Capítulo 11
Durante los siete días siguientes, Eilean Ròs hizo lo que llevaba siglos haciendo cuando algo amenazaba con alterar su existencia: continuó viviendo.
Las redes debían remendarse, los tejados prepararse para el invierno y las ovejas seguían encontrando nuevas formas de escapar de cercados que los hombres juraban haber cerrado correctamente.
Tavish mantuvo vigilada Tùr na Faire, Fergus sustituyó varias cerraduras de la residencia con la expresión ofendida de un herrero al que alguien había insultado en su propia lengua, y sir Alasdair empezó a caminar algunos pasos con ayuda del bastón siempre que su madre no estaba mirando.
La abuela MacKinnon lo descubría todas las veces.
Nadie sabía cómo.
Fiona regresó al despacho de administración la mañana posterior a su descanso y encontró a Edward sentado junto a la ventana.
Volvía a estar impecable.
El cabello rubio permanecía en su sitio, la pañoleta estaba perfectamente anudada y no había una sola arruga que permitiera imaginarlo atrapado en una torre, con la camisa abierta y la boca enrojecida por los besos de una MacKinnon.
Fiona podía imaginarlo.
Ese era el problema.
Edward levantó los ojos del libro de cuentas.
—Buenos días.
—Parece haberse recuperado.
—He dormido.
—Yo también.
La mirada de Edward descendió un instante hacia su boca.
—Me alegro.
No hablaron de Tùr na Faire.
No porque pretendieran olvidarlo, sino porque ninguno deseaba reducir aquella noche a otra cuestión que debiera examinarse hasta perder todo significado.
Habían dicho lo suficiente. Lo demás permanecía entre ellos, presente cada vez que sus manos coincidían sobre un documento o el silencio se prolongaba más de lo razonable.
Trabajaron durante casi dos horas.
Edward había dividido las deudas del puerto según las posibilidades reales de cada familia, en lugar de limitarse a ordenar cantidades y fechas.
Había hablado con Morag antes de decidir cuánto podía pagar Aonghus después de la temporada del arenque, y había previsto que las reparaciones de las redes del norte debían realizarse antes que las del muro occidental de los almacenes.
—Reduciría veinte libras de esta partida —dijo Fiona—. El muro resistirá hasta primavera.
Edward tomó la pluma.
—¿Dónde las utilizaría?
—En las redes. Si los barcos no pueden salir, tampoco habrá rentas con las que reparar el muro.
Corrigió la cifra sin discutir.
Fiona lo observó.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada.
—Esa palabra suele significar lo contrario cuando la pronuncia usted.
—Me sorprende que no intente convencerme de que su distribución era mejor.
—Me ha dado un motivo razonable.
—También se los daba antes.
—Antes solía esconderlos usted entre varios insultos.
Fiona sonrió.
—Está aprendiendo.
—Usted también.
La primera vez que volvieron a besarse ocurrió poco después.
Revisaban una factura de Greenock cuando sus manos coincidieron sobre la misma hoja. Edward no retiró la suya. Fiona tampoco. Permanecieron así durante unos segundos, con los dedos rozándose sobre una reclamación por doce barriles de sal que dejó de importar por completo.
Edward miró la puerta.
Después a Fiona.
Se levantó y la cerró.
El corazón de ella se aceleró, pero no retrocedió cuando él regresó.
—Esto no favorece su reputación —constató ella.
—Mi reputación sobrevivió una noche en Tùr na Faire.
—Gracias a mi abuela.
—Tendré que escribirle una nota de agradecimiento.
—No lo haga. Pensaría que intenta seducirla.
Edward se detuvo frente a ella.
—¿Funcionaría?
Fiona rio.
Él la besó.
Empezó como un reconocimiento, una presión lenta de sus labios que comprobaba si lo ocurrido en la torre podía existir también a plena mañana, entre documentos y el ruido cotidiano del patio. Fiona le sujetó la levita antes de que pudiera apartarse y lo hizo regresar.
El beso perdió la prudencia.
Edward rodeó su cintura y la acercó hasta que el borde de la mesa quedó contra la espalda de Fiona. Ella le abrió los labios, hundió los dedos en su cabello demasiado ordenado y sintió el mismo sonido grave que había aprendido a reconocer en Tùr na Faire.
Su cuerpo también lo reconoció.
La calidez descendió por su vientre mientras la mano de Edward se cerraba sobre su cadera. Durante un instante, Fiona quiso que aquella mano continuara subiendo y que la puerta permaneciera cerrada durante el resto del día.
Unos pasos cruzaron el corredor.
Se separaron.
Edward apoyó la frente contra la suya, respirando con más dificultad de la que su expresión permitía adivinar.
—El comerciante ha cobrado dos veces el transporte —murmuró Fiona.
—Es un hombre peligroso.
—Deberíamos concentrarnos en él.
—Sin duda.
Ninguno se movió hasta que los pasos se alejaron.
Después de aquel beso dejaron de fingir que los demás eran accidentes.
Se buscaban cuando el trabajo los dejaba solos.
Algunas veces solo conseguían rozarse las manos detrás de una puerta o intercambiar una mirada durante la cena.
Otras, Fiona tardaba demasiado en devolver un libro al archivo y Edward aparecía allí con una casualidad poco convincente.
