La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—A estas alturas, me veo con la obligación de proteger cualquier reputación, milord.

Fiona salió del salón antes de que su tío encontrara una nueva pregunta que formular.

El cansancio había empezado a pesarle en los hombros. Sentía arena bajo los párpados, humedad en las botas y una incómoda conciencia de cada parte de su cuerpo que Edward había tocado durante la noche.

Iseabail la esperaba cerca de la escalera.

—El agua está preparada.

—Subiré enseguida.

Su amiga miró por encima del hombro de Fiona.

Edward acababa de salir del salón.

No era el mismo hombre de siempre. El resto de la casa podía verlo como al mismo Hamilton impecable que había llegado días atrás. Fiona ya no podía.

Había visto su cabello entre sus dedos.

Había sentido su respiración quebrarse contra su cuello.

Iseabail percibió algo en su expresión.

—No tardes —dijo.

Fiona no respondió.

Su amiga subió la escalera, dejándolos solos en el pasillo.

Edward cerró la puerta del salón detrás de él. Permaneció unos segundos con una mano sobre el pomo, como si también necesitara acostumbrarse a ese gesto, pues en Hamilton Lodge había un mozo para cerrar y abrir las puertas a sus señores.

Fiona debería haber continuado hacia su habitación.

No lo hizo.

—Ha defendido a Fergus —dijo.

Edward volvió el rostro.

—No necesitaba defensa. Solo he dicho la realidad.

—Está cambiando.

La frase salió sin dureza.

Edward debió de notarlo, porque no se protegió detrás de una respuesta fría.

—Puede ser que esté aprendiendo a dejar la arrogancia a un lado.

Fiona bajó los ojos un instante.

No deseaba volver a recorrer aquella historia. No después de la noche que acababan de compartir ni con el cuerpo demasiado cansado para sostener otra batalla.

—Fergus no se lo agradecerá —dijo.

—No lo esperaba.

—Los MacKinnon no agradecen bien que alguien se interponga entre ellos y una acusación.

—He observado que tampoco agradecen bien la comida, los consejos ni la llegada de ayuda. De hecho, no saben agradecer nada.

—Yo le he dado las gracias esta mañana.

Edward apretó la mandíbula. Fiona lo miró seriamente.

Fue un gesto pequeño, pero Edward lo vio.

Siempre lo veía.

—También me ha defendido usted a mí —dijo él.

—Tavish estaba siendo injusto.

—Eso no suele impedir que una MacKinnon proteja a otro MacKinnon.

—No lo estaba protegiendo a usted —Edward levantó una ceja. Fiona suspiró—. No únicamente.

Edward se separó de la puerta y avanzó hacia ella. No demasiado. Solo hasta quedar a la distancia en la que Fiona podía percibir el olor de la lluvia que todavía permanecía en su abrigo.

—¿Qué estaba protegiendo entonces?

—Algo que empiezo a considerar parte de mí.

Edward dejó de moverse.

Fiona lamentó las palabras en cuanto las pronunció. No porque fueran falsas, sino porque habían revelado más de lo que pretendía.

—¿Parte de usted? —repitió él.

—Sir Alasdair lo invitó. El consejo le ha concedido autoridad. Mi abuela ha decidido que puede sentarse a nuestra mesa sin vigilar la cubertería. Forma parte de esta casa de algún modo —corrigió ella rápidamente.

—Un honor considerable.

—No se burle.

—Jamás.

Fiona estudió su rostro. Edward parecía genuinamente desconcertado, algo que ocurría con tan poca frecuencia que casi resultaba agradable.

—No es uno de nosotros —dijo ella—. No todavía.

La mirada de Edward se fijó en la suya.

—Esa última palabra parece importante.

Fiona apoyó una mano sobre el pasamanos de la escalera.

—No le conceda más significado del que tiene.

—Eso dependerá del significado que tenga.

Fiona sintió calor bajo la piel. Había hablado demasiado, pero aquella vez no quiso retirar las palabras.

—En un clan —explicó ella—, uno no protege únicamente a las personas que le agradan. Protege el nombre, la casa y hasta a los parientes que merecerían que los arrojaran desde una torre.

—Fergus parece demasiado pesado para arrojarlo con facilidad.

—Necesitaríamos varios hombres.

Edward sonrió.

—¿Está diciendo que empieza a considerarme uno de los suyos?

—Estoy diciendo que ya no lo considero completamente ajeno.

Edward no respondió nada.

La quietud de su rostro no consiguió esconder lo mucho que aquellas palabras lo habían afectado.

Fiona sintió otra vez esa ternura inesperada. No la ternura inquieta de la torre, nacida del deseo y el cansancio, sino otra más estable

—No parece satisfecho —constató ella.

—Estoy intentando decidir si esto es un cumplido.

—No abuse. Podría retirarlo.

—Entonces sí lo era.

Edward acortó un poco más la distancia.

El pasillo estaba vacío, pero no lo estaría durante mucho tiempo. Desde la planta superior llegaban pasos y el sonido apagado de una criada moviendo una jarra. En cualquier momento podía aparecer Iseabail, la abuela o Tavish.

Fiona lo sabía.

También sabía que no debía fijarse en la boca de Edward.

Lo hizo de todos modos.

Él bajó los ojos hacia sus labios.

La tensión regresó sin necesidad de palabras. No tenía la violencia de la torre, aunque resultaba igual de intensa. Fiona recordó la mano de Edward entre sus piernas y la forma en que la había sostenido cuando su cuerpo perdió el control.

