Capítulo 10
El salón viejo se llenó rápidamente. Sir Alasdair fue instalado junto a la chimenea.
La abuela ocupó el sillón de siempre. Tavish permaneció de pie detrás de Fiona, mientras Fergus se apoyaba contra la mesa con los brazos cruzados.
Iseabail dejó una bandeja de caldo, pan y queso, y se quedó el tiempo suficiente para asegurarse de que Fiona tomaba la taza.
—Bebe.
—No tengo...
Iseabail la miró.
Fiona bebió.
Edward aceptó otra taza sin protestar. El vapor le humedeció el rostro y añadió una nueva incorrección a su cabello. Debería haber parecido ridículo.
No lo parecía.
Fiona apartó los ojos antes de recordar demasiado.
Sir Alasdair extendió la mano.
—La prueba.
Fiona sacó la placa de latón y la dejó sobre la mesa. Edward colocó junto a ella el pañuelo que envolvía la cera. Lo abrió con cuidado y dejó visibles las dos impresiones.
El lobo MacKinnon aparecía completo.
El sello Hamilton, solo a medias.
Fergus fue el primero en acercarse. Tomó la placa entre dos dedos y la giró hacia la ventana.
Su expresión cambió.
—Es mía.
Tavish frunció el ceño.
—¿Tuya?
—La hice yo. —Fergus recorrió con el pulgar el martillo y la rama de brezo—. Sustituí la cerradura de la caja de despachos hace... doce años, quizás trece. Fiona y tú habíais destrozado la anterior intentando abrirla.
—La cerradura ya estaba vieja —protestó Fiona.
—Le clavaste una navaja.
—Tavish utilizó una piedra.
—Yo tenía nueve años —se defendió él.
—Y el mismo juicio que ahora —dijo la abuela.
Fergus no sonrió. Observaba la pieza como si acabara de encontrar su nombre escrito sobre un cuchillo.
—Esto apareció entre los documentos quemados.
No fue una pregunta.
—Sí —respondió Fiona.
Los dedos de Fergus se cerraron sobre el metal.
—Y fuiste a la torre porque reconociste la forma.
—Sí.
—Sin decírmelo.
Fiona sostuvo su mirada.
—Necesitaba comprobar de dónde procedía antes de pronunciar tu nombre delante de nadie.
—Pero lo pensaste.
—Pensé que habías fabricado la cerradura, encontraste los papeles y puedes entrar en esta casa.
Fergus soltó una risa áspera.
—Eso incluye a media familia.
—Precisamente.
—¿Me estáis acusando?
La pregunta se dirigía a todos, pero sus ojos se fijaron en Edward.
Edward dejó la taza.
—No.
Fergus lo miró con abierta desconfianza.
—La marca es mía.
—La marca demuestra que fabricó la placa —respondió Edward—. No que la retiró.
—Podría haberlo hecho.
—Podría. También podría haberla abierto sin dañar los tornillos —Edward tomó la pieza y señaló las ranuras deformadas—.
Quien la arrancó utilizó una herramienta inadecuada y trabajó desde fuera.
Un herrero que conociera su propia cerradura habría retirado el mecanismo de otra forma o habría utilizado una llave.
Fergus examinó las marcas.
—Eso no me excluye.
—No.
La respuesta fue tan directa que la tensión regresó al rostro de Fergus.
Era uno de los primos mayores de Fiona, un MacKinnon enorme y pelirrojo, de hombros forjados en la fragua y manos capaces de doblar el hierro.
Pertenecía a la misma sangre que había gobernado Eilean Ròs durante generaciones y ocupaba un lugar en el consejo, por lo que aquella sospecha no amenazaba únicamente su honor, sino también el de toda una rama de la familia.
Edward dejó la placa sobre la mesa.
—Tampoco lo condena. Esa distancia importa.
Fiona sintió las palabras como si hubieran sido pronunciadas únicamente para ella.
Edward no la miró.
Fergus se quedó callado.
No parecía agradecido. Un MacKinnon aceptaba mal que alguien lo defendiera antes de decidir si pensaba insultarlo. Sin embargo, la rigidez de sus hombros disminuyó.
—Alguien pudo querer inculpar a Fergus —dijo Tavish.
—Es una posibilidad —respondió Fiona.
Sir Alasdair tomó la cera con cuidado.
—¿Dónde estaba esto?
Edward explicó el pasadizo detrás del cofre, la cámara inferior y la puerta que se abría hacia las rocas. No mencionó el forcejeo que había desplazado la caja.
Fiona agradeció que nadie preguntara cómo habían descubierto la entrada.
La abuela MacKinnon, sin embargo, levantó los ojos hacia ambos.
Fiona concentró toda su atención en la taza.
—La persona que escapó llevaba una capa oscura —continuó explicando Edward—. La barca se dirigió hacia el sur. Conocía la cámara y sabía que la marea impediría seguirla.
—Tùr na Faire se utilizaba para recibir despachos cuando el puerto estaba vigilado —explicó sir Alasdair—. Hace muchos años.
—Alguien ha decidido que la costumbre todavía resulta útil —comprendió Tavish.
Fergus dejó la placa.
—Yo reparé la cerradura, pero no sabía que el paso inferior siguiera abierto. La entrada estaba cerrada con piedra cuando era un muchacho y muchos desconocían ese lugar.
—Alguien la abrió —replicó Fiona—. Y no ayer.
Edward señaló la cera.
—El sello MacKinnon ya ha sido copiado. El mío no estaba terminado. Solo lo utilicé una vez desde que llegué, en el acuerdo del consejo, pero alguien ya lo cogió.
Sir Alasdair apretó los labios.
