Capítulo 10 #3
El calor relajó los músculos doloridos de Fiona. Se hundió hasta los hombros y cerró los ojos mientras Iseabail añadía otra jarra.
—¿Edward guardará silencio? —preguntó su amiga.
La respuesta salió sin vacilación.
—Sí, no pretende reclamar nada. Tampoco le he dado nada, si eso es lo que necesitas saber.
—Solo cumplo órdenes de la abuela.
Fiona abrió los ojos y miró su reflejo en el espejo empañado.
El cabello rojo caía húmedo sobre sus hombros. Tenía los labios todavía sensibles, una sombra de cansancio bajo los ojos y la cicatriz fina sobre la sien.
Durante tres años, aquella marca había sido la prueba visible de todo lo que Edward había decidido creer sobre ella.
Ahora ya no era tan sencillo.
Edward había escuchado antes de juzgar a Fergus.
Había esperado a que Fiona aceptara su mano sobre las rocas.
La había seguido hasta la torre, pero no había intentado gobernarla dentro de ella.
Y cuando pudo haber tomado más, se detuvo.
—No sé qué ha cambiado —confesó Fiona.
Iseabail dejó la jarra.
—Pero algo ha cambiado.
Fiona recordó a Edward quieto en el pasillo, con la mano sobre la suya y el deseo contenido detrás de los ojos.
—Sí.
No sentía menos orgullo.
Solo empezaba a comprender que no necesitaba utilizarlo a cada instante.
Iseabail recogió la ropa húmeda.
—Dormirás.
—Tengo trabajo.
—Dormirás dos horas. Tu abuela ha elegido personalmente la llave con la que piensa encerrarte si intentas salir.
Fiona apoyó la cabeza contra el borde de la bañera.
—En esta casa nadie respeta mi autoridad.
—En esta casa todos respetan tu autoridad. Lo que no respetan es tu sentido común.
La puerta se cerró antes de que Fiona pudiera responder.
Permaneció en el agua hasta que el cansancio empezó a vencer incluso a sus pensamientos.
Por primera vez desde el regreso de Edward, no intentó decidir si lo odiaba, si lo deseaba o si debía perdonarlo.
Aquel día no necesitaba responder ninguna de esas preguntas.
En la habitación azul, al otro lado de la pared, Edward dejó la levita sobre una silla y permaneció un momento frente al espejo.
La pañoleta estaba perfectamente anudada.
Fiona la había arreglado con los dedos que la noche anterior se habían hundido en su cabello y recorrido su pecho con una curiosidad que todavía podía sentir sobre la piel.
Edward deshizo el nudo y la recordó sobre sus piernas.
El agua caliente lo esperaba junto a la chimenea. Se lavó con rapidez, se cambió la camisa y dejó que el orden regresara poco a poco: cada botón en su lugar, el cabello peinado, la levita limpia y el cuello correctamente ajustado.
Cuando terminó, volvía a parecerse al hombre que había llegado a Eilean Ròs.
No se sentía como él.
Se acercó al escritorio y abrió el cajón donde guardaba el pañuelo de Fiona.
Lo sostuvo entre los dedos.
Había conservado aquella prenda desde el viaje sin reconocer el motivo. Era más fácil llamarla descuido, curiosidad o una absurda inclinación a no desperdiciar buen lino.
Esa mañana no necesitó mentirse.
La guardaba porque Fiona se la había entregado. Porque durante unos minutos había cuidado de su herida sin insultarlo. Porque había querido conservar algo suyo incluso cuando todavía creía que debía mantenerse lejos de ella.
Edward dejó el pañuelo sobre la mesa.
Fiona lo había defendido delante de Tavish.
Después había hablado de su posición dentro de la casa y había pronunciado una palabra que continuaba repitiéndose en su cabeza.
«Todavía».
No era uno de ellos.
No todavía.
Edward conocía el peso de un apellido. Había crecido entre los Hamilton, rodeado de hermanos capaces de convertir cualquier desgracia en un asunto familiar. Sabía lo que significaba que una casa cerrara filas alrededor de uno de los suyos.
Los MacKinnon hacían lo mismo de una manera más ruidosa, con tartanes, amenazas y demasiados parientes dispuestos a bajar por un acantilado atados a una cuerda.
Fiona acababa de abrirle un espacio mínimo dentro de aquel círculo.
No era confianza completa.
Mucho menos afecto declarado.
Pero ya no lo veía únicamente como al hombre que había llegado para juzgarla.
Edward apoyó ambas manos sobre el escritorio.
Estaba agotado. El cuerpo le dolía por la noche contra la piedra y la falta de descanso. También continuaba deseándola con una intensidad que hacía que recordar la pared que los separaba fuera una forma de tortura.
Podía escuchar el tintineo de su tina, el agua con la que Fiona se estaba bañando.
Edward tomó el pañuelo y volvió a guardarlo, aunque aquella vez no cerró el cajón como si ocultara una prueba.
Después se tumbó sobre la cama todavía vestido.
Había llegado a Eilean Ròs decidido a demostrar que Fiona se había equivocado sobre él.
Ahora ella empezaba a concederle un lugar cerca de su familia, y Edward descubría que aquella pequeña aceptación le importaba más de lo razonable.
Cerró los ojos.
Antes de quedarse dormido, recordó las últimas palabras de Fiona en el corredor.
«Me alegro de que me siguiera».
Por primera vez desde su llegada, Edward no necesitó analizar lo que significaban.
Le bastó con creerlas.