La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Ninguno sonrió.

Ninguno apartó la vista de inmediato.

La residencia apareció poco antes de media mañana, levantada sobre la costa con sus muros húmedos y las chimeneas soltando humo hacia un cielo cada vez más claro.

Varias personas aguardaban en el patio. Criados, mozos, dos pescadores y la anciana Elspeth, que no tenía ninguna razón para estar allí salvo el deseo de saberlo todo antes que sus vecinas.

La abuela MacKinnon ocupaba el centro.

Llevaba un vestido oscuro, un chal grueso y el manojo de llaves colgado de la cintura.

No parecía haber pasado la noche despierta, aunque Fiona sabía que no habría cerrado los ojos.

Permanecía apoyada en el bastón, pequeña y recta, con la expresión de quien había decidido no demostrar alivio hasta terminar de repartir culpas.

Sir Alasdair estaba en el vestíbulo, sentado en la silla que dos hombres habían trasladado hasta la puerta. La pierna rota descansaba sobre un taburete y la manta le cubría las rodillas.

Fiona desmontó.

Su abuela no se movió hasta que ella estuvo delante.

Entonces levantó el bastón y le golpeó suavemente la bota.

—Imbécil.

—Yo también me alegro de verte.

—No he terminado.

—Eso temía.

La anciana miró a Edward.

Él inclinó la cabeza.

—Señora.

—Usted también es un imbécil.

—Empiezo a considerarlo un ascenso. La última vez fui una desgracia.

Los ojos de la abuela se achinaron.

—No utilice su palabrería para arreglar esto.

—No se me ocurriría.

—Mentiroso, además.

Fiona escuchó a alguien contener una risa cerca de los establos.

Sir Alasdair golpeó el brazo de la silla.

—¿Dónde demonios estabais?

—En Tùr na Faire —respondió Fiona.

—Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es por qué...

La abuela levantó una mano.

—Primero comerán.

—Soy el jefe del clan.

—Y yo soy tu madre.

—Tengo derecho a una explicación.

—La tendrás cuando ambos hayan bebido algo caliente y dejen de parecer dos cadáveres mal vestidos.

La mirada de la anciana volvió a recorrer a Fiona y Edward.

Se detuvo en la ropa de él.

Después en la trenza medio deshecha de Fiona.

Solo un instante.

Fue suficiente para que Fiona comprendiera que su abuela había visto mucho más de lo que pensaba comentar.

La anciana se volvió hacia quienes esperaban en el patio.

—Lord Edward siguió a Fiona hasta Tùr na Faire después de descubrir que ella había encontrado una prueba.

La marea los dejó encerrados mientras perseguían a un intruso que escapó por mar.

Esa es toda la historia que necesita conocer cualquiera que no entre en la sala privada dentro de diez minutos —La vieja Elspeth abrió la boca.

La abuela la señaló con el bastón—. Quien añada una sola palabra limpiará los establos durante un mes.

Nadie preguntó nada.

Fiona miró a su abuela.

No había dulzura en su gesto. Tampoco condena. Había protección: la clase que no exigía explicaciones públicas ni obligaba a Fiona a fingir una inocencia que nadie tenía derecho a juzgar.

La anciana había comprendido que una noche encerrada en una torre con un hombre podía convertirse en un arma mucho antes de que alguien pronunciara el primer comentario. Y acababa de desarmar a toda la isla con un bastón y una amenaza contra los establos.

—Iseabail, prepara agua caliente —ordenó—. También para lord Edward. Y dile a la cocina que quiero caldo, pan y carne en el salón viejo.

—Primero las pruebas —insistió sir Alasdair.

—Comerán mientras hablan.

—Madre.

—Alasdair, si vuelves a discutir conmigo delante del servicio, contaré cómo te caíste del manzano a los catorce años y por eso eres un necio.

Sir Alasdair apretó la mandíbula.

—La caída no tuvo ninguna importancia.

—Estuviste tres días convencido de que te habías roto el trasero.

Alguien rio cerca de los establos.

Sir Alasdair cerró la boca.

Edward miró a Fiona.

—Empiezo a comprender de dónde procede la autoridad de esta familia.

—No ha visto nada todavía.

Entraron en la casa.

El calor del vestíbulo recibió a Fiona junto con el olor a turba, lana húmeda y pan recién horneado. Dos perros se acercaron a olfatear sus botas. Uno de ellos gruñó a Edward hasta que él se limitó a mirarlo.

El animal decidió que una mesa cercana resultaba mucho más interesante.

Fiona habría sonreído en cualquier otra mañana.

Sin embargo, al quitarse el tartán de Tavish, sintió la mirada de su abuela sobre ella. No se dirigía a la ropa arrugada ni a la trenza deshecha. La anciana observó primero a Fiona y después a Edward, como si intentara medir la distancia entre ellos.

Edward permanecía a pocos pasos.

No intentó acercarse.

Tampoco se apartó.

Fiona comprendió entonces que lo más difícil no había sido pasar la noche a solas con él, aceptar sus caricias ni despertar apoyada sobre su hombro.

Lo más difícil empezaba ahora.

Debían entrar en aquella casa, sentarse delante de su familia y comportarse como si Tùr na Faire solo les hubiera entregado una placa, una lámina de cera y el rostro lejano de un enemigo.

Como si no les hubiera arrebatado también la posibilidad de volver a mirarse del mismo modo.