Capítulo 11 #2
—Una generosidad conmovedora.
Tavish sonrió.
No había aceptado a Edward.
Pero tampoco lo había rechazado.
Se apartó de él y recorrió la cubierta hasta ocupar su lugar junto al timón. Desde allí dio las primeras órdenes. Los hombres respondieron enseguida: soltaron cabos, ajustaron velas y despejaron el muelle.
El Ròs na Mara comenzó a separarse lentamente de Eilean Ròs justo cuando Edward descendió del barco.
Fiona permaneció junto a Edward mientras observaba a su primo dirigir la maniobra.
Había visto a Tavish crecer casi a su lado.
Lo recordaba llegando a aquella casa siendo un niño demasiado orgulloso para admitir que tenía miedo, siguiéndola por los pasillos, peleándose con medio clan, riéndose cuando debía callar y colocándose siempre delante de ella cuando creía que alguien podía hacerle daño.
Durante tantos años había dado por hecho que permanecería allí.
Tavish en la mesa. Tavish en los establos.
Tavish discutiendo con ella desde algún rincón de la casa.
Y ahora había hombres esperando sus órdenes.
Fiona sonrió al verlo corregir una vela y señalar hacia mar abierto.
La lágrima llegó antes de que pudiera impedirlo.
Se la retiró rápidamente con un dedo.
Edward la vio.
No comentó el gesto.
También él observaba a Tavish.
Recordaba a un muchacho de dieciséis años, delgado, insolente y demasiado dispuesto a utilizar los puños para defender cualquier ofensa contra Escocia. Habían terminado golpeándose en Glenmuir por bastante menos de lo que ahora eran capaces de discutir sin levantar la voz.
Edward nunca habría dicho que sentía afecto por Tavish.
Ni siquiera estaba seguro de que la palabra fuera adecuada.
Pero verlo allí, firme junto al timón, dando órdenes que los marineros obedecían sin vacilar, despertó en él una satisfacción extraña.
Algo cercano al respeto que se siente al descubrir que un adversario antiguo ha terminado convirtiéndose en un hombre al que uno confiaría ciertas cosas importantes.
Quizás incluso una de las más importantes.
Edward miró a Fiona.
Ella continuaba siguiendo el barco.
—Está preparado —quiso consolarla de algún modo.
Fiona asintió, aunque otra lágrima amenazó con traicionarla.
—Sí —La palabra salió más baja de lo habitual—. Siempre pensé que acabaría cansándose del mar.
—No parece un hombre cansado.
—No.
Fiona respiró profundamente.
—Parece feliz.
Edward no respondió enseguida.
—Entonces quizás marcharse sea precisamente lo que necesita.
Fiona volvió el rostro hacia él.
No había consuelo fácil en su expresión. Edward no iba a decirle que Tavish regresaría pronto ni que nada cambiaría. Entendía demasiado bien que algunas partidas modificaban una casa incluso cuando quien se marchaba terminaba regresando.
Fiona miró otra vez hacia el Ròs na Mara.
—Lo echaré de menos.
—Lo comprendo.
Edward colocó una mano en su espalda.
No intentó atraerla hacia él.
Solo la dejó allí.
Fiona permitió que permaneciera mientras el barco abandonaba lentamente la bahía.
Y, por primera vez, comprendió que dejar marchar a alguien también podía ser una forma de quererlo.
Durante las cenas posteriores, Edward fue dejando de parecer un invitado.
La abuela le servía comida sin preguntarle si le gustaba.
Sir Alasdair discutía con él sobre el puerto y Fergus aceptaba sus observaciones mientras fingía que le resultaban insoportables.
Iseabail observaba demasiado. Fiona le robaba pan del plato y Edward apartaba la mantequilla hacia ella sin interrumpir la conversación.
Se comportaron, durante unos pocos días, como dos personas que esperaban encontrarse al entrar en una habitación.
Durante siete días, Fiona cometió el error de creer que podían quedarse así.
Sin embargo, la embarcación desconocida apareció en la bahía a última hora de la tarde.
No era un barco de carga. Llevaba el casco limpio, equipaje sujeto bajo lonas nuevas y una tripulación demasiado bien vestida para transportar pescado. Cuando atracó, descendieron primero un criado, una doncella y una mujer mayor envuelta en pieles.
La última pasajera permaneció unos segundos en la pasarela.
Era alta y esbelta, con el cabello rubio claro recogido bajo un sombrero gris adornado con una pluma discreta.
El vestido de viaje, también gris, se ajustaba a una figura delicada sin una sola arruga.
Los guantes eran pálidos, las botas apenas mostraban barro y su rostro poseía esa belleza serena que parecía haber sido educada para no alterarse jamás.
Todo en ella era fino.
Ordenado.
Familiar al mundo del que Edward procedía.
Fiona esperaba en el muelle junto a él, sir Alasdair y algunos hombres del puerto. Notó el cambio en Edward antes de que la recién llegada levantara la vista.
No fue deseo.
Fue reconocimiento.
—Lady Eleanor —comprendió él.
La joven sonrió.
—Edward.
Pronunció su nombre con la comodidad de quien llevaba años teniendo derecho a hacerlo.
Le ofreció una mano enguantada. Edward la tomó y se inclinó sobre ella con una corrección que Fiona nunca le había visto utilizar en Eilean Ròs.
Lady Eleanor dirigió una mirada curiosa hacia el puerto, las casas de piedra y los tartanes que empezaban a reunirse alrededor del muelle.
—Me encontré con Cathaline en una velada en Willis's Rooms —explicó—. Me dijo que te habías retirado al norte para escribir un tratado sobre los últimos clanes salvajes de Escocia.
Edward cerró los ojos un instante.
—Eso suena a Cathaline.
—Pensé que exageraba —Los ojos claros de lady Eleanor se detuvieron en Fiona. En el cabello rojo, las pecas, las botas manchadas y el tartán MacKinnon cruzado sobre su cuerpo. Su sonrisa no desapareció. Solo se volvió más interesada—. Ahora empiezo a comprender lo que quiso decir.
Edward se giró hacia Fiona.
—Lady Eleanor Ashcombe, lady Fiona MacKinnon, heredera de Eilean Ròs.
Lady Eleanor hizo una reverencia perfecta.
Fiona inclinó la cabeza.
No sintió celos.
Lo primero que sintió fue irritación.
Aquella perfección inglesa, aquella manera de presentarse como si hasta el barro tuviera la obligación de apartarse de sus botas, despertó en Fiona un rechazo inmediato.
Había algo en esa clase de elegancia, tan segura de sí misma y tan acostumbrada a ocupar cualquier espacio sin pedir permiso, que le recordaba todo cuanto había detestado siempre del mundo de Edward.
Aquello sí la incomodó.
No por lady Eleanor.
Por Edward.
Durante siete días había empezado a acostumbrarse a verlo como un highlander, discutiendo con pescadores, cargando lana bajo las órdenes de las Fraser y dejándose arrastrar poco a poco hacia la vida de Eilean Ròs.
Había cometido la estupidez de pensar que aquella versión de él podía pertenecerles.
Entonces apareció aquella mujer impecable, pronunciando su nombre con la naturalidad de quien lo conocía antes que ella, recordándole que Edward Hamilton no había nacido entre brezo, sal y piedra.
Tenía otro mundo.
Uno perfectamente dispuesto a reclamarlo.
Fiona levantó la barbilla.
Qué oportuno.
Justo cuando empezaba a gustarle tenerlo cerca.