Edward debió de recordar algo parecido. Su respiración se volvió más profunda.

—Debería subir —dijo él.

—Sí.

Ninguno se movió.

—Está agotada.

—Usted también.

La respuesta descendió entre ambos como una caricia.

Fiona levantó la mano y tocó la pañoleta torcida de Edward.  Deshizo el nudo y volvió a colocarlo. Sus dedos rozaron el cuello de la camisa y después la piel caliente que quedaba expuesta sobre él.

Edward permaneció inmóvil, aunque su cuerpo no parecía tranquilo.

—Voy a desnudarme dentro de poco, cuando me meta en la tina para bañarme, señorita Fiona —dijo él.

—Entonces se acordará de mí cuando se la quite.

—Me hubiera acordado igualmente.

Los dedos de Fiona se detuvieron sobre el nudo.

La palabra no era amor.

No era una promesa.

Pero tampoco era solo deseo.

Fiona terminó de arreglar la tela con más lentitud de la necesaria.

—Ya está.

No retiró la mano.

Edward cubrió sus dedos con los suyos. No la sujetó. Solo mantuvo la palma sobre ellos, cálida y firme.

—Gracias por defenderme —admitió él.

Fiona alzó los ojos.

—Ya le he dicho que Tavish estaba siendo injusto.

—Y yo ya le he dicho que eso no siempre la detiene.

—Está aprendiendo demasiado sobre los MacKinnon.

—Alguien lleva días instruyéndome.

—Debe de ser una mujer muy paciente.

—Es muchas cosas. Paciente no se encuentra entre ellas.

Fiona sonrió otra vez.

Edward inclinó la cabeza.

Durante un instante ella creyó que iba a besarla. Su cuerpo reaccionó antes que su razón: el corazón se aceleró y el calor descendió por su vientre.

Pero Edward no cerró la distancia.

Su mirada se detuvo en el cansancio de Fiona, en las sombras bajo sus ojos y en el modo en que se apoyaba un poco más de lo habitual sobre el pasamanos.

—Suba —dijo.

No sonó como una orden.

Sonó a cuidado.

Fiona debería haberse sentido aliviada.

En cambio, una parte de ella quiso tirar de la pañoleta que acababa de arreglar y obligarlo a olvidar toda sensatez.

—No me bese —murmuró.

Los ojos de Edward se oscurecieron.

—No pensaba hacerlo.

—Miente.

—Sí.

Fiona sintió una satisfacción absurda.

—Entonces ¿por qué no lo hace?

Edward deslizó el pulgar sobre los nudillos de ella.

—Porque si empiezo, no estoy seguro de querer detenerme en un pasillo por el que su abuela puede aparecer con un bastón.

Fiona soltó una risa baja.

—Eso sería una muerte poco digna para un Hamilton.

—Mi padre nunca me lo perdonaría.

—Su madre culparía a la humedad.

—Mi madre siempre culpa a la humedad.

Fiona retiró la mano de debajo de la suya.

No porque quisiera apartarse.

Porque no estaba segura de poder hacerlo unos segundos más tarde.

—Descanse, lord Edward.

—Usted también, señorita MacKinnon.

Ella dio un paso hacia la escalera.

—Edward —lo tuteó como en la torre.  Él la miró. Fiona vaciló. Después decidió que ya había pasado demasiadas horas ocultándose detrás del orgullo—. Me alegro de que me siguiera.

No esperó su respuesta.

Subió antes de que él pudiera ver con claridad cuánto le había costado pronunciarlo.

Iseabail había preparado el baño junto a la chimenea. El vapor empañaba el espejo y el olor de las hierbas secas se mezclaba con el jabón. Sobre la cama descansaban una camisa limpia, una falda de lana y el tartán MacKinnon doblado con una precisión que solo podía pertenecer a su abuela.

Iseabail cerró la puerta detrás de ella.

—Has tardado.

—Edward tenía la pañoleta torcida.

Su amiga la miró.

—Por supuesto. Una emergencia del clan.

Fiona empezó a quitarse la ropa.

—No preguntes.

—Tu abuela me ha prohibido hacerlo durante una hora.

—Sois insoportables.

Iseabail la ayudó a desvestirse. No dijo nada mientras desabrochaba la chaqueta de montar. Sus dedos se detuvieron al encontrar un botón mal cerrado.

Fiona apartó la mirada hacia el espejo.

—Tavish está furioso —dijo Iseabail.

—Lo he visto, pero ha tenido cabeza suficiente como para disimular.

—Para él eres como una hermana, tu honor le pertenece —Fiona levantó la cabeza.

Iseabail empezó a soltarle la trenza—. Cree que deberías haber acudido al clan antes de partir.

No porque dude de que puedas cuidar de ti misma, sino porque llevamos toda la noche buscando tu cuerpo entre las rocas. Y luego has aparecido con él...

La frase eliminó cualquier intento de defensa.

Fiona observó el rostro de su amiga reflejado en el espejo.

—Lo siento.

Iseabail dejó de mover los dedos.

—¿De verdad?

—Sí.

—Eso ha sonado casi adulto.

—Ha sonado a que estoy aprendiendo algo.

Su amiga le tomó la mano.

—Me alegro de que hayas vuelto, con enseñanza incluida.

—Yo también.

Iseabail apretó sus dedos y después la ayudó a entrar en el agua.