.

Sir Alasdair tosió detrás de su vaso.

Fergus no hizo el menor esfuerzo por esconder su satisfacción.

Eleanor mantuvo la compostura.

—No pretendía menospreciar lo que lady Audrey ha construido. Solo quería decir que tanto ella como lord Douglas parecían destinados a ocupar un lugar importante en Londres.

—Lord Douglas será duque y ya gobierna Brodick —siguió replicando la anciana—. Si eso le parece una pérdida, Londres tiene una opinión excesivamente generosa de sí mismo.

Edward dejó el vaso sobre la mesa.

—Audrey escogió Glenmuir. Douglas escogió Brodick. Ninguno parece necesitar que Londres lamente su desgracia.

Fiona lo miró.

No había enfado en su voz. Había una firmeza sobria y fría, la certeza de que sus hermanos tenían derecho a decidir dónde estaba su vida aunque el resto del mundo hubiera imaginado otra para ellos.

Era la misma lección que Edward empezaba a aprender con ella.

Eleanor bajó la vista un instante.

—Tiene razón.

La abuela MacKinnon retomó la cena como si acabara de corregir una mala colocación de los cubiertos.

—Suele ocurrirle —dijo Fiona—. No conviene animarlo.

Edward le dirigió una mirada.

—Empiezo a pensar que mi tratado necesitará varios volúmenes.

La tensión se suavizó.

Eleanor no volvió a hablar de Glenmuir como un lugar donde Audrey se hubiera perdido.

Preguntó cómo participaba en la administración, si la escuela que había proyectado llegaría a abrir antes del invierno y cuántos años tenía ya la pequeña Eliza.

Fiona reparó en que escuchaba las respuestas, no se limitaba a esperar su turno para hablar.

Quizás fuera capaz de aprender.

Aquella posibilidad resultaba menos cómoda que despreciarla.

—Douglas y lady Mairi también parecen haberse adaptado bien a Arran —añadió Eleanor después.

—Mairi se ha adaptado —dijo Fiona—. Douglas ha aprendido a apartarse cuando ella amenaza con utilizar hierbas medicinales como armas.

—Mi hermano considera que dejar a otro trabajar es una concesión extraordinaria —observó Edward.

—La pequeña Harriet debe de haberlo suavizado.

—Harriet ha conseguido que permita una muñeca sobre la mesa de mapas —respondió él—. La familia lo considera una rendición completa.

Fiona imaginó a Douglas, oscuro, autoritario y siempre dispuesto a ordenar el clima, sentado junto a una niña pequeña que dejaba juguetes sobre sus documentos. Sonrió sin querer.