Se besaron en el establo occidental, junto a un armario de mapas y una vez detrás del almacén de redes, mientras media isla trabajaba a menos de treinta pasos.
No hablaron de lo que eran.
Durante aquella semana les bastó con encontrarse.
La vida del pueblo ayudó a disimularlo.
Las hermanas Fraser obligaron a Edward a redactar una carta para un comerciante que pretendía descontar dos veces el transporte de la lana. Effie le colocó después un fardo entre los brazos y le ordenó llevarlo hasta el carro.
—¿Me lo pide como lord Hamilton? —preguntó él.
—Como hombre alto.
Edward llevó la lana.
Ruairidh empezó a llamarlo simplemente Hamilton y le entregaba cuerdas, herramientas o cestas siempre que necesitaba dos manos libres. Elspeth le confió un paquete para la abuela sin explicarle qué contenía.
—¿No ha preguntado? —dijo Fiona durante el regreso.
—Lo intenté.
—¿Y?
—Me ha dicho que, si fuera asunto mío, ya lo sabría.
Fiona rio.
—Empieza a tratarlo como a uno de la isla.
—Me utiliza como mozo de carga.
—Exactamente.
Edward dejó de llegar con respuestas preparadas para todos.
Escuchaba primero a Fiona, preguntaba a los pescadores y solo después organizaba las cifras.
Los hombres del puerto comenzaron a acudir directamente a él para resolver contratos o calcular costes, pero Edward no respondía sobre mareas, rutas o cosechas sin mirar antes a Fiona.
Ella conocía la isla.
Él ya no sentía la necesidad de fingir lo contrario.
Fiona, a cambio, empezó a reconocer que la inteligencia de Edward no era siempre una forma de arrogancia. Veía consecuencias que otros pasaban por alto y sabía convertir las decisiones de Fiona en acuerdos que bancos y comerciantes no podían ignorar.
Juntos funcionaban mejor.
Aquello le agradaba más de lo que pensaba confesar.
El cambio más visible, sin embargo, no ocurrió en el despacho.
Ocurrió en el Ròs na Mara.
Tavish llevaba varios días preparando la primera travesía de carga hacia Greenock.
Había revisado las rutas, comprobado las velas y distribuido a los hombres con una autoridad que no necesitaba disfrazar de broma.
El joven que siempre había permanecido junto a Fiona empezaba a construir algo que le pertenecía solo a él.
Fiona lo observaba desde el muelle mientras daba órdenes a bordo.
Su cabello castaño rojizo estaba sujeto en la nuca y sus ojos avellana seguían cada cuerda, cada caja y cada movimiento de los marineros. No parecía el muchacho de dieciséis años que había acabado a puñetazos con Edward en Glenmuir. Ya era un hombre corpulento, un verdadero MacKinnon.
Hasta que ambos quedaron frente a frente. Entonces algo de aquel muchacho que Fiona recordaba regresó.
—Los barriles deben ir más cerca del centro —dijo Edward, observando la carga—. Si los colocan todos a babor, el barco escorará cuando descarguen primero la lana.
Tavish miró la bodega.
Después a Edward.
—Tiene razón.
—Empiezo a preocuparme —comentó Fiona—. Esta isla está llena de hombres admitiendo cosas.
Tavish no sonrió.
—Fiona, Niall necesita comprobar contigo la relación de mercancías.
Ella percibió la intención, pero decidió concedérsela. Se alejó hacia el almacén, dejando a los dos hombres sobre la cubierta.
Tavish esperó hasta que quedó fuera de alcance.
—Hace unos años terminamos una conversación con los puños.
Edward sostuvo su mirada.
—Lo recuerdo.
—Yo golpeé primero.
—También lo recuerdo.
—Lo merecía.
—Eso resulta más discutible.
Tavish apoyó una mano en la borda. Ya no era el joven que necesitaba convertir cada desconfianza en una pelea, pero Fiona continuaba siendo lo más parecido a una hermana que tenía.
—No voy a preguntarle qué ocurrió en Tùr na Faire —dijo—. Fiona no me debe esa explicación. Decide por sí misma a quién permite acercarse.
—Estamos de acuerdo.
—No he terminado.
Edward guardó silencio.
—Una puerta cerrada puede protegerlo a usted —continuó Tavish—. A ella puede costarle el gobierno de la isla. Si esto se convierte en una costumbre, ella perderá autoridad.
La mandíbula de Edward se tensó.
—Lo sé.
—No estoy seguro.
—Entonces escuche con atención.
Edward dio un paso hacia él. Años atrás, aquel movimiento habría bastado para que Tavish levantara los puños. Esta vez permaneció quieto.
—No haré nada con Fiona que no esté dispuesto a responder ante ella —dijo Edward—. Y si llega el momento de responder ante su clan, no permitiré que lo haga sola.
Tavish lo examinó.
—Eso se parece bastante a una promesa.
—No lo es. Lo que exista entre Fiona y yo no necesita un nombre para satisfacerle a usted. Pero si llega el momento en que deba responder por mi conducta, tenga por seguro que no dejaré que ella cargue sola con sus consecuencias.
Durante unos segundos solo se oyó el movimiento del agua contra el casco.
—Es una respuesta mejor que las que daba en Glenmuir —admitió Tavish.
—Usted también golpea menos.
—No confunda madurez con falta de ganas.
—No se me ocurriría.
Tavish sonrió.
—Por ahora, conservará los dientes.