—Pretenden crear documentos con ambas autorizaciones.
—Contratos del puerto, venta de tierras, reconocimiento de deudas —enumeró Tavish—. Cualquier cosa que necesite parecer aprobada por Fiona y supervisada por Hamilton.
—Y cuando la falsificación se descubra —añadió Fiona—, la acusación volverá a caer sobre mí. Podrán decir que utilicé ambos sellos para recuperar el control.
El silencio se volvió más incómodo.
La trama era sencilla precisamente porque no necesitaba ser brillante. Bastaba con fabricar una decisión ruinosa, dejar que Fiona la negara y utilizar la existencia de su firma para demostrar que volvía a ocultar documentos.
Otra vez.
Edward miró la cera.
—La persona que hace esto conoce el motivo exacto por el que el consejo dudará de usted.
Fiona supo que estaba pensando también en la libreta robada.
Y en el hombre que cojeaba.
Sir Alasdair debió de percibir algo en su expresión.
—¿Hay más?
Edward levantó la vista.
—Hay una posibilidad que debo comprobar.
—¿Cuál?
—Todavía ninguna que merezca ser pronunciada.
Fiona vio la impaciencia en el gesto de su tío y se adelantó antes de que pudiera exigir.
—Déjelo —Todos la miraron. También Edward. Fiona apoyó la taza sobre la mesa—. Se equivocó conmigo una vez por ordenar hechos antes de comprenderlos. No quiero que repita el error con otro nombre solo para tranquilizarnos.
Edward permaneció inmóvil.
El reconocimiento apareció únicamente en sus ojos.
Sir Alasdair gruñó algo, pero cedió ante la defensa de su sobrina.
—¿Qué proponéis?
Fiona miró a Edward. La pregunta estaba formulada para ambos.
Semanas atrás, el simple hecho de compartir una decisión habría bastado para iniciar otra disputa.
—La torre debe vigilarse sin cerrarla —dijo Fiona—. Si quien la utiliza cree que no encontramos la cámara, puede volver.
—Dos hombres en la parte alta —añadió Edward—. Sin uniforme y sin permanecer siempre en el mismo lugar. Nada que pueda verse desde el mar.
—Tavish puede escogerlos —decidió ella.
—Los escogeré yo mismo —respondió Tavish.
Fiona continuó:
—El sello MacKinnon permanecerá conmigo. Nadie entrará en mi habitación sin que Iseabail o mi abuela lo sepan.
—Mi sello quedará bajo mi custodia —dijo Edward—. A partir de ahora, ningún documento llevará ambos sin que estemos presentes durante la impresión.
—Y habrá un tercer testigo —añadió Fiona—. Tavish o sir Alasdair.
Edward asintió.
—De acuerdo.
La facilidad con la que se pusieron de acuerdo produjo un silencio absoluto entre el clan.
Sir Alasdair los observó.
—Qué inquietante.
—¿Qué? —preguntó Fiona.
—Jamás había imaginado a mi sobrina ceder en algo, y menos ante un extranjero.
La abuela tomó otro trozo de pan.
—No lo señales. Podrías asustarla y hacer que vuelva a empezar.
Tavish escondió una sonrisa.
Edward no.
Fiona sí, aunque solo durante un instante.
—No cerraremos el puerto —dijo Edward.
Ella volvió la cabeza.
—No pensaba proponerlo.
—Lo sé.
No había reproche en su voz. Edward había aprendido por qué la actividad de la isla no podía paralizarse sin castigar a quienes no tenían culpa.
Fiona empezaba a ver una pequeña evolución en Edward.
Sir Alasdair dio las órdenes necesarias.
Tavish saldría después del desayuno con dos hombres.
Fergus regresaría a su herrería con bastante mal humor.
La abuela se encargaría de que las criadas no hablaran de la ausencia de Fiona con nadie de fuera de la casa, una tarea que parecía difícil hasta recordar que la anciana llevaba décadas gobernando mediante amenazas mucho más eficaces que las leyes.
Cuando todo estuvo acordado, Fergus tomó la placa una última vez.
—Si alguien ha intentado incriminarme...
—Entonces conviene que siga creyendo que lo ha conseguido —dijo Edward—. Su indignación puede esperar.
Fergus lo miró.
—No recibo órdenes de un inglés.
—Tendrá que aprender.
—¿Es una orden?
—Una realidad.
La boca de Fergus se movió.
—No veo el día que se marche, milord.
La frase no tenía burla, pero dejó una quietud demasiado consciente en la habitación. Edward no se había ganado el favor de los isleños y quizás nunca lo hiciera.
Fiona levantó la taza.
Edward se concentró en doblar el pañuelo alrededor de la cera con su emblema.
La abuela golpeó el suelo con el bastón.
—Se acabó. Tavish, prepara la vigilancia. Fergus, ve a tu fragua antes de que decidas golpear al único hombre que ha evitado que te acusáramos de traidor. Alasdair, vuelve a tus habitaciones.
—No necesito...
—No he pedido tu opinión.
—Soy un hombre adulto, madre.
—Y tienes la pierna rota. Hoy la pierna tiene más autoridad que tú.
Sir Alasdair protestó mientras dos hombres entraban para trasladar su silla.
Fiona se levantó. El cansancio le cayó sobre los hombros de golpe, como si su cuerpo hubiera esperado a que la conversación terminara para recordarle la noche sin dormir.
Iseabail apareció en la puerta.
—El agua está preparada.
La abuela miró a Fiona.
—Ve.
Después miró a Edward.
—Usted también. No pienso permitir que la casa crea que todos los Hamilton huelen a caballo mojado.
—Agradezco que proteja la reputación de mi familia.